El Salvador, miércoles 13 de diciembre de 2017

Redacción 102nueve || mayo 1, 2017

La liturgia del poder salvadoreño (1)

ARENA siempre fue un PRI pequeño en El Salvador. Tenía funciones muy parecidas.

Hace casi cien años, Plutarco Elías Calles, expresidente de México, recibió un consejo de uno de sus colaboradores más cercanos. “Haga más organización y menos liturgia”, le dijo. Eso ocurrió cuando intentaba pegar, casi con grapas, su inmenso país.

Calles, quien estaba rodeado de toda clase de técnicos, a quienes se les pidió que fundaran un país después de la guerra civil, no hizo caso.

Lo que más le interesaba era incorporar a los militares al Partido Revolucionario Institucional (PRI), porque los caudillos solo habían resuelto los problemas a balazos. Pero había algo más que le interesaba a Calles: darle al  PRI la función de ganar, robar o inventar votos.

Calles prefirió la liturgia: un Poder Ejecutivo y un partido político como el PRI que controlara absolutamente todo, desde la institucionalidad hasta la mayoría en el Congreso Federal. El poder debía concentrarse y así se hizo por muchas décadas. Lo más que aceptó fue mucha política económica.

En algún momento de la historia, a los constructores de El Salvador moderno les pasó lo mismo. De eso estoy convencido. Construyeron una nueva liturgia del poder, pero no organizaron un Estado moderno. Olvidaron la organización, la institucionalidad libre y eficiente del Estado.  Construyeron un método para gobernar con un presidencialismo.

Ese camino es viejo en El Salvador. Pasa por antiguos gobiernos civiles que pusieron la primera piedra de la vieja liturgia. Los militares afinaron el camino. Vino la guerra y los constructores de la paz continuaron con el mismo ritual.

Siempre  trataron de construir un Poder Ejecutivo tan fuerte como se pudiese. A éste debía engancharse, como si fuese un moderno ferrocarril, todos los cabuses que fueran posibles. El manual del tren iría en la locomotora que condujera todo.

El Poder Ejecutivo controlaba todo en El Salvador: desde la Asamblea Legislativa hasta el Poder Judicial. Eso lo saben todos. Pero poco se habla de eso.

No ofendo la honra de muchos, a pesar de que hay gente excluida de eso, si escribo que siempre existieron dos modelos de control del Poder Judicial. Uno era emplanillando  magistrados judiciales con pagos extra papeles o pagándoles por tareas cumplidas. Cada quien piense lo que quiera. Pero la verdad es que las instrucciones del secretario privado de la Presidencia de la República se convirtieron, muchas veces, en el presidente del Poder Judicial.

Muchos fiscales generales y la mayoría de presidentes de las instituciones autónomas no se escaparon de la fascinación e imán que ejercía el Poder Ejecutivo. El gobernante era el rey. Mandaba por encima de todo. Podía lo menos. Podía lo más.

No engaño a nadie si describo (y no protesto), que ARENA recibía una enorme dosis de líneas gubernamentales y estudios programáticos desde FUSADES, una buena institución, ajustada al menos a lo que debía hacer la derecha para conseguir crecimiento económico y mejores políticas sociales.

Pero la liturgia del poder siempre era la misma: durante mucho tiempo FUSADES no tocó la liturgia. La mayor concentración de facultades de derecho, o de hecho, en manos del Poder Ejecutivo, nadie la cambió. Siempre me pareció que todos estuvieron cómodos con eso.

Miente y remiente quienes digan que se sentían incómodos con las relaciones entre el Poder Judicial, o el fiscal general,  con el gobernante de turno. Mucho menos con la columna vertebral que controla el Poder Ejecutivo. ARENA siempre fue un PRI pequeño en El Salvador. Tenía funciones muy parecidas.

Tal vez los únicos que protestaron contra ese alineamiento del poder fueron los políticos de izquierda. Pero, cuando les tocó gobernar y comenzaron a perder ese alineamiento, comenzaron a extrañar la historia. Ya no la atacaron más. Ya no hablaron de la independencia de poderes que antes reclamaban. Las decisiones y la fijación de políticas públicas comenzó a dificultárseles muchísimo cuando disminuían, por grandes tramos, la liturgia del poder.

Eso empeoró la valoración y apoyo al gobierno del FMLN. Sospecho que pronto comenzaron a extrañar la vieja liturgia del poder. La fracturación de las relaciones y la realidad ya no les gustó tanto. Lo moderno no resultó tan grato para sus principales dirigentes.

Pregunto: ¿por qué ha cambiado tanto la vieja liturgia del poder salvadoreño que acabó transformando la capacidad política y la producción de políticas públicas?

Lo importante es saber cuándo comenzó a cambiar esa liturgia del poder y cuáles fueron sus primeros efectos. Yo planteo una primera tesis: los métodos del poder cambiaron desde  las primeras decisiones de la Sala de lo Constitucional.

Nunca antes en su historia, El Salvador  tuvo una instancia más repartidora y cortadora  de viejos poderes y prerrogativas que los actuales magistrados de la Sala de lo Constitucional.

En buena medida era cierto lo que se planteaba: El Salvador era un país al que le faltaban demócratas. Eso siempre les ocurre a los países que apenas cinco minutos antes descubrieron la democracia.

Desde que la Sala chapeó esta democracia y puso algunos muebles en su lugar, el manejo de esta democracia se descompuso y ya vemos las cosas como están. La ausencia de la vieja liturgia no fue sustituida por otros métodos. Entonces el país se volvió inmanejable.

