El Salvador, martes 12 de diciembre de 2017

“Iba volar la cabeza de los que Dios ya convirtió en ceniza”

Por: Lafitte Fernández
abril 24, 2017

La entrevista es larga. Frente a una vida de ese tipo no podía ser de otra manera.

102nueve

Escuchar la forma cómo narra su vida cautiva. La primera sensación que recibes es que es un hombre inteligente. Pronto sabes también que es un abogado bien formado. Tanto que, cuando iba camino a ser magistrado de la Corte Suprema de Justicia, le construyeron los peores agravios con los que se puede desafiar a un hombre.

Entonces huyó. Se escondió en un rancho de playa. Llegó a pensar, por momentos, en matar a sus enemigos, como si ese fuese el mejor camino de reconciliarse consigo mismo y con el mundo. Pero comprendió que eso sería una locura. Que así no saldría de sus problemas.

El abogado Salvador Nelson García fue, por mucho tiempo, uno de los hombres de mayor confianza de la familia Regalado Dueñas. Eso significaba estar al lado de la familia más poderosa e influyente de El Salvador por muchas razones.

No dudaron de él a pesar que algunos amigos suyos habían participado en el secuestro de un miembro prominente de esa familia.

La entrevista es larga. Frente a una vida de ese tipo no podía ser de otra manera. Nelson García narra aquí su cercanía con Jorge Schafick Hándal, con quien se reunía al menos una vez por semana.

Pero también cuenta, con detalle, la forma cómo algunos impidieron que llegara a ser magistrado de la Corte Suprema de Justicia mediante una operación clandestina que lo mandó al sótano de lo que cualquier hombre puede aspirar.

Esto es lo que hablé esa noche con Salvador Nelson García.

¿Cómo te defines?

Soy alguien que desde muy pequeño creyó en un concepto que se llama justicia. Eso me indujo a buscar los terrenos en donde ese tema era fundamental. Lógicamente era la abogacía. Desde pequeño platicaba con mi padre, quien había sido estudiante de derecho. Mi abuelo, el doctor Mariano Córdova, también había sido abogado. Por eso sentía un interés en definir qué era lo justo y qué era lo injusto.

¿Eres de San Salvador?

Yo nací en el Barrio San Jacinto de San Salvador. Toda mi infancia y principios de adolescencia los viví en la colonia América. Ahí conocí a personas de alta calidad, por ejemplo, a Salvador Moncada Seidner, quien desde la primaria fue mi compañero y hermano. Ahora es casado con la hija del Rey de Bélgica, aspirante al Premio Nobel de Investigación Científica. Es una persona que se destacó, no solo intelectualmente, sino de una forma casi increíble. Con él conviví hasta que lo expulsaron a patadas de este país por tener un pensamiento contrario al sistema.

 

¿Qué hombres comienzan a signar tu vida y tu pensamiento? Yo creo que todos tenemos personajes que comienzan a influenciarnos y que, de alguna manera, signan un camino en la vida.

Uno de ellos es la vivencia en el escultismo. Mi tío, el padre Juan García Artola, fue el capellán general del escultismo.

¿Fuiste Boy Scouts?

Efectivamente. Primero fui Lobato y después Boy Scouts. En ese entorno conocí a gente de la sociedad salvadoreña de apellidos que han constituido el ancestro social de este país. Yo provengo de una familia económicamente humilde, pero muy rica en espiritualidad. Tuve tres tíos sacerdotes católicos.

Venías de un hogar plenamente cristiano, católico, religioso. ¿Eso comienza a modelarte?

Indudablemente. Por ejemplo, mi kínder lo hice en el colegio La Divina Providencia, que es de monjas. Mi Primera Comunión fue hecha en el Barrio de Concepción. Aprendí las enseñanzas del catecismo, de hacer el bien, de cumplir los Diez Mandamientos, de tener una perspectiva de Dios como algo que no se debe de ofender… Ese marco eclesial marcó mi pensamiento ideológico a través del Socialcristianismo. En la etapa de secundaria, que la estudié en el Instituto Nacional Francisco Menéndez, encontré la antinomia a la religión, que era el ateísmo puro y el cientifismo. Profesores de la calidad de Humberto Perla Flores, de oriente, que cuestionaba todo el hacer del Vaticano, nos ayudó a entrar en una dialéctica más profunda de la religión y a enterarnos cuál era el pensamiento de la Iglesia en cuanto a la evolución del mundo. Leímos a Teilhard de Chardin, que lo habían escogido como un paleontólogo que podía explicar el origen del mundo, etcétera. Lógicamente ahí también había un semillero de rebeldía que lo manifestamos en el golpe de Estado, en 1960, contra José María Lemus. Nosotros salimos a las calles a revelarnos.

Creces y te metes a estudiar derecho. ¿Lo haces en la Universidad Nacional?

Claro. Era la única universidad que había.

En esa época lo normal era que un joven estudiante se metiera en política. ¿Llegaste a la universidad y te metiste en política?

No. Mi padre me aconsejó que no me metiera en política, sino que me dedicara a estudiar. Ese era el propósito. Tan es así que cuando el doctor Reynaldo Galindo Pohl me preguntó, en el primer año de derecho, si no iba a ir a la Asamblea General de Estudiantes donde se discutían temas políticos, yo le contesté que no. Le dije que mi padre me había dicho que los rebeldes de la juventud son los tiranos del futuro. Yo no sabía que le estaba hablando a un revolucionario que había dado un golpe de Estado que botó al general Castaneda Castro.

