El Salvador, miércoles 18 de octubre de 2017

Lafitte Fernández || enero 11, 2017

Un Padrenuestro por Rodrigo

A Rodrigo no tenía que adivinarlo. Siempre ha estado lleno de pasión por el periodismo. Tanta que tuve que decirle, con alguna sorna, que parecía un caballo desbocado.

Hace muchos años me topé con un flacucho que dominaba, con mucho aplomo, las principales palancas de su personalidad. Miraba de frente. No escondía sus ojos oscuros. Eso me gustó.

Quería incorporarse al diario que conducía. Aunque mi memoria se ha vuelto esquelética y frágil, todavía recuerdo la larga conversación que sostuve, esa tarde, con Rodrigo Baires.

A Rodrigo no tenía que adivinarlo. Estaba lleno de pasión por el periodismo. Tanta que tuve que decirle, con alguna sorna, que parecía un caballo desbocado. Me respondió como responden los grandes: “es que quiero triunfar”.

Yo sabía lo que le pasaba a Baires: estaba tan cargado de pasión por el periodismo que parecía que hablaba como una ametralladora sin silenciador. Esa era la mejor muestra de que tenía al frente a un verdadero periodista. Las señales de alarma de eso se hicieron, rápidamente, multitud. Los buenos periodistas se reconocen sin necesidad de escuchar el eco.

A Rodrigo no le gustaba el periodismo deportivo que se hacía en esa época. A ninguno nos gustaba. Por eso es que  estaba seguro que si le inyectaba sangre nueva a esa área del periódico, tendría un crecimiento de la cantidad de los contenidos importantes. Y así fue.

No estoy seguro pero creo que  fue el periodista Cristian Villalta quien me presentó a Rodrigo Baires. Eso ocurrió cuando debatía con Cristian si debía dedicarse al periodismo deportivo o no. Yo creía que no debía hacerlo. Casi lo miraba como jefe páginas editoriales resplandeciendo con los símbolos y palabras que nuestra época respeta.

Cristian siempre fue para mí una sorpresa. Era el periodista joven salvadoreño mejor dotado intelectualmente que me había encontrado en el país. Es un hombre tan cargado de talento que podía exorcizar el vértigo. Eso lo he sostenido siempre.

Con Cristian me equivoqué: Cristian siempre estuvo hecho para el periodismo deportivo a pesar de ser uno de los periodistas mejor dotados de Centroamérica.

El día que Cristian me presentó a Rodrigo Baires, sabía por qué lo hacía. Baires era un hombre joven. Bastante joven. Venía de ser un jugador no profesional de voleibol. Recitaba casi de memoria los requisitos para realizar un buen entrenamiento deportivo. Rodrigo conocía de deportes. Nunca ha improvisado nada en su vida.

Una vez contratado, me tocó mil veces venderle sueños, ideas periodísticas y todo aquello que pudiera significar un crecimiento para Rodrigo Baires.

Recuerdo que estaba enamorado y vivía con una mujer muy hermosa que también era periodista. Ella tenía tanto talento como Rodrigo para el periodismo. No tengo su nombre conmigo. Por eso no puedo citarla; pero, como todo en la vida de un periodista apasionado, Rodrigo escogió su crecimiento personal frente a una vida amorosa más tranquila.

Como Rodrigo trabajaba tantas horas como le daba el cuerpo, un día me llamaron y me dijeron que había sufrido un ataque al corazón. Me costó creerlo porque Rodrigo era muy joven. Fue entonces cuando me contó que sufría grandes picos con su presión arterial. Creo que muchos lo cuidamos como si fuésemos sus padrinos. Nunca me arrepentí de eso. 

Lo primero que le aconsejamos fue que moderara el ritmo de trabajo, que dejara de fumar y que tuviera todos los cuidados  necesarios para su salud.

Pasó el tiempo y Rodrigo nunca dio muestras de estar empañado o caminar en declive dentro del periodismo. Un día, cargado de rebeldía y, posiblemente, retado por sus ideas, se fue del diario en medio de una rebelión que me montó el propio Cristian Villalta.

