El Salvador, sábado 27 de mayo de 2017

“No me dejan poner un pie en una guarnición militar"

Por: Lafitte Fernández
enero 29, 2017

Ochoa vive ahora en el campo. Compró una finca que se la vendieron barata y ahora quiere dedicarse a cultivar la tierra

Foto archivo.

Aunque poco o nada conozco de militares, sospecho que el coronel Sigifredo Ochoa Pérez ha sido, por épocas, un símbolo incendiario: no un cabeza agachada como exigen los reglamentos y la disciplina de sus superiores.

Tal vez por eso se rebeló cuando estaba en Cabañas y le llegó una nota incómoda: lo querían enviar de agregado militar a Montevideo, Uruguay. Tradujo la orden como que lo que trataban era quitárselo de encima. No le gustó esa orden y se rebeló. Mandó al diablo a quien firmó esa orden dentro del Ejército.

Más recientemente, criticó al expresidente Mauricio Funes en las redes sociales. El exmandatario ordenó darlo de alta (aunque estaba retirado), para evitar que pudiese ser diputado.

Se rebeló contra el Comandante en jefe de ese entonces. Llevó su caso a la Sala de lo Constitucional. Ahí apoyaron sus derechos y acabó como uno de los legisladores más votados del partido ARENA. Le ganó la batalla al comandante en jefe del Ejército.

Una vez que fue diputado por segunda vez, no le gustaron las decisiones que se tomaron en                 ARENA y también se largó a otro partido político. Lo criticaron, lo investigaron, le dijeron de todo, pero tampoco nadie detuvo su rebeldía.

Ochoa vive ahora en el campo. Compró una finca que se le vendieron barata y ahora quiere dedicarse a cultivar la tierra: tal vez frijoles, plátanos y algunas otras verduras. Quiere vivir ahí y está a punto de construirse una cabaña. Ya no quiere estar en una ciudad.

El coronel, que también ha encabezado varias instituciones, está retirado de la política. Dice que no quiere volver a pedir voto. Tampoco tiene partido político y se podría decir que es arenero nostálgico que extraña los tiempos en que caminaba por el país al lado de Roberto d’Aubuisson, uno de sus mejores amigos.

Ochoa es un militar retirado pero no lo dejan entrar a ningún cuartel. Dice que para prohibirle la entrada alegaron que llegaría a hacer política y dice que eso no es así. Con sus diferencias, se siente como un excura a quien no dejan entrar a rezar a una Iglesia.

Esto es lo que hablé una noche con el coronel Ochoa Pérez:

¿Cómo se define, quién es Sigifredo Ochoa Pérez?

Me defino como un salvadoreño al cien por ciento. Como dicen: para que buscar en otro lado lo que aquí se encuentra. Soy salvadoreño, con todas las virtudes y defectos que tiene el país. Me defino como un soldado. Aun en la situación de retiro, sigo siendo un soldado y un hombre que a veces no le gusta a alguna gente mi forma de ser porque me gusta decir las cosas como son. Soy un soldado salvadoreño que siempre está dispuesto al llamado de la patria. Especialmente me defino como un demócrata.

Cuénteme un poquito de su vida. ¿Cómo llega a ser uno de los principales militares del país?

Mi padre fue don Ernesto Ochoa y mi madre doña Melina Pérez Reyes. Mi padre era un albañil, un carpintero, un electricista. Mi madre era una maestra rural. Ellos trabajaban en la hacienda de un ciudadano español llamado Enrique Prunera. La hacienda se llama Los Ranchos, está ubicada en el cantón Miraflores, jurisdicción de San Miguel. Ahí nací yo, un Jueves Santos, 2 de abril de 1942. Al cumplir un año mi familia se trasladó a Sociedad, una población en Morazán fundada por el coronel Benítez, un soldado que luchó a las órdenes de Simón Bolívar y de Francisco Morazán.

¿Por qué escoges el camino de militar?

Es una cosa bien interesante. Mi padre quería que fuera ingeniero agrónomo y que estudiara en la ENA. Pero yo quería salir de Sociedad, aspiraba a tener otros horizontes. Fíjate que había un hermano que entró a la Escuela Militar, pero no terminó la escuela. Él me enseñó muchas cosas y yo me quedé con esa espinita de por qué mi hermano no había terminado la escuela militar. Sin decirle a mis padres hice la solicitud a la Escuela Militar. Era bachiller y no conocía San Salvador. Estamos hablando de 1959. Fue un reto para mí mismo. Me decía: si mi hermano no salió, yo sí voy a salir. Por eso entré a la Escuela Militar y me gustó.

Yo creo que hay una edad donde hay personajes que determinan tu vida, que influyen, que le dan carácter, que modela la personalidad. ¿Cómo comienza a cocerse esa figura del coronel Ochoa Pérez?

En vacaciones llegaban a Sociedad algunos cadetes como Rodolfo Girón Torres. Yo veía aquella figura con una gran personalidad. Yo también quería ser militar. Y efectivamente, cuando pasé a segundo grado estuve entre los tres primeros lugares. Nos becaron a México, al heroico Colegio Militar, específicamente al arma de caballería. Ahí me fui forjando. Aprendí el teje y maneje de la vida militar y aquí estoy.

¿De qué generación de militares es?

Yo soy de la promoción 33. Entre mis compañeros de promoción están Roberto d’Aubuisson.

Con quien usted fue muy cercano.

Sí. Fui muy amigo de él.

¿Quiénes más estaban?

Domingo Monterrosa, Julio Yánez, Agustín Trujillo. Somos de esa generación que se graduó en noviembre de 1963. Yo me incorporé después porque nos graduamos en febrero de 1964. Ahí en México hacen la nueva graduación para que entren los nuevos cadetes y vean como es el oficio militar. Esos eran mis compañeros.

Creo que usted lleva mucha historia encima. ¿A qué edad y bajo qué tipo de acciones comienza a pararse en primera línea de la historia?, ¿cuáles son de las primeras misiones que comienza a encabezar?

Era teniente cuando surgió el problema de Monteca con un hondureño que era como un cacique y fue capturado por la Guardia Nacional en 1967. Casi se desarrolla una guerra con Honduras a raíz de esa captura. Y luego, en 1969, como oficial de Caballería me misionan para poder hacer un reconocimiento de lo que es la frontera salvadoreña-hondureña en lo que es el Río Goascorán. Ahí empiezan las misiones que en teoría habíamos aprendido teóricamente.

¿Y participó plenamente en la guerra con Honduras?

 Sí. Era teniente de la tropa de Caballería y de la Policía de Hacienda. Establecimos una cabeza de puente en el Amatillo para que pudieran pasar las unidades de la Tercera Brigada. Esa fue una de las misiones que hicimos. Fue muy buena, por cierto. Hubo una parte importante en el principio militar que fue la sorpresa. De tal manera que ahí fue donde ya no eran balas de salva, sino balas vivas, como les decíamos en el caso con la guerra de Honduras.

Yo tengo esta impresión, obviamente es una impresión que la menciono como costarricense y como salvadoreño por mi decisión, que esa guerra la ganó El Salvador y que si no hay fuerzas externas que paren las tropas de El Salvador, posiblemente el mapa de Centroamérica sería otro.  ¿Qué impresión tiene usted?

