El Salvador, sábado 19 de agosto de 2017

Redacción 102nueve || mayo 9, 2017

Mujeres más fuertes que el diamante

«¡En medio de esta noche, es mi voz la primera y débil clarinada! Más tarde, quizá muchos años después de mi escapatoria de este planeta, vendrá la mujer fuerte que yo sueño».

Por Giovanni Durán 
| NARRATIVA 503 |

Cuando leemos los cuentos de Josefina Peñate y Hernández, nos sentimos sacudidos por su voz aunque no sea audible. Sus pensamientos traspasan el papel, se vuelven agudos y certeros como flechas que dan en el blanco. No existe otra manera de abordarlo.

Dueña de un mensaje claro y contundente, sus cuentos están preñados de denuncia y realismo. En ellos peregrina la voz de miles de mujeres heridas, asesinadas, maltratadas, abusadas y denigradas. Su palabra trasciende el espacio y el tiempo, se alarga hasta nuestra época para obligarnos a escuchar, reflexionar, entender, pedir justicia; más aún, para confirmarnos que la sociedad de los años veinte, la cual ahora nos parece lejana, resulta tan cercana, al punto de ver en ella como en un espejo la realidad de la nuestra, una sociedad que en muchos aspectos parece evolucionar poco o nada.

Josefina nació en Santa Ana en 1901 y falleció en 1935, a la edad de treinta y tres años aproximadamente, durante el parto de su único hijo. Jamás imaginó que la muerte rondaba sus caminos. Estuvo en la docencia, publicó artículos periodísticos en Santa Ana, donde también laboró y escribió tres libros: Caja de pandora (1921), Esbozos (1928) y Surtidores (1932).

Como visionaria, con esperanza plasmó su deseo para el futuro al final de su libro Caja de pandora: «Ante tus ojos bellos, lectora amable, han ido desfilando todas esas oscuras vidas de mujer: oscuras por lo vulgar, pero luminosas por el sufrimiento. En nuestra hora, la mujer latina aherrojada con los anillos de todas las preocupaciones, de todos los prejuicios, carga sobre sus espaldas débiles el enorme bulto de la herencia de un pasado ruinoso y amargo, mientras que la mujer del porvenir se prepara sonriente a depositar a la vera del camino ese pesado bulto de fatalidad para seguir, erguida, sonriente y amable, un más ancho derrotero [ ... ] ¡En medio de esta noche, es mi voz la primera y débil clarinada! Más tarde, quizá muchos años después de mi escapatoria de este planeta, vendrá la mujer fuerte que yo sueño. Y como un anuncio, quedará este libro mío que contiene narraciones sombrías, relatos dolorosos de vidas de mujer que nosotras las rebeldes debemos tratar de borrar de nuestra historia».

A más de ochenta años de la muerte de Josefina, yo, que escribo en 2017, alzo mi voz para declarar que las mujeres de su deseo han llegado, viven entre nosotros, palpitan en nuestras calles, son más fuertes que el diamante, pues han sido formadas con presión y fuego. Nada las derrumba. Vencen los obstáculos. Por su propio coraje rompen el cielo y su destello resplandece sobre las costas y los pueblos del mundo. Sus propósitos son firmes. Llevan las riendas de la nación. En amor tienen hijos e hijas de paz, que cambian al país. Ellas mismas son el ejemplo. Atónitas las naciones preguntarán cómo de un territorio tan pequeño pueden surgir tan excelsas mujeres, entonces ellas levantarán el rostro y sonreirán hacia el horizonte. Aún falta trecho por andar, sin embargo, mis palabras ya suceden y sucederán, porque las mujeres de mi patria nacen para llevar a cabo hazañas.

En esta ocasión de te dejo un cuento de Josefina Peñate y Hernández, publicado en Caja de pandora.

El vengador

¡Una, dos, tres veces cayó el látigo sobre las espal­das de la desdichada y hermosísima mujer! Resona­ron sus finísimas fibras al golpear las marmóreas car­nes y al cortarlas en casi imperceptibles heridas; escapóse un hondo, un prolongado suspiro, dejóse oír un comprimido sollozo, y los pasos se alejaron... La voz del marido indignado se dejaba oír: Te he de domar, perra; así a golpes, con el verduguillo, tal como trato a mis yeguas indómitas. Yo soy tu amo y señor, y si como a tal no quieres respetarme, vete, sal pronto. Des­nuda sin dote alguna te recibí de manos de la vieja bruja de tu madre, tan mala como tú; sal pues así, llevándote ese arrapiezo que deberá heredar tus vir­tudes... ¡Ja, ja, ja! Y la carcajada sonó estridente, co­mo burlando la amargura que se enseñoreaba de aquel corazón tímido y sencillo que sufría la desgracia sin atreverse a cruzar palabra.

