El Salvador, martes 12 de diciembre de 2017

Secuestrado por hombres de negocio y predicadores

Por: David Ernesto Pérez
octubre 16, 2016

José Luis Saca fue una de las víctimas de aquella época oscura que golpeó por igual a pobres y ricos.

Foto: Internet

Dos iban disfrazados como policías. Dos vestidos de negro. Uno con guayabera. Los cinco pistoleros le ordenaron detenerse y lo rodearon. Enfrente estaba un pick up Mitsubishi doble cabina color blanco. Subió con ellos.

Sentado en el asiento trasero le cubrieron la cabeza con un saquito de nilón y amarraron sus manos. Se quedaron con su teléfono celular y el bíper.

En la oscuridad los sentidos se confundieron. Los minutos volaron. O quizá caminaron perezosos. Lo cierto es que el motorista de los secuestradores aceleró hasta sacar chispas a la máquina. La velocidad dejaba una estela de sonidos que palpitaba en las orejas.

José Luis Saca Jiménez había salido con la vejiga llena de la reunión con los empleados de una tabacalera en una agencia de publicidad en la colonia Escalón. Una hora antes estaba en otra reunión en Plan de la Laguna, Antiguo Cuscatlán, pero aceptó ir a San Salvador por la insistencia de Riley Serrano Monterrosa, uno de los gerentes más destacados de las empresas de su papá.  

El día siguiente iba ser 2 de noviembre, o sea asueto, y tenía dos alternativas en la agenda: largarse al lago a oxigenar el cerebro o quedarse en el paraíso de asfalto y antenas para disfrutar el vallenato pop del colombiano Carlos Vives que esa noche daba un concierto en San Salvador.

Cavilaba. No terminaba de decidirse.

“¡Callate, no digás nada!”, fueron las cuatro palabras que salieron de la boca de uno de los secuestradores mientras el pick up zumbaba a toda velocidad. Minutos después llegaron al infierno.

2

El 11 de febrero de 1971 El Grupo, célula armada germen del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) secuestró al empresario Ernesto Regalado Dueñas mientras manejaba a la oficina. Un par de horas después Ellen O ‘Sullivan, su esposa, encontró en la guantera una nota en la que los secuestradores exigían $1,000, 000 a cambio de liberarlo. El 28 de ese mes fue encontrado muerto.

Seis años más tarde el ERP secuestró al poderoso empresario Roberto Poma. En la emboscada mataron a sus tres guardaespaldas. Mientras lo transportaban intentó escapar y lo hirieron. Pese a que murió en cautiverio los insurgentes negociaron con la familia la liberación de sus compañeros Roberto Mariano Jiménez, Ana Guadalupe Martínez y el pago de $2,400, 000.

Años antes de que explotara la Guerra Civil los rebeldes decidieron financiarse con el pago de los secuestros de los miembros de la élite económica. Se estaban metiendo con los hombres más poderosos de El Salvador. No les tembló la mano.

En los años 80 la guerra estalló. En los siguientes doce años las masacres de civiles, las desapariciones y las torturas fueron el menú de todos los días. Aquellos estudiantes universitarios que se rebelaron se curtían en las montañas mientras los generales que administraban el contraataque del Estado se endurecían más que las piedras.

En enero de 1992 la guerra se terminó con la firma de un papel en México. En teoría comenzaban nuevos tiempos para los que pelearon y para los que sufrieron las consecuencias de aquella lucha de la que poco entendían pero que tan cara les había costado.

Pero algo falló. La paz completa no llegó. Y los secuestros regresaron. Más bien nunca se fueron.

En la lista de las víctimas estaban: Guillermo Sol Bang en 1991, Andrés Suster en 1995. En el año 2000 el número aumentó: Jorge Emilio Zedán en julio, Ana Irma Polanco de Torres en marzo, Herbert Molina Cromeyer en agosto, José Luis Saca el 1 de noviembre.  

3

Su vejiga iba explotar. ¿Cuánto tiempo había pasado? Quizá diez minutos. O más. O menos. En la oscuridad los sentidos chocan atolondrados contra las paredes.