En Honduras residían muchos salvadoreños que se habían ido a principios del Siglo XX a ayudar a la economía de Honduras. Y de repente, el general Oswaldo López Arellano decide, por razones internas, expulsar a una gran cantidad de gente. Comenzó a perseguir y a masacrar salvadoreños con lo que ellos le decían la Mancha Brava, que eran unidades paramilitares dirigidas por el gobierno de Honduras de esa época. Más que una guerra de conquista era una guerra de castigo, no al pueblo hondureño, sino al gobierno hondureño. Ese fue el asunto. La verdad es que nosotros tuvimos varias ventajas y avanzamos en territorio hondureño, y si no es por la OEA, que para a nuestras tropas, quizá hubiéramos llegado a Tegucigalpa, porque las tropas nuestras bombardearon varios territorios adentro de Honduras.

¿Hubo héroes en esa guerra?

Claro, una gran cantidad. Todavía hay algunos. Ahora ya están bastante señores. En la guerra los verdaderos héroes no son los que comandan, sino los peones. Desgraciadamente no se les da el mérito que se merecen. Hubo varios oficiales que murieron y la verdad es que el pueblo en general se unió a esa causa con la Fuerza Armada. Por primera vez en la historia el frente se hizo uno solo. Ahí no importaba si era comunista o anticomunista, todo el pueblo se unió a esta causa. Nosotros considerábamos que con Honduras teníamos una gran cantidad de puntos coincidentes. Incluso, el general Morazán dejó en su testamento que quería yacer en El Salvador. Eso porque los salvadoreños siempre le dieron su apoyo. Y, sin embargo, en Honduras, cuando fusilaron a Morazán en Costa Rica, las campanas de la iglesia repicaron en alegría porque habían fusilado a Morazán. Sin embargo, nuestras propias tropas fueron las que acompañaron a Morazán en esta gesta que, desgraciadamente, no se llevó a cabo. El objetivo era la reunificación de toda Centroamérica.

¿Se tenía que ser valiente para estar en esa guerra contra Honduras?   

Uno puede decir que es valiente, pero a las horas de las horas es cuando se ve. Una cosa es decirlo y otra es hacerlo. Gente que en la práctica no había demostrado su valor, ahí lo demostraron. Y hay quienes, como decimos en lo militar, andan bien planchaditos, pero a la hora de los cuetes son los primeros que salen corriendo. Verdaderamente la tropa salvadoreña se portó a la altura y los mandos también.

Y por esas cosas de la historia le tocó ser embajador en Honduras en un tiempo en que el expresidente Francisco Flores trataba de pelear los territorios de la frontera con Honduras en la Corte de la Haya, lo que de alguna manera debió resultar incómodo para usted. ¿Qué tal esa experiencia?

Fue interesante. Tengo una anécdota al respecto. Te la voy a contar. Yo estaba como embajador en Perú y me habían mandado con una misión muy específica, pero también en Perú estaba la situación muy violenta con Fujimori. Tenía once meses de estar en Lima cuando me llamó la cancillería. Me dijeron que por órdenes del presidente Flores me iban a trasladar a Honduras. Y así fue como llegué en el año 2001. Estuve hasta diciembre de 2009 como embajador en Honduras. Me tocó mucho acercarme a las Fuerzas Armadas, a la parte política, a la parte diplomática, porque el papel de un embajador no solo es estar en un escritorio firmando notas, sino que hay que acercarse y hacer mucho lobby.

Pero los reclamos de Flores no les gustaron mucho a los hondureños.     

No, definitivamente. Fue un reclamo en el sector de Goascorán, específicamente en el sexto bolsón. De eso se hizo el reclamo. Desgraciadamente los jueces dieron un fallo y resultó favorecido Honduras. Yo venía para El Salvador cuando la secretaria me dijo que había recibido una llamada del presidente Ricardo Maduro, quien me invitaba a Casa Presidencial, donde iban a estar los embajadores de Centroamérica. Llegué con mi señora a Casa Presidencial, hasta el salón Morazán. Ahí estaban los presidentes de los tres órganos de Estado. A nosotros, los embajadores de Centroamérica, nos pusieron a la par de los señores. Y era para leer el fallo que se había dado sobre el sexto bolsón. Ahí es donde uno tiene que poner buena cara, aunque por dentro se esté muriendo y tragando grueso. Después ya estando en la recepción, me dice un excanciller hondureño: “nosotros apostamos que no ibas a venir”. “Y por qué no. Es mi responsabilidad estar aquí”, le contesté. Esas son de esas cosas que uno tiene que enfrentar como parte de la diplomacia.

¿Te sentiste humillado en ese momento?                

No. Ahí es donde uno tiene que sacar el temple. Pero sí estaba en una situación incómoda. Quien no estaba a gusto era mi señora.

Yo creo que los hondureños llevan esa guerra del 69 y los hechos posteriores más encima que los salvadoreños. Lo digo con respeto a los hondureños.

Es correcto. Por ejemplo, los hondureños celebran el día del paro de la guerra y hablan que ganaron la guerra. Estando dentro del territorio hondureño, la radiodifusora hondureña estaba diciendo que las tropas hondureñas habían conquistado San Miguel cuando nosotros estábamos llegando a Nacaome. Pero estando yo en territorio hondureño detuvimos una caravana que venían para San Miguel a celebrar la victoria. Nosotros los páramos y les dijimos que éramos salvadoreños. En seguida los regresamos. Fue un asunto de mucha mentira. El gobierno hondureño cuando tiene un problema interno busca solucionarlo con un problema. Y muchas veces con nosotros es que revientan. Veamos el caso de la Isla Conejo, que es salvadoreña, pero que desgraciadamente un compañero militar, por respeto no voy a dar el nombre, sacó las tropas de Conejo y dejó que se quedaran solo las tropas hondureñas. Después está que se hicieron los gatos bravos y ahí está que tenemos ese problema.

¿Se perdió la Isla Conejo?

Prácticamente sí. Incluso, alguien me decía que la única forma de recuperar Conejo eran dos vías: por la vía de la guerra o por la vía diplomática. Incluso aquí, el vicepresidente Ortiz, en una ligereza, dijo que qué tanto se estaba peleando si en esa isla ni conejos hay. Me parece que es una ligereza en materia diplomática dar una opinión así.

¿Cómo habrías actuado tú?

Es que, si teníamos posesión, ahí nos hubiéramos quedado. Pero como que este comandante tuvo temor que le tomaran el destacamento de La Unión y sacó las tropas de Conejo. Ahora tenemos un problema. Y estos gobiernos (del FMLN) se han hecho los suizos. No quieren problemas.  Y la verdad que los hondureños, como una señora canciller decía, son geófagos, les encanta comer territorios salvadoreños. Y eso es lo que ha pasado. Yo creo que nosotros uno de los defectos que tenemos es que nos hace falta nacionalismo.

Como que los asuntos fronterizos no nos interesan para nada.

Claro. Los únicos que sufren son los compatriotas que están en los exbolsones. Por ejemplo, en el lado de Morazán toda la gente que no se ha querido hacer hondureña.

¿Es un problema?       

En la realidad sí. Lo que hace falta es ser un poco más patriota. Como que el patriotismo aquí ya se olvidó. Nuestra sociedad está verdaderamente enferma. Totalmente enferma.