Al recibo de la mofa sangrienta, las Furias pusié­ronse en defensa de la mujer y hablaron por sus la­bios amoratados por los golpes, por el hambre, por el dolor de la incertidumbre:

—Ríete, bien sabes tu maldad. ¿Me golpeas cuan­do yo sé que tú vienes de allá del lupanar, de donde las mujeres fáciles? ¿Crees tú que yo protesto por amor? No se puede creer que una mujer ame al villano que la maltrata y golpea día y noche; si te he soportado tanto es solamente por mi hijo, por este pobre desven­turado que no es culpable de nada, y ¡sí tiene dere­cho a que yo le compre la felicidad, aunque sea con el martirio! ¿Tú, el hombre aquel que en la tribuna hace derroche de oratoria, pregonando la  moralidad, que en la prensa aboga por la implantación de las buenas costumbres como base estable de un hogar, vienes de eso, cuando ginecólogos y juristas condenarían tu conducta como un delito? ¿No eres acaso un bandido como uno de esos cualesquiera que gimen en las maz­morras penitenciarias? Esas celdas no saben de tus la­mentos porque estos crímenes que se amparan a silencio no tienen sanción ni pena alguna... ¿Qué le importa a la sociedad que una infeliz mujer casada padezca de una terrible enfermedad hasta la muerte, y que los hijos desde la niñez, desde que abren sus tiernos ojos a la luz del mundo, ya los sientan agobia­dos por enfermedades graves adquiridas en esos si­tios de degradación y de lujuria? ¿Y quién podrá pro­testar cuando a la sombra de la encrucijada, yo, la inocente pueda caer vencida como un junco, bajo el golpe certero del traidor puñal de una de esas hijas del arroyo? Ten piedad: pensióname siquiera mi hijo para salir a la lucha, y entonces me iré para dejarte feliz y satisfecho, vuelto a la libertad que tú me pretendes hacer creer que está coartada y nosotros iremos con la frente erguida a donde nos convenga.

—Cállate, miserable, ¿qué derecho tienes de hablar? Holgazana. Todo esto que ves aquí es mío, me cuesta mis sudores y mi trabajo; lo puedo derrochar con quien me venga en gana; y respecto a esas mujeres son me­jores que tú; y siempre que así lo desees, puedes reco­ger tus bagatelas y marcharte, si no quieres que vea tu cuerpo sirviendo de péndulo en ese eucaliptus del jardín... ¡Si no, te mataré a empellones y golpes... prueba ...!

Y la desvalida e infortunada Emilia, alma sencilla y suave, criada en todas las delicadezas y suavidades, yendo a sentarse en un poyo del jardín, apretando las manos pálidas sobre el corazón, decía: ¡Malvado, exe­crable, la sociedad te da todos los derechos, aun hasta los más absurdos, que los han tornado de nuestros débiles derechos de mujer! ¡Cómo todas esas elegantes despreocupadas, o esas apáticas señoras burgue­sas condenarán mi proceder y me dirán: Vente con nosotras, para hacer destrozos en la reputación de este villano que es la reputación que heredará mi hijo... y enseguida, buenamente, me pondrán a la puerta para mofarse de mi desdicha, desdicha general de todas las mujeres en estas latitudes, y ante la cual deberíase elevar una general protesta a fin de ir encaminando nuestros derechos hacia una redención final no le­jana...! ¡Pero es en balde!, gemía... Y miraba con­ conmiseración infinita el rostro pálido de su hijo Rodolfo; éste con sus ojazos enormemente abiertos interrogaba admirado, sintiendo como suyo el dolor de su madre:

—¿Oye, mamaíta, por qué te golpea tanto papá? ¿Por qué no le dices nada cuando él te ultraja? ¿Qué quieren decir todas esas cosas que te dice? ¿Por qué en su furia él te arroja de casa y te dice que yo soy también un gandul y mal nacido y que está hastiado de mantenernos, que trabajes y que me enseñes a trabajar lo más pronto posible para librarse de nues­tra presencia que le es odiosa?

Y los interrogatorios salían casi atropellados de los labios infantiles, hechos para orar y cantar; de los labios dulces que no sabían de besos ni de caricias paternas, mientras espiaba en el semblante de su ma­dre, con esa intuición propia de los niños, la impre­sión que en ella causaba, y escuchaba sus sollozos, poniéndose él también a llorar.

—Hijo mío, ven —decíale después el padre—. Tu madre, esa mujer, es muy mala. No me quiere y me calumnia, por eso la golpeo. Ven, abrázame —pero el chico, a respetable distancia, solo se le quedaba vien­do intensamente y recordaba en su imaginación los amoratados golpes que había visto en las carnes de su progenitora, que allá por las cocinas, por la despensa y demás habitaciones interiores, andaba huyen­do de la presencia del airado e iracundo marido.

—Ándate al colegio, lárgate; pon cuidado y atención, que si una queja del maestro viene, ya repetiré la fun­ción contigo hasta dejarte nuevo —decía enfurecido.