Los secuestradores hablaron claro desde el principio. Le aseguraron a su víctima que era un asunto de negocios. Nada personal. Odio, aprecio, resentimiento o amor eran palabras proscritas. Como si fueran eficientes administradores de una transnacional sabían que en el mercado la narrativa es impersonal y la vida se reduce a transacciones, a dinero.

Crujieron las latas de un portón que se abría. El vehículo se meció. Les recordó que necesitaba orinar. Bajaron e hizo en una esquina del garaje. Luego lo llevaron al patio en el que había instalada una jaula de madera hecha a su medida. Lo obligaron a entrar.

“¡Si nos ves te morís!” le advirtieron mientras le quitaban el saquito y lo vendaban. Con las manos calculó el espacio del que iba ser su claustro personal en los siguientes siete días. Solo cabía una persona sentada con la espalda inclinada. Estaba encadenado de los pies. A su lado un guacalito para defecar.

Cuando quedó solo vino una tensa calma en la que pudo escuchar los gritos de su voz interior. Los sonidos del ambiente lo envolvían con un aura extraña. José Luis tenía 23 años, estudiaba ingeniería industrial en la Universidad José Matías Delgado y era el mayor de los hermanos de una familia de clase alta profundamente religiosa. Él estaba cortado con ese molde.

La respuesta en los momentos límite es una conjugación de los mecanismos primitivos de supervivencia labrados en el cerebro y las referencias culturales de cada ser humano. El hijo de José Luis Saca Meléndez, uno de los dueños de medios de comunicación más influyentes en El Salvador, estaba decidido a sobrevivir. Su estrategia era la dócil colaboración para ablandar la matonería de los secuestradores.

Sus entrañas las calmó con meditación y oraciones. Las invocaciones divinas fueron su escudo, el mecanismo de defensa que lo libró de los gritos y el plomo.

“Estás secuestrado”, le gritó una voz que se acercó a la jaula. Decir una obviedad provocó otra crispación nerviosa. El tipo enumeró una lista de cosas que conocía de la familia. Intentaba demostrar que conocía cada uno de sus pasos, que estaba contra las cuerdas y que si se le ocurría mentir la iba pasar peor de lo que ya estaba. Iban detrás del dinero de una propiedad que recientemente la familia había vendido.

Después de marcar el terreno le ordenaron llamar a su papá.  Debía pedir 4,000, 000 de colones por el rescate.

- Papá, habla Chepe…

La ansiedad y la frustración se mezclaron. Cada vez salían más y más palabras de su boca. No alcanzaron a decirse todo, a escucharse todo porque le arrebataron el teléfono.

“¿Qué no entendes? ¿Queres que te mandemos una oreja de tu hijo?”

Colgaron y se sintió aliviado. Quietud-ansiedad-resignación-quietud-ansiedad-resignación. Su conciencia viajaba de una a otra emoción. Vendado, enclaustrado, sometido pero decidido a sobrevivir, a contar la historia para la posteridad.

Las noches de los secuestros son confusas. En el horizonte se escuchan sonidos familiares, el tiempo se disuelve como azúcar en un vaso con agua y los sentidos dibujan formas multicolores que flotan en el aire.

Estaba ansioso. Los secuestradores le dieron un ansiolítico. Durmió. O su cerebro bajó la guardia. Era una especie de vigilia. En la televisión un locuaz presentador hablaba de las noticias del día. Las horas pasaron. Volvió a hacer calor. La luz regresó. Nuevamente el noticiero del mediodía. Uno de los secuestradores le dio un sándwich y comió con las manos esposadas.

En las horas perdidas las cosas buenas, malas y feas pasaron frente a él como en una película muda. Pero también se ilusionó con el futuro: matrimonio, hijos, familia, amigos. Intentaba concentrarse en las ideas positivas: amor, bondad, amistad. Le llamó poderosamente la atención una verdad obvia que la rutina sepulta: vida solo hay una y no queda más opción que cuidarla.