¿Qué te respondió?

Se quedó callado. Galindo Pohl es una de las figuras y maestros que más recuerdo con amor porque era un gran filósofo. Rechazó reiteradamente la candidatura a la presidencia de la República que le propusieron los señores oficiales. Era un candidato seguro a ganar.

¿Te metiste a la política?

En esa época vino aquí un señor de apellido Moscoso, quien traía el tema de la Alianza para el Progreso e hicieron una exposición de lo que iba a ser la Embajada Americana. Y yo, por curiosidad científica, asistí. A la salida de clases me fui a ver esa exposición. De pronto escuché unos gritos de alguien que estaba siendo golpeado. Me di cuenta que era un sindicalista. Lo estaban majando a golpes. Eran policías vestidos de civil, lo que antes llamábamos la Sección Judicial.  La víctima gritó: “¿qué no hay nadie del pueblo que me defienda?”

Yo me tiré, instintivamente, sobre estas personas que lo estaban agrediendo. En ese momento sentí valor para enfrentarme a ellos. De repente sentí en la sien algo sólido. Era una metralleta Madsen.  “Bueno, ¿y vos por qué te metés en esto si este es un comunista?”, me cuestionó uno de ellos. “Levántate y ándate que vos no tenés nada que ver en esto”, me dijo otro. Me fui caminando, sollozando de la impotencia, hasta mi casa. No pude hacer nada. Esa tarde me convencí que me tenía que meter a política.

¿Te marcó brutalmente ese hecho?

Sí, me marcó. Eso de que no me salgo de mis estudios se rompió ese día. Entonces, con el bachiller José María Méndez, Toño Guevara, que después vienen a consolidar la semilla revolucionaria, que secuestró a Ernesto Regalado Dueñas, fundamos el Movimiento Socialcristiano en la Universidad.

¿Qué papel jugabas ahí?

En ese entonces teníamos enquistado lo que ahora considero un error: pensar que los gobiernos militares eran gorilas e ignorantes. Hoy debo de reconocer, a estas alturas de la vida, que han sido los gobiernos más honestos que podríamos catalogar como aceptables… fueron los más correctos, los más disciplinados. Ahora está de moda la anticorrupción, y todos los gobiernos de América Latina, y no digamos de la ejemplar Europa, Italia particularmente, resulta que son un semillero de corrupción.

¿Cambiaste tu opinión respecto a los militares?

La he cambiado hasta ahora. En aquella época creía lo contrario.

¿Y la sostenés?

Claro. Pero en aquella época nosotros hicimos cosas inauditas para el enmarque ideológico que había. Por primera vez la Sociedad de Estudiantes de Derecho se manifestó contra la invasión de Rusia a Checoslovaquia. Eso nunca había sucedido.

¿Ustedes comenzaron a robarle banderas a la izquierda en la Universidad?

Es correcto. Ese fue el contrapunto. Había una tercera fuerza que fue el Movimiento de Izquierda Democrático, liderada por Ivo Príamo Alvarenga, el Negro Gómez, Albino Tinetti y otros. Pero la esencia que dividió los grupos fue el Socialcristianismo versus el Comunismo. Ellos presumían de ser marxistas-leninistas, aunque la mayoría no conocía a fondo El Capital, de Carlos Marx.  Pero eran corrientes emotivas en esencia. Al sentirse frustrado el Socialcristianismo, por el robo de las elecciones a José Napoleón Duarte, se radicalizó un grupo de gente que está mencionada en los periódicos del país. Entraron a la clandestinidad. Yo, afortunadamente, gracias a la mano amiga de Dios, que siempre he sentido cerca de mí, me fui becado a Alemania a estudiar integración económica y derecho laboral.

¿Ya cuando te habías graduado de derecho?

No, solo había egresado. Era estudiante del último año de derecho.

¿Te becó el gobierno de Alemania?

Fue la Fundación Konrad Adenauer.

Era la fundación de la Democracia Cristiana.

Sí, aunque yo siempre combatí que el movimiento estudiantil se vinculara con el partido político. Consideraba que tenían que ser dos cosas diferentes. Eso me creó anticuerpos políticos.

¿Y qué tal tú paso por Alemania?

Fue maravilloso. Solo estuve seis meses, pero me llevaron a conocer todas las ciudades de Alemania. Era un grupo de toda Latinoamérica. El viaje comenzó en Venezuela, donde estaba Rafael Caldera como presidente, un socialcristiano. Después hicimos el viaje a Bélgica, a Brujas, a la Universidad de Lovaina. También estuve en Berlín Oriental cuando todavía era comunista. Estamos hablando de 1969. Me encontré con un par de personajes salvadoreños que constituyeron parte de la troika salvadoreña, a quienes les dije que me alegraba no haberlos visto. ¡Jaja!

¿Quiénes estaban ahí?

Estaba Carlos Roberto Hidalgo, que era un dirigente sindical que estudiaba en la Universidad Patricio Lumumba. También estaba Felipe Zaldívar, otro sindicalista. La mayoría eran sindicalistas que iban a prepararse allá. El otro era Aguiñada Carranza, al que mataron, hermano del que después llegó a ser diputado. Fue una época interesante.

¿Políticamente has sido siempre volcado un poco hacia la socialdemocracia o evolucionaste?