Vamos a ver. ¿Quién lo mete a la política?, ¿Roberto d’Aubisson?

Efectivamente.

¿Qué recuerdas de d’Aubuisson?  

Estaba yo en Washington de agregado militar y llegó una delegación, incluido Roberto, quien me dijo que me uniera a ARENA.

¿Ya habían fundado ARENA?

Exactamente. Entonces, a raíz de esa visita el gobierno de Napoleón Duarte me trasladó a Venezuela. Estando en Venezuela, en 1987, tomé la decisión de pedir la baja e integrarme a ARENA. La ARENA de Roberto d’Aubuisson, no esta ARENA que perdió el rumbo de cómo Roberto la manejaba. Prácticamente con su muerte el partido pasó a otras manos para servir los intereses de gente que verdaderamente solo le interesa la plata.

¿En qué era diferente esa ARENA de Roberto d’Aubuisson?

Es que Roberto era una persona muy pragmática, que hablaba como habla el pueblo. Era un hombre sencillo que lo han acusado de todo, pero no le han probado nada. Aquí es muy fácil decir que una persona es asesina, ladrón o traidor.  La verdad es que Roberto manejó muy bien el partido, puso líderes en cada una de las cabeceras. No había esas intrigas. Roberto manejaba el partido como debe de ser. Por eso es que lo seguían las masas. Con la muerte de Roberto hubo un quiebre, y todos los que éramos dabuissonianos prácticamente fuimos apartados. Hubo una nueva era donde hemos visto una serie de fracasos que ha tenido ARENA. Eso ha sucedido  porque no ha podido cohesionar. Ha faltado ese liderazgo político que tenía Roberto.

¿Quiénes controlan o dominan al partido ARENA en la actualidad?

Pues fíjate que como en un partido se necesita pisto, prácticamente los que financian el partido son los que lo controlan. Al final hay que hacer lo que la línea del partido diga. Las líneas estratégicas las definen los que son amos y señores del partido y los ejecutan los que aparentemente están como figuras públicas. Es muy difícil porque no tienes libertad de acción. El diputado se vuelve un sirviente de los que son dueños del partido. Prácticamente se están viendo los intereses de un pequeño grupo indiscutiblemente poderoso.

¿Y es recuperable esa ARENA?  

Yo estoy fuera de ARENA y fuera de cualquier partido. Sin embargo, creo que ARENA es un partido con mucha gente. Lo que necesita es buscar verdaderos líderes en cada uno de los municipios. Y los hay. Lo que hace falta es incluir. Lo que pasa es que estos son excluyentes. Pero hay que recordar que el voto del más humilde de los campesinos vale por igual que uno de los dueños del Grupo Roble, para dar un ejemplo. En ese sentido, yo creo que hace falta mucho liderazgo. No hay liderazgo. Por ejemplo, veo el caso de San Miguel, donde ARENA está en tercero. Yo creo que se deberían de recomponer porque el Estado necesita una alternancia. Estos dos gobiernos del FMLN han llevado al país a una situación verdaderamente lamentable, una situación de inseguridad y anarquía.   

Ahora, si ARENA está en ese estado, si el FMLN, a su juicio, está haciendo una mala administración, ¿qué le queda a este país?  

Ojalá que surja una tercera vía, que la veo difícil porque el país está dominado por dos grandes fuerzas. El FMLN por un lado y ARENA por otro… Ahora, ¿qué va a pasar? Si ARENA no se fortalece, el FMLN va a seguir gobernando y no sé a dónde nos va a llevar.

He conocido que usted es un coronel que aguanta poca cosa. Es rebelde, casi como un indómito, con razones en sus manos. ¿Cómo comienzan esas crisis suyas frente al poder militar, al poder económico o a lo que existe?

Fíjate que todo comenzó en Cabañas, cuando yo estaba ahí en 1981 hasta principios de 1983. Tenía muy bien controlado el departamento con mis oficiales y soldados con los que hicimos buen link. Y la verdad que estábamos bien y de repente me trasladan a Uruguay y me revelo.

¿Y por qué lo trasladan?

Esas son de las cosas que todavía no entiendo. Yo estaba cumpliendo la misión que me habían dado y lo había logrado con lo que había aprendido en Israel.

¿Quién estaba en el Gobierno?

Estaba el doctor Magaña. Cuando surgió la orden de trasladarme al Gobierno de Uruguay surgió un movimiento espontáneo, no solo de la tropa, sino del pueblo de Cabañas. Yo me convencí de hacerle frente al asunto y me decidí a hacer lo que hizo Cortez en Veracruz cuando la conquista de México.

¿Qué decidió, qué hizo?

Desconocimos la autoridad del ministro de Defensa, con quien ahora yo tengo buena relación, y a raíz de eso no me mandaron para Uruguay, sino que me mandaron para Washington. Ahí los gringos metieron la mano para ver qué es lo que había pasado. La verdad es que nosotros pudimos haber ganado la guerra, pero actuando así como se actuó en Cabañas y en otros departamentos.

¿Qué pasó, tenían algo de usted? 

Yo creo que el problema se da cuando alguien va creciendo. Muchas veces se decide cortarle la cabeza. Es uno de los defectos que tenemos en el país en general. Así pasó y me fui para allá. Pero el pueblo de Cabañas se manifestó.

¿Debió darse la paz o ustedes estaban en condiciones de ganar la guerra?

Yo creo que sí, si nos hubieran dado más apoyo, y sobre todo apoyo político. Pero hubo mucha presión de los Estados Unidos y de la Unión Soviética de llegar a una negociación, de buscar un empate técnico. Esta no fue una guerra de baja intensidad. Sufrimos de ambos lados. A nosotros nos han matado oficiales, algunos perdieron sus ojos, están mal heridos. Eso no lo reconocen. Esta situación que se está dando ahora con la derogatoria de la Ley de Amnistía, con eso están revolviendo a la sociedad para que no haya paz, sino venganza. Yo creo que la Fuerza Armada cumplió una misión constitucional: defendimos al Estado y evitamos lo que ocurrió en Nicaragua.

¿Hay injusticia con ustedes, hay una mala defensa o se han equivocado en el registro de los hechos de la historia? 

Creo que las tres cosas. Desgraciadamente nosotros no hemos dado a conocer nuestra verdad y solo hemos estado callados, oyendo esa gran cantidad de mentiras y guiones de películas de la izquierda. En los combates no hubo más de 10 o 15 muertos. Ahora aparece que todos los combates fueron masacres. Ahí está la UCA diciendo que hubo 132 masacres. Desgraciadamente de parte de nosotros no se ha dicho la verdad.

¿Debe el Ejército reconocer alguna dosis de excesos?

Es correcto. Para comenzar, la guerra es una violación a todos los principios y en esto es bien difícil controlar hasta el último soldado y por eso se dan excesos. Pero también vemos del otro lado los secuestros, los asesinatos de ministros, de funcionarios, de empresarios. Destruyeron la infraestructura del país. Mataron vacas. La masacre de la Zona Rosa. Pero ellos se amparan que los derechos humanos solo son violados por los entes del Estado. Nuestras acciones no fueron de masacres. Yo estoy en contra de ese cliché de “la masacre tal”. Fueron combates. La guerrilla ponía niños y mujeres y luego les quitaban las armas para que dijeran que eran civiles. Yo creo que ya es tiempo que digamos “basta”. 