La liturgia del poder salvadoreño (1)

Por: Redacción 102nueve
mayo 1, 2017

ARENA siempre fue un PRI pequeño en El Salvador. Tenía funciones muy parecidas.

ARENA siempre fue un PRI pequeño en El Salvador. Tenía funciones muy parecidas.

Hace casi cien años, Plutarco Elías Calles, expresidente de México, recibió un consejo de uno de sus colaboradores más cercanos. “Haga más organización y menos liturgia”, le dijo. Eso ocurrió cuando intentaba pegar, casi con grapas, su inmenso país.

Calles, quien estaba rodeado de toda clase de técnicos, a quienes se les pidió que fundaran un país después de la guerra civil, no hizo caso.

Lo que más le interesaba era incorporar a los militares al Partido Revolucionario Institucional (PRI), porque los caudillos solo habían resuelto los problemas a balazos. Pero había algo más que le interesaba a Calles: darle al  PRI la función de ganar, robar o inventar votos.

Calles prefirió la liturgia: un Poder Ejecutivo y un partido político como el PRI que controlara absolutamente todo, desde la institucionalidad hasta la mayoría en el Congreso Federal. El poder debía concentrarse y así se hizo por muchas décadas. Lo más que aceptó fue mucha política económica.

En algún momento de la historia, a los constructores de El Salvador moderno les pasó lo mismo. De eso estoy convencido. Construyeron una nueva liturgia del poder, pero no organizaron un Estado moderno. Olvidaron la organización, la institucionalidad libre y eficiente del Estado.  Construyeron un método para gobernar con un presidencialismo.

Ese camino es viejo en El Salvador. Pasa por antiguos gobiernos civiles que pusieron la primera piedra de la vieja liturgia. Los militares afinaron el camino. Vino la guerra y los constructores de la paz continuaron con el mismo ritual.

Siempre  trataron de construir un Poder Ejecutivo tan fuerte como se pudiese. A éste debía engancharse, como si fuese un moderno ferrocarril, todos los cabuses que fueran posibles. El manual del tren iría en la locomotora que condujera todo.

El Poder Ejecutivo controlaba todo en El Salvador: desde la Asamblea Legislativa hasta el Poder Judicial. Eso lo saben todos. Pero poco se habla de eso.

No ofendo la honra de muchos, a pesar de que hay gente excluida de eso, si escribo que siempre existieron dos modelos de control del Poder Judicial. Uno era emplanillando  magistrados judiciales con pagos extra papeles o pagándoles por tareas cumplidas. Cada quien piense lo que quiera. Pero la verdad es que las instrucciones del secretario privado de la Presidencia de la República se convirtieron, muchas veces, en el presidente del Poder Judicial.

Muchos fiscales generales y la mayoría de presidentes de las instituciones autónomas no se escaparon de la fascinación e imán que ejercía el Poder Ejecutivo. El gobernante era el rey. Mandaba por encima de todo. Podía lo menos. Podía lo más.

No engaño a nadie si describo (y no protesto), que ARENA recibía una enorme dosis de líneas gubernamentales y estudios programáticos desde FUSADES, una buena institución, ajustada al menos a lo que debía hacer la derecha para conseguir crecimiento económico y mejores políticas sociales.

Pero la liturgia del poder siempre era la misma: durante mucho tiempo FUSADES no tocó la liturgia. La mayor concentración de facultades de derecho, o de hecho, en manos del Poder Ejecutivo, nadie la cambió. Siempre me pareció que todos estuvieron cómodos con eso.

Miente y remiente quienes digan que se sentían incómodos con las relaciones entre el Poder Judicial, o el fiscal general,  con el gobernante de turno. Mucho menos con la columna vertebral que controla el Poder Ejecutivo. ARENA siempre fue un PRI pequeño en El Salvador. Tenía funciones muy parecidas.

Tal vez los únicos que protestaron contra ese alineamiento del poder fueron los políticos de izquierda. Pero, cuando les tocó gobernar y comenzaron a perder ese alineamiento, comenzaron a extrañar la historia. Ya no la atacaron más. Ya no hablaron de la independencia de poderes que antes reclamaban. Las decisiones y la fijación de políticas públicas comenzó a dificultárseles muchísimo cuando disminuían, por grandes tramos, la liturgia del poder.

Eso empeoró la valoración y apoyo al gobierno del FMLN. Sospecho que pronto comenzaron a extrañar la vieja liturgia del poder. La fracturación de las relaciones y la realidad ya no les gustó tanto. Lo moderno no resultó tan grato para sus principales dirigentes.

Pregunto: ¿por qué ha cambiado tanto la vieja liturgia del poder salvadoreño que acabó transformando la capacidad política y la producción de políticas públicas?

Lo importante es saber cuándo comenzó a cambiar esa liturgia del poder y cuáles fueron sus primeros efectos. Yo planteo una primera tesis: los métodos del poder cambiaron desde  las primeras decisiones de la Sala de lo Constitucional.

Nunca antes en su historia, El Salvador  tuvo una instancia más repartidora y cortadora  de viejos poderes y prerrogativas que los actuales magistrados de la Sala de lo Constitucional.

En buena medida era cierto lo que se planteaba: El Salvador era un país al que le faltaban demócratas. Eso siempre les ocurre a los países que apenas cinco minutos antes descubrieron la democracia.

Desde que la Sala chapeó esta democracia y puso algunos muebles en su lugar, el manejo de esta democracia se descompuso y ya vemos las cosas como están. La ausencia de la vieja liturgia no fue sustituida por otros métodos. Entonces el país se volvió inmanejable.

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