Yo evolucioné por una razón. Un día, circunstancialmente, conocí a Miguel Regalado Dueñas, un joven intelectual de pensamiento radical marxista, amigo de Roque Dalton García.

¿Trabajaste para él?

Durante 25 años me integró la familia Regalado Dueñas. Fui consecuente a dos cosas: en primer lugar, a respetar los criterios de ellos, que nunca se manifestaban políticamente. Los criterios de ellos, en los que me siento privilegiado de haber contribuido, eran de carácter caritativo. Donaron, por ejemplo, el Hospital de Maternidad y el Hospital del Cáncer donde mataron a Monseñor Romero. Ambos fueron donados por don Tomás Regalado González y doña Martha Dueñas de Regalado. Trabajé con la Compañía Azucarera y Cementos de El Salvador. Era un abogado corporativo.

¿Te abre la puerta un Regalado de izquierda?

Es correcto.

¿Y eso no hacía ruido dentro de la familia?

El ruido más grande fue que Ernesto Regalado Dueñas me llegó a tener afecto y confianza, tanto que en 1970 me incorpora a la par suya para que vaya al Primer Congreso de Reforma Agraria que instituyeron. Yo le aconsejé que no fuera, porque yo conocía el ambiente a través de mi vivencia universitaria. Sabía de la intolerancia mental que había en contra de alguien que tuviera dinero en este país, no digamos contra un miembro de las llamadas 14 Familias. Pero no me hizo caso y efectivamente tuvo un zipizape adentro de la Asamblea. Yo estaba a la par de él. Yo le dije: "Don Ernesto, por eso le sugerí que no viniéramos a esto”. Y siento que eso lo perfiló para los que ya estaban constituyendo un movimiento revolucionario, derivado de las FAR de Guatemala. Tal es así que el 11 de febrero de 1971, cuando llego a la oficina de Miguel Regalado Dueñas, me encuentro con la noticia que habían secuestrado a don Ernesto Regalado. En ese instante me pregunté: ¿quién lo habrá secuestrado? Me fui a la facultad de Derecho de la Universidad a consultarle a uno de mis grandes amigos. Cuando mi amigo palideció al verme, porque ya en ese entonces tenía tres años de trabajar con Regalado, ya ni le pregunté. Le dije que le quería prestar un libro de integración económica. Yo me dije: estos son. Efectivamente, cuando a uno de ellos lo atraparon y confiesa, supe que había acertado con el esquema que yo pensé que había participado en el secuestro. Afortunadamente mi viaje a Alemania me desvinculó de todo esto, porque si no posiblemente yo hubiera sido parte de ese semillero donde surgió Joaquín Villalobos.

¿Habrías tomado el camino de una radicalización?

Sí, porque el país en ese momento no presentaba alternativas. La primera frustración ciudadana que tuve fue cuando llegué con mi cédula a votar y vi ya habían votado por mí.

Es interesante como llegas a trabajar como un abogado corporativo de la familia Regalado Dueñas, pero donde hay semillas de un pensamiento más evolucionado, no tan de derecha radical.

Era una antinomia. Recuérdate que Enrique Álvarez Córdova también es otro miembro de las familias privilegiadas económicamente de este país que era mal visto en los núcleos sociales. En un momento dado, cuando se tiene el rescate para pagar por Ernesto Regalado, sucede el evento de la colonia Málaga, donde matan al cabo Díaz, que ingenuamente va a capturar a los secuestradores. Eso dislocó toda la operación. Entran en pánico estos secuestradores inexpertos y matan a Ernesto Regalado. A mí me toca ir a recoger el cuerpo en la calle San Antonio Abad.

¿O sea que hubo un error de estrategia policial?

Se dieron un conjunto de incongruencias. Primero, era gente sin experiencia que nunca habían secuestrado a nadie. Eran estudiantes de buenas familias, todos amigos míos, todos conocidos por mí. Ahí comenzó lo que después se constituyó en la guerra civil de El Salvador.

Fuiste actor de primera línea en ese secuestro.

Hasta en el rescate.  Mira, yo he vivido durante 46 años el aniversario doloroso de la muerte de Ernesto Regalado Dueñas.

¿Cómo impacta eso a la familia Regalado?

Fue una prueba de nobleza. La voy a decir públicamente. Unos mercenarios le llegaron a ofertar a don Tomás Regalado la liquidación de gente que estaba refugiada en tu tierra natal, Costa Rica.

¿De los que participaron?

Claro. Todos estaban ubicados para ser liquidados por mercenarios internacionales. La familia tenía la capacidad de pagar a esos y a trecientos (mercenarios) más. Y yo escuché esto de Tomás Regalado, porque yo estaba en su despacho, porque era hombre de su confianza: “yo no voy a ensangrentar mis manos con sangre de criminales. Eso se lo dejo a Dios”. A mí me impactó. Porque yo, como ser humano, debo de reconocer que, si a mí me hubieran ofertado eso, yo lo hubiera aceptado.

Sí, porque había una dosis de rencor.

Claro. De rencor y de dolor. El impacto humano que eso causó en gente como Ernesto Regalado O'Sullivan, que ahora está preso paradójicamente… el trauma que le pudo haber causado a un niño dejarlo sin padre, por la violencia inexplicable, es tremendo. Ese dolor se multiplicó en gente, que también son amigos míos, por el asesinato de Roberto Poma y Mauricio Borgonovo. Son cadáveres que yo he ido a recoger en aquella época.