Y el chiquillo marchaba lentamente con las ma­necitas a la espalda, meditando en su inocencia, en todo aquello incomprensible, pensando cómo podría suceder todo lo que veía. ¿No acaso le decían sus maestros que su padre era un hombre decente, no había oído él encomiar su caballerosidad y generosi­dad? Ah, ¿que los caballeros golpean a las mujeres, que es caridad moler a palos un ser indefenso? ¡Y entonces la moral que me enseñan, no me dice lo contrario, o será una equivocación mía o lo será del maestro!... Y callaba... ¿Cómo está tu padre, chico?, decíale siempre que le veía pasar, una hermosa dama, presidenta de la Asociación de Señoras de la Caridad. ¿Está bueno? ¿Sí? Dios nos lo guarde para honra de la asociación. Él un hombre tan bueno, un hombre tan santo; no sabemos cómo Emilia tiene diferencias con él, y todo por no ser condescendiente y generosa. El hombre es libre; nosotras somos siempre esclavas. Ellos pueden ir donde quieren que siempre su reputa­ción es brillante, nosotras, ah, nosotras ..., suspiraba la dama, mientras el chico, ya un poco más grande, empezaba a comprender...

Se largaba de allí bajo el peso de las cavilaciones. ¿Mi padre, presidente de la Asociación de la Caridad? Qué caritativo. Ya le querría ver muerto, me perdone Dios, pero ya estoy cansado de su infame conducta con mi madre, de escuchar los mismos lamentos, de sentir los mismos golpes... y sobre todo de verla siempre sin dinero, en apuros, con el semblante pálido y la mirada lacrimosa. Y él, ¿por qué no se va y nos deja en paz?

Después  de cierto tiempo, habían  transcurrido va­rios  años, quizá  muchos, ya el niño era un  joven apuesto y elegante, había terminado sus estudios universitarios y vivía al lado de la madre, contemplando­ la inválida y triste. ¿Inválida y triste? Sí, enormes oje­ras rodeaban sus tristes ojos que brillaban en su ros­tro amarillento y apergaminado; las carnes fláccidas pendían de sus huesos. El martirio, el hambre, los golpes habían obrado su efecto, seguro, rápido, des­contado: ¡la tuberculosis! Ya le había robado hasta el último glóbulo rojo de su sangre. Pálida como un papel y flaca como un espectro, se sentía morir; a cada momento que pasaba, una  angustia mortal apretaba su corazón. ¿Qué sería de él, de su hijo Rodolfo, del niño adorado de su corazón? ¡Si sería siempre bueno y estimado en manos de su victimario, el caballero de la Asociación de Caridad, el periodista eminente, el orador, el moralista de altos vuelos! Y lágrimas enor­mes surcaban sus fláccidas mejillas...

El hijo frente a ella era un vengador: Madrecita, no estés triste; quiero verte siempre contenta y resigna­da. ¿No me tienes a tu lado, no te queda el consuelo de que si sufriste, tuviste un compañero siempre fiel en tus sufrimientos? Además ese mal ya curara. Pero apartaba su rostro para que ella no viese en él las lágrimas de dolor y rabia que se deslizaban de sus ojos.

—Tu padre es bueno, hijo mío —decíale la muy santa—, después de mis días, pórtate bien con él. No es el culpable, fue mi destino el que me trazó ruta tan sombría y desdichada. Pero el hijo callaba sin apro­bar los pensamientos de la noble y generosa madre.

—Mi madre que en los cielos esté —continuó Emi­lia— quiso que yo me casara con tu padre. Él es serio y tiene dinero, y llevas ahí un porvenir asegura­do, díjome, y a él le aconsejó que me llevase lo más estrictamente sujeta, porque la mujer debía vivir ligada a la voluntad del marido y soportar pacientemente sus desvíos, ultrajes, golpes, etc. Además, su natura­leza imperiosa y fiera le hizo ver en mi un pararrayos donde poder descargar su mal humor, su bilis y todas sus decepciones... y como yo fui humilde, callé; ya ves, hijo del alma, el estado en que estoy. La temible enfermedad secreta que adquiri por su culpa fue el primer peldaño que me llevó a esta enfermedad temi­ble que hoy me tiene cerca de Dios. El día en que una mujer aparezca en tu camino, sé bueno con ella, considérala y ámala; y cuando el amor haya desapa­recido de tu corazón y no sientas poderosos los lazos del deber, entonces divorciate, separate de ella; pero hazlo como un hombre caballeroso, todo nobleza y corazón, y sabe que éste es el ramo más encendido que de tus jardines espirituales puedes poner en mi tumba...

Y el hijo callaba, mirándola con inmenso amor... mientras la infatigable pálida con sus intangibles pa­sos y su guadaña, bordada de luna y de lirios, se acercaba lentamente...