Su identidad franciscana lo ayudó a sobrevivir. En sus adentros rezaba: “Señor, dame valentía para cambiar las cosas que puedo, resignación para aceptar las que no puedo y sabiduría para hacer la diferencia”.

Si tenía una segunda oportunidad pretendía aprovecharla al máximo. Pensar en un futuro probable lo rescataba del ostracismo. Pero si su tiempo estaba contado igual le daba las gracias a su dios. Era resignación en estado puro.

4

La espera por Irma de Torres y Herbert Molina duró mucho tiempo. El suficiente como para que sus familiares tiraran la toalla. Meses antes Jorge Zedán había sido secuestrado pero pagó y lo liberaron. Después del secuestro de José Luis las asociaciones empresariales volvieron a poner el grito en el cielo. Habían tocado a uno de los suyos. En una conferencia de prensa advirtieron que la criminalidad ahuyentaba la inversión y eso no le convenía a nadie, menos al gobierno de Francisco Flores.

El caso lo retomaron la Unidad Especializada de la Fiscalía General y el Departamento Antisecuestros de la PNC. En aquellos días el país solo tenía diez policías entrenados para negociar en ese tipo de casos.

Ese año la PNC registró 72 secuestros, incluidos cuatro poderosos empresarios. Hasta octubre fueron arrestados 104 sospechosos, algunos integrantes de cinco grandes bandas que se movían entre San Salvador y Santa Ana. Los familiares de las víctimas habían pagado 15,000, 000 de colones. Sin las negociaciones habrían sido 240 millones de colones.

Mauricio Sandoval, entonces director de la PNC, se jactó en público que las denuncias por ese delito habían disminuido un 90 por ciento. Un par de días antes secuestraron a Saca Jiménez.

5

“Qué pena que estés así, todo es por el dinero, el maldito y puro dinero”, intentaba justificarse uno de los secuestradores con su aire masferreriano. Le respondía que ya había entendido y le agradecía haberlo elegido a él y no a sus hermanos menores.  

Lidiar con el cinismo ayudó a mantener al mínimo las tensiones. Ellos tenían miedo de que los descubrieran y él de ser asesinado o mutilado. Secuestradores y secuestrado estaban contra las cuerdas.

Al secuestrador hombre de negocios lo relevaba el secuestrador predicador. Biblia en mano se pasaba las horas hablándole de Cristo y de sus proezas en la Palestina de hace 2,000 años.

Eran dos momentos, dos hombres aparentemente contradictorios pero con un propósito: confundirlo, debilitarlo, diezmar su voluntad. El cínico y el bueno eran protagonistas de la misma película.  Y él, como buen actor, también improvisaba el guión porque estaba claro de su propósito: sobrevivir.

¿Cómo logró mantener la calma, los ánimos a raya? Con meditación y apoyándose en su credo religioso. Antes del secuestro no tenía la conciencia embarrada. Se sentía limpio. Estaba completamente en paz.

Aquella noche ya no hubo ansiolítico. En la jaula de madera intentaba acomodarse, evitar el entumecimiento. En el horizonte se escuchaban los motores de los autobuses. Probablemente estaba en una zona urbana en la que la gente sale de la casa y regresa del trabajo a toda hora. Por momentos los sonidos se interrumpían y todo quedaba en blanco, flotaba lentamente en un espacio oscuro. De pronto algo lo sujetó con una fuerza descomunal, trataba de engullirlo de un bocado. Creyó estar en las entrañas de un monstruo. Golpeó la caja con todas sus fuerzas, quería salir, estaba desesperado. ¡Pak, Pak! Sonaban los golpes en la madera. Uno de los vigilantes se acercó también asustado y le mandó callarse.

“¿¡Y la venda y la venda!?” le gritó el secuestrador que corrió a alumbrarlo con una lámpara de mano.

José Luis recordó que estaba atrapado en la jaula de madera. Despertó de la pesadilla para regresar a la pesadilla. El vigilante creyó que la víctima pretendía escapar. Él pidió disculpas, prometió no soñar más. Se limitó a seguir en estado de vigilia.