Esta nueva violencia es producto de los errores de una paz acordada no en términos prósperos y buenos. Estamos pagando la consecuencia de malos acuerdos. Claro, algunos que lo firmaron lo defienden porque dicen que se callaron las armas. Sí, pero no se pusieron a pensar en la explosión que iba haber después. No pensaron en esa cantidad de tropa desmovilizada, en esa cantidad de guerrilleros desmovilizados que estaban acostumbrados a matar. Hay que hablar claro, porque no estábamos peleando con angelitos. Estábamos peleando contra terroristas entrenados en Cuba, apoyados por la Unión Soviética, Vietnam y China. Nosotros no estábamos preparados para ese tipo de guerra, que no sabes dónde está el frente y la retaguardia... Cuando eliminaron los cuerpos de seguridad, esos espacios los llenaron las maras que ahora es un monstruo de mil cabezas. La población debe entender que la única institución que puede salvar al Estado es la Fuerza Armada, pero una Fuerza Armada que no esté al servicio de un partido político, que no meta ideologías como en el caso el Venezuela.

¿Pero eso no es parte de una Fuerza Armada que en tiempos pasados se arrimó demasiado a la política?

Es correcto. Pero eso se debió haber corregido. Lo que digo es que la Fuerza Armada no se debe de prestar al juego de algún partido político, ni de derecha ni de izquierda. Debe estar al servicio de la nación, porque si no estaremos cayendo en los errores del pasado.

Hay otra tesis planteada en el camino. La UCA habla de lo que se llama modernamente justicia restaurativa, que no significa que los señalados vayan a la cárcel, sino que reconozcan los errores y pidan perdón. ¿Usted está de acuerdo que lo hagan?

No. Es que para eso hay un comandante general y lo hizo el presidente Cristiani, lo hizo Paco Flores y lo hizo Funes.

Simbólicamente ya se hizo.

Ya se ha hecho. Lo que quieren es ver a los militares en escarnio. Nos quieren ver esposados, nos quieren ver en una situación de venganza. Me extraña de los magistrados de la Sala que, con la derogatoria de la Amnistía, lo que han hecho es abrir un portón que no va a tener fin. Esto fue un adefesio que no sé con qué fin se hizo, porque al final ellos se pueden ir a un organismo internacional y nosotros nos quedamos aquí sembrados y fregados. Yo por eso no creo en las palabras de los curas jesuitas que solamente es pedir perdón. Lo que quieren es que nosotros estemos humillados y en la cárcel. Y me extraña que se presten a este juego porque hay que reconocer que muchos de ellos participaron en la subversión.

¿Qué hacer? ¿Levantada la amnistía qué recomiendas tú?

 Hay que reconciliar al país. La sociedad en general debemos reconciliarnos. Pero dentro de los mismos partidos hay pleitos. Hemos caído en una situación de anarquía. Ya no hay que pensar en caudillos, sino que las instituciones funcionen.

En su vida se presenta un accidente en la historia. El expresidente Mauricio Funes lo da de alta cuando decide lanzarse como candidato a diputado. Eso le dispara la popularidad y acaba como uno de los más votados en la Asamblea. ¿Qué pasó realmente? ¿Alguna vez habló personalmente con el expresidente Funes?

Todo comenzó con una declaración de Funes en el Mozote, donde cuestionó los nombres de algunas unidades militares en San Miguel, por ejemplo, una que lleva el nombre del teniente coronel Domingo Monterrosa Barrios, que, para nosotros, son héroes porque cayeron en el cumplimiento de su misión. A raíz de todo eso yo puse en Facebook que quién era él para cuestionar a nuestros héroes, que nosotros respetábamos a los héroes de la izquierda. La sorpresa me la llevé cuando me llamaron de la casa para decirme que me andaban buscando hombres uniformados. Después me reuní con ellos y me dieron una copia del acta donde me daban de alta sin haberme consultado y sin yo haber ido apedirlo, porque yo estoy en una situación de retiro como estamos muchos. Me llevé la sorpresa que me estaban dando de alta en la rama de agregados. Creí yo que eso tenía dos intensiones: frenar mis aspiraraciones a un cargo público y lo otro sacarme del país.

¿En el fondo lo percibió como un castigo?

Exactamente. Yo creo que esta no fue una idea del presidente Funes. Yo creo que alguien del Alto Mando le ha de haber dicho que para fregarme me dieran de alta. A raíz de eso me avoqué donde mi amigo, el doctor Nelson García, y presentamos un recurso y así fue como llegamos a la comisión de la Asamblea. Una vez que estábamos con la Comisión de Seguridad, en Casa Presidencial, se me acercó el presidente Funes y me dijo: “dicen que usted es mi diputado”. “No. Yo soy diputado de todos los salvadoreños”, le dije.  

¿Es frecuente que usen ese recurso?

 No. Salvo que lo quieran molestar o fregar a uno.

¿Está totalmente fuera de la política o volvería a la política?

 No. Yo creo que ya tengo suficientes años para vivirlos tranquilos. Yo lo que quiero es que haya una reconciliación en el país.

¿Por qué se queda callado el Ejército actual, por qué no los ve uno tratando de corregir la historia?

Todo depende de la conducción. El oficial y la tropa es eminentemente obediente y la verdad es que depende de la línea que se dé. Yo he criticado de los altos mandos últimos esa separación que han hecho entre los que pusimos el pecho y nuestras vidas para defender el país, y hoy incluso hay oficiales que les están lavando el cerebro de que los oficiales que estuvimos en el conflicto somos criminales, que somos asesinos. Hay un lavado de queique que es muy peligroso. Nosotros incluso hemos criticado que antes los veteranos se reunían en las guarniciones militares y hubo una orden que ya no les permitieran entrar. Ha habido una división, cuando deberíamos estar todos unidos. Desgraciadamente, en mi caso, el actual ministro de Defensa, junto con otros dos oficiales, me ha prohibido que ponga un pie en guarniciones militares.

¿Y son órdenes que se justifican?

No se justifican. La justificación fue que nosotros estábamos haciendo campaña política. Pero yo nunca he ido a un cuartel a hablar de política. Lo que sucede es que nos están queriendo dividir y eso me parece mal del actual mando militar. Deberían de mantenernos unidos porque nosotros podemos ayudar.

Hay como un esfuerzo para crear dos Ejércitos: los antiguos y los nuevos. Quizá tiene un trasfondo ideológico.

Eso es lo que a mí me preocupa. El otro día estuve platicando en el Círculo Militar con un teniente que estaba en la Escuela Militar, y ya se había echado sus tragos y me dijo: “mire, mi coronel, es que ustedes fueron masacradores”. Yo lo paré en seco y le dije que nosotros defendimos al Estado, de acuerdo con la Constitución, contra una agresión marxista. Lo que está pasando es que ese consejo que gobierna la currícula de la Escuela Militar la están induciendo a algo que no es. La institución armada es apolítica. Yo no soy un excoronel, sino un coronel en situación de retiro. 

