El Salvador, miércoles 18 de octubre de 2017

Yo sobreviví a la Mara Salvatrucha

Por: Redacción 102nueve
abril 21, 2017

Un requisito de iniciación era matar a un familiar suyo.

Imagen de referencia

Mi nombre es Luis Lemus, y soy estudiante de la escuela preparatoria North Dallas. Hace cinco años no imaginaba que estudiaría en una escuela de Dallas.

Mi vida era magnífica. Estaba viviendo con mi familia en El Salvador. Era feliz y me gustaba la escuela; pero un día me pasó algo que cambió mi vida para siempre.

Tenía tres años viviendo con una prima y la familia de su esposo. Me gustaba vivir con Laura y Juan y los consideraba mi familia.

Yo pensaba que Juan era un buen amigo; pero resultó lo contrario.

Mi país tiene un problema muy grande con las pandillas.

En 2015 el promedio de asesinatos aumentó hasta ser uno de los más altos del mundo, llegando a más de 100 por cada 100,000 habitantes, en gran parte debido a las pandillas.

El año pasado cayó a 81.7.

Nada más hay que compararlo con el índice de homicidios de Estados Unidos en 2015, que fue de 4.9 por cada 100,000 habitantes.

Juan se había estado juntando con miembros de la Mara Salvatrucha, también conocida como MS-13, una pandilla salvadoreña catalogada como la más peligrosa del mundo.

Había decidido afiliarse a ella. Un requisito de iniciación era matar a un familiar suyo.

Este horrendo acto demostraría su lealtad hacia ellos. Muy temprano esa mañana, eso fue precisamente lo que Juan se propuso hacer. Yo era su víctima.

En una intersección de mi camino a la escuela, vi a Juan caminando con un buen amigo mío llamado Alexander.

Juan siguió caminando, pero Alexander se me acercó y me puso un chuchillo en la garganta. Me aventó contra una pared y caí sobre unas plantas.

Le pregunté que qué estaba haciendo, pensando que tal vez estaba jugando como lo había hecho muchas veces conmigo. Muy pronto me di cuenta de que iba en serio.

Me ordenó levantarme y caminar, así que empecé a caminar con Alexander detrás de mí, picándome la espalda con la punta del cuchillo que llevaba escondido.

Me sentí impotente. Cuando íbamos caminando, pasamos por donde estaba una señora que yo conocía muy bien.

Estaba regando su jardín. Nos miramos y sé que se percató de que algo andaba mal; pero no dijo nada.

Seguimos caminando y cruzamos un campo muy grande. Vi a una señora a la distancia, pero estaba muy lejos para saber qué me estaba pasando.

Entramos a una arboleda, y entonces ya era imposible que alguien nos viera.

Llegamos a una loma muy inclinada, y en el fondo había un arroyo contaminado con agua del drenaje.

Nos detuvimos y miré a Alexander a los ojos; le pregunté por qué me estaba haciendo eso.

Me dijo que la familia con la que estaba viviendo me quería muerto; y yo pensaba: ¿Para qué habrían de quererme muerto?

Entonces me puso una mano sobre mi boca y clavó el filo del cuchillo en mi garganta. Grité pero pronto perdí la voz. Sentía un dolor horrible.

Entonces me clavó el cuchillo en el estómago y me aventó al barranco.

Me recuerdo rodando por el barranco y pensando que tenía que llegar lo más al fondo posible para que no pudiera llegar otra vez hasta mí.

Cuando dejé de rodar me quedé ahí muy quieto para que pensara que estaba muerto. Y pensando que ya estaba muerto, se fue.

Pero yo estaba decidido a vivir. En ese momento decidí que haría todo lo necesario para sobrevivir.

Me quité la camisa y rápidamente me envolví el cuello con ella para detener el sangrado. Después me apliqué presión en el estómago.

Por suerte, había estado viendo Grey’s Anatomy y había visto como le hacen los doctores para detener el sangrado de las heridas. (Todavía veo el programa).

Tras esperar unos 10 minutos, me preparé para subir el barranco. A pesar de mis heridas, logré llegar hasta arriba y salir de la arboleda.