 

                                                     ***

La luna desde lo alto de los cielos tejía una inmensa blonda de plata que, como traída por las manos de los serafines, venía a envolver el féretro donde descansaba Emilia. En el jarrón del silencio agonizaban los lises de plata de las estrellas lejanas, y envolvía la estancia el aroma de los jazmineros y de los heliotropos que da­ban su postriprimera ofrenda a quien fue toda perfu­me y luz. Los cirios parpadeaban y las lágrimas de cera corrían a lo largo de los candelabros oscuros; cerca estaba el victimario, el hombre correcto y caballeroso que acompañara a su esposa «hasta el último momento», es decir, que le diera martirio hasta el final; y en un ángulo, en sombra mayor, ¡su hijo, el vengador, el verdaderamente desamparado, que desde sus tinieblas trataba de alzar el velo de todas las confor­midades con el destino y de todas las rebeldías con la injusticia, y que espiaba a su madre con los ojos preñados de llanto!

Ya de vuelta de aquel largo recorrido que llevaba al sagrado recinto donde la grama es natural y mullida­ alfombra para los profanos pies, y regio brocado para el ara donde duermen todos los que en la existencia fatigosa tanto lucharon y amaron tanto, donde los lirios crecen airosos y fragantes cerca del ciprés que rígido se eleva como una oración por todos los infortunados, de vuelta de ese sitio sombrío donde el llanto forma cristalizaciones sobre las marmóreas lo­sas de los sepulcros, frente a frente del hijo adorado, el padre sin ventura en cuya conciencia hace presa el remordimiento, el padre que trata de olvidar la enor­midad de sus culpas, lo enorme de aquel delito que la ley no condena pero la conciencia sí, dícele: ¡Aho­ra no nos separaremos nunca! Yo adoré a tu madre, tu debes ser bueno para semejarte a ella y porque yo te di lecciones de buen caballero. No debes lamentar ni llorar su ausencia; ella descansa.

—Sí padre, ella descansa, a Dios gracias. Las lecciones que usted me ha dado no se me olvidarán, pero jamás las pondré en práctica como un obsequio a la memoria de mi madre. En cuanto a la comunidad de vidas es imposible jamás me resignaría a vegetar os­curamente, tengo que abrirme campo, salir, luchar, triunfar. Sin esto, no valdría la pena vivir. Es la vida continua movimiento y perenne lucha y el descanso de la muerte, obligado, debemos conquistarlo. No de­bemos llegar a ella fracasados, burlados, vencidos. Toda la tristeza de los ojos de madre se trocó en majes­tad y en altanería en mis ojos y toda la dulzura de sus labios, en los míos es absintio, es ajenjo; la  bondad de su pecho es escudo al mío, porque solo los fuertes sabemos y logramos vencer... ¿Ser bueno, humilde, padre, en estos tiempos es acaso un mérito? Ya vendrán los tiempos en que la mujer no sea una esclava, sino una compañera que nos comprenda y que nos haga respetar sus derechos, que se sepa hacer amar y comprender, porque nosotros, padre, no sabemos que­rer a nuestras mujeres, reduciéndolas al rango de sir­vientes y de esclavas hasta el grado que no admitimos ni siquiera que tengan opinión propia. La ley las con­sidera como irresponsables y nosotros les negamos todo talento y todo derecho como responsables, pero si se lo concedemos para  descargar sobre ellas el peso de nuestros dolores, de nuestros fracasos, de nuestras maldades... —dijo, y la voz resonó airada en la estancia.

—Ahora, padre, ella me enseñó una altísima lec­ción: la generosidad; los principios más altos de humanidad, la compasión y el perdón. Si yo no puedo seguir viviendo con usted porque no le complacería salir de su casa en pos de mis pasos, y porque a mí tampoco me agradaría estar prisionero entre los anillos del recuerdo torturador, el día en que se sienta mal, el día en que presienta que ya los soles pararán su curso para sus días lóbregos y grises, entonces, llámame, que aquí, arrodillado a su lecho volveré y hermanaré mis sollozos a estos que me amargan la vida y que parecen herir de muerte mi garganta.

 

***

 

El viejecito espiaba la senda por donde el hijo par­tió. El sol asomaba su disco rojo y brillante tras las crestas de la sierra como un crisantemo de llamas. La oración aleteaba en sus labios sintiendo el frío espantoso­ de la vejez que se colaba en sus huesos y se amparaba en sus sienes. El paisaje aparecía como bañado por la lluvia, retocado y lujoso. La casita so­lariega bordada de flores en su contorno, y allá... el poyo musgoso parecía aprisionar todo el dolor aquel, aquella amargura que habíase encerrado y para siem­pre, en el corazón del único hijo perdido para toda la vida, quizás. Aquel Rodolfo que musicalizara el silencio con sus risas infantiles y que poblara de ensueños las vidas aquellas solitarias y llenas de recuerdos.

¿Acaso el recuerdo no es amargo, punzante, tortu­rador? Parecía decir la mirada misericordiosa y dolida de Emilia, copiada por el más hábil fotógrafo del país, y destacándose como una inmensa luz en medio  de la sombra.

*Giovanni Durán es narrador, catedrático y autor del libro Historias de medianoche, amor, suspenso y más. [email protected]

Mujeres más fuertes que el diamante

Por: Redacción 102nueve
mayo 9, 2017

«¡En medio de esta noche, es mi voz la primera y débil clarinada! Más tarde, quizá muchos años después de mi escapatoria de este planeta, vendrá la mujer fuerte que yo sueño».

