El Salvador, domingo 19 de noviembre de 2017

Majano: “José Luis Merino miente. No soy traidor”

Por: Lafitte Fernández
octubre 17, 2016

Treinta y cinco años después de los hechos que narra Merino, Majano se sienta en una mesa y repite que eso no es cierto, que jamás jugó un papel activo en la ofensiva guerrillera de 1981.

Foto: Abdul Gutiérrez y Adolfo Majano en conferencia de prensa.

SEGUNDA PARTE

A Adolfo Majano le inquieta algo: que en el Ejército salvadoreño se le tenga como un traidor. No admite ese papel. Han pasado 37 años desde que encabezó un golpe de Estado que, a su juicio, fue la última frontera para evitar una guerra que dejó más de ochenta mil salvadoreños muertos.

Hace algún tiempo, algunos amigos suyos le enviaron unas fotocopias del libro autobiográfico de José Luis Merino. Se las enviaron hasta Canadá, donde Majano reside desde hace muchos años.

En esas fotocopias, leyó que José Luis Merino, uno de los tres hombres más importantes del FMLN, escribió que él estuvo involucrado en la ofensiva guerrillera de 1981.

Merino dice, inclusive, que Majano debió llegar al cuartel de Santa Ana a cumplir un papel en esa ofensiva.

Treinta y cinco años después de los hechos que narra Merino, Majano se sienta en una mesa y repite que eso no es cierto, que jamás jugó un papel activo en la ofensiva guerrillera de 1981.

“Si así hubiese actuado, habría sido un traidor”, dijo Majano al periodista Lafitte Fernández y a los historiadores Herard von Santos y Carlos Pérez Pineda.

Majano no solo habla de Merino. También habla de Roberto d’Aubuisson, de una serie de muertes que, a su juicio, el ministro de Defensa de esa época, Guillermo García, no quiso investigar.

También habla de traiciones, de atentados contra su vida, del papel de muchos actores después del golpe del 15 de octubre de 1979.

Esto es lo que dijo Majano:

Esto es historia viva de El Salvador.

Claro, y debe de conocerse. El golpe fue el 15 de octubre y es una fecha memorable en el sentido que tenía como objetivo prevenir una tragedia en El Salvador. Ese es el punto memorable de este movimiento militar que dejó un legado histórico en el sentido que también se hicieron reformas que fueron fuertes. Aquí no había ocurrido eso. A Roberto d’Aubuisson se le captura cuando estaba planificando un golpe de Estado.  Es que en esa época se planificaban golpes todo el tiempo.

¿Los golpes eran un deporte?

Las noticias sobre golpes de Estado llegaban a Casa Presidencial. Ya era rutina ver esto en los informes diarios. También comenzaron a ocurrir muchas muertes. Y le estoy hablando ya después de la Primera Junta de Gobierno. Durante la Primera Junta se logró mantener un estado de esperanza y de expectativa. Pero de enero en adelante empezó a arreciarse una espiral de violencia que es la que recorre durante todo 1980. Alrededor de esto vino una participación pública de d’Aubuisson mucho más fuerte, quien tuvo el apoyo de bastantes personas de derecha. Fue entonces que hizo sentir su voz objetando a la Junta y objetando las reformas. Hubo conspiraciones. Es un poco paradójico, pero la mayoría de conspiraciones y deseos de que hubiera otro golpe provenían de la izquierda. O sea que no se puede separar y decir que una cosa viene de la izquierda y otra de la derecha,  porque en muchas ocasiones estos golpes estaban apoyados por la izquierda y salían con cara de derecha. A mí me llegaron a hablar muchas veces de esto. La primera Junta de Gobierno cayó y era parte de una conspiración para un golpe. Pero cuando comenzaron a ocurrir tantas muertes, yo en lo particular me puse alerta porque nosotros no estábamos en el plan de permitirlo. Al menos yo creía mucho en la Democracia Cristiana que en ese momento ya estaba en el Gobierno con la Segunda Junta de Gobierno. Siempre creí que ahí había mucha gente que no quería que ocurrieran esos crímenes atroces que estaban ocurriendo.

¿Y quiénes eran los que estaban matando?

Entonces fue cuando se comenzó a hablar de Escuadrones de la Muerte. Al ver esto, le di órdenes directas al ministro de Defensa, Guillermo García, para que investigara o detuviera a los sospechosos de estas cosas. Ahí se mencionaban a miembros militares y tomé ciertas medidas. En ese momento yo era el más antiguo en la Fuerza Armada y la Fuerza Armada nunca se dirige por varias cabezas. Hay uno nada más y yo había tomado esa responsabilidad. Pero, pese a mis órdenes, no se detuvo a nadie ni se paró la violencia.

¿Y le obedeció el ministro García?

Verbalmente sí, pero en la práctica no. Cuando vi que todo esto continuaba y que no había resultados efectivos para frenar esta violencia, yo recibí informes de Guatemala donde me decían que allá llegaban y hablaban de cosas que venían hacer aquí. Eran grupos que se podían identificar como de derecha. Venían, hacían el montón de atrocidades y luego se iban de nuevo a refugiar a Guatemala.

¿Con la ayuda de militares guatemaltecos?

Pues no sé, porque fueron militares guatemaltecos los que me vinieron a decir a mí.

Carlos Pérez Pineda: Parece ser que fue con la ayuda del mico Salazar Alarcón.

Debió de ser con alguien así. No lo sé.  Pero sí puedo decir que fue un militar guatemalteco, conservador, enviado por Guatemala quien me informó de esta situación. Hasta entonces  estuve seguro de que había algo. Pero ni el Ministerio de la Defensa ni la Seguridad Pública hacían algo efectivo para frenar la violencia. Eran doce civiles y doce militares los que se reunían en la finca San Luis. Entonces, ya por mi cuenta, ordené las capturas. Y ahí aparecieron unas barbaridades, unos documentos, inclusive un papel que es el sospechoso de ser el plan de asesinato de monseñor Óscar Arnulfo Romero. El documento se llama Operación Pina. En realidad pensamos que es Operación Piña, pero es Pina, sin la eñe. Me parece que tal vez lo escribió alguien que no era salvadoreño.  Ahí estaba ese papel.

¿Y usted no dejó copia?
Como no. Esas copias aparecen en el libro. Ha habido un montón de análisis de esos documentos. Algunos los he hecho yo particularmente.

¿Eran pistas?