La historia te puso frente a hechos límites y luego, de alguna manera, tuviste que repetir ese amargo papel de ir a recoger cadáveres de secuestrados. O sea, la historia te puso al otro lado.

La historia me puso en el centro para que pudiera valorar uno y otro. No me radicalizó. Igual me duele que hayan matado a gente como Francisco Peccorini o Ignacio Ellacuría, quien entró a El Salvador gracias a Miguel Regalado Dueñas, porque el entonces ministro del Interior, Fidel Sánchez Hernández, no lo dejaba entrar porque tenían un currículo que lo vinculaban con elementos subversivos de ETA, en España. Yo me recuerdo que esa gestión la fui hacer yo personalmente. Fue allá por 1967 o 1968. A Ellacuría no lo dejaban entrar, pero te imaginas la palabra de un Regalado Dueñas solicitando eso.

Era un pasaporte.

Claro. Tan es así que, cuando muere Miguelito, su biblioteca se iba a donar a la Universidad José Matías Delgado, de la cual yo era el decano. El doctor Guillermo Trigueros hijo, al ir a ver el stock de libros, me dijo que mejor me los llevara para mi casa porque eran contrarios al pensamiento de la universidad. ¿Por qué? Porque eran libros del Fondo de Cultura Económica, de la Historia de la Filosofía. Libros que no podían entrar a este país si hubieran venido en el equipaje de otra persona.

Jaja. ¿Y todavía los tienes?

Sí, los tengo en mi casa ahora que ya se pueden tener. ¡Jaja!

Varias veces, como periodista costarricense, vine a cubrir la guerra de acá y no podías meter en tu equipaje ni libros ni revistas. Nada. Aunque fuera el puro evangelio te lo quitaban en el aeropuerto.

Te voy a contar algo más. Schafick Jorge Hándal, después de los Acuerdos de Paz, llegaba a almorzar a mi casa juntamente con Eudoro Umaña. Schafick fue el único en decir que mi caso, ese que me armaron, fue una cortina de humo. Eso me dijo Schafick, a quien, después de muerto, le hice un poema y se lo fui a dejar al mausoleo que le han hecho. Pero, como te imaginarás, yo tengo un perfil de hombre de derecha para la izquierda. Y para la derecha soy un hombre de izquierda. Aquí no estoy bien ni con Dios ni con el Diablo. El poema dice así: Ha muerto un hombre y ha nacido una bandera. Pero como sabía que lo podían botar los adversarios, no le puse Nelson García, sino N.G. Todos pensaron que quería decir Norma Guevara.

¡Jajaja!  Has estado parado en primera fila de la historia. Trabajaste 25 años para la familia Regalado Dueñas. ¿Cómo se movía esa relación entre un poder económico y un poder militar, o un poder económico con partidos políticos nacientes?

Yo te puedo decir, incluso, que la formación y vivencia que tuve particularmente con esa familia me hacen decir, después de tantos años de ya no trabajar para ellos, que sigo siendo leal al sentimiento de respeto y admiración que me merece cada uno de sus miembros. Esto te lo digo porque yo me desenvolví, no como un empleado de la familia, sino como una persona que le dieron una confianza de familiaridad. Al punto que, cuando un cierto personaje, todavía destacado, le dijo a don Tomás Regalado que para qué andaba buscando al jefe de los secuestradores de Ernesto Regalado, si en su familia tenía a Nelson García, que era amigo de Jorge Cáceres Prendes, de Ricardo Sol Arriaza, de Alejandro Rivas Mira, le dijo una mala palabra.  Don Tomás me dijo: “fijate que fulano de tal me dijo que vos estabas involucrado y lo mandé a comer lo que enterró Platero”. Entonces, ¿cómo crees que no le voy a rendir homenaje a ese concepto de solidaridad y confianza que se me tuvo? Después muere un miembro de la familia, don Salvador Mathies, en circunstancias  bastantes misteriosas. Decían que alguien se había metido a su casa, a esa famosa casa que está a la entrada de San Benito. Decidieron traer a unos expertos en poligrafía. Aprovechando que vinieron estos señores de poligrafía, que se la pasaron a todo el personal de las diferentes empresas de la familia, fui sometido a la prueba del polígrafo concretamente por el caso del secuestro y muerte de Ernesto Regalado Dueñas. Esos expertos terminaron pidiéndome que me tomara una fotografía con ellos y dándome un abrazo. ¿Qué te quiero decir con eso?  Que esa vivencia familiar llegó al punto que se creara una leyenda: decían que yo iba a ser el sustituto como un integrante más de la familia Regalado Dueñas. Eso nunca se me cruzó por la mente… La verdad no les gusta a muchos. Por ejemplo, yo te puedo decir que Ernesto Regalado Dueñas no fue torturado. Eso no les gusta a muchos. ¿Y eso cómo me consta? Bueno, porque yo estuve en la sala de autopsias. Eso (lo de la tortura) lo dijeron para crear el morbo y la ira.

¿Hubo gente que dudó de ti sobre tu posible participación en ese secuestro?

No. Eso es lo peor. Quien me conoce sabe que yo no tengo dos caras. Yo no iba a ser capaz de morder la mano del que me estaba bendiciendo, de una persona que me había entregado toda su confianza. Eso sí te puedo decir: soy un imán de la envidia.  