«¡En medio de esta noche, es mi voz la primera y débil clarinada! Más tarde, quizá muchos años después de mi escapatoria de este planeta, vendrá la mujer fuerte que yo sueño».

Por Giovanni Durán 
| NARRATIVA 503 |

Cuando leemos los cuentos de Josefina Peñate y Hernández, nos sentimos sacudidos por su voz aunque no sea audible. Sus pensamientos traspasan el papel, se vuelven agudos y certeros como flechas que dan en el blanco. No existe otra manera de abordarlo.

Dueña de un mensaje claro y contundente, sus cuentos están preñados de denuncia y realismo. En ellos peregrina la voz de miles de mujeres heridas, asesinadas, maltratadas, abusadas y denigradas. Su palabra trasciende el espacio y el tiempo, se alarga hasta nuestra época para obligarnos a escuchar, reflexionar, entender, pedir justicia; más aún, para confirmarnos que la sociedad de los años veinte, la cual ahora nos parece lejana, resulta tan cercana, al punto de ver en ella como en un espejo la realidad de la nuestra, una sociedad que en muchos aspectos parece evolucionar poco o nada.

Josefina nació en Santa Ana en 1901 y falleció en 1935, a la edad de treinta y tres años aproximadamente, durante el parto de su único hijo. Jamás imaginó que la muerte rondaba sus caminos. Estuvo en la docencia, publicó artículos periodísticos en Santa Ana, donde también laboró y escribió tres libros: Caja de pandora (1921), Esbozos (1928) y Surtidores (1932).

Como visionaria, con esperanza plasmó su deseo para el futuro al final de su libro Caja de pandora: «Ante tus ojos bellos, lectora amable, han ido desfilando todas esas oscuras vidas de mujer: oscuras por lo vulgar, pero luminosas por el sufrimiento. En nuestra hora, la mujer latina aherrojada con los anillos de todas las preocupaciones, de todos los prejuicios, carga sobre sus espaldas débiles el enorme bulto de la herencia de un pasado ruinoso y amargo, mientras que la mujer del porvenir se prepara sonriente a depositar a la vera del camino ese pesado bulto de fatalidad para seguir, erguida, sonriente y amable, un más ancho derrotero [ ... ] ¡En medio de esta noche, es mi voz la primera y débil clarinada! Más tarde, quizá muchos años después de mi escapatoria de este planeta, vendrá la mujer fuerte que yo sueño. Y como un anuncio, quedará este libro mío que contiene narraciones sombrías, relatos dolorosos de vidas de mujer que nosotras las rebeldes debemos tratar de borrar de nuestra historia».

A más de ochenta años de la muerte de Josefina, yo, que escribo en 2017, alzo mi voz para declarar que las mujeres de su deseo han llegado, viven entre nosotros, palpitan en nuestras calles, son más fuertes que el diamante, pues han sido formadas con presión y fuego. Nada las derrumba. Vencen los obstáculos. Por su propio coraje rompen el cielo y su destello resplandece sobre las costas y los pueblos del mundo. Sus propósitos son firmes. Llevan las riendas de la nación. En amor tienen hijos e hijas de paz, que cambian al país. Ellas mismas son el ejemplo. Atónitas las naciones preguntarán cómo de un territorio tan pequeño pueden surgir tan excelsas mujeres, entonces ellas levantarán el rostro y sonreirán hacia el horizonte. Aún falta trecho por andar, sin embargo, mis palabras ya suceden y sucederán, porque las mujeres de mi patria nacen para llevar a cabo hazañas.

En esta ocasión de te dejo un cuento de Josefina Peñate y Hernández, publicado en Caja de pandora.

El vengador

¡Una, dos, tres veces cayó el látigo sobre las espal­das de la desdichada y hermosísima mujer! Resona­ron sus finísimas fibras al golpear las marmóreas car­nes y al cortarlas en casi imperceptibles heridas; escapóse un hondo, un prolongado suspiro, dejóse oír un comprimido sollozo, y los pasos se alejaron... La voz del marido indignado se dejaba oír: Te he de domar, perra; así a golpes, con el verduguillo, tal como trato a mis yeguas indómitas. Yo soy tu amo y señor, y si como a tal no quieres respetarme, vete, sal pronto. Des­nuda sin dote alguna te recibí de manos de la vieja bruja de tu madre, tan mala como tú; sal pues así, llevándote ese arrapiezo que deberá heredar tus vir­tudes... ¡Ja, ja, ja! Y la carcajada sonó estridente, co­mo burlando la amargura que se enseñoreaba de aquel corazón tímido y sencillo que sufría la desgracia sin atreverse a cruzar palabra.