Al día siguiente volvió la negociación. Ellos ponían más ceros al cheque. La familia quitaba ceros al cheque. Para presionar llamaron a la mamá de José Luis, creyeron que iban hablar con una mujer blandengue a la que destrozarían con insultos, improperios. Y el dinero saldría como en una maquinita de casino.

- Estoy orando mucho por todos- fue lo último que les dijo después escuchar la habitual caterva de amenazas.

Después que colgaron fueron ellos los que se quebraron. Uno se acercó a él para repetir que era negocio y nada más.

Cuando el ambiente se enrarecía con tanto cinismo volvía a preguntarse: ¿Qué gano con encolerizarme, con putearlos? La calma con la que había controlado la situación desde el principio lo amarraba. Era su método y hasta ese momento le había funcionado.

Los días transcurrieron igual. Los secuestradores que hablaban de la biblia, los que decían que no había nada personal, las negociaciones y los momentos tensos. Cuando sentían que el negocio se les había entrampado le ordenaban despedirse de todos, decir adiós por última vez para alarmar a su familia.

- Papá, adiós, despídame de mi mamá, mis hermanos y el perro- dijo José Luis y colgó.

Al otro lado de la línea José Luis Saca Meléndez digirió el mensaje. Algo no cuadraba. ¿Y a este desde cuándo le importan los perros? Concluyó que había sido un guiño. Su hijo estaba bien.

La desesperación de los criminales aumentaba. Una vez le pidieron fingir que le habían pegado un balazo en una pierna. Después ordenaron llamara a la familia para decir que se le había “infestado”. ¿Cómo parecer creíble frente a ellos pero sin estresar más a la familia?

Decidió trasladar literalmente el mensaje.

- Papá, se me infestó la pierna.

Para saltar el embuste les hizo otro guiño. Un médico –Saca Meléndez es cirujano- y el hijo de un médico conocen la diferencia entre “infestado” e “infectado”. Los secuestradores no.

Para incrementar el miedo hablaban de mandar un brazo, una pierna. Ya nadie les creía pero debían fingir miedo para que la situación no se descontrolara. Pero detrás de la actuación había miedo. En sus adentros José Luis rogaba que ninguna de las amenazas se cumpliera.

El día siete del secuestro la negociación dio sus frutos. Riley Serrano, el oscuro cabecilla de la banda, entró en acción con engaños, haciéndose pasar como un apoyo incondicional de las víctimas. La familia entregó los 450,000 colones del pago. Ellos a cambio prometieron soltar a José Luis pero hasta la noche siguiente porque había muchos retenes.

Las siguientes 24 horas se las pasó dudando de si realmente iban a soltarlo, matarlo o hacerle daño. La ansiedad lo devoraba. Entre tanta incertidumbre tenía una única certeza: debía comer lo más que pudiera porque si recuperaba su libertad iba necesitar fuerzas para caminar si acaso lo abandonaban en tierras desconocidas.

Hasta que la hora final llegó.

Sustituyeron la venda con dos algodones que pegaron con cinta y le pusieron un sombrero. En la calle debía actuar como un borracho. Subieron todos a un vehículo y anduvieron unos 20 minutos. Se detuvieron en un lugar.

- Vas a contar hasta cien y te vas a quitar los algodones. No llames a la policía porque te vamos a estar vigilando.

Al quitarse los algodones sintió mucha luz pese a que era de noche. Al fondo había una calle principal y una gasolinera. Fue a preguntar pero le dijeron que en la siguiente estaban los taxistas esperando clientes.

Encontró a uno que lo llevó a casa. Durante todo el camino no dijo nada. Tenía miedo que aún lo siguieran.

Llegó a la casa y afuera había un montón de carros parqueados. La familia y los amigos lo esperaban con los brazos abiertos. Intentó correr pero casi olvidaba algo: ¡Pagar el taxi!