Voy a pegar un gran salto. Hay un capítulo en tu vida que pienso que es importante. Después de trabajar con los Regalado Dueñas te vas a trabajar con Jorge Emilio Zedán. Pero llega un momento, allá por los noventa, que te perfilas a ser magistrado de la Corte Suprema de Justicia. Algunos hablaban que hasta podías llegar a ser presidente de la Corte, pero ocurre un sablazo que te aparta del camino y conmociona la opinión pública de este país. ¿Qué pasó?

Creo que, en esa etapa, quien tenía las credenciales para ingresar a un cargo de esa naturaleza era tu servidor. Yo era lo suficientemente joven y pensaba que estaba constituyendo un futuro para mí y mi familia. En un inicio no me interesaba ser magistrado.

¿Cuándo comienza a interesarte?

Fue por una razón: la justicia en este país ha sido un chicle que se estira y que se encoje según convenga o no convenga.

¿Querías ser magistrado y se fragua algo contra ti?

Sí. Yo tenía tres antecedentes de haber quedado en los primeros lugares de la clasificación electoral del gremio, pero, lógicamente, por toda mi trayectoria, que puedes ir a ver a la hemeroteca, de crítica a la corrupción, en la Asamblea Legislativa no me tomaban en cuenta. Yo ingenuamente creía que iban a evaluar mi currículo. No. Ahí han escogido a personas mediocres, y debo de decirlo así, solo porque eran miembros del partido. Aquí la justicia ha tenido un virus constante que ha sido la influencia política.  En esos días me hacen una entrevista en La Prensa Gráfica en la que declaro que si llego a ser presidente de la Corte Suprema iba a suprimir los carros de los magistrados. ¿Por qué? porque suficiente dinero ganan para financiarse su carro. Eso no gustó. Han de haber pensado: si llega este ya no vamos a poder hacer estas movidas que estamos haciendo. Entonces, Francisco Flores le dijo a Mauricio Sandoval que me acabara. Ellos están involucrados. Lo puedo jurar por la Biblia. Recientemente llegó Rodrigo Ávila y me dijo: “doctor, lo que hicieron con usted fue una infamia”. Me lo dijo en la Asamblea Legislativa.  Él tiene las suficientes fuentes de información. La infraestructura de los que operaron mi caso es gente que trabajó para él.

¿Qué fue lo que pasó?

Fue una vivencia apegada a mi fe cristiana, porque a mí me tienden una celada que solo Dios la pudo haber evitado en el contexto que se iba a realizar. Mandaron a unas cipotas a mi oficina y me pidieron prestada mi computadora. Se las presté y salí de mi oficina. Cuando regreso veo que están viendo unas páginas pornográficas. “Entonces ustedes no han venido a hacer un trabajo”, les dije. Decidí sacarlas abruptamente. Eso fue lo que me liberó, porque el plan era encontrarme en flagrancia con unas jóvenes adentro de mi oficina.

¿Te hacen un montaje?

No. Ellos preparan una celada, una emboscada, que era encontrarme con menores de edad en mi oficina. Ese hecho circunstancial, de sacarlas de mi oficina e irlas a dejar donde vivían, me libera de ese hecho que hubiera sido más comprometedor. Entonces, en el camino me siento como apenado por haberlas humillado y les ofrezco comprarles una pizza para que se la lleven a su casa. Cuando me traen el vuelto de la pizza, les digo que se queden con el vuelto. Les dije que iba a ir al Casino Colonial a recuperar el dinero que les había dado. Yo no había planeado ir al Casino Colonial. Ahí se me ocurrió y me fui para el casino. Nadie sabía, excepto ellas, hacia donde iba. Dos horas después llegan a preguntar que de quién era una camioneta Ford Runner que estaba parqueada. “Mire, me dice un policía, en su casa ha pasado algo grave”.  “¿Qué ha pasado?”, le pregunté. No me contestó nada. Cuando llegué a mi casa ya estaban los medios de comunicación esperándome. Me dicen que tenían una orden de allanamiento. ¿Qué fue lo que hicieron? Llegaron, y, cuando vieron que no había nadie, se fueron a contactar a las cipotas. Ellas le dijeron que yo me había ido al casino.

¿Por qué crees que te hicieron eso?

Yo le gané al presidente Cristiani un caso de su cuñada Conchita Ayala. Por cierto, que mi compañero de fórmula fue el doctor Belarmino Jaime, quien después se convirtió en abogado del señor Cristiani. Además, yo tenía otros anticuerpos. Yo hice jurídicamente el Canal 6 de televisión, que era competencia de los canales 2 y 4. ¿Qué sucedió? Tuvieron que tranzar. Pero, además, yo transmití el Mundial de 1986 sin pedir permiso de quien maneja el tema de la información deportiva. Bajé la señal y lo transmití en el INDES. Eso fue una roncha. Me convocaron a Casa Presidencial para decirme que el señor representante de los derechos de transmisión me pedía que no transmitiera. Yo le dije que no, porque según los romanos la res nullius pertenece a quien lo agarre. Y todo lo que está en el aire, no es de nadie. La señal es de quien la decodifique o la agarre. En fin, para no hacer largo el cuento, trasmití el mundial de fútbol sin derechos. Esa herejía nunca se había hecho en el país. La hizo Nelson García. Después cometí otro pecado que fue trabajar con la contraparte: con Jorge Emilio Zedán, a quien habían tratado de aniquilar no pautando nada en su canal.

Pienso que, de alguna manera, te volviste adversario político porque también eras amigo de Schafick y posiblemente el FMLN estaba negociando en la Asamblea tu candidatura.

