El Salvador, martes 23 de enero de 2018

Luis Canizalez || septiembre 4, 2016

Masferrer político

Hoy se cumplen 84 años de la muerte de Alberto Masferrer. Sus ideas siguen vigentes. Intactas. Casi olvidadas.

Traicionado por quienes consideraba sus amigos, Alberto Masferrer sale del país y se exilia en Honduras a finales de 1931. Ahí comprendería que sus batallas habían fracasado. Ahí enfermaría de tristeza. Ahí pasaría sus últimos días. De ahí sería repatriado a El Salvador inconsciente y moribundo.

Masferrer era un filósofo pragmático. No era comunista, ni socialista, ni capitalista. Era una máquina intelectual, un cerebro, un pensador infatigable. Un escritor combativo. Desde el periódico Patria, el cual dirigía, disparaba fuertes críticas contra los oligarcas y los políticos corruptos de esa época.

Desde 1930, Masferrer apoyó la candidatura presidencial de Arturo Araujo, un terrateniente graduado como ingeniero civil en Inglaterra. Masferrer vio en Araujo la oportunidad de extender por todo el país la práctica de su doctrina vitalista.

Araujo se había formado con los socialdemócratas del Partido Laborista Británico. En su hacienda los trabajadores tenían prestaciones sociales desconocidas en esos años: casa para cada colono, una escuela y una clínica de asistencia médica. También dos capillas cristianas: una católica y otra evangélica. Fue por eso que Masferrer lo apoyó.

Eran tiempos difíciles. El país estaba de rodillas. Ahogado por la terrible crisis económica que había iniciado en 1929. Araujo ganó las elecciones. Pero las cosas se comenzaron derrumbar a los pocos meses. El mandatario no cumplió lo que había prometido y Masferrer se sintió engañado, anulado, burlado. Y se fue del país.

Desde mediados de los años veinte, las ideas marxistas-leninistas habían irrumpido en El Salvador. Algunos círculos universitarios y sindicatos de obreros leían folletines sobre comunismo. Comenzaron a organizarse y a soñar con una revolución armada, con la dictadura del proletariado. A inicios de los años treinta las condiciones parecían estar dadas. La situación económica era un caos.

Con Araujo en el poder, las cosas no mejoraron y en diciembre de 1931 fue derrocado. El general Maximiliano Hernández Martínez asumió la presidencia. A inicios de 1932 las cosas empeoraron. Los comunistas se armaron e iniciaron una insurrección. Y el general Martínez inició la matanza. Masacró campesinos. Masacró obreros. Masacró indígenas. Masacró comunistas. Masacró, masacró y masacró. Cometió uno de los genocidios más brutales de la historia latinoamericana.

El 2 de febrero de 1932, desde San Pedro Sula, Masferrer escribió una carta para su hermana Teresa y su cuñado. Ambos estaban radicados en Guatemala y eran muy cercanos a Masferrer. En uno de los párrafos escribió:

“Ya sabrán de la matanza de campesinos habida en El Salvador con inmenso regocijo de curas, banqueros, terratenientes y todos esos gremios subordinados a los capitalistas que siguen a estos como los chacales a los tigres. Es algo horrendo. Despierta el deseo de no volver nunca a ese país. Lo que soy yo me considero, con esto, desterrado para mucho tiempo. Quizá para siempre. No me haría ninguna gracia estar ahí de mudo espectador ante las represalias y la insolencia de los asesinos. Día por día, desde que inició la crisis, les anuncié lo que iba a suceder. Y lo que esos egoístas, podridos en plata, no quisieron hacer por razón y justicia, ahora tendrán que hacerlo ya por miedo. Solo el miedo convence a los cobardes y a los mezquinos”.

En otra carta que le envía a Joaquín García Monge, director de Repertorio Americano (revista costarricense donde escribían los grandes intelectuales de Latinoamérica de esa época), le explica lo ocurrido en El Salvador. Le explica el exterminio de campesinos.  

“Les tachan de bolcheviques, de monstruos, de cuanto adjetivo denigrante les sugiere el miedo a los terratenientes y millonarios enfurecidos. Y la verdad, la única verdad, es que no hay nadie más sufrido, más ignorante, más incapaz de bolchevismo que los jornaleros salvadoreños. Yo los conozco. Yo los defiendo porque no hay nadie quien los defienda. Desde hace cuarenta años se les explota, se les embrutece con alcohol, se les extorsiona y se les miente. Y ahora, cuando tenían más de un año de casi no comer por falta de trabajo, se les extermina”.    

Meses después, la parálisis que padecía se le agravó y fue repatriado a El Salvador en estado agónico. Murió el cuatro de septiembre de 1932. Murió como mueren los grandes. Murió fiel a sus ideales.

Hoy se cumplen 84 años de su muerte. Sigo creyendo que Masferrer es el pensador más grande que ha tenido El Salvador. Sus ideas siguen vigentes. Intactas. Casi olvidadas. Y si hay un salvadoreño que ha sufrido por la Patria, ese es Masferrer. No me queda ni un milímetro de duda.