Secuestrado por hombres de negocio y predicadores

Por: David Ernesto Pérez
octubre 16, 2016

José Luis Saca fue una de las víctimas de aquella época oscura que golpeó por igual a pobres y ricos.

Foto: Internet

José Luis Saca fue una de las víctimas de aquella época oscura que golpeó por igual a pobres y ricos.

Dos iban disfrazados como policías. Dos vestidos de negro. Uno con guayabera. Los cinco pistoleros le ordenaron detenerse y lo rodearon. Enfrente estaba un pick up Mitsubishi doble cabina color blanco. Subió con ellos.

Sentado en el asiento trasero le cubrieron la cabeza con un saquito de nilón y amarraron sus manos. Se quedaron con su teléfono celular y el bíper.

En la oscuridad los sentidos se confundieron. Los minutos volaron. O quizá caminaron perezosos. Lo cierto es que el motorista de los secuestradores aceleró hasta sacar chispas a la máquina. La velocidad dejaba una estela de sonidos que palpitaba en las orejas.

José Luis Saca Jiménez había salido con la vejiga llena de la reunión con los empleados de una tabacalera en una agencia de publicidad en la colonia Escalón. Una hora antes estaba en otra reunión en Plan de la Laguna, Antiguo Cuscatlán, pero aceptó ir a San Salvador por la insistencia de Riley Serrano Monterrosa, uno de los gerentes más destacados de las empresas de su papá.  

El día siguiente iba ser 2 de noviembre, o sea asueto, y tenía dos alternativas en la agenda: largarse al lago a oxigenar el cerebro o quedarse en el paraíso de asfalto y antenas para disfrutar el vallenato pop del colombiano Carlos Vives que esa noche daba un concierto en San Salvador.

Cavilaba. No terminaba de decidirse.

“¡Callate, no digás nada!”, fueron las cuatro palabras que salieron de la boca de uno de los secuestradores mientras el pick up zumbaba a toda velocidad. Minutos después llegaron al infierno.

2

El 11 de febrero de 1971 El Grupo, célula armada germen del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) secuestró al empresario Ernesto Regalado Dueñas mientras manejaba a la oficina. Un par de horas después Ellen O ‘Sullivan, su esposa, encontró en la guantera una nota en la que los secuestradores exigían $1,000, 000 a cambio de liberarlo. El 28 de ese mes fue encontrado muerto.

Seis años más tarde el ERP secuestró al poderoso empresario Roberto Poma. En la emboscada mataron a sus tres guardaespaldas. Mientras lo transportaban intentó escapar y lo hirieron. Pese a que murió en cautiverio los insurgentes negociaron con la familia la liberación de sus compañeros Roberto Mariano Jiménez, Ana Guadalupe Martínez y el pago de $2,400, 000.

Años antes de que explotara la Guerra Civil los rebeldes decidieron financiarse con el pago de los secuestros de los miembros de la élite económica. Se estaban metiendo con los hombres más poderosos de El Salvador. No les tembló la mano.

En los años 80 la guerra estalló. En los siguientes doce años las masacres de civiles, las desapariciones y las torturas fueron el menú de todos los días. Aquellos estudiantes universitarios que se rebelaron se curtían en las montañas mientras los generales que administraban el contraataque del Estado se endurecían más que las piedras.

En enero de 1992 la guerra se terminó con la firma de un papel en México. En teoría comenzaban nuevos tiempos para los que pelearon y para los que sufrieron las consecuencias de aquella lucha de la que poco entendían pero que tan cara les había costado.

Pero algo falló. La paz completa no llegó. Y los secuestros regresaron. Más bien nunca se fueron.

En la lista de las víctimas estaban: Guillermo Sol Bang en 1991, Andrés Suster en 1995. En el año 2000 el número aumentó: Jorge Emilio Zedán en julio, Ana Irma Polanco de Torres en marzo, Herbert Molina Cromeyer en agosto, José Luis Saca el 1 de noviembre.  

