El Salvador, miércoles 23 de agosto de 2017

Lafitte Fernández || enero 10, 2017

No son ni cárceles, ahí no hay privilegios

Pidieron libros para leer. Solo  les permitieron que introdujeran una Biblia.

Si cuatro hombres viven en ocho metros cuadrados forrados por gruesas paredes de cemento y un sanitario disfuncional y maloliente, que apelota las palabras en la garganta, nadie podría decir que esas personas son privilegiadas.

Mucho menos podemos decir eso si tomamos en cuenta que para animarse, o ejercitarse un poco, esos reclusos deben cruzar y caminar sobre  los colchones que tiraron en el suelo para dormir cada uno de ellos.

Pidieron libros para leer. Solo  les permitieron que introdujeran una Biblia. Mucho menos les aprobaron que introdujeran un abanico para combatir los fuertes calores y la intranquilidad visceral  que siempre provoca una cárcel de San Salvador.

El expresidente Tony Saca es uno lo de los hombres que  viven en esas condiciones. Estoy convencido que el único privilegio que tiene es permanecer con tres personas más y no con diez a su lado. Lo mismo pasa con los otros que están en esa bartolina. Creo que, aún así, vivir de esa manera duele como una maldición que se quiere borrar del mundo con altísima precisión.

Cuando pienso en eso, me cuesta entender al fiscal general, Douglas Meléndez. El funcionario dijo, en una entrevista con el periodista Ernesto López, que le pedirá a los jueces que borren del mundo los supuestos privilegios que tienen los reclusos que permanecen en las bartolinas de la División Antinarcóticos (DAN).

Reconozco las luchas del Fiscal General. Algunas son acertadas. Otras no. Les falta afinamiento. Lo que menos entiendo es que la lucha por la sanidad interna de la Fiscalía General no sea completa ni tan sincera. Inexplicablemente todavía queda lepra negra en algunos despachos de la Fiscalía. Ese virus se propagó desde los tiempos en que no se sabía si un fiscal era empresario o si un empresario era el fiscal.

Si se trata de interpretar  la lógica del Fiscal General, todos los reclusos, incluido un expresidente de El Salvador, debe bajar a comer al mismo fango que digiere cualquier recluso.

La propuesta es sesentera. Justiciera, dirían algunos. Nace  de alguien que dice llamarse el “fiscal del pueblo”. Pero es irreal,  desatinada: querer el infierno de Dante para todos los clientes de las prisiones es algo así como una supuesta igualdad mal entendida.

Con el tema de las prisiones hay que tener cuidado. Las condiciones de las cárceles son tales que  hace tiempo el objetivo de las prisiones  dejó de ser la privación de libertad, como lo pide el Derecho Penal.

La porquería en las cárceles es tal que ahora se trata de anular al reo, romper su dignidad y quebrantar la capacidad de respuesta y resistencia.

Aunque únicamente he estado en una cárcel cuando me mandó a detener, en Panamá, el exdictador Manuel Antonio Noriega, no es difícil creer que las prisiones atontan, perturban, enervan, comprimen.

El Fiscal General no es el responsable que las cárceles produzcan esos efectos. Tampoco son responsables quienes dirigen las cárceles  en la actualidad. Más bien es la historia la que transformó las cárceles en escalofríos y hacinamientos permanentes. También la incapacidad de invertir previéndose una guerra que se veía venir hace mucho tiempo.

Las cárceles diferenciadas existen y han existido siempre. Y no nos equivoquemos: las bartolinas de la DAN no son prisiones diferenciadas. Simplemente comenzaron a usarse por el derrumbe de los hechos del pasado.

El régimen disciplinario que se aplica ahí no le permite, a un hombre que gobernó un país durante cinco años, pasar más de media hora con su abogado defensor para tratar de explicar cada acto de su quinquenio.