Masferrer político

Por: Luis Canizalez
septiembre 4, 2016

Hoy se cumplen 84 años de la muerte de Alberto Masferrer. Sus ideas siguen vigentes. Intactas. Casi olvidadas.

Luis Canizalez.

Hoy se cumplen 84 años de la muerte de Alberto Masferrer. Sus ideas siguen vigentes. Intactas. Casi olvidadas.

Traicionado por quienes consideraba sus amigos, Alberto Masferrer sale del país y se exilia en Honduras a finales de 1931. Ahí comprendería que sus batallas habían fracasado. Ahí enfermaría de tristeza. Ahí pasaría sus últimos días. De ahí sería repatriado a El Salvador inconsciente y moribundo.

Masferrer era un filósofo pragmático. No era comunista, ni socialista, ni capitalista. Era una máquina intelectual, un cerebro, un pensador infatigable. Un escritor combativo. Desde el periódico Patria, el cual dirigía, disparaba fuertes críticas contra los oligarcas y los políticos corruptos de esa época.

Desde 1930, Masferrer apoyó la candidatura presidencial de Arturo Araujo, un terrateniente graduado como ingeniero civil en Inglaterra. Masferrer vio en Araujo la oportunidad de extender por todo el país la práctica de su doctrina vitalista.

Araujo se había formado con los socialdemócratas del Partido Laborista Británico. En su hacienda los trabajadores tenían prestaciones sociales desconocidas en esos años: casa para cada colono, una escuela y una clínica de asistencia médica. También dos capillas cristianas: una católica y otra evangélica. Fue por eso que Masferrer lo apoyó.

Eran tiempos difíciles. El país estaba de rodillas. Ahogado por la terrible crisis económica que había iniciado en 1929. Araujo ganó las elecciones. Pero las cosas se comenzaron derrumbar a los pocos meses. El mandatario no cumplió lo que había prometido y Masferrer se sintió engañado, anulado, burlado. Y se fue del país.

Desde mediados de los años veinte, las ideas marxistas-leninistas habían irrumpido en El Salvador. Algunos círculos universitarios y sindicatos de obreros leían folletines sobre comunismo. Comenzaron a organizarse y a soñar con una revolución armada, con la dictadura del proletariado. A inicios de los años treinta las condiciones parecían estar dadas. La situación económica era un caos.

Con Araujo en el poder, las cosas no mejoraron y en diciembre de 1931 fue derrocado. El general Maximiliano Hernández Martínez asumió la presidencia. A inicios de 1932 las cosas empeoraron. Los comunistas se armaron e iniciaron una insurrección. Y el general Martínez inició la matanza. Masacró campesinos. Masacró obreros. Masacró indígenas. Masacró comunistas. Masacró, masacró y masacró. Cometió uno de los genocidios más brutales de la historia latinoamericana.

El 2 de febrero de 1932, desde San Pedro Sula, Masferrer escribió una carta para su hermana Teresa y su cuñado. Ambos estaban radicados en Guatemala y eran muy cercanos a Masferrer. En uno de los párrafos escribió:

“Ya sabrán de la matanza de campesinos habida en El Salvador con inmenso regocijo de curas, banqueros, terratenientes y todos esos gremios subordinados a los capitalistas que siguen a estos como los chacales a los tigres. Es algo horrendo. Despierta el deseo de no volver nunca a ese país. Lo que soy yo me considero, con esto, desterrado para mucho tiempo. Quizá para siempre. No me haría ninguna gracia estar ahí de mudo espectador ante las represalias y la insolencia de los asesinos. Día por día, desde que inició la crisis, les anuncié lo que iba a suceder. Y lo que esos egoístas, podridos en plata, no quisieron hacer por razón y justicia, ahora tendrán que hacerlo ya por miedo. Solo el miedo convence a los cobardes y a los mezquinos”.

En otra carta que le envía a Joaquín García Monge, director de Repertorio Americano (revista costarricense donde escribían los grandes intelectuales de Latinoamérica de esa época), le explica lo ocurrido en El Salvador. Le explica el exterminio de campesinos.  

“Les tachan de bolcheviques, de monstruos, de cuanto adjetivo denigrante les sugiere el miedo a los terratenientes y millonarios enfurecidos. Y la verdad, la única verdad, es que no hay nadie más sufrido, más ignorante, más incapaz de bolchevismo que los jornaleros salvadoreños. Yo los conozco. Yo los defiendo porque no hay nadie quien los defienda. Desde hace cuarenta años se les explota, se les embrutece con alcohol, se les extorsiona y se les miente. Y ahora, cuando tenían más de un año de casi no comer por falta de trabajo, se les extermina”.    

Meses después, la parálisis que padecía se le agravó y fue repatriado a El Salvador en estado agónico. Murió el cuatro de septiembre de 1932. Murió como mueren los grandes. Murió fiel a sus ideales.

Hoy se cumplen 84 años de su muerte. Sigo creyendo que Masferrer es el pensador más grande que ha tenido El Salvador. Sus ideas siguen vigentes. Intactas. Casi olvidadas. Y si hay un salvadoreño que ha sufrido por la Patria, ese es Masferrer. No me queda ni un milímetro de duda.

Se escuchó en la 102nueve