3

Su vejiga iba explotar. ¿Cuánto tiempo había pasado? Quizá diez minutos. O más. O menos. En la oscuridad los sentidos chocan atolondrados contra las paredes.

Los secuestradores hablaron claro desde el principio. Le aseguraron a su víctima que era un asunto de negocios. Nada personal. Odio, aprecio, resentimiento o amor eran palabras proscritas. Como si fueran eficientes administradores de una transnacional sabían que en el mercado la narrativa es impersonal y la vida se reduce a transacciones, a dinero.

Crujieron las latas de un portón que se abría. El vehículo se meció. Les recordó que necesitaba orinar. Bajaron e hizo en una esquina del garaje. Luego lo llevaron al patio en el que había instalada una jaula de madera hecha a su medida. Lo obligaron a entrar.

“¡Si nos ves te morís!” le advirtieron mientras le quitaban el saquito y lo vendaban. Con las manos calculó el espacio del que iba ser su claustro personal en los siguientes siete días. Solo cabía una persona sentada con la espalda inclinada. Estaba encadenado de los pies. A su lado un guacalito para defecar.

Cuando quedó solo vino una tensa calma en la que pudo escuchar los gritos de su voz interior. Los sonidos del ambiente lo envolvían con un aura extraña. José Luis tenía 23 años, estudiaba ingeniería industrial en la Universidad José Matías Delgado y era el mayor de los hermanos de una familia de clase alta profundamente religiosa. Él estaba cortado con ese molde.

La respuesta en los momentos límite es una conjugación de los mecanismos primitivos de supervivencia labrados en el cerebro y las referencias culturales de cada ser humano. El hijo de José Luis Saca Meléndez, uno de los dueños de medios de comunicación más influyentes en El Salvador, estaba decidido a sobrevivir. Su estrategia era la dócil colaboración para ablandar la matonería de los secuestradores.

Sus entrañas las calmó con meditación y oraciones. Las invocaciones divinas fueron su escudo, el mecanismo de defensa que lo libró de los gritos y el plomo.

“Estás secuestrado”, le gritó una voz que se acercó a la jaula. Decir una obviedad provocó otra crispación nerviosa. El tipo enumeró una lista de cosas que conocía de la familia. Intentaba demostrar que conocía cada uno de sus pasos, que estaba contra las cuerdas y que si se le ocurría mentir la iba pasar peor de lo que ya estaba. Iban detrás del dinero de una propiedad que recientemente la familia había vendido.

Después de marcar el terreno le ordenaron llamar a su papá.  Debía pedir 4,000, 000 de colones por el rescate.

- Papá, habla Chepe…

La ansiedad y la frustración se mezclaron. Cada vez salían más y más palabras de su boca. No alcanzaron a decirse todo, a escucharse todo porque le arrebataron el teléfono.

“¿Qué no entendes? ¿Queres que te mandemos una oreja de tu hijo?”

Colgaron y se sintió aliviado. Quietud-ansiedad-resignación-quietud-ansiedad-resignación. Su conciencia viajaba de una a otra emoción. Vendado, enclaustrado, sometido pero decidido a sobrevivir, a contar la historia para la posteridad.

Las noches de los secuestros son confusas. En el horizonte se escuchan sonidos familiares, el tiempo se disuelve como azúcar en un vaso con agua y los sentidos dibujan formas multicolores que flotan en el aire.

Estaba ansioso. Los secuestradores le dieron un ansiolítico. Durmió. O su cerebro bajó la guardia. Era una especie de vigilia. En la televisión un locuaz presentador hablaba de las noticias del día. Las horas pasaron. Volvió a hacer calor. La luz regresó. Nuevamente el noticiero del mediodía. Uno de los secuestradores le dio un sándwich y comió con las manos esposadas.

En las horas perdidas las cosas buenas, malas y feas pasaron frente a él como en una película muda. Pero también se ilusionó con el futuro: matrimonio, hijos, familia, amigos. Intentaba concentrarse en las ideas positivas: amor, bondad, amistad. Le llamó poderosamente la atención una verdad obvia que la rutina sepulta: vida solo hay una y no queda más opción que cuidarla.

