El Salvador, martes 27 de junio de 2017

Lafitte Fernández || abril 28, 2017

[OPINIÓN] La justicia se llena de fetiches

Con todo respeto: la justicia salvadoreña no va así a ningún lado.

Hay conductas y hechos que se producen en el Órgano Judicial que no me gustan. No son sanas. Huelen mal. Las miro como piezas desajustadas dentro de algo que debe responder a lo justo y normal. Peor aún: ya no sé si el Órgano Judicial se está llenando de fetiches.

Hay que partir que sólo un desajustado mental o gente con poco juicio crítico o fe democrática está en desacuerdo con un buen funcionamiento del sistema judicial.

Pero tengo la impresión que, por alguna razón, parte de la justicia judicial se ha vuelto disgregadora, violenta socialmente, atropelladora y hasta causante de efectos sociales insanos y preocupantes.

Exhibo al menos dos casos para probar mis preocupaciones. Hace dos días, el sistema judicial salvadoreño le dio la oportunidad al exministro de Salud Pública, Eduardo Interiano, de ser juzgado en libertad a cambio de depositar una garantía pecuniaria por diez mil dólares.

Al caso del doctor Interiano no le cayó encima la presión de embajadores, institucionalidad externa o puntos de vista ajenos e influyentes. La decisión de favorecerlo se dio limpiamente. Sin sujeciones extrañas. Me alegro por él. La justicia se le dio sin fórceps ni ataduras.

Pero tal vez la mayoría no se ha percatado que la acusación contra el doctor Interiano es muy similar a las que se han planteado contra el Gordo Max y Ernesto Regalado O'sullivan. Y, sin embargo, a estos la justicia los trata enteramente diferente.

Eso es, precisamente, lo que está mal en esta nueva justicia que se trata de construir: algunas decisiones dependen de cuántas cámaras envía una embajada para tomar una decisión, o si tal o cual caso fue parido en la sede de la Fiscalía General o en una casa pagada con recursos de Alemania o de quien sea.

Lo que no me gusta es que para algunos hay resoluciones de economía de guerra. Para otros las resoluciones tienen mucho de cinismo.

Un amigo mío me lo decía con justa razón: ahora  hay dos tipos de casos en el sistema judicial salvadoreño: los que están sujetos a elevados rangos de presión de embajadores foráneos o de factores extrajudiciales. Todo depende del epicentro de donde nazca el caso y de los padrinos que tenga.

No conozco al gordo Max. Alguna vez lo saludé ligeramente.  Mucho menos conozco  al señor Regalado. Pero no veo ninguna razón para que exista una suerte de justicia diferenciada dependiendo de padrinos, resonancias o tentativas que miren de tales o cuales ojos.

Hay otro caso que me estremece desde hace muchos meses. Una señora que trabaja conmigo en tareas caseras, casi desde que vine a este país, tiene un hijo que vendía pan en bicicleta por las calles de Santa Tecla. Conozco al muchacho desde que era un niño con su cabello ensortijado.

Hace seis meses lo involucraron con el asesinato de un policía. Desde entonces se lo llevaron preso. Soy honesto: yo no creo que ese muchacho sea pandillero y que participara en ese crimen. Tanto es así que me he enterado que el expediente judicial está lleno de vicios. No me he metido en ese caso.

Lo que me parece conducta de bárbaros, de violadores de derechos humanos, es que ni la madre, ni su padre, han podido ver a su hijo desde hace seis meses. No lo ven desde que se lo llevaron. El padre me ha caído hincado a mis pies llorando amargamente al no ver a su hijo. Y eso que ambos padres pasaron como dos meses sin saber el lugar donde mantenían a su hijo.

Ese tipo de justicia no me gusta. También es violatoria de derechos. Esa justicia pasa factura con el tiempo. Es indecente e inhumana.

Es una justicia que está respondiendo a factores sociales y hasta políticos que lo único que hace es crear ciudadanos de segunda, tercera o cuarta categoría. Mucho depende de cómo me vea un embajador o cuántas cámaras tenga encima un caso judicial.

La pobre madre de ese muchacho va cada cierto día a la prisión donde está su hijo para saber de su salud. Cree que si le lleva medicinas tal vez lo pueda ver. Esa mujer sabe que, de aquí en adelante, besar a su hijo depende de una lotería del poder.

Con todo respeto: la justicia salvadoreña no va así a ningún lado. No hagan de todo eso una pastorela ideológica en la que los abogados defensores muchas veces no tienen ni 20 minutos para hablar con su cliente. Todo esto tiene un nombre: mamarracho de justicia que siempre caerá en un basural de impugnaciones.