Eso. Eran pistas. Más claro no canta un gallo. Yo siempre he dicho que Roberto d’Aubuisson es sospechoso (del asesinato de monseñor Romero) porque no se investigó esos documentos.

¿Y ni siquiera mientras usted estuvo en el poder?

No. Siempre se neutralizó. Creo que ahí sí pecó el sector civil. Fue muy débil en ese aspecto. Se dejó amedrentar por grupos duros y no tuvo la determinación de hacer una investigación sobre esos papeles que eran evidencias claras de cosas irregulares en El Salvador. Pero volvamos a la serie de asesinatos de 1980. Los responsables de esos asesinatos son los Escuadrones de la Muerte y la izquierda, porque la izquierda también asesinó a mucha gente a mansalva. En abril ocurrió un intento de asesinato donde estalló un avión que iba con la misión de irme a traer a Guatemala.

¿Quién lo quería matar?

Eso siempre es una interrogante. Yo tengo algunos nombres. Pero la verdad es que los nombres que ejecutan no son los que planifican.

¿Eran empresarios, militares o políticos?

No se puede establecer esquemáticamente algo puro. En ese momento un golpe le podía venir a uno de un lado o de otro. Y es obvio que los autores de estos ataques jamás iban a declarar públicamente que ellos eran los responsables. Lo más grave en 1980 es que ocurren muchos asesinatos y nadie se hace cargo de haberlos efectuado a excepción de unos pocos. En aquel tiempo cualquiera hacía un atentado y aquello quedaba en plena oscuridad.

¿Pero en su conciencia sí cree saber quiénes eran?

Claro que sí. Incluso sé algunos nombres. Pero no paso de eso porque era una época muy incierta. Fue un periodo incierto. Y como decía, casi a diario surgían conspiraciones, tanto que el Gobierno se vio obligado de votar algunas reformas de manera inmediata porque las querían evitar.

En el libro biográfico de José Luis Merino,  uno de los tres hombres más fuertes del FMLN actual, casi establece que en la ofensiva de 1981 usted participó como una especie de vanguardia, y que además tenía un papel en el Cuartel de Santa Ana, ¿estos hechos que José Luis Merino menciona en sus libro son ciertos o no?

No son ciertos. Es una afirmación falsa de principio a fin. Es cierto que yo me quedé en el país por muchas razones y hasta produje un estado vulnerable para mi persona. Pero esas afirmaciones son completamente falsas. Aunque algunas cosas, por el hecho que yo me mantenía en el país, sucedieron. Pero en ningún momento, ni antes, ni durante ni después del golpe, cuando ya estaba afuera de la Junta, tuve compromisos con nadie para apoyar alguna insurrección de la izquierda.

¿Por qué cree que José Luis Merino menciona eso?

No lo sé. Pero jamás estuve presente, en ese momento, cerca de ese cuartel. Para nada. Imagínese, que yo en el Cuartel de Santa Ana tenía amigos, compañeros militares. El comandante de ese cuartel es uno de mis mejores amigos. No tenía necesidad de llegar bruscamente a tomar un cuartel con nadie. Yo podía llegar a ese cuartel sin la necesidad de violentar a nadie. Eso es falso.

¿En esa época no tuvo ningún contacto con miembros del Partido Comunista salvadoreño?

Tuve contactos con algunos de ellos porque el Mayor Pedro Guardado, que estaba retirado y estaba con la guerrilla, se me prendió a mí como una estampilla desde que estaba en la Junta de Gobierno. Pero eso fue porque éramos viejos amigos. Me visitaba con el propósito de ver cómo me enrolaba en alguna cosa. Pero eso hubiera sido un acto de traición de mi parte a todos mis compañeros de armas y todos los que habían confiado en mi participación en la Junta de Gobierno. Así es que le puedo decir a todo el mundo que es una falsedad lo que dice el señor Merino. Yo le pediría al señor Merino que rectifique el gran error que ha cometido, que si realmente él lo puso es una ilusión que tuvo que seguramente quisieron hacer conmigo o con cualquier otro militar. Pero eso es falso.

¿José Luis Merino miente en su libro?

Sí, miente. Es completamente falso.

Carlos Pérez Pineda: Retornando a la captura del Mayor d’Aubuisson y de otros militares en esta finca, ¿usted recibió presiones para que los liberaran?

Casi de inmediato.

Carlos Pérez Pineda: ¿Y quiénes fueron los que presionaron?

El asunto se discutió en la Junta de Gobierno, con los demócratas cristianos que estaban nombrados. Toso eso se discutió a nivel máximo del Gobierno, pero inmediatamente se llevaron a comandantes para que conocieran la situación y ellos no estaban de acuerdo que se les investigara. Mucho menos que se les juzgara. Desgraciadamente la Democracia Cristiana también se alejó y dejó el problema para que se resolviera entre los militares. Ahí aparece la organización de los Escuadrones de la Muerte. Había un plan que era concretamente eso. O sea que ahí se capturó a los responsables de eso con las manos en la masa. No eran todos, porque muchos de ellos no sabían de qué se trataba esa reunión. Pero no se investigó porque las presiones fueron fuertes. Hubo una crisis militar muy fuerte que acabó con mi destitución, no de la Junta, sino del cargo militar. Yo continué en la Junta, pero no con mis atribuciones de mando directo en la Fuerza Armada. Eso lo hicieron para evitar que yo siguiera investigando esto.

¿O sea que a usted lo destituyen para impedir que investigara asesinatos cometidos por grupos regulares e irregulares?

Exactamente. Fue para impedir esas investigaciones y entonces vino mi destitución. Mis responsabilidades en la Fuerza Armada pasaron a ser más teóricas. Me marginaron. Pasé a ser una figura decorativa, pero yo continué mi trabajo de investigación. No me quedé conforme con eso y visité el interior del país, visité distintos lugares y vi cómo se estaba desarrollando una espiral de violencia que terminó siendo fatal para el país. Yo hasta diría que no hubo una guerra civil, porque una guerra civil tiene reglas como un boxeador que llega a darse duro a un ring. Pero aquí no se respetó nada de eso.

Carlos Pérez Pineda: ¿Es una destitución que viene a cargo de los elementos más duros del Gobierno, encabezados por el ministro de Defensa y por el coronel Abdul Gutiérrez, o es como otros han afirmado en sus libros, es decir, producto de una votación?