Su identidad franciscana lo ayudó a sobrevivir. En sus adentros rezaba: “Señor, dame valentía para cambiar las cosas que puedo, resignación para aceptar las que no puedo y sabiduría para hacer la diferencia”.

Si tenía una segunda oportunidad pretendía aprovecharla al máximo. Pensar en un futuro probable lo rescataba del ostracismo. Pero si su tiempo estaba contado igual le daba las gracias a su dios. Era resignación en estado puro.

4

La espera por Irma de Torres y Herbert Molina duró mucho tiempo. El suficiente como para que sus familiares tiraran la toalla. Meses antes Jorge Zedán había sido secuestrado pero pagó y lo liberaron. Después del secuestro de José Luis las asociaciones empresariales volvieron a poner el grito en el cielo. Habían tocado a uno de los suyos. En una conferencia de prensa advirtieron que la criminalidad ahuyentaba la inversión y eso no le convenía a nadie, menos al gobierno de Francisco Flores.

El caso lo retomaron la Unidad Especializada de la Fiscalía General y el Departamento Antisecuestros de la PNC. En aquellos días el país solo tenía diez policías entrenados para negociar en ese tipo de casos.

Ese año la PNC registró 72 secuestros, incluidos cuatro poderosos empresarios. Hasta octubre fueron arrestados 104 sospechosos, algunos integrantes de cinco grandes bandas que se movían entre San Salvador y Santa Ana. Los familiares de las víctimas habían pagado 15,000, 000 de colones. Sin las negociaciones habrían sido 240 millones de colones.

Mauricio Sandoval, entonces director de la PNC, se jactó en público que las denuncias por ese delito habían disminuido un 90 por ciento. Un par de días antes secuestraron a Saca Jiménez.

5

“Qué pena que estés así, todo es por el dinero, el maldito y puro dinero”, intentaba justificarse uno de los secuestradores con su aire masferreriano. Le respondía que ya había entendido y le agradecía haberlo elegido a él y no a sus hermanos menores.  

Lidiar con el cinismo ayudó a mantener al mínimo las tensiones. Ellos tenían miedo de que los descubrieran y él de ser asesinado o mutilado. Secuestradores y secuestrado estaban contra las cuerdas.

Al secuestrador hombre de negocios lo relevaba el secuestrador predicador. Biblia en mano se pasaba las horas hablándole de Cristo y de sus proezas en la Palestina de hace 2,000 años.

Eran dos momentos, dos hombres aparentemente contradictorios pero con un propósito: confundirlo, debilitarlo, diezmar su voluntad. El cínico y el bueno eran protagonistas de la misma película.  Y él, como buen actor, también improvisaba el guión porque estaba claro de su propósito: sobrevivir.

¿Cómo logró mantener la calma, los ánimos a raya? Con meditación y apoyándose en su credo religioso. Antes del secuestro no tenía la conciencia embarrada. Se sentía limpio. Estaba completamente en paz.

Aquella noche ya no hubo ansiolítico. En la jaula de madera intentaba acomodarse, evitar el entumecimiento. En el horizonte se escuchaban los motores de los autobuses. Probablemente estaba en una zona urbana en la que la gente sale de la casa y regresa del trabajo a toda hora. Por momentos los sonidos se interrumpían y todo quedaba en blanco, flotaba lentamente en un espacio oscuro. De pronto algo lo sujetó con una fuerza descomunal, trataba de engullirlo de un bocado. Creyó estar en las entrañas de un monstruo. Golpeó la caja con todas sus fuerzas, quería salir, estaba desesperado. ¡Pak, Pak! Sonaban los golpes en la madera. Uno de los vigilantes se acercó también asustado y le mandó callarse.

“¿¡Y la venda y la venda!?” le gritó el secuestrador que corrió a alumbrarlo con una lámpara de mano.

José Luis recordó que estaba atrapado en la jaula de madera. Despertó de la pesadilla para regresar a la pesadilla. El vigilante creyó que la víctima pretendía escapar. Él pidió disculpas, prometió no soñar más. Se limitó a seguir en estado de vigilia.