Puesto que no podía hablar, le hice señas a la señora que había visto caminando a la distancia. Sí me vio, pero no se decidía a acercarse a mí.

Al final se animó y me ayudó a cruzar el campo hasta la calle.

Yo sabía que necesitaba auxilio médico, y ella me encaminó hasta una parada de autobús. Antes de subir al autobús, le pedí a la señora que llamara a Laura y le dijera que estaba herido y que iba al hospital.

Me subí al camión con mi ropa ensangrentada. La camisa blanca que llevaba ahora era roja y la traía enredada en el cuello.

 

¿Pueden creer que el chofer me hizo pagarle 25 centavos para llevarme hasta la clínica?

Nadie en el bus se ofreció a ayudarme. Tenían miedo de que algo les pasara por entrometerse. Cuando llegué a la clínica, un extraño que estaba esperando el autobús me ayudó a entrar.

Un doctor y las enfermeras inmediatamente empezaron a limpiarme las heridas.

Prácticamente era todo lo que podían hacer con lo poco que tenían. Pasé dos horas en la clínica, y entonces me subieron a una camioneta para llevarme a un hospital.

La ambulancia se acababa de ir poco antes de que yo llegara, así que me llevaron al hospital más cercano en la caja de un pickup.

Cuando llegué al hospital, Laura, mi prima, ya estaba ahí. Empezaron a prepararme para operarme. Logré llamarla para que se acercara.

Me preguntó que qué había pasado. Yo casi no podía hablar, pero como pude le dije que no le dijera a su esposo que estaba vivo porque había planeado matarme con Alexander.

Poco después perdí la conciencia. Desperté 15 días después.

Me dijeron que mi coma era consecuencia de un pulmón colapsado, un ataque y dos paros cardiacos. Para entonces ya habían avisado a mis padres en Estados Unidos.

Temiendo por mi vida, acordaron con familiares en El Salvador contratar un guardia que me protegiera para que Juan o Alexander no regresaran a terminar su trabajo.

Los doctores les dijeron a mis padres que probablemente quedaría en estado vegetativo por el resto de mi vida. Hasta pensaron en desconectarme de los aparatos que me mantenían con vida.

Afortunadamente, para entonces ya tenía a varios familiares apoyándome y convencieron a los doctores de mantenerme conectado al ventilador.

Cuando desperté, fue como si acabara de nacer. No podía hablar, ni comer ni caminar. Tuve que aprender a hacer todo otra vez.

Mis padres ya habían estado planeando traerme a Estados Unidos. Tenían mucho miedo por mi integridad en El Salvador y querían que saliera del país lo más pronto posible.

En ese tiempo estaba muy débil para viajar, así que me fui a quedar con mi abuela paterna hasta que recuperara fuerzas.

Estuve dos meses con ella y ella me cuidó muy bien; pero todavía estaba muy débil.

Mi padre había contratado a una abogada, y ella fue la que contrató a un guardia para que se quedara conmigo en el hospital. Cuando salí de la casa de mi abuela, me fui a quedar con ella.

Ella había estado trabajando con mis padres haciendo los arreglos para traerme a Estados Unidos y había planeado mi escape de El Salvador. El plan era irme en alrededor de un mes.

Yo estaba muy débil y era demasiado joven para hacer el viaje solo, y no tenía todos los documentos para viajar.

Mi abogada contrató a un mexicano para que me sacara de El Salvador y me llevara a Estados Unidos. Trabajaba para un cártel del narco y podía pasarme por las fronteras fácilmente.

Nos fuimos y viajamos en autobús por Guatemala y México. Mi cuerpo se estaba debilitando en vez de fortalecerse con el viaje. Cuando llegamos a la frontera con Estados Unidos yo estaba muy débil para cruzarla.

Esperé una semana en una casa de seguridad para recobrar fuerzas.

Cuando llegó el día de cruzar el río, tuve que ser cargado por otro hombre que venía a Estados Unidos ilegalmente.

El plan era que la Patrulla Fronteriza me hallara, así que me dejó en el lado estadounidense del río Bravo. Muy pronto me descubrieron y me llevaron a la cárcel.