Al recibo de la mofa sangrienta, las Furias pusié­ronse en defensa de la mujer y hablaron por sus la­bios amoratados por los golpes, por el hambre, por el dolor de la incertidumbre:

—Ríete, bien sabes tu maldad. ¿Me golpeas cuan­do yo sé que tú vienes de allá del lupanar, de donde las mujeres fáciles? ¿Crees tú que yo protesto por amor? No se puede creer que una mujer ame al villano que la maltrata y golpea día y noche; si te he soportado tanto es solamente por mi hijo, por este pobre desven­turado que no es culpable de nada, y ¡sí tiene dere­cho a que yo le compre la felicidad, aunque sea con el martirio! ¿Tú, el hombre aquel que en la tribuna hace derroche de oratoria, pregonando la  moralidad, que en la prensa aboga por la implantación de las buenas costumbres como base estable de un hogar, vienes de eso, cuando ginecólogos y juristas condenarían tu conducta como un delito? ¿No eres acaso un bandido como uno de esos cualesquiera que gimen en las maz­morras penitenciarias? Esas celdas no saben de tus la­mentos porque estos crímenes que se amparan a silencio no tienen sanción ni pena alguna... ¿Qué le importa a la sociedad que una infeliz mujer casada padezca de una terrible enfermedad hasta la muerte, y que los hijos desde la niñez, desde que abren sus tiernos ojos a la luz del mundo, ya los sientan agobia­dos por enfermedades graves adquiridas en esos si­tios de degradación y de lujuria? ¿Y quién podrá pro­testar cuando a la sombra de la encrucijada, yo, la inocente pueda caer vencida como un junco, bajo el golpe certero del traidor puñal de una de esas hijas del arroyo? Ten piedad: pensióname siquiera mi hijo para salir a la lucha, y entonces me iré para dejarte feliz y satisfecho, vuelto a la libertad que tú me pretendes hacer creer que está coartada y nosotros iremos con la frente erguida a donde nos convenga.

—Cállate, miserable, ¿qué derecho tienes de hablar? Holgazana. Todo esto que ves aquí es mío, me cuesta mis sudores y mi trabajo; lo puedo derrochar con quien me venga en gana; y respecto a esas mujeres son me­jores que tú; y siempre que así lo desees, puedes reco­ger tus bagatelas y marcharte, si no quieres que vea tu cuerpo sirviendo de péndulo en ese eucaliptus del jardín... ¡Si no, te mataré a empellones y golpes... prueba ...!

Y la desvalida e infortunada Emilia, alma sencilla y suave, criada en todas las delicadezas y suavidades, yendo a sentarse en un poyo del jardín, apretando las manos pálidas sobre el corazón, decía: ¡Malvado, exe­crable, la sociedad te da todos los derechos, aun hasta los más absurdos, que los han tornado de nuestros débiles derechos de mujer! ¡Cómo todas esas elegantes despreocupadas, o esas apáticas señoras burgue­sas condenarán mi proceder y me dirán: Vente con nosotras, para hacer destrozos en la reputación de este villano que es la reputación que heredará mi hijo... y enseguida, buenamente, me pondrán a la puerta para mofarse de mi desdicha, desdicha general de todas las mujeres en estas latitudes, y ante la cual deberíase elevar una general protesta a fin de ir encaminando nuestros derechos hacia una redención final no le­jana...! ¡Pero es en balde!, gemía... Y miraba con­ conmiseración infinita el rostro pálido de su hijo Rodolfo; éste con sus ojazos enormemente abiertos interrogaba admirado, sintiendo como suyo el dolor de su madre:

—¿Oye, mamaíta, por qué te golpea tanto papá? ¿Por qué no le dices nada cuando él te ultraja? ¿Qué quieren decir todas esas cosas que te dice? ¿Por qué en su furia él te arroja de casa y te dice que yo soy también un gandul y mal nacido y que está hastiado de mantenernos, que trabajes y que me enseñes a trabajar lo más pronto posible para librarse de nues­tra presencia que le es odiosa?

Y los interrogatorios salían casi atropellados de los labios infantiles, hechos para orar y cantar; de los labios dulces que no sabían de besos ni de caricias paternas, mientras espiaba en el semblante de su ma­dre, con esa intuición propia de los niños, la impre­sión que en ella causaba, y escuchaba sus sollozos, poniéndose él también a llorar.

—Hijo mío, ven —decíale después el padre—. Tu madre, esa mujer, es muy mala. No me quiere y me calumnia, por eso la golpeo. Ven, abrázame —pero el chico, a respetable distancia, solo se le quedaba vien­do intensamente y recordaba en su imaginación los amoratados golpes que había visto en las carnes de su progenitora, que allá por las cocinas, por la despensa y demás habitaciones interiores, andaba huyen­do de la presencia del airado e iracundo marido.

—Ándate al colegio, lárgate; pon cuidado y atención, que si una queja del maestro viene, ya repetiré la fun­ción contigo hasta dejarte nuevo —decía enfurecido.