[OPINIÓN] La justicia se llena de fetiches

Por: Lafitte Fernández
abril 28, 2017

Con todo respeto: la justicia salvadoreña no va así a ningún lado.

Con todo respeto: la justicia salvadoreña no va así a ningún lado.

Hay conductas y hechos que se producen en el Órgano Judicial que no me gustan. No son sanas. Huelen mal. Las miro como piezas desajustadas dentro de algo que debe responder a lo justo y normal. Peor aún: ya no sé si el Órgano Judicial se está llenando de fetiches.

Hay que partir que sólo un desajustado mental o gente con poco juicio crítico o fe democrática está en desacuerdo con un buen funcionamiento del sistema judicial.

Pero tengo la impresión que, por alguna razón, parte de la justicia judicial se ha vuelto disgregadora, violenta socialmente, atropelladora y hasta causante de efectos sociales insanos y preocupantes.

Exhibo al menos dos casos para probar mis preocupaciones. Hace dos días, el sistema judicial salvadoreño le dio la oportunidad al exministro de Salud Pública, Eduardo Interiano, de ser juzgado en libertad a cambio de depositar una garantía pecuniaria por diez mil dólares.

Al caso del doctor Interiano no le cayó encima la presión de embajadores, institucionalidad externa o puntos de vista ajenos e influyentes. La decisión de favorecerlo se dio limpiamente. Sin sujeciones extrañas. Me alegro por él. La justicia se le dio sin fórceps ni ataduras.

Pero tal vez la mayoría no se ha percatado que la acusación contra el doctor Interiano es muy similar a las que se han planteado contra el Gordo Max y Ernesto Regalado O'sullivan. Y, sin embargo, a estos la justicia los trata enteramente diferente.

Eso es, precisamente, lo que está mal en esta nueva justicia que se trata de construir: algunas decisiones dependen de cuántas cámaras envía una embajada para tomar una decisión, o si tal o cual caso fue parido en la sede de la Fiscalía General o en una casa pagada con recursos de Alemania o de quien sea.

Lo que no me gusta es que para algunos hay resoluciones de economía de guerra. Para otros las resoluciones tienen mucho de cinismo.

Un amigo mío me lo decía con justa razón: ahora  hay dos tipos de casos en el sistema judicial salvadoreño: los que están sujetos a elevados rangos de presión de embajadores foráneos o de factores extrajudiciales. Todo depende del epicentro de donde nazca el caso y de los padrinos que tenga.

No conozco al gordo Max. Alguna vez lo saludé ligeramente.  Mucho menos conozco  al señor Regalado. Pero no veo ninguna razón para que exista una suerte de justicia diferenciada dependiendo de padrinos, resonancias o tentativas que miren de tales o cuales ojos.

Hay otro caso que me estremece desde hace muchos meses. Una señora que trabaja conmigo en tareas caseras, casi desde que vine a este país, tiene un hijo que vendía pan en bicicleta por las calles de Santa Tecla. Conozco al muchacho desde que era un niño con su cabello ensortijado.

Hace seis meses lo involucraron con el asesinato de un policía. Desde entonces se lo llevaron preso. Soy honesto: yo no creo que ese muchacho sea pandillero y que participara en ese crimen. Tanto es así que me he enterado que el expediente judicial está lleno de vicios. No me he metido en ese caso.

Lo que me parece conducta de bárbaros, de violadores de derechos humanos, es que ni la madre, ni su padre, han podido ver a su hijo desde hace seis meses. No lo ven desde que se lo llevaron. El padre me ha caído hincado a mis pies llorando amargamente al no ver a su hijo. Y eso que ambos padres pasaron como dos meses sin saber el lugar donde mantenían a su hijo.

Ese tipo de justicia no me gusta. También es violatoria de derechos. Esa justicia pasa factura con el tiempo. Es indecente e inhumana.

Es una justicia que está respondiendo a factores sociales y hasta políticos que lo único que hace es crear ciudadanos de segunda, tercera o cuarta categoría. Mucho depende de cómo me vea un embajador o cuántas cámaras tenga encima un caso judicial.

La pobre madre de ese muchacho va cada cierto día a la prisión donde está su hijo para saber de su salud. Cree que si le lleva medicinas tal vez lo pueda ver. Esa mujer sabe que, de aquí en adelante, besar a su hijo depende de una lotería del poder.

Con todo respeto: la justicia salvadoreña no va así a ningún lado. No hagan de todo eso una pastorela ideológica en la que los abogados defensores muchas veces no tienen ni 20 minutos para hablar con su cliente. Todo esto tiene un nombre: mamarracho de justicia que siempre caerá en un basural de impugnaciones.

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