Como no. Fíjate que la paradoja es que yo te puedo enseñar fotos con la gente de más de derecha de este país. Entre ellos, gente de medios de comunicación, porque yo fui abogado de don José Dutriz durante 15 años. Tuvimos una relación de amistad muy profunda. Yo le hice su testamento. Lo visitaba todas las noches después de haber sido operado de su problema cerebral. Lo quise como un hermano mayor. Como paradoja de eso, fue uno de los medios que se dedicó, día a día, a la denostación de mi persona, sabiendo que yo tengo un secreto profesional que no me he atrevido a romper por convicción, pero que podría dañar el tuétano del presidente de esa empresa. Yo creo que la venganza le pertenece a Dios. “Mía es la venganza”, dice la Biblia. He visto, uno a uno, la destrucción de los que intervinieron en este manoseo de la verdad de la justicia. Yo nunca fui procesado por violación. Sin embargo, La Prensa Gráfica sacaba que yo estaba siendo procesado por violación.

¿Cómo arman el caso?

Pasó lo siguiente: yo también fui apoderado de todos los que distribuían películas y terminé poniendo negocio de eso. También tenía muchos videos de entrevistas de la esencia histórica de este país. Esos se los llevaron. Pero lo curioso fue que los agarraron como si fueran periódicos al azar y los tiraron amontonados, cuando hay una cadena de custodia que te manda a embalar las cosas. Pero hicieron eso para que cuando llegaran a la sede policial pudieran sacar el que después comenzaron a publicar, que era una composición que había hecho un señor que se dedica a eso: te ponen y apareces platicando con el Rey Juan Carlos.

¿Un montaje?

Un claro montaje. Pero eso ya lo tenían listo para repartirlo en los medios de comunicación y reproducirlos día a día. La mía fue la campaña mediática más grande que ha habido en este país para destruir a alguien.

¿Te afectó mucho? Porque me da la impresión que ibas camino a un puesto elevado y de un momento a otro te derrumban.

No solo eso. Después de que gano el proceso me encontré a un juez y me dijo que tenían instrucciones de condenarme, pero que se habían revelado. ¿Cómo quedó Nelson García? Yo quedé fortalecido y decidí dedicarme al derecho penal, cosa que antes me importaba un bledo.

¿Fue ARENA quien truncó tus intenciones?

Sí, fue ARENA y otra gente… había un revanchismo para acabarme.

Te llamaron porno abogado.

Aquí no hay ética periodística. ¿Cómo es que a este señor que están juzgando ahora le dicen Chepe Diablo? ¿Eso es lo correcto? En mi caso trataron de lincharme mediáticamente. Yo no tuve derecho a respuestas.

¿Te quedó una dosis de rencor?, ¿te costó levantarte de nuevo?

No, fíjate que no. Primero estuve a la espera de mi caso durante ocho meses en circunstancias infrahumanas. Yo parecía la imagen del Quijote de la Mancha en lo flaco. ¿Qué me fortaleció? La lectura de la Biblia. Yo me decía: Dios mío, ilumíname. ¿Qué es lo que me quieres decir? Y al abrir la Biblia aparece el Salmo 69. ¿Qué dice el Salmo 69? “Tengo más enemigos que pelos en la cabeza. Me acusan de los hechos los que los cometen”. Esa última frase me dio la respuesta. ¿Quiénes me estaban acusando? Gente peor que yo.

¿Con el paso del tiempo te has topado algunos de los responsables?  

Como no. Jean Philippe Rondeau tiene la costumbre de invitar a gente destacada de este país a unos almuerzos. Un día me invitó a mí. Mi sorpresa fue que me encontré al señor Sandoval. ¿Qué sentí yo por él? Nada ¿Sentí rencor? No. Solo me di cuenta que era uno de los hombres que había participado en mi caso. ¿Y qué hice? Me fotografié a la par de él abrazándolo.

¿No le dijiste nada?

A Rondeau le dije que había invitado a una de las personas que trató de perjudicarme. “Perdoná”, me dijo. “No hay problema”, le contesté. Tú no podés pedir perdón si no eres capaz de perdonar. Eso se aprende solo en esa fragua de la realidad. Cuando estaba en la playa Monzón le pasé dando filo a un corvo, porque yo estaba pensando en volarle la cabeza a los que ya Dios se encargó de convertir en cenizas. Yo sabía que iba a morir en mi acción, pero iba a llegar hasta donde pudiera. Y ya tenía la lista de los que les iba a volar la cabeza con ese corvo.

¿Dónde ocurre esto?

Esto ocurre mientras estoy soportando 45 grados de calor, en una covacha, donde, teniendo dinero a la mano, no podía mandar a comprar cosas. Cuando llega la Policía a hacer los cateos me ofrecí a irme con ellos y el señor Norris me dice: “no, doctor, eso no es necesario”. El plan de ellos era acabar mi candidatura.

¿Había rencor?, ¿ibas a desafiarlos?

No. Desafiarlos no. Yo iba a subir a la Corte Suprema de Justicia e iba a volar un par de cabezas. Iba ir a Casa Presidencial armado de alguna metralleta y me iba acabar a un presidente. Y a un vicepresidente, a Carlitos Quintanilla Schmidt, lo iba a abofetear.

¿Qué te atempera al final?

La Biblia. La palabra de Dios.