“No me dejan poner un pie en una guarnición militar"

Por: Lafitte Fernández
enero 29, 2017

Ochoa vive ahora en el campo. Compró una finca que se la vendieron barata y ahora quiere dedicarse a cultivar la tierra

Foto archivo.

Ochoa vive ahora en el campo. Compró una finca que se la vendieron barata y ahora quiere dedicarse a cultivar la tierra

Aunque poco o nada conozco de militares, sospecho que el coronel Sigifredo Ochoa Pérez ha sido, por épocas, un símbolo incendiario: no un cabeza agachada como exigen los reglamentos y la disciplina de sus superiores.

Tal vez por eso se rebeló cuando estaba en Cabañas y le llegó una nota incómoda: lo querían enviar de agregado militar a Montevideo, Uruguay. Tradujo la orden como que lo que trataban era quitárselo de encima. No le gustó esa orden y se rebeló. Mandó al diablo a quien firmó esa orden dentro del Ejército.

Más recientemente, criticó al expresidente Mauricio Funes en las redes sociales. El exmandatario ordenó darlo de alta (aunque estaba retirado), para evitar que pudiese ser diputado.

Se rebeló contra el Comandante en jefe de ese entonces. Llevó su caso a la Sala de lo Constitucional. Ahí apoyaron sus derechos y acabó como uno de los legisladores más votados del partido ARENA. Le ganó la batalla al comandante en jefe del Ejército.

Una vez que fue diputado por segunda vez, no le gustaron las decisiones que se tomaron en                 ARENA y también se largó a otro partido político. Lo criticaron, lo investigaron, le dijeron de todo, pero tampoco nadie detuvo su rebeldía.

Ochoa vive ahora en el campo. Compró una finca que se le vendieron barata y ahora quiere dedicarse a cultivar la tierra: tal vez frijoles, plátanos y algunas otras verduras. Quiere vivir ahí y está a punto de construirse una cabaña. Ya no quiere estar en una ciudad.

El coronel, que también ha encabezado varias instituciones, está retirado de la política. Dice que no quiere volver a pedir voto. Tampoco tiene partido político y se podría decir que es arenero nostálgico que extraña los tiempos en que caminaba por el país al lado de Roberto d’Aubuisson, uno de sus mejores amigos.

Ochoa es un militar retirado pero no lo dejan entrar a ningún cuartel. Dice que para prohibirle la entrada alegaron que llegaría a hacer política y dice que eso no es así. Con sus diferencias, se siente como un excura a quien no dejan entrar a rezar a una Iglesia.

Esto es lo que hablé una noche con el coronel Ochoa Pérez:

¿Cómo se define, quién es Sigifredo Ochoa Pérez?

Me defino como un salvadoreño al cien por ciento. Como dicen: para que buscar en otro lado lo que aquí se encuentra. Soy salvadoreño, con todas las virtudes y defectos que tiene el país. Me defino como un soldado. Aun en la situación de retiro, sigo siendo un soldado y un hombre que a veces no le gusta a alguna gente mi forma de ser porque me gusta decir las cosas como son. Soy un soldado salvadoreño que siempre está dispuesto al llamado de la patria. Especialmente me defino como un demócrata.

Cuénteme un poquito de su vida. ¿Cómo llega a ser uno de los principales militares del país?

Mi padre fue don Ernesto Ochoa y mi madre doña Melina Pérez Reyes. Mi padre era un albañil, un carpintero, un electricista. Mi madre era una maestra rural. Ellos trabajaban en la hacienda de un ciudadano español llamado Enrique Prunera. La hacienda se llama Los Ranchos, está ubicada en el cantón Miraflores, jurisdicción de San Miguel. Ahí nací yo, un Jueves Santos, 2 de abril de 1942. Al cumplir un año mi familia se trasladó a Sociedad, una población en Morazán fundada por el coronel Benítez, un soldado que luchó a las órdenes de Simón Bolívar y de Francisco Morazán.

¿Por qué escoges el camino de militar?

Es una cosa bien interesante. Mi padre quería que fuera ingeniero agrónomo y que estudiara en la ENA. Pero yo quería salir de Sociedad, aspiraba a tener otros horizontes. Fíjate que había un hermano que entró a la Escuela Militar, pero no terminó la escuela. Él me enseñó muchas cosas y yo me quedé con esa espinita de por qué mi hermano no había terminado la escuela militar. Sin decirle a mis padres hice la solicitud a la Escuela Militar. Era bachiller y no conocía San Salvador. Estamos hablando de 1959. Fue un reto para mí mismo. Me decía: si mi hermano no salió, yo sí voy a salir. Por eso entré a la Escuela Militar y me gustó.

Yo creo que hay una edad donde hay personajes que determinan tu vida, que influyen, que le dan carácter, que modela la personalidad. ¿Cómo comienza a cocerse esa figura del coronel Ochoa Pérez?

En vacaciones llegaban a Sociedad algunos cadetes como Rodolfo Girón Torres. Yo veía aquella figura con una gran personalidad. Yo también quería ser militar. Y efectivamente, cuando pasé a segundo grado estuve entre los tres primeros lugares. Nos becaron a México, al heroico Colegio Militar, específicamente al arma de caballería. Ahí me fui forjando. Aprendí el teje y maneje de la vida militar y aquí estoy.

¿De qué generación de militares es?

Yo soy de la promoción 33. Entre mis compañeros de promoción están Roberto d’Aubuisson.

Con quien usted fue muy cercano.

Sí. Fui muy amigo de él.

¿Quiénes más estaban?

Domingo Monterrosa, Julio Yánez, Agustín Trujillo. Somos de esa generación que se graduó en noviembre de 1963. Yo me incorporé después porque nos graduamos en febrero de 1964. Ahí en México hacen la nueva graduación para que entren los nuevos cadetes y vean como es el oficio militar. Esos eran mis compañeros.

Creo que usted lleva mucha historia encima. ¿A qué edad y bajo qué tipo de acciones comienza a pararse en primera línea de la historia?, ¿cuáles son de las primeras misiones que comienza a encabezar?

Era teniente cuando surgió el problema de Monteca con un hondureño que era como un cacique y fue capturado por la Guardia Nacional en 1967. Casi se desarrolla una guerra con Honduras a raíz de esa captura. Y luego, en 1969, como oficial de Caballería me misionan para poder hacer un reconocimiento de lo que es la frontera salvadoreña-hondureña en lo que es el Río Goascorán. Ahí empiezan las misiones que en teoría habíamos aprendido teóricamente.

¿Y participó plenamente en la guerra con Honduras?

 Sí. Era teniente de la tropa de Caballería y de la Policía de Hacienda. Establecimos una cabeza de puente en el Amatillo para que pudieran pasar las unidades de la Tercera Brigada. Esa fue una de las misiones que hicimos. Fue muy buena, por cierto. Hubo una parte importante en el principio militar que fue la sorpresa. De tal manera que ahí fue donde ya no eran balas de salva, sino balas vivas, como les decíamos en el caso con la guerra de Honduras.

Yo tengo esta impresión, obviamente es una impresión que la menciono como costarricense y como salvadoreño por mi decisión, que esa guerra la ganó El Salvador y que si no hay fuerzas externas que paren las tropas de El Salvador, posiblemente el mapa de Centroamérica sería otro.  ¿Qué impresión tiene usted?