Saca ni siquiera puede tener al alcance documentos de sus principales decisiones. No tiene acceso a nada. Tiene una defensa fracturada por la prisión donde está.

Por eso es mejor no hablar de una cárcel privilegiada. No lo es. No lo será nunca.

Recordemos que hace algún tiempo, el ministro de Seguridad, Mauricio Ramírez Landaverde, le anunció al país que mantendría en las celdas de la DAN al “Piwa”, un líder pandillero de la Mara Salvatrucha.

Confesó, abiertamente, que temía por su vida. La  decisión fue acertada por la lista de encrucijadas que convoca el pandillero. Fue hasta tiempo después que lo mandaron al penal de máxima seguridad en Zacatecoluca. 

Para empezar, si a Saca lo pasan a un reclusorio común y corriente, posiblemente su vida correrá toda suerte de peligros. Nadie puede olvidar que Saca encabezó una permanente lucha de “mano dura” y “recontra dura” contra pandillas y delincuentes.

Si lo que se quiere es poner a Saca como “carne de cañón” por una igualdad mal entendida, creo que esa dimensión penitencial de las prisiones no debe usarse para jugar con vidas ajenas. La justicia jamás puede entenderse como revancha. La desarticulación de algunas ideas no puede llegar a tanto.

No olviden que el reo solo pierde su libertad. El resto de sus derechos están intactos. Con mucha mayor razón sobreviven los derechos de un personaje público que no ha sido condenado por ningún tribunal salvadoreño.

Yo estoy de acuerdo con todo lo que corrija una sociedad. Con lo que no puedo estar de acuerdo es que le vendan a la gente paroxismos con los que quieren transformar el odio o la persecución penal  en una suerte de patriotismo.

Con eso no se gana nada. Siempre hay que deslindar el cumplimiento de una tarea pública con la carga emocional que se lleva adentro. Linchar no produce buenos efectos. Sobre todo cuando la víctima está en una prisión esperando que le apliquen sanas y justas reglas del juego.

No son ni cárceles, ahí no hay privilegios

Por: Lafitte Fernández
enero 10, 2017

Pidieron libros para leer. Solo  les permitieron que introdujeran una Biblia.

Pidieron libros para leer. Solo  les permitieron que introdujeran una Biblia.

Si cuatro hombres viven en ocho metros cuadrados forrados por gruesas paredes de cemento y un sanitario disfuncional y maloliente, que apelota las palabras en la garganta, nadie podría decir que esas personas son privilegiadas.

Mucho menos podemos decir eso si tomamos en cuenta que para animarse, o ejercitarse un poco, esos reclusos deben cruzar y caminar sobre  los colchones que tiraron en el suelo para dormir cada uno de ellos.

Pidieron libros para leer. Solo  les permitieron que introdujeran una Biblia. Mucho menos les aprobaron que introdujeran un abanico para combatir los fuertes calores y la intranquilidad visceral  que siempre provoca una cárcel de San Salvador.

El expresidente Tony Saca es uno lo de los hombres que  viven en esas condiciones. Estoy convencido que el único privilegio que tiene es permanecer con tres personas más y no con diez a su lado. Lo mismo pasa con los otros que están en esa bartolina. Creo que, aún así, vivir de esa manera duele como una maldición que se quiere borrar del mundo con altísima precisión.

Cuando pienso en eso, me cuesta entender al fiscal general, Douglas Meléndez. El funcionario dijo, en una entrevista con el periodista Ernesto López, que le pedirá a los jueces que borren del mundo los supuestos privilegios que tienen los reclusos que permanecen en las bartolinas de la División Antinarcóticos (DAN).

Reconozco las luchas del Fiscal General. Algunas son acertadas. Otras no. Les falta afinamiento. Lo que menos entiendo es que la lucha por la sanidad interna de la Fiscalía General no sea completa ni tan sincera. Inexplicablemente todavía queda lepra negra en algunos despachos de la Fiscalía. Ese virus se propagó desde los tiempos en que no se sabía si un fiscal era empresario o si un empresario era el fiscal.