“Iba volar la cabeza de los que Dios ya convirtió en ceniza”

Por: Lafitte Fernández
abril 24, 2017

La entrevista es larga. Frente a una vida de ese tipo no podía ser de otra manera.

102nueve

La entrevista es larga. Frente a una vida de ese tipo no podía ser de otra manera.

Escuchar la forma cómo narra su vida cautiva. La primera sensación que recibes es que es un hombre inteligente. Pronto sabes también que es un abogado bien formado. Tanto que, cuando iba camino a ser magistrado de la Corte Suprema de Justicia, le construyeron los peores agravios con los que se puede desafiar a un hombre.

Entonces huyó. Se escondió en un rancho de playa. Llegó a pensar, por momentos, en matar a sus enemigos, como si ese fuese el mejor camino de reconciliarse consigo mismo y con el mundo. Pero comprendió que eso sería una locura. Que así no saldría de sus problemas.

El abogado Salvador Nelson García fue, por mucho tiempo, uno de los hombres de mayor confianza de la familia Regalado Dueñas. Eso significaba estar al lado de la familia más poderosa e influyente de El Salvador por muchas razones.

No dudaron de él a pesar que algunos amigos suyos habían participado en el secuestro de un miembro prominente de esa familia.

La entrevista es larga. Frente a una vida de ese tipo no podía ser de otra manera. Nelson García narra aquí su cercanía con Jorge Schafick Hándal, con quien se reunía al menos una vez por semana.

Pero también cuenta, con detalle, la forma cómo algunos impidieron que llegara a ser magistrado de la Corte Suprema de Justicia mediante una operación clandestina que lo mandó al sótano de lo que cualquier hombre puede aspirar.

Esto es lo que hablé esa noche con Salvador Nelson García.

¿Cómo te defines?

Soy alguien que desde muy pequeño creyó en un concepto que se llama justicia. Eso me indujo a buscar los terrenos en donde ese tema era fundamental. Lógicamente era la abogacía. Desde pequeño platicaba con mi padre, quien había sido estudiante de derecho. Mi abuelo, el doctor Mariano Córdova, también había sido abogado. Por eso sentía un interés en definir qué era lo justo y qué era lo injusto.

¿Eres de San Salvador?

Yo nací en el Barrio San Jacinto de San Salvador. Toda mi infancia y principios de adolescencia los viví en la colonia América. Ahí conocí a personas de alta calidad, por ejemplo, a Salvador Moncada Seidner, quien desde la primaria fue mi compañero y hermano. Ahora es casado con la hija del Rey de Bélgica, aspirante al Premio Nobel de Investigación Científica. Es una persona que se destacó, no solo intelectualmente, sino de una forma casi increíble. Con él conviví hasta que lo expulsaron a patadas de este país por tener un pensamiento contrario al sistema.

 

¿Qué hombres comienzan a signar tu vida y tu pensamiento? Yo creo que todos tenemos personajes que comienzan a influenciarnos y que, de alguna manera, signan un camino en la vida.

Uno de ellos es la vivencia en el escultismo. Mi tío, el padre Juan García Artola, fue el capellán general del escultismo.

¿Fuiste Boy Scouts?

Efectivamente. Primero fui Lobato y después Boy Scouts. En ese entorno conocí a gente de la sociedad salvadoreña de apellidos que han constituido el ancestro social de este país. Yo provengo de una familia económicamente humilde, pero muy rica en espiritualidad. Tuve tres tíos sacerdotes católicos.

Venías de un hogar plenamente cristiano, católico, religioso. ¿Eso comienza a modelarte?

Indudablemente. Por ejemplo, mi kínder lo hice en el colegio La Divina Providencia, que es de monjas. Mi Primera Comunión fue hecha en el Barrio de Concepción. Aprendí las enseñanzas del catecismo, de hacer el bien, de cumplir los Diez Mandamientos, de tener una perspectiva de Dios como algo que no se debe de ofender… Ese marco eclesial marcó mi pensamiento ideológico a través del Socialcristianismo. En la etapa de secundaria, que la estudié en el Instituto Nacional Francisco Menéndez, encontré la antinomia a la religión, que era el ateísmo puro y el cientifismo. Profesores de la calidad de Humberto Perla Flores, de oriente, que cuestionaba todo el hacer del Vaticano, nos ayudó a entrar en una dialéctica más profunda de la religión y a enterarnos cuál era el pensamiento de la Iglesia en cuanto a la evolución del mundo. Leímos a Teilhard de Chardin, que lo habían escogido como un paleontólogo que podía explicar el origen del mundo, etcétera. Lógicamente ahí también había un semillero de rebeldía que lo manifestamos en el golpe de Estado, en 1960, contra José María Lemus. Nosotros salimos a las calles a revelarnos.

Creces y te metes a estudiar derecho. ¿Lo haces en la Universidad Nacional?

Claro. Era la única universidad que había.

En esa época lo normal era que un joven estudiante se metiera en política. ¿Llegaste a la universidad y te metiste en política?

No. Mi padre me aconsejó que no me metiera en política, sino que me dedicara a estudiar. Ese era el propósito. Tan es así que cuando el doctor Reynaldo Galindo Pohl me preguntó, en el primer año de derecho, si no iba a ir a la Asamblea General de Estudiantes donde se discutían temas políticos, yo le contesté que no. Le dije que mi padre me había dicho que los rebeldes de la juventud son los tiranos del futuro. Yo no sabía que le estaba hablando a un revolucionario que había dado un golpe de Estado que botó al general Castaneda Castro.

