El Salvador, sábado 27 de mayo de 2017

Lafitte Fernández || enero 16, 2017

Un problema mal entendido

Por eso repito lo que escribió Rubén Darío hace mucho tiempo cuando analizó su país Nicaragua: nos sobra política y nos falta administración para solucionar los problemas.

Creí que en El Salvador existiría más músculo, más voces y hasta más fanfarria y alegría popular para celebrar los 25 años de los Acuerdos de Paz. No fue así.

Si pudiésemos  mirar en el alma de los salvadoreños, tal vez nos convenceríamos que ganaron aquellos que dijeron, a plena garganta, que no hay nada que celebrar. ¡Pesimismo a tiempo completo!

Yo no soy uno de esos. Celebré esos acuerdos a mi manera en el nombre de los salvadoreños más optimistas. Eso sí: reconozco que las celebraciones  debieron ser más gozosas, más felices, más de unidad nacional,  en una democracia nueva y casi infantil.

Durante los últimos días escuchamos toda clase de rezongos y  recriminaciones como si hace veinticinco años  no hubiese ocurrido nada. Durante estos días, hasta surgieron las más diversas reinterpretaciones de la historia de El Salvador.

La versión con más suerte, más eco, y que algunos escucharon con más entusiasmo, fue la de Dagoberto Gutiérrez. Dagoberto imanta el pensamiento de mucha gente. No sé por qué no es un político más exitoso cuando se decide a competir políticamente en esta democracia.

Dago es un hombre tremendamente articulado. Buen disertador de la realidad salvadoreña. Pero esta vez no estoy de acuerdo con él, a quien siempre respetaré porque es lo más cercano a un buen filósofo social. Siempre está interesado en radiografiar el poder.

Dagoberto lleva mucho de tremendismo adentro de sí. Su tesis es algo así: fuerzas foráneas y poderosas, aliadas con los principales oligarcas, convencieron al FMLN y al Ejército que firmaran una paz. Después les vendieron que se hicieran diputados, gobernantes y que decomisaran una parte de un poder político que nunca arregló los problemas del pueblo. La paz fue una venta de humo, dice. Por eso, y otras razones, no hay nada que celebrar. Engañaron a todos los salvadoreños. Y quienes debieron borrar la agonía de los pobres se hicieron también empresarios y arruinaron a todos.

Los problemas sociales y económicos de El Salvador contribuyeron, en estos días, a profundizar la tesis del tremendismo, el planteamiento de que la cosa está peor que nunca. Que la paz no sirvió para nada.

Cuando escucho esto, creo que algunos estiman que todavía viven aquellos colonizadores españoles que vinieron a América Central como frailes desalmados e inescrupulosos, o como  aventureros de espada.

Pienso diferente. Lo primero que debemos reconocer es que hace veinticinco años atrás El Salvador se había partido en dos grandes partes y que el crimen, el asesinato de los enemigos era casi un deber sagrado. ¡Hasta los soplones eran, en esa época, benefactores públicos! El deber era la mutua destrucción.

La guerra de El Salvador nadie debe contármela. La viví en primera línea. También la de Nicaragua. Vi horrores en los dos lados. Observé crímenes que me sacaron las lágrimas. Vida y muerte dependían de todo menos de lo que realmente se es.

Por más de dos décadas he escuchado a testigos de una y otra parte. En ese tiempo he aprendido que no por ser poderosos, estos siempre tienen la verdad sobre la historia.

He encontrado poderosos que no están muy cuerdos. He encontrado poderosos que no por hablar con intensa convicción dicen la verdad.

Pero también he hallado, en El Salvador, otros poderosos que no necesariamente transforman el odio en patriotismo. No llevan consigo las grandes tormentas de la historia. Creen en la justicia pero también en la libertad. Están preocupados por el hecho de que el capitalismo salvadoreño no acaba de humanizarse.

También he encontrado muchos hombres de izquierda  que no creen que cada capitalista deba colgarse de los viejos postes del telégrafo. Mucho menos creen que debemos odiar y eliminar a algunos para que desaparezca la pobreza. No tienen malos sueños. Aprendieron a reconocer la importancia de las libertades públicas y de la producción y eficiencia. Mucho menos piensan en maldiciones proféticas. No tengo duda que la izquierda ha madurado. No estaban hechos con chicle.

A veces pienso que el único problema de los salvadoreños es que le dieron una dimensión a su paz que no tiene ni tendrá jamás. La paz no iba a acabar con la pobreza. Tampoco iba a exterminar a los ricos y poderosos. La paz no era la pomada canaria que arreglaría todos los problemas. La paz no fue nunca materia de ilusos.

Parte del problema es que durante las décadas de los sesenta y setenta, generaciones enteras llegamos a creer que teníamos soluciones sencillas y claras para todo.

Para solucionar la injusticia debíamos matar a los injustos. Tampoco bastaba  que para ser ricos y comer tres veces al día bastaba con dar empleo y hacer más poderosos a los poderosos.