En la cárcel empezaron a preguntarme quién me había ayudado a cruzar la frontera.

Después de un tiempo se dieron cuenta de que necesitaba un doctor. Me llevaron a un hospital y me hicieron algunas pruebas.

Luego me regresaron al centro de detención, donde esperé dos días.

La organización BCFS, un grupo de organizaciones humanitarias, empezó a trabajar en mi caso y fui llevado a un albergue cerca de San Antonio.

En el albergue me quitaron las medicinas que me habían recetado en El Salvador. Después de 10 días sin medicinas, mi cuerpo empezó a dar señales de que estaba a punto de sufrir un ataque.

Me llevaron de emergencia a un hospital y ahí que tuvieron una semana. Después de hacerme algunos exámenes, me volvieron a llevar al albergue.

Por fin, pude ver a mi madre por primera vez en 13 años. Cuando la vi, tuve una sensación de alivio. Sentí que podía dejar atrás todo lo malo y empezar a pensar en mi futuro. Entonces nos fuimos a Dallas.

Desde entonces he logrado muchas cosas.

Primero aprendí inglés. Me he adaptado a mi vida en Estados Unidos como residente permanente legal. He hecho muchos amigos y me está yendo muy bien en la escuela.

En 2013 solicité una pasantía y fui uno de nueve estudiantes seleccionados para viajar a Washington, D.C. a aprender más sobre cómo funciona el gobierno y cómo puede aprovechar las oportunidades la comunidad latina.

Me han invitado a contar mi historia en preparatorias y universidades, estaciones de radio, periódicos y revistas.

También participé en un concurso de ensayo patrocinado por Ford Motor Co. y me gané una laptop.

El tema del ensayo era Qué Motiva Tus Sueños. Era un tema perfecto para mí porque soy un joven motivado por lograr grandes cosas en mi vida.

Me dieron una segunda oportunidad y no la voy a malgastar.

*Artículo tomado de Dallas al Día

Yo sobreviví a la Mara Salvatrucha

Por: Redacción 102nueve
abril 21, 2017

Un requisito de iniciación era matar a un familiar suyo.

Imagen de referencia

Un requisito de iniciación era matar a un familiar suyo.

Mi nombre es Luis Lemus, y soy estudiante de la escuela preparatoria North Dallas. Hace cinco años no imaginaba que estudiaría en una escuela de Dallas.

Mi vida era magnífica. Estaba viviendo con mi familia en El Salvador. Era feliz y me gustaba la escuela; pero un día me pasó algo que cambió mi vida para siempre.

Tenía tres años viviendo con una prima y la familia de su esposo. Me gustaba vivir con Laura y Juan y los consideraba mi familia.

Yo pensaba que Juan era un buen amigo; pero resultó lo contrario.

Mi país tiene un problema muy grande con las pandillas.

En 2015 el promedio de asesinatos aumentó hasta ser uno de los más altos del mundo, llegando a más de 100 por cada 100,000 habitantes, en gran parte debido a las pandillas.

El año pasado cayó a 81.7.

Nada más hay que compararlo con el índice de homicidios de Estados Unidos en 2015, que fue de 4.9 por cada 100,000 habitantes.

Juan se había estado juntando con miembros de la Mara Salvatrucha, también conocida como MS-13, una pandilla salvadoreña catalogada como la más peligrosa del mundo.

Había decidido afiliarse a ella. Un requisito de iniciación era matar a un familiar suyo.

Este horrendo acto demostraría su lealtad hacia ellos. Muy temprano esa mañana, eso fue precisamente lo que Juan se propuso hacer. Yo era su víctima.

En una intersección de mi camino a la escuela, vi a Juan caminando con un buen amigo mío llamado Alexander.

Juan siguió caminando, pero Alexander se me acercó y me puso un chuchillo en la garganta. Me aventó contra una pared y caí sobre unas plantas.

Le pregunté que qué estaba haciendo, pensando que tal vez estaba jugando como lo había hecho muchas veces conmigo. Muy pronto me di cuenta de que iba en serio.