En Honduras residían muchos salvadoreños que se habían ido a principios del Siglo XX a ayudar a la economía de Honduras. Y de repente, el general Oswaldo López Arellano decide, por razones internas, expulsar a una gran cantidad de gente. Comenzó a perseguir y a masacrar salvadoreños con lo que ellos le decían la Mancha Brava, que eran unidades paramilitares dirigidas por el gobierno de Honduras de esa época. Más que una guerra de conquista era una guerra de castigo, no al pueblo hondureño, sino al gobierno hondureño. Ese fue el asunto. La verdad es que nosotros tuvimos varias ventajas y avanzamos en territorio hondureño, y si no es por la OEA, que para a nuestras tropas, quizá hubiéramos llegado a Tegucigalpa, porque las tropas nuestras bombardearon varios territorios adentro de Honduras.

¿Hubo héroes en esa guerra?

Claro, una gran cantidad. Todavía hay algunos. Ahora ya están bastante señores. En la guerra los verdaderos héroes no son los que comandan, sino los peones. Desgraciadamente no se les da el mérito que se merecen. Hubo varios oficiales que murieron y la verdad es que el pueblo en general se unió a esa causa con la Fuerza Armada. Por primera vez en la historia el frente se hizo uno solo. Ahí no importaba si era comunista o anticomunista, todo el pueblo se unió a esta causa. Nosotros considerábamos que con Honduras teníamos una gran cantidad de puntos coincidentes. Incluso, el general Morazán dejó en su testamento que quería yacer en El Salvador. Eso porque los salvadoreños siempre le dieron su apoyo. Y, sin embargo, en Honduras, cuando fusilaron a Morazán en Costa Rica, las campanas de la iglesia repicaron en alegría porque habían fusilado a Morazán. Sin embargo, nuestras propias tropas fueron las que acompañaron a Morazán en esta gesta que, desgraciadamente, no se llevó a cabo. El objetivo era la reunificación de toda Centroamérica.

¿Se tenía que ser valiente para estar en esa guerra contra Honduras?   

Uno puede decir que es valiente, pero a las horas de las horas es cuando se ve. Una cosa es decirlo y otra es hacerlo. Gente que en la práctica no había demostrado su valor, ahí lo demostraron. Y hay quienes, como decimos en lo militar, andan bien planchaditos, pero a la hora de los cuetes son los primeros que salen corriendo. Verdaderamente la tropa salvadoreña se portó a la altura y los mandos también.

Y por esas cosas de la historia le tocó ser embajador en Honduras en un tiempo en que el expresidente Francisco Flores trataba de pelear los territorios de la frontera con Honduras en la Corte de la Haya, lo que de alguna manera debió resultar incómodo para usted. ¿Qué tal esa experiencia?

Fue interesante. Tengo una anécdota al respecto. Te la voy a contar. Yo estaba como embajador en Perú y me habían mandado con una misión muy específica, pero también en Perú estaba la situación muy violenta con Fujimori. Tenía once meses de estar en Lima cuando me llamó la cancillería. Me dijeron que por órdenes del presidente Flores me iban a trasladar a Honduras. Y así fue como llegué en el año 2001. Estuve hasta diciembre de 2009 como embajador en Honduras. Me tocó mucho acercarme a las Fuerzas Armadas, a la parte política, a la parte diplomática, porque el papel de un embajador no solo es estar en un escritorio firmando notas, sino que hay que acercarse y hacer mucho lobby.

Pero los reclamos de Flores no les gustaron mucho a los hondureños.     

No, definitivamente. Fue un reclamo en el sector de Goascorán, específicamente en el sexto bolsón. De eso se hizo el reclamo. Desgraciadamente los jueces dieron un fallo y resultó favorecido Honduras. Yo venía para El Salvador cuando la secretaria me dijo que había recibido una llamada del presidente Ricardo Maduro, quien me invitaba a Casa Presidencial, donde iban a estar los embajadores de Centroamérica. Llegué con mi señora a Casa Presidencial, hasta el salón Morazán. Ahí estaban los presidentes de los tres órganos de Estado. A nosotros, los embajadores de Centroamérica, nos pusieron a la par de los señores. Y era para leer el fallo que se había dado sobre el sexto bolsón. Ahí es donde uno tiene que poner buena cara, aunque por dentro se esté muriendo y tragando grueso. Después ya estando en la recepción, me dice un excanciller hondureño: “nosotros apostamos que no ibas a venir”. “Y por qué no. Es mi responsabilidad estar aquí”, le contesté. Esas son de esas cosas que uno tiene que enfrentar como parte de la diplomacia.

¿Te sentiste humillado en ese momento?                

No. Ahí es donde uno tiene que sacar el temple. Pero sí estaba en una situación incómoda. Quien no estaba a gusto era mi señora.

Yo creo que los hondureños llevan esa guerra del 69 y los hechos posteriores más encima que los salvadoreños. Lo digo con respeto a los hondureños.

Es correcto. Por ejemplo, los hondureños celebran el día del paro de la guerra y hablan que ganaron la guerra. Estando dentro del territorio hondureño, la radiodifusora hondureña estaba diciendo que las tropas hondureñas habían conquistado San Miguel cuando nosotros estábamos llegando a Nacaome. Pero estando yo en territorio hondureño detuvimos una caravana que venían para San Miguel a celebrar la victoria. Nosotros los páramos y les dijimos que éramos salvadoreños. En seguida los regresamos. Fue un asunto de mucha mentira. El gobierno hondureño cuando tiene un problema interno busca solucionarlo con un problema. Y muchas veces con nosotros es que revientan. Veamos el caso de la Isla Conejo, que es salvadoreña, pero que desgraciadamente un compañero militar, por respeto no voy a dar el nombre, sacó las tropas de Conejo y dejó que se quedaran solo las tropas hondureñas. Después está que se hicieron los gatos bravos y ahí está que tenemos ese problema.

¿Se perdió la Isla Conejo?

Prácticamente sí. Incluso, alguien me decía que la única forma de recuperar Conejo eran dos vías: por la vía de la guerra o por la vía diplomática. Incluso aquí, el vicepresidente Ortiz, en una ligereza, dijo que qué tanto se estaba peleando si en esa isla ni conejos hay. Me parece que es una ligereza en materia diplomática dar una opinión así.

¿Cómo habrías actuado tú?

Es que, si teníamos posesión, ahí nos hubiéramos quedado. Pero como que este comandante tuvo temor que le tomaran el destacamento de La Unión y sacó las tropas de Conejo. Ahora tenemos un problema. Y estos gobiernos (del FMLN) se han hecho los suizos. No quieren problemas.  Y la verdad que los hondureños, como una señora canciller decía, son geófagos, les encanta comer territorios salvadoreños. Y eso es lo que ha pasado. Yo creo que nosotros uno de los defectos que tenemos es que nos hace falta nacionalismo.

Como que los asuntos fronterizos no nos interesan para nada.

Claro. Los únicos que sufren son los compatriotas que están en los exbolsones. Por ejemplo, en el lado de Morazán toda la gente que no se ha querido hacer hondureña.

¿Es un problema?       