Si se trata de interpretar  la lógica del Fiscal General, todos los reclusos, incluido un expresidente de El Salvador, debe bajar a comer al mismo fango que digiere cualquier recluso.

La propuesta es sesentera. Justiciera, dirían algunos. Nace  de alguien que dice llamarse el “fiscal del pueblo”. Pero es irreal,  desatinada: querer el infierno de Dante para todos los clientes de las prisiones es algo así como una supuesta igualdad mal entendida.

Con el tema de las prisiones hay que tener cuidado. Las condiciones de las cárceles son tales que  hace tiempo el objetivo de las prisiones  dejó de ser la privación de libertad, como lo pide el Derecho Penal.

La porquería en las cárceles es tal que ahora se trata de anular al reo, romper su dignidad y quebrantar la capacidad de respuesta y resistencia.

Aunque únicamente he estado en una cárcel cuando me mandó a detener, en Panamá, el exdictador Manuel Antonio Noriega, no es difícil creer que las prisiones atontan, perturban, enervan, comprimen.

El Fiscal General no es el responsable que las cárceles produzcan esos efectos. Tampoco son responsables quienes dirigen las cárceles  en la actualidad. Más bien es la historia la que transformó las cárceles en escalofríos y hacinamientos permanentes. También la incapacidad de invertir previéndose una guerra que se veía venir hace mucho tiempo.

Las cárceles diferenciadas existen y han existido siempre. Y no nos equivoquemos: las bartolinas de la DAN no son prisiones diferenciadas. Simplemente comenzaron a usarse por el derrumbe de los hechos del pasado.

El régimen disciplinario que se aplica ahí no le permite, a un hombre que gobernó un país durante cinco años, pasar más de media hora con su abogado defensor para tratar de explicar cada acto de su quinquenio.

Saca ni siquiera puede tener al alcance documentos de sus principales decisiones. No tiene acceso a nada. Tiene una defensa fracturada por la prisión donde está.

Por eso es mejor no hablar de una cárcel privilegiada. No lo es. No lo será nunca.

Recordemos que hace algún tiempo, el ministro de Seguridad, Mauricio Ramírez Landaverde, le anunció al país que mantendría en las celdas de la DAN al “Piwa”, un líder pandillero de la Mara Salvatrucha.

Confesó, abiertamente, que temía por su vida. La  decisión fue acertada por la lista de encrucijadas que convoca el pandillero. Fue hasta tiempo después que lo mandaron al penal de máxima seguridad en Zacatecoluca. 

Para empezar, si a Saca lo pasan a un reclusorio común y corriente, posiblemente su vida correrá toda suerte de peligros. Nadie puede olvidar que Saca encabezó una permanente lucha de “mano dura” y “recontra dura” contra pandillas y delincuentes.

Si lo que se quiere es poner a Saca como “carne de cañón” por una igualdad mal entendida, creo que esa dimensión penitencial de las prisiones no debe usarse para jugar con vidas ajenas. La justicia jamás puede entenderse como revancha. La desarticulación de algunas ideas no puede llegar a tanto.

No olviden que el reo solo pierde su libertad. El resto de sus derechos están intactos. Con mucha mayor razón sobreviven los derechos de un personaje público que no ha sido condenado por ningún tribunal salvadoreño.

Yo estoy de acuerdo con todo lo que corrija una sociedad. Con lo que no puedo estar de acuerdo es que le vendan a la gente paroxismos con los que quieren transformar el odio o la persecución penal  en una suerte de patriotismo.

Con eso no se gana nada. Siempre hay que deslindar el cumplimiento de una tarea pública con la carga emocional que se lleva adentro. Linchar no produce buenos efectos. Sobre todo cuando la víctima está en una prisión esperando que le apliquen sanas y justas reglas del juego.

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