Después pasamos a pensar que para ser justos, debíamos matar las libertades. Otros decían lo contrario: para ser libres debemos olvidarnos de la justicia. Tampoco debo pagar impuestos para eliminar pobres. Democracia total era fácil de conseguir: a la democracia política se le debía sumar una democracia económica y estábamos listos. Así de simple. Nuestras generaciones estaban disgustadas con el mundo y queríamos soluciones fáciles.

Poco a poco, sin embargo, aprendimos que la crítica debía afinarse. Que si poníamos a crecer la crítica, las soluciones pensadas no serían tan fáciles pero sí serían más efectivas.

Pero, a pesar de eso los problemas no cesaban: cuanto más atacábamos la nueva democracia, más difícil era repararla. Después creció la tecnología y manejar una democracia se volvió más complejo.

Con el tiempo concluimos algo que, cuando se firmaron los Acuerdos de Paz, ni siquiera sospechábamos o no lo teníamos del todo claro: que la democracia es, al fin de cuentas, un sistema de gobierno. Si no gobernamos bien, las cosas empeoran. La democracia se enflaquece, se arruina y hasta ponemos en peligro el funcionamiento.

Entonces, la respuesta a nuestras dudas es clarísima: el problema no lo representan los Acuerdos de Paz. El verdadero problema reside en la forma cómo nuestros políticos y gobernantes han conducido esta democracia.

Lo real y concreto es que si la gente no quiere celebrar los 25 años de los Acuerdos de Paz es exclusiva responsabilidad de quienes nos han gobernado en esos años.

No cambiemos los términos de la nueva construcción social. Los Acuerdos de Paz civilizaron a los salvadoreños. Ya no hay que eliminar a todo el que odiamos porque somos pobres.

Es cierto que, por otras razones, El Salvador tiene ahora veinte muertos diarios. Y ustedes podrían decirme que eso es lo mismo que pasaba antes porque esos muertos se fundan también en el odio.

Pero yo hago una diferencia. Por eso repito lo que escribió Rubén Darío hace mucho tiempo cuando analizó su país Nicaragua: nos sobra política y nos falta administración para solucionar los problemas.

Por eso los muertos actuales de los salvadoreños son diferentes: no son tales porque los origine un tirano o un poder despótico. Nacen por incapacidad de quienes nos gobiernan. Y esto es corregible. Las tiranías no. Quienes nos gobiernan dependen de nuestro voto y voluntad.  Los déspotas no.

Un problema mal entendido

Por: Lafitte Fernández
enero 16, 2017

Por eso repito lo que escribió Rubén Darío hace mucho tiempo cuando analizó su país Nicaragua: nos sobra política y nos falta administración para solucionar los problemas.

Por eso repito lo que escribió Rubén Darío hace mucho tiempo cuando analizó su país Nicaragua: nos sobra política y nos falta administración para solucionar los problemas.

Creí que en El Salvador existiría más músculo, más voces y hasta más fanfarria y alegría popular para celebrar los 25 años de los Acuerdos de Paz. No fue así.

Si pudiésemos  mirar en el alma de los salvadoreños, tal vez nos convenceríamos que ganaron aquellos que dijeron, a plena garganta, que no hay nada que celebrar. ¡Pesimismo a tiempo completo!

Yo no soy uno de esos. Celebré esos acuerdos a mi manera en el nombre de los salvadoreños más optimistas. Eso sí: reconozco que las celebraciones  debieron ser más gozosas, más felices, más de unidad nacional,  en una democracia nueva y casi infantil.

Durante los últimos días escuchamos toda clase de rezongos y  recriminaciones como si hace veinticinco años  no hubiese ocurrido nada. Durante estos días, hasta surgieron las más diversas reinterpretaciones de la historia de El Salvador.

La versión con más suerte, más eco, y que algunos escucharon con más entusiasmo, fue la de Dagoberto Gutiérrez. Dagoberto imanta el pensamiento de mucha gente. No sé por qué no es un político más exitoso cuando se decide a competir políticamente en esta democracia.

Dago es un hombre tremendamente articulado. Buen disertador de la realidad salvadoreña. Pero esta vez no estoy de acuerdo con él, a quien siempre respetaré porque es lo más cercano a un buen filósofo social. Siempre está interesado en radiografiar el poder.

Dagoberto lleva mucho de tremendismo adentro de sí. Su tesis es algo así: fuerzas foráneas y poderosas, aliadas con los principales oligarcas, convencieron al FMLN y al Ejército que firmaran una paz. Después les vendieron que se hicieran diputados, gobernantes y que decomisaran una parte de un poder político que nunca arregló los problemas del pueblo. La paz fue una venta de humo, dice. Por eso, y otras razones, no hay nada que celebrar. Engañaron a todos los salvadoreños. Y quienes debieron borrar la agonía de los pobres se hicieron también empresarios y arruinaron a todos.

Los problemas sociales y económicos de El Salvador contribuyeron, en estos días, a profundizar la tesis del tremendismo, el planteamiento de que la cosa está peor que nunca. Que la paz no sirvió para nada.