Se hizo una votación. En algunos casos esa costumbre no existe en la Fuerza Armada. Eso no es lógico en la Fuerza Armada. Pero aquí desde todo el Siglo XX, desde allá por la década de Martínez, ha habido votaciones. Allá por 1944 hubo una votación donde nombraron a Osmín Aguirre. Pero eso no puede ocurrir en una institución militar. Para eso hay grados y reglamentos. En la Junta yo era el más antiguo. Yo era más antiguo que Abdul Gutiérrez, aunque él había salido antes que yo como militar. Pero yo tenía las atribuciones de mando, pero como mis atribuciones de mando les estaban afectando a ellos, hicieron lo posible para mi destitución.

¿En qué momento comienza a desgastarlo el coronel Abdul Gutiérrez?

Él es uno de la conspiración. El asunto es que mi mentalidad era muy liberal, abierta, estaba de acuerdo con un diálogo con las fuerzas de izquierda y de derecha. Para ese momento eso era un crimen. Después de mi destitución yo tuve unos diálogos propiamente con gente de la izquierda clandestina.

¿Y por qué lo hizo?

Lo hice por tres razones: primero porque cuando llegamos a la Junta de Gobierno hubo una sugerencia desde el exterior para que dialogáramos con ellos.

¿Desde los Estados Unidos o desde un país europeo?

Hubo sectores de los Estados Unidos que una vez me visitaron y me propusieron que hubiera algún tipo de arreglo. Pero nosotros nos limitamos a dialogar solo con gente no armada, es decir, solo con sectores políticos. Hasta ahí pusimos límites de diálogo. Pero después se rompió esa línea. De enero en adelante esa posición fue radicalizada, es decir, desde que cayó la Primera Junta de Gobierno ya no hubo apertura. Después hubo una posición de no diálogo con nadie. Se planteó que se iba a acabar con la guerrilla y con los movimientos clandestinos. En eso se fueron apoyando para ir haciendo acciones indiscriminadas. En ese momento recibí esa solicitud de Panamá, del general Omar Torrijos, quien me garantizaba que si hablaba con ellos habría una solución. Monseñor Rivera y Damas y un padre de apellido Aguilar llegaron a hablar conmigo. Este último me sugirió que dialogara y que no llegara a ningún acuerdo de nada. Solo me sugería el dialogo. El mismo gobierno de Nicaragua mandó a alguien para que hablara conmigo y me sugiriera un diálogo que prometían que llegaría a buen puerto. Estábamos en 1980, a las puertas de una gran tragedia en El Salvador. Sin consultar con la Junta tomé la atribución de dialogar con algunos miembros de la izquierda, pero esto me trajo riesgos y consecuencias.

¿Con quiénes conversó?

Con Joaquín Villalobos un par de veces y con el mismo Cayetano Carpio. Pero ellos no estaban en plan de resolver nada. Ellos lo que querían era conseguir apoyos para una insurrección en el país. Yo los escuché. Hicieron varias propuestas. Dijeron muchas cosas. Algunas estaban revestidas con las ideas de ellos. Pero en su mente solo tenían una cosa: la insurrección. Y yo en eso no tenía nada que ver.

Herard von Santos: El efecto Nicaragua.

Sí. En ese momento existía un triunfalismo.

¿No sería esto lo que confundió a José Luis Merino?

Es posible. Pero yo he visto aquí, en las publicaciones que hay, unas mentiras tan grandes que no me extraña eso. Sin embargo sí creo que es oportuno aclarar que yo no tengo nada que ver con eso. Le hago un llamado al señor Merino, a quien no conozco ni nunca he visto, y si alguna vez lo vi debió haber sido con otro nombre, porque ellos se ponían seudónimos, a que rectifique. Eso es una ilusión que quizá él tuvo. Nunca hice eso. Hubiera sido una traición y no es mi estilo. Ni el mismo 15 de octubre hice eso que tenía todo el apoyo militar.

Usted habló de tres factores que incidieron en su salida. Uno era el diálogo. ¿Cuáles fueron los otros dos?

El diálogo, mi posición clara al respeto de los derechos humanos y reformas con las que se pretendía dar un desarrollo social al país. Yo lo veía desde dos ángulos: mi posición en favor de derechos humanos, estaba embebido en eso, creía que se podía hacer, y el otro asunto es el diálogo.

Esos tres factores lo volvieron sospechoso frente al Poder.

Sí. Eso es así. Lo reconozco. Sin embargo hay algo: la política de los Estados Unidos se ha puesto en un plano de bandido, como Ronald Reagan, que no quería ningún arreglo de ninguna clase. Pero no es cierto. La política de los Estados Unidos es la que ha propiciado estos diálogos que culminaron con una negociación y con la firma de los Acuerdos de Paz. En los meses de la Junta de Gobierno varios miembros del gobierno de los Estados Unidos vinieron a hablar conmigo para proponerme de que se hiciera diálogos. Los querían hacer antes de que Jimmy Carter terminara su período, porque ya se preveía que iba a perder las elecciones frente a Reagan. Estamos hablando de julio y agosto de 1980 en donde se suponía que surgía un candidato que iba a desplazar a Carter y por eso muchos miembros del gobierno de Carter quisieron dejar arreglado ese problema por medio de un diálogo y una negociación que terminara con esto. Ellos proponían varias cosas y eso lo supe porque hablaron conmigo. La primera era que se dialogara con la izquierda, pero dentro de los diálogos con la izquierda proponían disolver los cuerpos de seguridad para formar una Policía Civil. También propusieron que se consolidaran las reformas que ya se habían empezado y luego hacer elecciones democráticas. Esas tres cosas las recuerdo bien. Puede que haya otras. Esas propuestas se retomaron en los diálogos que culminaron en 1992. En mi opinión esa guerra fue inútil. Se pudo evitar. Yo he adoptado la tesis que el 15 de octubre fue una oportunidad perdida en el sentido que ahí estaba servida en la mesa a una solución a la gran tragedia que vivió El Salvador. Ahora están viviendo las consecuencias de esa tragedia.

¿Quiénes no entendieron que eso no era una solución? ¿Fue la derecha y la izquierda?

La izquierda. En ese momento fue la izquierda la que no entendió. La izquierda siempre habla de paz, pero siempre estuvieron minando a la Primera Junta de Gobierno. Los sentí más intransigentes a ellos. Estoy diciendo una realidad desde mi punto de vista. La derecha también fue más intransigente pero a su manera. Yo pude hablar más con gente de derecha y encontré más permeabilidad en ellos para evitar la tragedia que en los grupos de izquierda, quienes solo tenían programada una insurrección. Lo digo no en un sentido negativo, sino para que ellos mismos tomen en cuenta esto en sus autocríticas. Ningún totalitarismo debe de establecerse en El Salvador. Ni antes ni hoy. Aquí debe haber relevo presidencial y no prolongación de un presidente por dos o tres períodos. Debe haber un respeto absoluto en todas las formas de pensar. Cuando el ser humano comienza a encarcelar el pensamiento a una línea, entonces empieza a violar toda la estructura democrática.