En la realidad sí. Lo que hace falta es ser un poco más patriota. Como que el patriotismo aquí ya se olvidó. Nuestra sociedad está verdaderamente enferma. Totalmente enferma.

Vamos a ver. ¿Quién lo mete a la política?, ¿Roberto d’Aubisson?

Efectivamente.

¿Qué recuerdas de d’Aubuisson?  

Estaba yo en Washington de agregado militar y llegó una delegación, incluido Roberto, quien me dijo que me uniera a ARENA.

¿Ya habían fundado ARENA?

Exactamente. Entonces, a raíz de esa visita el gobierno de Napoleón Duarte me trasladó a Venezuela. Estando en Venezuela, en 1987, tomé la decisión de pedir la baja e integrarme a ARENA. La ARENA de Roberto d’Aubuisson, no esta ARENA que perdió el rumbo de cómo Roberto la manejaba. Prácticamente con su muerte el partido pasó a otras manos para servir los intereses de gente que verdaderamente solo le interesa la plata.

¿En qué era diferente esa ARENA de Roberto d’Aubuisson?

Es que Roberto era una persona muy pragmática, que hablaba como habla el pueblo. Era un hombre sencillo que lo han acusado de todo, pero no le han probado nada. Aquí es muy fácil decir que una persona es asesina, ladrón o traidor.  La verdad es que Roberto manejó muy bien el partido, puso líderes en cada una de las cabeceras. No había esas intrigas. Roberto manejaba el partido como debe de ser. Por eso es que lo seguían las masas. Con la muerte de Roberto hubo un quiebre, y todos los que éramos dabuissonianos prácticamente fuimos apartados. Hubo una nueva era donde hemos visto una serie de fracasos que ha tenido ARENA. Eso ha sucedido  porque no ha podido cohesionar. Ha faltado ese liderazgo político que tenía Roberto.

¿Quiénes controlan o dominan al partido ARENA en la actualidad?

Pues fíjate que como en un partido se necesita pisto, prácticamente los que financian el partido son los que lo controlan. Al final hay que hacer lo que la línea del partido diga. Las líneas estratégicas las definen los que son amos y señores del partido y los ejecutan los que aparentemente están como figuras públicas. Es muy difícil porque no tienes libertad de acción. El diputado se vuelve un sirviente de los que son dueños del partido. Prácticamente se están viendo los intereses de un pequeño grupo indiscutiblemente poderoso.

¿Y es recuperable esa ARENA?  

Yo estoy fuera de ARENA y fuera de cualquier partido. Sin embargo, creo que ARENA es un partido con mucha gente. Lo que necesita es buscar verdaderos líderes en cada uno de los municipios. Y los hay. Lo que hace falta es incluir. Lo que pasa es que estos son excluyentes. Pero hay que recordar que el voto del más humilde de los campesinos vale por igual que uno de los dueños del Grupo Roble, para dar un ejemplo. En ese sentido, yo creo que hace falta mucho liderazgo. No hay liderazgo. Por ejemplo, veo el caso de San Miguel, donde ARENA está en tercero. Yo creo que se deberían de recomponer porque el Estado necesita una alternancia. Estos dos gobiernos del FMLN han llevado al país a una situación verdaderamente lamentable, una situación de inseguridad y anarquía.   

Ahora, si ARENA está en ese estado, si el FMLN, a su juicio, está haciendo una mala administración, ¿qué le queda a este país?  

Ojalá que surja una tercera vía, que la veo difícil porque el país está dominado por dos grandes fuerzas. El FMLN por un lado y ARENA por otro… Ahora, ¿qué va a pasar? Si ARENA no se fortalece, el FMLN va a seguir gobernando y no sé a dónde nos va a llevar.

He conocido que usted es un coronel que aguanta poca cosa. Es rebelde, casi como un indómito, con razones en sus manos. ¿Cómo comienzan esas crisis suyas frente al poder militar, al poder económico o a lo que existe?

Fíjate que todo comenzó en Cabañas, cuando yo estaba ahí en 1981 hasta principios de 1983. Tenía muy bien controlado el departamento con mis oficiales y soldados con los que hicimos buen link. Y la verdad que estábamos bien y de repente me trasladan a Uruguay y me revelo.

¿Y por qué lo trasladan?

Esas son de las cosas que todavía no entiendo. Yo estaba cumpliendo la misión que me habían dado y lo había logrado con lo que había aprendido en Israel.

¿Quién estaba en el Gobierno?

Estaba el doctor Magaña. Cuando surgió la orden de trasladarme al Gobierno de Uruguay surgió un movimiento espontáneo, no solo de la tropa, sino del pueblo de Cabañas. Yo me convencí de hacerle frente al asunto y me decidí a hacer lo que hizo Cortez en Veracruz cuando la conquista de México.

¿Qué decidió, qué hizo?

Desconocimos la autoridad del ministro de Defensa, con quien ahora yo tengo buena relación, y a raíz de eso no me mandaron para Uruguay, sino que me mandaron para Washington. Ahí los gringos metieron la mano para ver qué es lo que había pasado. La verdad es que nosotros pudimos haber ganado la guerra, pero actuando así como se actuó en Cabañas y en otros departamentos.

¿Qué pasó, tenían algo de usted? 

Yo creo que el problema se da cuando alguien va creciendo. Muchas veces se decide cortarle la cabeza. Es uno de los defectos que tenemos en el país en general. Así pasó y me fui para allá. Pero el pueblo de Cabañas se manifestó.

¿Debió darse la paz o ustedes estaban en condiciones de ganar la guerra?

Yo creo que sí, si nos hubieran dado más apoyo, y sobre todo apoyo político. Pero hubo mucha presión de los Estados Unidos y de la Unión Soviética de llegar a una negociación, de buscar un empate técnico. Esta no fue una guerra de baja intensidad. Sufrimos de ambos lados. A nosotros nos han matado oficiales, algunos perdieron sus ojos, están mal heridos. Eso no lo reconocen. Esta situación que se está dando ahora con la derogatoria de la Ley de Amnistía, con eso están revolviendo a la sociedad para que no haya paz, sino venganza. Yo creo que la Fuerza Armada cumplió una misión constitucional: defendimos al Estado y evitamos lo que ocurrió en Nicaragua.

¿Hay injusticia con ustedes, hay una mala defensa o se han equivocado en el registro de los hechos de la historia? 

Creo que las tres cosas. Desgraciadamente nosotros no hemos dado a conocer nuestra verdad y solo hemos estado callados, oyendo esa gran cantidad de mentiras y guiones de películas de la izquierda. En los combates no hubo más de 10 o 15 muertos. Ahora aparece que todos los combates fueron masacres. Ahí está la UCA diciendo que hubo 132 masacres. Desgraciadamente de parte de nosotros no se ha dicho la verdad.

¿Debe el Ejército reconocer alguna dosis de excesos?

Es correcto. Para comenzar, la guerra es una violación a todos los principios y en esto es bien difícil controlar hasta el último soldado y por eso se dan excesos. Pero también vemos del otro lado los secuestros, los asesinatos de ministros, de funcionarios, de empresarios. Destruyeron la infraestructura del país. Mataron vacas. La masacre de la Zona Rosa. Pero ellos se amparan que los derechos humanos solo son violados por los entes del Estado. Nuestras acciones no fueron de masacres. Yo estoy en contra de ese cliché de “la masacre tal”. Fueron combates. La guerrilla ponía niños y mujeres y luego les quitaban las armas para que dijeran que eran civiles. Yo creo que ya es tiempo que digamos “basta”. 