Nada pasó entre nosotros. Ese día yo aprendí que el periodismo deportivo también se hacía con poetas que jamás habían puesto un pie en la redacción de un diario. La verdad es que  todos ganamos. Los perdedores nunca aparecieron. El contenedor periodístico nunca estuvo vacío.

Después siempre seguí mirando a Rodrigo o comunicándome con él mediante el correo electrónico. Sabía cuándo era mi cumpleaños. Me gustaban sus palabras amistosas. Pero también siguió creciendo en el periodismo tanto aquí como en Guatemala.

Lo último que supe de Rodrigo es que se había especializado en periodismo de datos. Buen camino. Buena herencia que enseñó, hace algunas semanas, bajo el amparo de la APES.

Ayer supe que ese periodista, que es un torrente de ideas, pero, sobre todo, un hombre bueno, sufrió un derrame cerebral y se encuentra en un hospital privado bajo una tremenda penitencia de su salud.

Desde entonces comencé a recordar al Rodrigo Baires que conocí. Al periodista impetuoso, al que siempre quiso ser diferente y lo logró. Al periodista vital, al que le gusta jugar con el lenguaje, al amigo que me acompañó horas y horas mientras escribía mi primer libro, al cazador de palabras que amortiguaba su enorme energía con una taza de café.

Me duele lo que le pasa a Rodrigo. Su salud siempre ha sido frágil y mal cuidada. Sobre todo porque siempre puso adelante el periodismo. Su presión arterial  o su corazón nunca le importaron. A veces caminamos por la vida como si siempre arrastramos un ancla.

Tal vez por eso Rodrigo  nunca ha dejado de ser el hombre que necesita de la libertad suficiente para escribir. Sé que a Rodrigo no le gusta el terreno desierto. Aún entre arena sabe sembrar semillas.

Estoy seguro que Rodrigo lleva encima la fuerza suficiente para derrotar cualquier cosa. Lo que lo tenga postrado lo va a vencer. No nació para ser derrotado. No con tantos amigos que rezamos un Padrenuestro por él. 

Un Padrenuestro por Rodrigo

Por: Lafitte Fernández
enero 11, 2017

A Rodrigo no tenía que adivinarlo. Siempre ha estado lleno de pasión por el periodismo. Tanta que tuve que decirle, con alguna sorna, que parecía un caballo desbocado.

A Rodrigo no tenía que adivinarlo. Siempre ha estado lleno de pasión por el periodismo. Tanta que tuve que decirle, con alguna sorna, que parecía un caballo desbocado.

Hace muchos años me topé con un flacucho que dominaba, con mucho aplomo, las principales palancas de su personalidad. Miraba de frente. No escondía sus ojos oscuros. Eso me gustó.

Quería incorporarse al diario que conducía. Aunque mi memoria se ha vuelto esquelética y frágil, todavía recuerdo la larga conversación que sostuve, esa tarde, con Rodrigo Baires.

A Rodrigo no tenía que adivinarlo. Estaba lleno de pasión por el periodismo. Tanta que tuve que decirle, con alguna sorna, que parecía un caballo desbocado. Me respondió como responden los grandes: “es que quiero triunfar”.

Yo sabía lo que le pasaba a Baires: estaba tan cargado de pasión por el periodismo que parecía que hablaba como una ametralladora sin silenciador. Esa era la mejor muestra de que tenía al frente a un verdadero periodista. Las señales de alarma de eso se hicieron, rápidamente, multitud. Los buenos periodistas se reconocen sin necesidad de escuchar el eco.

A Rodrigo no le gustaba el periodismo deportivo que se hacía en esa época. A ninguno nos gustaba. Por eso es que  estaba seguro que si le inyectaba sangre nueva a esa área del periódico, tendría un crecimiento de la cantidad de los contenidos importantes. Y así fue.

No estoy seguro pero creo que  fue el periodista Cristian Villalta quien me presentó a Rodrigo Baires. Eso ocurrió cuando debatía con Cristian si debía dedicarse al periodismo deportivo o no. Yo creía que no debía hacerlo. Casi lo miraba como jefe páginas editoriales resplandeciendo con los símbolos y palabras que nuestra época respeta.