Carlos Pérez: En este período que habló con la derecha, ¿conversó con el Mayor d’Aubuisson?

Él se presentó al cuartel San Carlos y se puso a mis órdenes. Con d’Aubuisson también conversé después que yo ya estaba fuera de la Junta. Exactamente hablé en dos ocasiones. Una fue cuando me invitó el coronel Sigifredo Ochoa Pérez a una reunión de la Asamblea Legislativa. Roberto d’Aubuisson ya era presidente legislativo. Él llegó a cuadrárseme militarmente. Pero él andaba vestido de civil. La segunda vez que me lo encontré fue en el hotel Presidente. Ahí sí platicamos durante un buen rato. Recuerdo que había mucha gente y no pudimos entrar en detalles. Pero platicamos amigablemente. No huno problemas. Entre militares ocurre eso. Aunque se tenga diferencias con otro, uno se lleva bien. Yo siempre he tenido la prudencia de no acusarlo a él de haber matado a Monseñor Romero, pero para mí es evidente que él participó, que estuvo muy involucrado en eso. Pero no puedo señalarlo porque nunca se investigó bien.  Además, siempre creí que arriba de él había otros que también tomaban las decisiones.

¿Militares o civiles?

Eran civiles que estaban interesados en que ocurriera ese asesinato. Si usted revisa los documentales sobre la muerte de Monseñor Romero se va a encontrar con unas incongruencias gigantescas. Por ejemplo, hay un documental donde ocurre una gran explosión en la capilla de la iglesia Divina Providencia. Eso no es cierto. Eso es un montaje. El tiro fue desde el exterior de la iglesia y con un fusil que no hace tanto ruido. Fue hecho desde afuera de la iglesia, según todas las investigaciones que se han hecho. Eso es lo que determinan las investigaciones. Pero en ese documental se escucha una fuerte explosión. Yo  creo que se están falseando hechos históricos con ánimos de propaganda.

Herard von Santos: Hay un gran debate entre los que hemos estudiado el Golpe del 15 de Octubre. Usted llega casi con el 100% del apoyo de los oficiales jóvenes.

Sí. Me dieron el apoyo total y fue exitoso porque no maltratamos a ningún jefe. Al contrario, se dieron órdenes precisas que no se fuera a tocar físicamente a nadie. Ni al general Carlos Humberto Romero ni al alto mando nadie los fue a tocar.

Herard von Santos: Pero al termino de siete meses ese apoyo se erosiona y hay 310 votos en contra suya con 200 a favor. Es decir, más de 100 oficiales le retiran su apoyo.

Fueron 175 a favor y casi 300 votos en contra.

Herard von Santos: ¿Qué explica ese cambio?

Ya en ese momento había un ánimo de enfrentamiento. El núcleo principal se mantenía con las misas ideas. Pero se estaba erosionando aceleradamente. Además, cuando todo estaba en calma la izquierda provocaba. Esa es la experiencia que tuve en esos años.  Fue así que se fue erosionando una salida lógica, cuerda, pacífica. Lo irónico es que más tarde revivió esa misma solución con los diálogos para los Acuerdos de Paz. Pero ahí ocurre algo increíble, los que hacen esa negociación de paz son los militares más duros que en los años ochenta se opusieron a llegar a un acuerdo por esa vía.

Carlos Pérez: Usted habló en aquella época con el coronel Benjamín Mejía.         

Lo vi una vez. Vino de México, en donde estaba exiliado, al velorio del coronel Choto que era un gran amigo de él. Ahí lo vi y platicamos. Lastimosamente fue asesinado junto con su esposa. Fue un crimen horrendo.

¿Y por qué fue asesinado?

Iba para la finca que tenía en Cojutepeque y ahí lo asaltaron para ametrallarlo. Son de las cosas inexplicables que se vivieron en esa época. Todo 1980 fue un año de grandes dificultades y nosotros le hicimos frente lo mejor que pudimos.

¿Entonces el camino de las reformas muere con la Junta?

Muere a finales de 1979, pero todavía quedaban esperanzas de hacerlas cuando se llevó a la Democracia Cristiana. Sin embargo, el clima de radicalización no lo permitió. La izquierda tenía en su cabeza hacer una insurrección. La oportunidad de prevenir esa gran tragedia fue en esa época. Todo conflicto militar debe agotar las instancias para resolverlo por medios pacíficos, porque viene una tragedia que después ya no se puede reparar, exactamente con lo que está ocurriendo ahora. Ahora pueden sancionar y enjuiciar, pero tendría que judicializarse en los dos lados para ver dónde se cometen las violaciones. Pero, hagan lo que hagan, a los muertos no les van a devolver sus vidas.

Ustedes toman el poder, pero a la par tenían a Nicaragua que me imagino se vuelve el santuario de la guerrilla salvadoreña. ¿Cómo manejaron esas relaciones con Nicaragua porque supongo que desde allá les estaban mandando obuses?

Fue difícil eso, porque Nicaragua era una base de la izquierda para todas las revueltas que estaban ocurriendo en El Salvador. Eso fue complicado. Aún ahora hay una tendencia complicada. No es la primera vez que ocurre. Centroamérica, casi desde sus inicios, estuvo en guerras internas. Y siempre ha habido un país que ha sido el patito feo. En la época de Gerardo Barrios El Salvador era el que apoyaba las revueltas.

Estoy pensando que ustedes se meten en un sándwich: Guatemala recibe a d’Aubuisson y les comienzan a dar, y Nicaragua recibe a la guerrilla y les comienzan a dar. Es una trampa histórica.

Sí es cierto. Es un problema bastante delicado. Pero, repito: en ese entonces Estados Unidos estaba en la disposición de una solución dialogada. No es cierto que ellos siempre estuvieron con la intención de meterle leña al fuego. Y después vino Reagan, quien sí tomo una acción más dura y militarista, pero aún él preveía una resolución dialogada.