Al día siguiente volvió la negociación. Ellos ponían más ceros al cheque. La familia quitaba ceros al cheque. Para presionar llamaron a la mamá de José Luis, creyeron que iban hablar con una mujer blandengue a la que destrozarían con insultos, improperios. Y el dinero saldría como en una maquinita de casino.

- Estoy orando mucho por todos- fue lo último que les dijo después escuchar la habitual caterva de amenazas.

Después que colgaron fueron ellos los que se quebraron. Uno se acercó a él para repetir que era negocio y nada más.

Cuando el ambiente se enrarecía con tanto cinismo volvía a preguntarse: ¿Qué gano con encolerizarme, con putearlos? La calma con la que había controlado la situación desde el principio lo amarraba. Era su método y hasta ese momento le había funcionado.

Los días transcurrieron igual. Los secuestradores que hablaban de la biblia, los que decían que no había nada personal, las negociaciones y los momentos tensos. Cuando sentían que el negocio se les había entrampado le ordenaban despedirse de todos, decir adiós por última vez para alarmar a su familia.

- Papá, adiós, despídame de mi mamá, mis hermanos y el perro- dijo José Luis y colgó.

Al otro lado de la línea José Luis Saca Meléndez digirió el mensaje. Algo no cuadraba. ¿Y a este desde cuándo le importan los perros? Concluyó que había sido un guiño. Su hijo estaba bien.

La desesperación de los criminales aumentaba. Una vez le pidieron fingir que le habían pegado un balazo en una pierna. Después ordenaron llamara a la familia para decir que se le había “infestado”. ¿Cómo parecer creíble frente a ellos pero sin estresar más a la familia?

Decidió trasladar literalmente el mensaje.

- Papá, se me infestó la pierna.

Para saltar el embuste les hizo otro guiño. Un médico –Saca Meléndez es cirujano- y el hijo de un médico conocen la diferencia entre “infestado” e “infectado”. Los secuestradores no.

Para incrementar el miedo hablaban de mandar un brazo, una pierna. Ya nadie les creía pero debían fingir miedo para que la situación no se descontrolara. Pero detrás de la actuación había miedo. En sus adentros José Luis rogaba que ninguna de las amenazas se cumpliera.

El día siete del secuestro la negociación dio sus frutos. Riley Serrano, el oscuro cabecilla de la banda, entró en acción con engaños, haciéndose pasar como un apoyo incondicional de las víctimas. La familia entregó los 450,000 colones del pago. Ellos a cambio prometieron soltar a José Luis pero hasta la noche siguiente porque había muchos retenes.

Las siguientes 24 horas se las pasó dudando de si realmente iban a soltarlo, matarlo o hacerle daño. La ansiedad lo devoraba. Entre tanta incertidumbre tenía una única certeza: debía comer lo más que pudiera porque si recuperaba su libertad iba necesitar fuerzas para caminar si acaso lo abandonaban en tierras desconocidas.

Hasta que la hora final llegó.

Sustituyeron la venda con dos algodones que pegaron con cinta y le pusieron un sombrero. En la calle debía actuar como un borracho. Subieron todos a un vehículo y anduvieron unos 20 minutos. Se detuvieron en un lugar.

- Vas a contar hasta cien y te vas a quitar los algodones. No llames a la policía porque te vamos a estar vigilando.

Al quitarse los algodones sintió mucha luz pese a que era de noche. Al fondo había una calle principal y una gasolinera. Fue a preguntar pero le dijeron que en la siguiente estaban los taxistas esperando clientes.

Encontró a uno que lo llevó a casa. Durante todo el camino no dijo nada. Tenía miedo que aún lo siguieran.

Llegó a la casa y afuera había un montón de carros parqueados. La familia y los amigos lo esperaban con los brazos abiertos. Intentó correr pero casi olvidaba algo: ¡Pagar el taxi!

Se escuchó en la 102nueve