Cristian siempre fue para mí una sorpresa. Era el periodista joven salvadoreño mejor dotado intelectualmente que me había encontrado en el país. Es un hombre tan cargado de talento que podía exorcizar el vértigo. Eso lo he sostenido siempre.

Con Cristian me equivoqué: Cristian siempre estuvo hecho para el periodismo deportivo a pesar de ser uno de los periodistas mejor dotados de Centroamérica.

El día que Cristian me presentó a Rodrigo Baires, sabía por qué lo hacía. Baires era un hombre joven. Bastante joven. Venía de ser un jugador no profesional de voleibol. Recitaba casi de memoria los requisitos para realizar un buen entrenamiento deportivo. Rodrigo conocía de deportes. Nunca ha improvisado nada en su vida.

Una vez contratado, me tocó mil veces venderle sueños, ideas periodísticas y todo aquello que pudiera significar un crecimiento para Rodrigo Baires.

Recuerdo que estaba enamorado y vivía con una mujer muy hermosa que también era periodista. Ella tenía tanto talento como Rodrigo para el periodismo. No tengo su nombre conmigo. Por eso no puedo citarla; pero, como todo en la vida de un periodista apasionado, Rodrigo escogió su crecimiento personal frente a una vida amorosa más tranquila.

Como Rodrigo trabajaba tantas horas como le daba el cuerpo, un día me llamaron y me dijeron que había sufrido un ataque al corazón. Me costó creerlo porque Rodrigo era muy joven. Fue entonces cuando me contó que sufría grandes picos con su presión arterial. Creo que muchos lo cuidamos como si fuésemos sus padrinos. Nunca me arrepentí de eso. 

Lo primero que le aconsejamos fue que moderara el ritmo de trabajo, que dejara de fumar y que tuviera todos los cuidados  necesarios para su salud.

Pasó el tiempo y Rodrigo nunca dio muestras de estar empañado o caminar en declive dentro del periodismo. Un día, cargado de rebeldía y, posiblemente, retado por sus ideas, se fue del diario en medio de una rebelión que me montó el propio Cristian Villalta.

Nada pasó entre nosotros. Ese día yo aprendí que el periodismo deportivo también se hacía con poetas que jamás habían puesto un pie en la redacción de un diario. La verdad es que  todos ganamos. Los perdedores nunca aparecieron. El contenedor periodístico nunca estuvo vacío.

Después siempre seguí mirando a Rodrigo o comunicándome con él mediante el correo electrónico. Sabía cuándo era mi cumpleaños. Me gustaban sus palabras amistosas. Pero también siguió creciendo en el periodismo tanto aquí como en Guatemala.

Lo último que supe de Rodrigo es que se había especializado en periodismo de datos. Buen camino. Buena herencia que enseñó, hace algunas semanas, bajo el amparo de la APES.

Ayer supe que ese periodista, que es un torrente de ideas, pero, sobre todo, un hombre bueno, sufrió un derrame cerebral y se encuentra en un hospital privado bajo una tremenda penitencia de su salud.

Desde entonces comencé a recordar al Rodrigo Baires que conocí. Al periodista impetuoso, al que siempre quiso ser diferente y lo logró. Al periodista vital, al que le gusta jugar con el lenguaje, al amigo que me acompañó horas y horas mientras escribía mi primer libro, al cazador de palabras que amortiguaba su enorme energía con una taza de café.

Me duele lo que le pasa a Rodrigo. Su salud siempre ha sido frágil y mal cuidada. Sobre todo porque siempre puso adelante el periodismo. Su presión arterial  o su corazón nunca le importaron. A veces caminamos por la vida como si siempre arrastramos un ancla.

Tal vez por eso Rodrigo  nunca ha dejado de ser el hombre que necesita de la libertad suficiente para escribir. Sé que a Rodrigo no le gusta el terreno desierto. Aún entre arena sabe sembrar semillas.

Estoy seguro que Rodrigo lleva encima la fuerza suficiente para derrotar cualquier cosa. Lo que lo tenga postrado lo va a vencer. No nació para ser derrotado. No con tantos amigos que rezamos un Padrenuestro por él. 

Se escuchó en la 102nueve