Cuando escucho esto, creo que algunos estiman que todavía viven aquellos colonizadores españoles que vinieron a América Central como frailes desalmados e inescrupulosos, o como  aventureros de espada.

Pienso diferente. Lo primero que debemos reconocer es que hace veinticinco años atrás El Salvador se había partido en dos grandes partes y que el crimen, el asesinato de los enemigos era casi un deber sagrado. ¡Hasta los soplones eran, en esa época, benefactores públicos! El deber era la mutua destrucción.

La guerra de El Salvador nadie debe contármela. La viví en primera línea. También la de Nicaragua. Vi horrores en los dos lados. Observé crímenes que me sacaron las lágrimas. Vida y muerte dependían de todo menos de lo que realmente se es.

Por más de dos décadas he escuchado a testigos de una y otra parte. En ese tiempo he aprendido que no por ser poderosos, estos siempre tienen la verdad sobre la historia.

He encontrado poderosos que no están muy cuerdos. He encontrado poderosos que no por hablar con intensa convicción dicen la verdad.

Pero también he hallado, en El Salvador, otros poderosos que no necesariamente transforman el odio en patriotismo. No llevan consigo las grandes tormentas de la historia. Creen en la justicia pero también en la libertad. Están preocupados por el hecho de que el capitalismo salvadoreño no acaba de humanizarse.

También he encontrado muchos hombres de izquierda  que no creen que cada capitalista deba colgarse de los viejos postes del telégrafo. Mucho menos creen que debemos odiar y eliminar a algunos para que desaparezca la pobreza. No tienen malos sueños. Aprendieron a reconocer la importancia de las libertades públicas y de la producción y eficiencia. Mucho menos piensan en maldiciones proféticas. No tengo duda que la izquierda ha madurado. No estaban hechos con chicle.

A veces pienso que el único problema de los salvadoreños es que le dieron una dimensión a su paz que no tiene ni tendrá jamás. La paz no iba a acabar con la pobreza. Tampoco iba a exterminar a los ricos y poderosos. La paz no era la pomada canaria que arreglaría todos los problemas. La paz no fue nunca materia de ilusos.

Parte del problema es que durante las décadas de los sesenta y setenta, generaciones enteras llegamos a creer que teníamos soluciones sencillas y claras para todo.

Para solucionar la injusticia debíamos matar a los injustos. Tampoco bastaba  que para ser ricos y comer tres veces al día bastaba con dar empleo y hacer más poderosos a los poderosos.

Después pasamos a pensar que para ser justos, debíamos matar las libertades. Otros decían lo contrario: para ser libres debemos olvidarnos de la justicia. Tampoco debo pagar impuestos para eliminar pobres. Democracia total era fácil de conseguir: a la democracia política se le debía sumar una democracia económica y estábamos listos. Así de simple. Nuestras generaciones estaban disgustadas con el mundo y queríamos soluciones fáciles.

Poco a poco, sin embargo, aprendimos que la crítica debía afinarse. Que si poníamos a crecer la crítica, las soluciones pensadas no serían tan fáciles pero sí serían más efectivas.

Pero, a pesar de eso los problemas no cesaban: cuanto más atacábamos la nueva democracia, más difícil era repararla. Después creció la tecnología y manejar una democracia se volvió más complejo.

Con el tiempo concluimos algo que, cuando se firmaron los Acuerdos de Paz, ni siquiera sospechábamos o no lo teníamos del todo claro: que la democracia es, al fin de cuentas, un sistema de gobierno. Si no gobernamos bien, las cosas empeoran. La democracia se enflaquece, se arruina y hasta ponemos en peligro el funcionamiento.

Entonces, la respuesta a nuestras dudas es clarísima: el problema no lo representan los Acuerdos de Paz. El verdadero problema reside en la forma cómo nuestros políticos y gobernantes han conducido esta democracia.

Lo real y concreto es que si la gente no quiere celebrar los 25 años de los Acuerdos de Paz es exclusiva responsabilidad de quienes nos han gobernado en esos años.

No cambiemos los términos de la nueva construcción social. Los Acuerdos de Paz civilizaron a los salvadoreños. Ya no hay que eliminar a todo el que odiamos porque somos pobres.

Es cierto que, por otras razones, El Salvador tiene ahora veinte muertos diarios. Y ustedes podrían decirme que eso es lo mismo que pasaba antes porque esos muertos se fundan también en el odio.

Pero yo hago una diferencia. Por eso repito lo que escribió Rubén Darío hace mucho tiempo cuando analizó su país Nicaragua: nos sobra política y nos falta administración para solucionar los problemas.

Por eso los muertos actuales de los salvadoreños son diferentes: no son tales porque los origine un tirano o un poder despótico. Nacen por incapacidad de quienes nos gobiernan. Y esto es corregible. Las tiranías no. Quienes nos gobiernan dependen de nuestro voto y voluntad.  Los déspotas no.

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