Esta nueva violencia es producto de los errores de una paz acordada no en términos prósperos y buenos. Estamos pagando la consecuencia de malos acuerdos. Claro, algunos que lo firmaron lo defienden porque dicen que se callaron las armas. Sí, pero no se pusieron a pensar en la explosión que iba haber después. No pensaron en esa cantidad de tropa desmovilizada, en esa cantidad de guerrilleros desmovilizados que estaban acostumbrados a matar. Hay que hablar claro, porque no estábamos peleando con angelitos. Estábamos peleando contra terroristas entrenados en Cuba, apoyados por la Unión Soviética, Vietnam y China. Nosotros no estábamos preparados para ese tipo de guerra, que no sabes dónde está el frente y la retaguardia... Cuando eliminaron los cuerpos de seguridad, esos espacios los llenaron las maras que ahora es un monstruo de mil cabezas. La población debe entender que la única institución que puede salvar al Estado es la Fuerza Armada, pero una Fuerza Armada que no esté al servicio de un partido político, que no meta ideologías como en el caso el Venezuela.

¿Pero eso no es parte de una Fuerza Armada que en tiempos pasados se arrimó demasiado a la política?

Es correcto. Pero eso se debió haber corregido. Lo que digo es que la Fuerza Armada no se debe de prestar al juego de algún partido político, ni de derecha ni de izquierda. Debe estar al servicio de la nación, porque si no estaremos cayendo en los errores del pasado.

Hay otra tesis planteada en el camino. La UCA habla de lo que se llama modernamente justicia restaurativa, que no significa que los señalados vayan a la cárcel, sino que reconozcan los errores y pidan perdón. ¿Usted está de acuerdo que lo hagan?

No. Es que para eso hay un comandante general y lo hizo el presidente Cristiani, lo hizo Paco Flores y lo hizo Funes.

Simbólicamente ya se hizo.

Ya se ha hecho. Lo que quieren es ver a los militares en escarnio. Nos quieren ver esposados, nos quieren ver en una situación de venganza. Me extraña de los magistrados de la Sala que, con la derogatoria de la Amnistía, lo que han hecho es abrir un portón que no va a tener fin. Esto fue un adefesio que no sé con qué fin se hizo, porque al final ellos se pueden ir a un organismo internacional y nosotros nos quedamos aquí sembrados y fregados. Yo por eso no creo en las palabras de los curas jesuitas que solamente es pedir perdón. Lo que quieren es que nosotros estemos humillados y en la cárcel. Y me extraña que se presten a este juego porque hay que reconocer que muchos de ellos participaron en la subversión.

¿Qué hacer? ¿Levantada la amnistía qué recomiendas tú?

 Hay que reconciliar al país. La sociedad en general debemos reconciliarnos. Pero dentro de los mismos partidos hay pleitos. Hemos caído en una situación de anarquía. Ya no hay que pensar en caudillos, sino que las instituciones funcionen.

En su vida se presenta un accidente en la historia. El expresidente Mauricio Funes lo da de alta cuando decide lanzarse como candidato a diputado. Eso le dispara la popularidad y acaba como uno de los más votados en la Asamblea. ¿Qué pasó realmente? ¿Alguna vez habló personalmente con el expresidente Funes?

Todo comenzó con una declaración de Funes en el Mozote, donde cuestionó los nombres de algunas unidades militares en San Miguel, por ejemplo, una que lleva el nombre del teniente coronel Domingo Monterrosa Barrios, que, para nosotros, son héroes porque cayeron en el cumplimiento de su misión. A raíz de todo eso yo puse en Facebook que quién era él para cuestionar a nuestros héroes, que nosotros respetábamos a los héroes de la izquierda. La sorpresa me la llevé cuando me llamaron de la casa para decirme que me andaban buscando hombres uniformados. Después me reuní con ellos y me dieron una copia del acta donde me daban de alta sin haberme consultado y sin yo haber ido apedirlo, porque yo estoy en una situación de retiro como estamos muchos. Me llevé la sorpresa que me estaban dando de alta en la rama de agregados. Creí yo que eso tenía dos intensiones: frenar mis aspiraraciones a un cargo público y lo otro sacarme del país.

¿En el fondo lo percibió como un castigo?

Exactamente. Yo creo que esta no fue una idea del presidente Funes. Yo creo que alguien del Alto Mando le ha de haber dicho que para fregarme me dieran de alta. A raíz de eso me avoqué donde mi amigo, el doctor Nelson García, y presentamos un recurso y así fue como llegamos a la comisión de la Asamblea. Una vez que estábamos con la Comisión de Seguridad, en Casa Presidencial, se me acercó el presidente Funes y me dijo: “dicen que usted es mi diputado”. “No. Yo soy diputado de todos los salvadoreños”, le dije.  

¿Es frecuente que usen ese recurso?

 No. Salvo que lo quieran molestar o fregar a uno.

¿Está totalmente fuera de la política o volvería a la política?

 No. Yo creo que ya tengo suficientes años para vivirlos tranquilos. Yo lo que quiero es que haya una reconciliación en el país.

¿Por qué se queda callado el Ejército actual, por qué no los ve uno tratando de corregir la historia?

Todo depende de la conducción. El oficial y la tropa es eminentemente obediente y la verdad es que depende de la línea que se dé. Yo he criticado de los altos mandos últimos esa separación que han hecho entre los que pusimos el pecho y nuestras vidas para defender el país, y hoy incluso hay oficiales que les están lavando el cerebro de que los oficiales que estuvimos en el conflicto somos criminales, que somos asesinos. Hay un lavado de queique que es muy peligroso. Nosotros incluso hemos criticado que antes los veteranos se reunían en las guarniciones militares y hubo una orden que ya no les permitieran entrar. Ha habido una división, cuando deberíamos estar todos unidos. Desgraciadamente, en mi caso, el actual ministro de Defensa, junto con otros dos oficiales, me ha prohibido que ponga un pie en guarniciones militares.

¿Y son órdenes que se justifican?

No se justifican. La justificación fue que nosotros estábamos haciendo campaña política. Pero yo nunca he ido a un cuartel a hablar de política. Lo que sucede es que nos están queriendo dividir y eso me parece mal del actual mando militar. Deberían de mantenernos unidos porque nosotros podemos ayudar.

Hay como un esfuerzo para crear dos Ejércitos: los antiguos y los nuevos. Quizá tiene un trasfondo ideológico.

Eso es lo que a mí me preocupa. El otro día estuve platicando en el Círculo Militar con un teniente que estaba en la Escuela Militar, y ya se había echado sus tragos y me dijo: “mire, mi coronel, es que ustedes fueron masacradores”. Yo lo paré en seco y le dije que nosotros defendimos al Estado, de acuerdo con la Constitución, contra una agresión marxista. Lo que está pasando es que ese consejo que gobierna la currícula de la Escuela Militar la están induciendo a algo que no es. La institución armada es apolítica. Yo no soy un excoronel, sino un coronel en situación de retiro. 

Se escuchó en la 102nueve