PRIMERA PARTE: Majano: “Monseñor Romero fue partícipe del golpe de Estado”

Majano: “José Luis Merino miente. No soy traidor”

Por: Lafitte Fernández
octubre 17, 2016

Treinta y cinco años después de los hechos que narra Merino, Majano se sienta en una mesa y repite que eso no es cierto, que jamás jugó un papel activo en la ofensiva guerrillera de 1981.

Foto: Abdul Gutiérrez y Adolfo Majano en conferencia de prensa.

Treinta y cinco años después de los hechos que narra Merino, Majano se sienta en una mesa y repite que eso no es cierto, que jamás jugó un papel activo en la ofensiva guerrillera de 1981.

SEGUNDA PARTE

A Adolfo Majano le inquieta algo: que en el Ejército salvadoreño se le tenga como un traidor. No admite ese papel. Han pasado 37 años desde que encabezó un golpe de Estado que, a su juicio, fue la última frontera para evitar una guerra que dejó más de ochenta mil salvadoreños muertos.

Hace algún tiempo, algunos amigos suyos le enviaron unas fotocopias del libro autobiográfico de José Luis Merino. Se las enviaron hasta Canadá, donde Majano reside desde hace muchos años.

En esas fotocopias, leyó que José Luis Merino, uno de los tres hombres más importantes del FMLN, escribió que él estuvo involucrado en la ofensiva guerrillera de 1981.

Merino dice, inclusive, que Majano debió llegar al cuartel de Santa Ana a cumplir un papel en esa ofensiva.

Treinta y cinco años después de los hechos que narra Merino, Majano se sienta en una mesa y repite que eso no es cierto, que jamás jugó un papel activo en la ofensiva guerrillera de 1981.

“Si así hubiese actuado, habría sido un traidor”, dijo Majano al periodista Lafitte Fernández y a los historiadores Herard von Santos y Carlos Pérez Pineda.

Majano no solo habla de Merino. También habla de Roberto d’Aubuisson, de una serie de muertes que, a su juicio, el ministro de Defensa de esa época, Guillermo García, no quiso investigar.

También habla de traiciones, de atentados contra su vida, del papel de muchos actores después del golpe del 15 de octubre de 1979.

Esto es lo que dijo Majano:

Esto es historia viva de El Salvador.

Claro, y debe de conocerse. El golpe fue el 15 de octubre y es una fecha memorable en el sentido que tenía como objetivo prevenir una tragedia en El Salvador. Ese es el punto memorable de este movimiento militar que dejó un legado histórico en el sentido que también se hicieron reformas que fueron fuertes. Aquí no había ocurrido eso. A Roberto d’Aubuisson se le captura cuando estaba planificando un golpe de Estado.  Es que en esa época se planificaban golpes todo el tiempo.

¿Los golpes eran un deporte?

Las noticias sobre golpes de Estado llegaban a Casa Presidencial. Ya era rutina ver esto en los informes diarios. También comenzaron a ocurrir muchas muertes. Y le estoy hablando ya después de la Primera Junta de Gobierno. Durante la Primera Junta se logró mantener un estado de esperanza y de expectativa. Pero de enero en adelante empezó a arreciarse una espiral de violencia que es la que recorre durante todo 1980. Alrededor de esto vino una participación pública de d’Aubuisson mucho más fuerte, quien tuvo el apoyo de bastantes personas de derecha. Fue entonces que hizo sentir su voz objetando a la Junta y objetando las reformas. Hubo conspiraciones. Es un poco paradójico, pero la mayoría de conspiraciones y deseos de que hubiera otro golpe provenían de la izquierda. O sea que no se puede separar y decir que una cosa viene de la izquierda y otra de la derecha,  porque en muchas ocasiones estos golpes estaban apoyados por la izquierda y salían con cara de derecha. A mí me llegaron a hablar muchas veces de esto. La primera Junta de Gobierno cayó y era parte de una conspiración para un golpe. Pero cuando comenzaron a ocurrir tantas muertes, yo en lo particular me puse alerta porque nosotros no estábamos en el plan de permitirlo. Al menos yo creía mucho en la Democracia Cristiana que en ese momento ya estaba en el Gobierno con la Segunda Junta de Gobierno. Siempre creí que ahí había mucha gente que no quería que ocurrieran esos crímenes atroces que estaban ocurriendo.

¿Y quiénes eran los que estaban matando?

Entonces fue cuando se comenzó a hablar de Escuadrones de la Muerte. Al ver esto, le di órdenes directas al ministro de Defensa, Guillermo García, para que investigara o detuviera a los sospechosos de estas cosas. Ahí se mencionaban a miembros militares y tomé ciertas medidas. En ese momento yo era el más antiguo en la Fuerza Armada y la Fuerza Armada nunca se dirige por varias cabezas. Hay uno nada más y yo había tomado esa responsabilidad. Pero, pese a mis órdenes, no se detuvo a nadie ni se paró la violencia.

¿Y le obedeció el ministro García?

Verbalmente sí, pero en la práctica no. Cuando vi que todo esto continuaba y que no había resultados efectivos para frenar esta violencia, yo recibí informes de Guatemala donde me decían que allá llegaban y hablaban de cosas que venían hacer aquí. Eran grupos que se podían identificar como de derecha. Venían, hacían el montón de atrocidades y luego se iban de nuevo a refugiar a Guatemala.

¿Con la ayuda de militares guatemaltecos?

Pues no sé, porque fueron militares guatemaltecos los que me vinieron a decir a mí.

Carlos Pérez Pineda: Parece ser que fue con la ayuda del mico Salazar Alarcón.

Debió de ser con alguien así. No lo sé.  Pero sí puedo decir que fue un militar guatemalteco, conservador, enviado por Guatemala quien me informó de esta situación. Hasta entonces  estuve seguro de que había algo. Pero ni el Ministerio de la Defensa ni la Seguridad Pública hacían algo efectivo para frenar la violencia. Eran doce civiles y doce militares los que se reunían en la finca San Luis. Entonces, ya por mi cuenta, ordené las capturas. Y ahí aparecieron unas barbaridades, unos documentos, inclusive un papel que es el sospechoso de ser el plan de asesinato de monseñor Óscar Arnulfo Romero. El documento se llama Operación Pina. En realidad pensamos que es Operación Piña, pero es Pina, sin la eñe. Me parece que tal vez lo escribió alguien que no era salvadoreño.  Ahí estaba ese papel.

¿Y usted no dejó copia?
Como no. Esas copias aparecen en el libro. Ha habido un montón de análisis de esos documentos. Algunos los he hecho yo particularmente.

¿Eran pistas?