Me ordenó levantarme y caminar, así que empecé a caminar con Alexander detrás de mí, picándome la espalda con la punta del cuchillo que llevaba escondido.

Me sentí impotente. Cuando íbamos caminando, pasamos por donde estaba una señora que yo conocía muy bien.

Estaba regando su jardín. Nos miramos y sé que se percató de que algo andaba mal; pero no dijo nada.

Seguimos caminando y cruzamos un campo muy grande. Vi a una señora a la distancia, pero estaba muy lejos para saber qué me estaba pasando.

Entramos a una arboleda, y entonces ya era imposible que alguien nos viera.

Llegamos a una loma muy inclinada, y en el fondo había un arroyo contaminado con agua del drenaje.

Nos detuvimos y miré a Alexander a los ojos; le pregunté por qué me estaba haciendo eso.

Me dijo que la familia con la que estaba viviendo me quería muerto; y yo pensaba: ¿Para qué habrían de quererme muerto?

Entonces me puso una mano sobre mi boca y clavó el filo del cuchillo en mi garganta. Grité pero pronto perdí la voz. Sentía un dolor horrible.

Entonces me clavó el cuchillo en el estómago y me aventó al barranco.

Me recuerdo rodando por el barranco y pensando que tenía que llegar lo más al fondo posible para que no pudiera llegar otra vez hasta mí.

Cuando dejé de rodar me quedé ahí muy quieto para que pensara que estaba muerto. Y pensando que ya estaba muerto, se fue.

Pero yo estaba decidido a vivir. En ese momento decidí que haría todo lo necesario para sobrevivir.

Me quité la camisa y rápidamente me envolví el cuello con ella para detener el sangrado. Después me apliqué presión en el estómago.

Por suerte, había estado viendo Grey’s Anatomy y había visto como le hacen los doctores para detener el sangrado de las heridas. (Todavía veo el programa).

Tras esperar unos 10 minutos, me preparé para subir el barranco. A pesar de mis heridas, logré llegar hasta arriba y salir de la arboleda.

Puesto que no podía hablar, le hice señas a la señora que había visto caminando a la distancia. Sí me vio, pero no se decidía a acercarse a mí.

Al final se animó y me ayudó a cruzar el campo hasta la calle.

Yo sabía que necesitaba auxilio médico, y ella me encaminó hasta una parada de autobús. Antes de subir al autobús, le pedí a la señora que llamara a Laura y le dijera que estaba herido y que iba al hospital.

Me subí al camión con mi ropa ensangrentada. La camisa blanca que llevaba ahora era roja y la traía enredada en el cuello.

 

¿Pueden creer que el chofer me hizo pagarle 25 centavos para llevarme hasta la clínica?

Nadie en el bus se ofreció a ayudarme. Tenían miedo de que algo les pasara por entrometerse. Cuando llegué a la clínica, un extraño que estaba esperando el autobús me ayudó a entrar.

Un doctor y las enfermeras inmediatamente empezaron a limpiarme las heridas.

Prácticamente era todo lo que podían hacer con lo poco que tenían. Pasé dos horas en la clínica, y entonces me subieron a una camioneta para llevarme a un hospital.

La ambulancia se acababa de ir poco antes de que yo llegara, así que me llevaron al hospital más cercano en la caja de un pickup.

Cuando llegué al hospital, Laura, mi prima, ya estaba ahí. Empezaron a prepararme para operarme. Logré llamarla para que se acercara.

Me preguntó que qué había pasado. Yo casi no podía hablar, pero como pude le dije que no le dijera a su esposo que estaba vivo porque había planeado matarme con Alexander.

Poco después perdí la conciencia. Desperté 15 días después.

Me dijeron que mi coma era consecuencia de un pulmón colapsado, un ataque y dos paros cardiacos. Para entonces ya habían avisado a mis padres en Estados Unidos.

Temiendo por mi vida, acordaron con familiares en El Salvador contratar un guardia que me protegiera para que Juan o Alexander no regresaran a terminar su trabajo.