Y el chiquillo marchaba lentamente con las ma­necitas a la espalda, meditando en su inocencia, en todo aquello incomprensible, pensando cómo podría suceder todo lo que veía. ¿No acaso le decían sus maestros que su padre era un hombre decente, no había oído él encomiar su caballerosidad y generosi­dad? Ah, ¿que los caballeros golpean a las mujeres, que es caridad moler a palos un ser indefenso? ¡Y entonces la moral que me enseñan, no me dice lo contrario, o será una equivocación mía o lo será del maestro!... Y callaba... ¿Cómo está tu padre, chico?, decíale siempre que le veía pasar, una hermosa dama, presidenta de la Asociación de Señoras de la Caridad. ¿Está bueno? ¿Sí? Dios nos lo guarde para honra de la asociación. Él un hombre tan bueno, un hombre tan santo; no sabemos cómo Emilia tiene diferencias con él, y todo por no ser condescendiente y generosa. El hombre es libre; nosotras somos siempre esclavas. Ellos pueden ir donde quieren que siempre su reputa­ción es brillante, nosotras, ah, nosotras ..., suspiraba la dama, mientras el chico, ya un poco más grande, empezaba a comprender...

Se largaba de allí bajo el peso de las cavilaciones. ¿Mi padre, presidente de la Asociación de la Caridad? Qué caritativo. Ya le querría ver muerto, me perdone Dios, pero ya estoy cansado de su infame conducta con mi madre, de escuchar los mismos lamentos, de sentir los mismos golpes... y sobre todo de verla siempre sin dinero, en apuros, con el semblante pálido y la mirada lacrimosa. Y él, ¿por qué no se va y nos deja en paz?

Después  de cierto tiempo, habían  transcurrido va­rios  años, quizá  muchos, ya el niño era un  joven apuesto y elegante, había terminado sus estudios universitarios y vivía al lado de la madre, contemplando­ la inválida y triste. ¿Inválida y triste? Sí, enormes oje­ras rodeaban sus tristes ojos que brillaban en su ros­tro amarillento y apergaminado; las carnes fláccidas pendían de sus huesos. El martirio, el hambre, los golpes habían obrado su efecto, seguro, rápido, des­contado: ¡la tuberculosis! Ya le había robado hasta el último glóbulo rojo de su sangre. Pálida como un papel y flaca como un espectro, se sentía morir; a cada momento que pasaba, una  angustia mortal apretaba su corazón. ¿Qué sería de él, de su hijo Rodolfo, del niño adorado de su corazón? ¡Si sería siempre bueno y estimado en manos de su victimario, el caballero de la Asociación de Caridad, el periodista eminente, el orador, el moralista de altos vuelos! Y lágrimas enor­mes surcaban sus fláccidas mejillas...

El hijo frente a ella era un vengador: Madrecita, no estés triste; quiero verte siempre contenta y resigna­da. ¿No me tienes a tu lado, no te queda el consuelo de que si sufriste, tuviste un compañero siempre fiel en tus sufrimientos? Además ese mal ya curara. Pero apartaba su rostro para que ella no viese en él las lágrimas de dolor y rabia que se deslizaban de sus ojos.

—Tu padre es bueno, hijo mío —decíale la muy santa—, después de mis días, pórtate bien con él. No es el culpable, fue mi destino el que me trazó ruta tan sombría y desdichada. Pero el hijo callaba sin apro­bar los pensamientos de la noble y generosa madre.

—Mi madre que en los cielos esté —continuó Emi­lia— quiso que yo me casara con tu padre. Él es serio y tiene dinero, y llevas ahí un porvenir asegura­do, díjome, y a él le aconsejó que me llevase lo más estrictamente sujeta, porque la mujer debía vivir ligada a la voluntad del marido y soportar pacientemente sus desvíos, ultrajes, golpes, etc. Además, su natura­leza imperiosa y fiera le hizo ver en mi un pararrayos donde poder descargar su mal humor, su bilis y todas sus decepciones... y como yo fui humilde, callé; ya ves, hijo del alma, el estado en que estoy. La temible enfermedad secreta que adquiri por su culpa fue el primer peldaño que me llevó a esta enfermedad temi­ble que hoy me tiene cerca de Dios. El día en que una mujer aparezca en tu camino, sé bueno con ella, considérala y ámala; y cuando el amor haya desapa­recido de tu corazón y no sientas poderosos los lazos del deber, entonces divorciate, separate de ella; pero hazlo como un hombre caballeroso, todo nobleza y corazón, y sabe que éste es el ramo más encendido que de tus jardines espirituales puedes poner en mi tumba...

Y el hijo callaba, mirándola con inmenso amor... mientras la infatigable pálida con sus intangibles pa­sos y su guadaña, bordada de luna y de lirios, se acercaba lentamente...