Eso. Eran pistas. Más claro no canta un gallo. Yo siempre he dicho que Roberto d’Aubuisson es sospechoso (del asesinato de monseñor Romero) porque no se investigó esos documentos.

¿Y ni siquiera mientras usted estuvo en el poder?

No. Siempre se neutralizó. Creo que ahí sí pecó el sector civil. Fue muy débil en ese aspecto. Se dejó amedrentar por grupos duros y no tuvo la determinación de hacer una investigación sobre esos papeles que eran evidencias claras de cosas irregulares en El Salvador. Pero volvamos a la serie de asesinatos de 1980. Los responsables de esos asesinatos son los Escuadrones de la Muerte y la izquierda, porque la izquierda también asesinó a mucha gente a mansalva. En abril ocurrió un intento de asesinato donde estalló un avión que iba con la misión de irme a traer a Guatemala.

¿Quién lo quería matar?

Eso siempre es una interrogante. Yo tengo algunos nombres. Pero la verdad es que los nombres que ejecutan no son los que planifican.

¿Eran empresarios, militares o políticos?

No se puede establecer esquemáticamente algo puro. En ese momento un golpe le podía venir a uno de un lado o de otro. Y es obvio que los autores de estos ataques jamás iban a declarar públicamente que ellos eran los responsables. Lo más grave en 1980 es que ocurren muchos asesinatos y nadie se hace cargo de haberlos efectuado a excepción de unos pocos. En aquel tiempo cualquiera hacía un atentado y aquello quedaba en plena oscuridad.

¿Pero en su conciencia sí cree saber quiénes eran?

Claro que sí. Incluso sé algunos nombres. Pero no paso de eso porque era una época muy incierta. Fue un periodo incierto. Y como decía, casi a diario surgían conspiraciones, tanto que el Gobierno se vio obligado de votar algunas reformas de manera inmediata porque las querían evitar.

En el libro biográfico de José Luis Merino,  uno de los tres hombres más fuertes del FMLN actual, casi establece que en la ofensiva de 1981 usted participó como una especie de vanguardia, y que además tenía un papel en el Cuartel de Santa Ana, ¿estos hechos que José Luis Merino menciona en sus libro son ciertos o no?

No son ciertos. Es una afirmación falsa de principio a fin. Es cierto que yo me quedé en el país por muchas razones y hasta produje un estado vulnerable para mi persona. Pero esas afirmaciones son completamente falsas. Aunque algunas cosas, por el hecho que yo me mantenía en el país, sucedieron. Pero en ningún momento, ni antes, ni durante ni después del golpe, cuando ya estaba afuera de la Junta, tuve compromisos con nadie para apoyar alguna insurrección de la izquierda.

¿Por qué cree que José Luis Merino menciona eso?

No lo sé. Pero jamás estuve presente, en ese momento, cerca de ese cuartel. Para nada. Imagínese, que yo en el Cuartel de Santa Ana tenía amigos, compañeros militares. El comandante de ese cuartel es uno de mis mejores amigos. No tenía necesidad de llegar bruscamente a tomar un cuartel con nadie. Yo podía llegar a ese cuartel sin la necesidad de violentar a nadie. Eso es falso.

¿En esa época no tuvo ningún contacto con miembros del Partido Comunista salvadoreño?

Tuve contactos con algunos de ellos porque el Mayor Pedro Guardado, que estaba retirado y estaba con la guerrilla, se me prendió a mí como una estampilla desde que estaba en la Junta de Gobierno. Pero eso fue porque éramos viejos amigos. Me visitaba con el propósito de ver cómo me enrolaba en alguna cosa. Pero eso hubiera sido un acto de traición de mi parte a todos mis compañeros de armas y todos los que habían confiado en mi participación en la Junta de Gobierno. Así es que le puedo decir a todo el mundo que es una falsedad lo que dice el señor Merino. Yo le pediría al señor Merino que rectifique el gran error que ha cometido, que si realmente él lo puso es una ilusión que tuvo que seguramente quisieron hacer conmigo o con cualquier otro militar. Pero eso es falso.

¿José Luis Merino miente en su libro?

Sí, miente. Es completamente falso.

Carlos Pérez Pineda: Retornando a la captura del Mayor d’Aubuisson y de otros militares en esta finca, ¿usted recibió presiones para que los liberaran?

Casi de inmediato.

Carlos Pérez Pineda: ¿Y quiénes fueron los que presionaron?

El asunto se discutió en la Junta de Gobierno, con los demócratas cristianos que estaban nombrados. Toso eso se discutió a nivel máximo del Gobierno, pero inmediatamente se llevaron a comandantes para que conocieran la situación y ellos no estaban de acuerdo que se les investigara. Mucho menos que se les juzgara. Desgraciadamente la Democracia Cristiana también se alejó y dejó el problema para que se resolviera entre los militares. Ahí aparece la organización de los Escuadrones de la Muerte. Había un plan que era concretamente eso. O sea que ahí se capturó a los responsables de eso con las manos en la masa. No eran todos, porque muchos de ellos no sabían de qué se trataba esa reunión. Pero no se investigó porque las presiones fueron fuertes. Hubo una crisis militar muy fuerte que acabó con mi destitución, no de la Junta, sino del cargo militar. Yo continué en la Junta, pero no con mis atribuciones de mando directo en la Fuerza Armada. Eso lo hicieron para evitar que yo siguiera investigando esto.

¿O sea que a usted lo destituyen para impedir que investigara asesinatos cometidos por grupos regulares e irregulares?

Exactamente. Fue para impedir esas investigaciones y entonces vino mi destitución. Mis responsabilidades en la Fuerza Armada pasaron a ser más teóricas. Me marginaron. Pasé a ser una figura decorativa, pero yo continué mi trabajo de investigación. No me quedé conforme con eso y visité el interior del país, visité distintos lugares y vi cómo se estaba desarrollando una espiral de violencia que terminó siendo fatal para el país. Yo hasta diría que no hubo una guerra civil, porque una guerra civil tiene reglas como un boxeador que llega a darse duro a un ring. Pero aquí no se respetó nada de eso.

Carlos Pérez Pineda: ¿Es una destitución que viene a cargo de los elementos más duros del Gobierno, encabezados por el ministro de Defensa y por el coronel Abdul Gutiérrez, o es como otros han afirmado en sus libros, es decir, producto de una votación?