Los doctores les dijeron a mis padres que probablemente quedaría en estado vegetativo por el resto de mi vida. Hasta pensaron en desconectarme de los aparatos que me mantenían con vida.

Afortunadamente, para entonces ya tenía a varios familiares apoyándome y convencieron a los doctores de mantenerme conectado al ventilador.

Cuando desperté, fue como si acabara de nacer. No podía hablar, ni comer ni caminar. Tuve que aprender a hacer todo otra vez.

Mis padres ya habían estado planeando traerme a Estados Unidos. Tenían mucho miedo por mi integridad en El Salvador y querían que saliera del país lo más pronto posible.

En ese tiempo estaba muy débil para viajar, así que me fui a quedar con mi abuela paterna hasta que recuperara fuerzas.

Estuve dos meses con ella y ella me cuidó muy bien; pero todavía estaba muy débil.

Mi padre había contratado a una abogada, y ella fue la que contrató a un guardia para que se quedara conmigo en el hospital. Cuando salí de la casa de mi abuela, me fui a quedar con ella.

Ella había estado trabajando con mis padres haciendo los arreglos para traerme a Estados Unidos y había planeado mi escape de El Salvador. El plan era irme en alrededor de un mes.

Yo estaba muy débil y era demasiado joven para hacer el viaje solo, y no tenía todos los documentos para viajar.

Mi abogada contrató a un mexicano para que me sacara de El Salvador y me llevara a Estados Unidos. Trabajaba para un cártel del narco y podía pasarme por las fronteras fácilmente.

Nos fuimos y viajamos en autobús por Guatemala y México. Mi cuerpo se estaba debilitando en vez de fortalecerse con el viaje. Cuando llegamos a la frontera con Estados Unidos yo estaba muy débil para cruzarla.

Esperé una semana en una casa de seguridad para recobrar fuerzas.

Cuando llegó el día de cruzar el río, tuve que ser cargado por otro hombre que venía a Estados Unidos ilegalmente.

El plan era que la Patrulla Fronteriza me hallara, así que me dejó en el lado estadounidense del río Bravo. Muy pronto me descubrieron y me llevaron a la cárcel.

En la cárcel empezaron a preguntarme quién me había ayudado a cruzar la frontera.

Después de un tiempo se dieron cuenta de que necesitaba un doctor. Me llevaron a un hospital y me hicieron algunas pruebas.

Luego me regresaron al centro de detención, donde esperé dos días.

La organización BCFS, un grupo de organizaciones humanitarias, empezó a trabajar en mi caso y fui llevado a un albergue cerca de San Antonio.

En el albergue me quitaron las medicinas que me habían recetado en El Salvador. Después de 10 días sin medicinas, mi cuerpo empezó a dar señales de que estaba a punto de sufrir un ataque.

Me llevaron de emergencia a un hospital y ahí que tuvieron una semana. Después de hacerme algunos exámenes, me volvieron a llevar al albergue.

Por fin, pude ver a mi madre por primera vez en 13 años. Cuando la vi, tuve una sensación de alivio. Sentí que podía dejar atrás todo lo malo y empezar a pensar en mi futuro. Entonces nos fuimos a Dallas.

Desde entonces he logrado muchas cosas.

Primero aprendí inglés. Me he adaptado a mi vida en Estados Unidos como residente permanente legal. He hecho muchos amigos y me está yendo muy bien en la escuela.

En 2013 solicité una pasantía y fui uno de nueve estudiantes seleccionados para viajar a Washington, D.C. a aprender más sobre cómo funciona el gobierno y cómo puede aprovechar las oportunidades la comunidad latina.

Me han invitado a contar mi historia en preparatorias y universidades, estaciones de radio, periódicos y revistas.

También participé en un concurso de ensayo patrocinado por Ford Motor Co. y me gané una laptop.

El tema del ensayo era Qué Motiva Tus Sueños. Era un tema perfecto para mí porque soy un joven motivado por lograr grandes cosas en mi vida.

Me dieron una segunda oportunidad y no la voy a malgastar.

*Artículo tomado de Dallas al Día

Se escuchó en la 102nueve