 

                                                     ***

La luna desde lo alto de los cielos tejía una inmensa blonda de plata que, como traída por las manos de los serafines, venía a envolver el féretro donde descansaba Emilia. En el jarrón del silencio agonizaban los lises de plata de las estrellas lejanas, y envolvía la estancia el aroma de los jazmineros y de los heliotropos que da­ban su postriprimera ofrenda a quien fue toda perfu­me y luz. Los cirios parpadeaban y las lágrimas de cera corrían a lo largo de los candelabros oscuros; cerca estaba el victimario, el hombre correcto y caballeroso que acompañara a su esposa «hasta el último momento», es decir, que le diera martirio hasta el final; y en un ángulo, en sombra mayor, ¡su hijo, el vengador, el verdaderamente desamparado, que desde sus tinieblas trataba de alzar el velo de todas las confor­midades con el destino y de todas las rebeldías con la injusticia, y que espiaba a su madre con los ojos preñados de llanto!

Ya de vuelta de aquel largo recorrido que llevaba al sagrado recinto donde la grama es natural y mullida­ alfombra para los profanos pies, y regio brocado para el ara donde duermen todos los que en la existencia fatigosa tanto lucharon y amaron tanto, donde los lirios crecen airosos y fragantes cerca del ciprés que rígido se eleva como una oración por todos los infortunados, de vuelta de ese sitio sombrío donde el llanto forma cristalizaciones sobre las marmóreas lo­sas de los sepulcros, frente a frente del hijo adorado, el padre sin ventura en cuya conciencia hace presa el remordimiento, el padre que trata de olvidar la enor­midad de sus culpas, lo enorme de aquel delito que la ley no condena pero la conciencia sí, dícele: ¡Aho­ra no nos separaremos nunca! Yo adoré a tu madre, tu debes ser bueno para semejarte a ella y porque yo te di lecciones de buen caballero. No debes lamentar ni llorar su ausencia; ella descansa.

—Sí padre, ella descansa, a Dios gracias. Las lecciones que usted me ha dado no se me olvidarán, pero jamás las pondré en práctica como un obsequio a la memoria de mi madre. En cuanto a la comunidad de vidas es imposible jamás me resignaría a vegetar os­curamente, tengo que abrirme campo, salir, luchar, triunfar. Sin esto, no valdría la pena vivir. Es la vida continua movimiento y perenne lucha y el descanso de la muerte, obligado, debemos conquistarlo. No de­bemos llegar a ella fracasados, burlados, vencidos. Toda la tristeza de los ojos de madre se trocó en majes­tad y en altanería en mis ojos y toda la dulzura de sus labios, en los míos es absintio, es ajenjo; la  bondad de su pecho es escudo al mío, porque solo los fuertes sabemos y logramos vencer... ¿Ser bueno, humilde, padre, en estos tiempos es acaso un mérito? Ya vendrán los tiempos en que la mujer no sea una esclava, sino una compañera que nos comprenda y que nos haga respetar sus derechos, que se sepa hacer amar y comprender, porque nosotros, padre, no sabemos que­rer a nuestras mujeres, reduciéndolas al rango de sir­vientes y de esclavas hasta el grado que no admitimos ni siquiera que tengan opinión propia. La ley las con­sidera como irresponsables y nosotros les negamos todo talento y todo derecho como responsables, pero si se lo concedemos para  descargar sobre ellas el peso de nuestros dolores, de nuestros fracasos, de nuestras maldades... —dijo, y la voz resonó airada en la estancia.

—Ahora, padre, ella me enseñó una altísima lec­ción: la generosidad; los principios más altos de humanidad, la compasión y el perdón. Si yo no puedo seguir viviendo con usted porque no le complacería salir de su casa en pos de mis pasos, y porque a mí tampoco me agradaría estar prisionero entre los anillos del recuerdo torturador, el día en que se sienta mal, el día en que presienta que ya los soles pararán su curso para sus días lóbregos y grises, entonces, llámame, que aquí, arrodillado a su lecho volveré y hermanaré mis sollozos a estos que me amargan la vida y que parecen herir de muerte mi garganta.

 

***

 

El viejecito espiaba la senda por donde el hijo par­tió. El sol asomaba su disco rojo y brillante tras las crestas de la sierra como un crisantemo de llamas. La oración aleteaba en sus labios sintiendo el frío espantoso­ de la vejez que se colaba en sus huesos y se amparaba en sus sienes. El paisaje aparecía como bañado por la lluvia, retocado y lujoso. La casita so­lariega bordada de flores en su contorno, y allá... el poyo musgoso parecía aprisionar todo el dolor aquel, aquella amargura que habíase encerrado y para siem­pre, en el corazón del único hijo perdido para toda la vida, quizás. Aquel Rodolfo que musicalizara el silencio con sus risas infantiles y que poblara de ensueños las vidas aquellas solitarias y llenas de recuerdos.

¿Acaso el recuerdo no es amargo, punzante, tortu­rador? Parecía decir la mirada misericordiosa y dolida de Emilia, copiada por el más hábil fotógrafo del país, y destacándose como una inmensa luz en medio  de la sombra.

*Giovanni Durán es narrador, catedrático y autor del libro Historias de medianoche, amor, suspenso y más. [email protected]

Se escuchó en la 102nueve