Se hizo una votación. En algunos casos esa costumbre no existe en la Fuerza Armada. Eso no es lógico en la Fuerza Armada. Pero aquí desde todo el Siglo XX, desde allá por la década de Martínez, ha habido votaciones. Allá por 1944 hubo una votación donde nombraron a Osmín Aguirre. Pero eso no puede ocurrir en una institución militar. Para eso hay grados y reglamentos. En la Junta yo era el más antiguo. Yo era más antiguo que Abdul Gutiérrez, aunque él había salido antes que yo como militar. Pero yo tenía las atribuciones de mando, pero como mis atribuciones de mando les estaban afectando a ellos, hicieron lo posible para mi destitución.

¿En qué momento comienza a desgastarlo el coronel Abdul Gutiérrez?

Él es uno de la conspiración. El asunto es que mi mentalidad era muy liberal, abierta, estaba de acuerdo con un diálogo con las fuerzas de izquierda y de derecha. Para ese momento eso era un crimen. Después de mi destitución yo tuve unos diálogos propiamente con gente de la izquierda clandestina.

¿Y por qué lo hizo?

Lo hice por tres razones: primero porque cuando llegamos a la Junta de Gobierno hubo una sugerencia desde el exterior para que dialogáramos con ellos.

¿Desde los Estados Unidos o desde un país europeo?

Hubo sectores de los Estados Unidos que una vez me visitaron y me propusieron que hubiera algún tipo de arreglo. Pero nosotros nos limitamos a dialogar solo con gente no armada, es decir, solo con sectores políticos. Hasta ahí pusimos límites de diálogo. Pero después se rompió esa línea. De enero en adelante esa posición fue radicalizada, es decir, desde que cayó la Primera Junta de Gobierno ya no hubo apertura. Después hubo una posición de no diálogo con nadie. Se planteó que se iba a acabar con la guerrilla y con los movimientos clandestinos. En eso se fueron apoyando para ir haciendo acciones indiscriminadas. En ese momento recibí esa solicitud de Panamá, del general Omar Torrijos, quien me garantizaba que si hablaba con ellos habría una solución. Monseñor Rivera y Damas y un padre de apellido Aguilar llegaron a hablar conmigo. Este último me sugirió que dialogara y que no llegara a ningún acuerdo de nada. Solo me sugería el dialogo. El mismo gobierno de Nicaragua mandó a alguien para que hablara conmigo y me sugiriera un diálogo que prometían que llegaría a buen puerto. Estábamos en 1980, a las puertas de una gran tragedia en El Salvador. Sin consultar con la Junta tomé la atribución de dialogar con algunos miembros de la izquierda, pero esto me trajo riesgos y consecuencias.

¿Con quiénes conversó?

Con Joaquín Villalobos un par de veces y con el mismo Cayetano Carpio. Pero ellos no estaban en plan de resolver nada. Ellos lo que querían era conseguir apoyos para una insurrección en el país. Yo los escuché. Hicieron varias propuestas. Dijeron muchas cosas. Algunas estaban revestidas con las ideas de ellos. Pero en su mente solo tenían una cosa: la insurrección. Y yo en eso no tenía nada que ver.

Herard von Santos: El efecto Nicaragua.

Sí. En ese momento existía un triunfalismo.

¿No sería esto lo que confundió a José Luis Merino?

Es posible. Pero yo he visto aquí, en las publicaciones que hay, unas mentiras tan grandes que no me extraña eso. Sin embargo sí creo que es oportuno aclarar que yo no tengo nada que ver con eso. Le hago un llamado al señor Merino, a quien no conozco ni nunca he visto, y si alguna vez lo vi debió haber sido con otro nombre, porque ellos se ponían seudónimos, a que rectifique. Eso es una ilusión que quizá él tuvo. Nunca hice eso. Hubiera sido una traición y no es mi estilo. Ni el mismo 15 de octubre hice eso que tenía todo el apoyo militar.

Usted habló de tres factores que incidieron en su salida. Uno era el diálogo. ¿Cuáles fueron los otros dos?

El diálogo, mi posición clara al respeto de los derechos humanos y reformas con las que se pretendía dar un desarrollo social al país. Yo lo veía desde dos ángulos: mi posición en favor de derechos humanos, estaba embebido en eso, creía que se podía hacer, y el otro asunto es el diálogo.

Esos tres factores lo volvieron sospechoso frente al Poder.

Sí. Eso es así. Lo reconozco. Sin embargo hay algo: la política de los Estados Unidos se ha puesto en un plano de bandido, como Ronald Reagan, que no quería ningún arreglo de ninguna clase. Pero no es cierto. La política de los Estados Unidos es la que ha propiciado estos diálogos que culminaron con una negociación y con la firma de los Acuerdos de Paz. En los meses de la Junta de Gobierno varios miembros del gobierno de los Estados Unidos vinieron a hablar conmigo para proponerme de que se hiciera diálogos. Los querían hacer antes de que Jimmy Carter terminara su período, porque ya se preveía que iba a perder las elecciones frente a Reagan. Estamos hablando de julio y agosto de 1980 en donde se suponía que surgía un candidato que iba a desplazar a Carter y por eso muchos miembros del gobierno de Carter quisieron dejar arreglado ese problema por medio de un diálogo y una negociación que terminara con esto. Ellos proponían varias cosas y eso lo supe porque hablaron conmigo. La primera era que se dialogara con la izquierda, pero dentro de los diálogos con la izquierda proponían disolver los cuerpos de seguridad para formar una Policía Civil. También propusieron que se consolidaran las reformas que ya se habían empezado y luego hacer elecciones democráticas. Esas tres cosas las recuerdo bien. Puede que haya otras. Esas propuestas se retomaron en los diálogos que culminaron en 1992. En mi opinión esa guerra fue inútil. Se pudo evitar. Yo he adoptado la tesis que el 15 de octubre fue una oportunidad perdida en el sentido que ahí estaba servida en la mesa a una solución a la gran tragedia que vivió El Salvador. Ahora están viviendo las consecuencias de esa tragedia.

¿Quiénes no entendieron que eso no era una solución? ¿Fue la derecha y la izquierda?

La izquierda. En ese momento fue la izquierda la que no entendió. La izquierda siempre habla de paz, pero siempre estuvieron minando a la Primera Junta de Gobierno. Los sentí más intransigentes a ellos. Estoy diciendo una realidad desde mi punto de vista. La derecha también fue más intransigente pero a su manera. Yo pude hablar más con gente de derecha y encontré más permeabilidad en ellos para evitar la tragedia que en los grupos de izquierda, quienes solo tenían programada una insurrección. Lo digo no en un sentido negativo, sino para que ellos mismos tomen en cuenta esto en sus autocríticas. Ningún totalitarismo debe de establecerse en El Salvador. Ni antes ni hoy. Aquí debe haber relevo presidencial y no prolongación de un presidente por dos o tres períodos. Debe haber un respeto absoluto en todas las formas de pensar. Cuando el ser humano comienza a encarcelar el pensamiento a una línea, entonces empieza a violar toda la estructura democrática.

Carlos Pérez: En este período que habló con la derecha, ¿conversó con el Mayor d’Aubuisson?

Él se presentó al cuartel San Carlos y se puso a mis órdenes. Con d’Aubuisson también conversé después que yo ya estaba fuera de la Junta. Exactamente hablé en dos ocasiones. Una fue cuando me invitó el coronel Sigifredo Ochoa Pérez a una reunión de la Asamblea Legislativa. Roberto d’Aubuisson ya era presidente legislativo. Él llegó a cuadrárseme militarmente. Pero él andaba vestido de civil. La segunda vez que me lo encontré fue en el hotel Presidente. Ahí sí platicamos durante un buen rato. Recuerdo que había mucha gente y no pudimos entrar en detalles. Pero platicamos amigablemente. No huno problemas. Entre militares ocurre eso. Aunque se tenga diferencias con otro, uno se lleva bien. Yo siempre he tenido la prudencia de no acusarlo a él de haber matado a Monseñor Romero, pero para mí es evidente que él participó, que estuvo muy involucrado en eso. Pero no puedo señalarlo porque nunca se investigó bien.  Además, siempre creí que arriba de él había otros que también tomaban las decisiones.

¿Militares o civiles?

Eran civiles que estaban interesados en que ocurriera ese asesinato. Si usted revisa los documentales sobre la muerte de Monseñor Romero se va a encontrar con unas incongruencias gigantescas. Por ejemplo, hay un documental donde ocurre una gran explosión en la capilla de la iglesia Divina Providencia. Eso no es cierto. Eso es un montaje. El tiro fue desde el exterior de la iglesia y con un fusil que no hace tanto ruido. Fue hecho desde afuera de la iglesia, según todas las investigaciones que se han hecho. Eso es lo que determinan las investigaciones. Pero en ese documental se escucha una fuerte explosión. Yo  creo que se están falseando hechos históricos con ánimos de propaganda.

Herard von Santos: Hay un gran debate entre los que hemos estudiado el Golpe del 15 de Octubre. Usted llega casi con el 100% del apoyo de los oficiales jóvenes.

Sí. Me dieron el apoyo total y fue exitoso porque no maltratamos a ningún jefe. Al contrario, se dieron órdenes precisas que no se fuera a tocar físicamente a nadie. Ni al general Carlos Humberto Romero ni al alto mando nadie los fue a tocar.

Herard von Santos: Pero al termino de siete meses ese apoyo se erosiona y hay 310 votos en contra suya con 200 a favor. Es decir, más de 100 oficiales le retiran su apoyo.

Fueron 175 a favor y casi 300 votos en contra.

Herard von Santos: ¿Qué explica ese cambio?

Ya en ese momento había un ánimo de enfrentamiento. El núcleo principal se mantenía con las misas ideas. Pero se estaba erosionando aceleradamente. Además, cuando todo estaba en calma la izquierda provocaba. Esa es la experiencia que tuve en esos años.  Fue así que se fue erosionando una salida lógica, cuerda, pacífica. Lo irónico es que más tarde revivió esa misma solución con los diálogos para los Acuerdos de Paz. Pero ahí ocurre algo increíble, los que hacen esa negociación de paz son los militares más duros que en los años ochenta se opusieron a llegar a un acuerdo por esa vía.

Carlos Pérez: Usted habló en aquella época con el coronel Benjamín Mejía.         

Lo vi una vez. Vino de México, en donde estaba exiliado, al velorio del coronel Choto que era un gran amigo de él. Ahí lo vi y platicamos. Lastimosamente fue asesinado junto con su esposa. Fue un crimen horrendo.

¿Y por qué fue asesinado?

Iba para la finca que tenía en Cojutepeque y ahí lo asaltaron para ametrallarlo. Son de las cosas inexplicables que se vivieron en esa época. Todo 1980 fue un año de grandes dificultades y nosotros le hicimos frente lo mejor que pudimos.

¿Entonces el camino de las reformas muere con la Junta?

Muere a finales de 1979, pero todavía quedaban esperanzas de hacerlas cuando se llevó a la Democracia Cristiana. Sin embargo, el clima de radicalización no lo permitió. La izquierda tenía en su cabeza hacer una insurrección. La oportunidad de prevenir esa gran tragedia fue en esa época. Todo conflicto militar debe agotar las instancias para resolverlo por medios pacíficos, porque viene una tragedia que después ya no se puede reparar, exactamente con lo que está ocurriendo ahora. Ahora pueden sancionar y enjuiciar, pero tendría que judicializarse en los dos lados para ver dónde se cometen las violaciones. Pero, hagan lo que hagan, a los muertos no les van a devolver sus vidas.

Ustedes toman el poder, pero a la par tenían a Nicaragua que me imagino se vuelve el santuario de la guerrilla salvadoreña. ¿Cómo manejaron esas relaciones con Nicaragua porque supongo que desde allá les estaban mandando obuses?

Fue difícil eso, porque Nicaragua era una base de la izquierda para todas las revueltas que estaban ocurriendo en El Salvador. Eso fue complicado. Aún ahora hay una tendencia complicada. No es la primera vez que ocurre. Centroamérica, casi desde sus inicios, estuvo en guerras internas. Y siempre ha habido un país que ha sido el patito feo. En la época de Gerardo Barrios El Salvador era el que apoyaba las revueltas.

Estoy pensando que ustedes se meten en un sándwich: Guatemala recibe a d’Aubuisson y les comienzan a dar, y Nicaragua recibe a la guerrilla y les comienzan a dar. Es una trampa histórica.

Sí es cierto. Es un problema bastante delicado. Pero, repito: en ese entonces Estados Unidos estaba en la disposición de una solución dialogada. No es cierto que ellos siempre estuvieron con la intención de meterle leña al fuego. Y después vino Reagan, quien sí tomo una acción más dura y militarista, pero aún él preveía una resolución dialogada.

PRIMERA PARTE: Majano: “Monseñor Romero fue partícipe del golpe de Estado”

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