¿Qué te respondió?

Se quedó callado. Galindo Pohl es una de las figuras y maestros que más recuerdo con amor porque era un gran filósofo. Rechazó reiteradamente la candidatura a la presidencia de la República que le propusieron los señores oficiales. Era un candidato seguro a ganar.

¿Te metiste a la política?

En esa época vino aquí un señor de apellido Moscoso, quien traía el tema de la Alianza para el Progreso e hicieron una exposición de lo que iba a ser la Embajada Americana. Y yo, por curiosidad científica, asistí. A la salida de clases me fui a ver esa exposición. De pronto escuché unos gritos de alguien que estaba siendo golpeado. Me di cuenta que era un sindicalista. Lo estaban majando a golpes. Eran policías vestidos de civil, lo que antes llamábamos la Sección Judicial.  La víctima gritó: “¿qué no hay nadie del pueblo que me defienda?”

Yo me tiré, instintivamente, sobre estas personas que lo estaban agrediendo. En ese momento sentí valor para enfrentarme a ellos. De repente sentí en la sien algo sólido. Era una metralleta Madsen.  “Bueno, ¿y vos por qué te metés en esto si este es un comunista?”, me cuestionó uno de ellos. “Levántate y ándate que vos no tenés nada que ver en esto”, me dijo otro. Me fui caminando, sollozando de la impotencia, hasta mi casa. No pude hacer nada. Esa tarde me convencí que me tenía que meter a política.

¿Te marcó brutalmente ese hecho?

Sí, me marcó. Eso de que no me salgo de mis estudios se rompió ese día. Entonces, con el bachiller José María Méndez, Toño Guevara, que después vienen a consolidar la semilla revolucionaria, que secuestró a Ernesto Regalado Dueñas, fundamos el Movimiento Socialcristiano en la Universidad.

¿Qué papel jugabas ahí?

En ese entonces teníamos enquistado lo que ahora considero un error: pensar que los gobiernos militares eran gorilas e ignorantes. Hoy debo de reconocer, a estas alturas de la vida, que han sido los gobiernos más honestos que podríamos catalogar como aceptables… fueron los más correctos, los más disciplinados. Ahora está de moda la anticorrupción, y todos los gobiernos de América Latina, y no digamos de la ejemplar Europa, Italia particularmente, resulta que son un semillero de corrupción.

¿Cambiaste tu opinión respecto a los militares?

La he cambiado hasta ahora. En aquella época creía lo contrario.

¿Y la sostenés?

Claro. Pero en aquella época nosotros hicimos cosas inauditas para el enmarque ideológico que había. Por primera vez la Sociedad de Estudiantes de Derecho se manifestó contra la invasión de Rusia a Checoslovaquia. Eso nunca había sucedido.

¿Ustedes comenzaron a robarle banderas a la izquierda en la Universidad?

Es correcto. Ese fue el contrapunto. Había una tercera fuerza que fue el Movimiento de Izquierda Democrático, liderada por Ivo Príamo Alvarenga, el Negro Gómez, Albino Tinetti y otros. Pero la esencia que dividió los grupos fue el Socialcristianismo versus el Comunismo. Ellos presumían de ser marxistas-leninistas, aunque la mayoría no conocía a fondo El Capital, de Carlos Marx.  Pero eran corrientes emotivas en esencia. Al sentirse frustrado el Socialcristianismo, por el robo de las elecciones a José Napoleón Duarte, se radicalizó un grupo de gente que está mencionada en los periódicos del país. Entraron a la clandestinidad. Yo, afortunadamente, gracias a la mano amiga de Dios, que siempre he sentido cerca de mí, me fui becado a Alemania a estudiar integración económica y derecho laboral.

¿Ya cuando te habías graduado de derecho?

No, solo había egresado. Era estudiante del último año de derecho.

¿Te becó el gobierno de Alemania?

Fue la Fundación Konrad Adenauer.

Era la fundación de la Democracia Cristiana.

Sí, aunque yo siempre combatí que el movimiento estudiantil se vinculara con el partido político. Consideraba que tenían que ser dos cosas diferentes. Eso me creó anticuerpos políticos.

¿Y qué tal tú paso por Alemania?

Fue maravilloso. Solo estuve seis meses, pero me llevaron a conocer todas las ciudades de Alemania. Era un grupo de toda Latinoamérica. El viaje comenzó en Venezuela, donde estaba Rafael Caldera como presidente, un socialcristiano. Después hicimos el viaje a Bélgica, a Brujas, a la Universidad de Lovaina. También estuve en Berlín Oriental cuando todavía era comunista. Estamos hablando de 1969. Me encontré con un par de personajes salvadoreños que constituyeron parte de la troika salvadoreña, a quienes les dije que me alegraba no haberlos visto. ¡Jaja!

¿Quiénes estaban ahí?

Estaba Carlos Roberto Hidalgo, que era un dirigente sindical que estudiaba en la Universidad Patricio Lumumba. También estaba Felipe Zaldívar, otro sindicalista. La mayoría eran sindicalistas que iban a prepararse allá. El otro era Aguiñada Carranza, al que mataron, hermano del que después llegó a ser diputado. Fue una época interesante.

¿Políticamente has sido siempre volcado un poco hacia la socialdemocracia o evolucionaste?

Yo evolucioné por una razón. Un día, circunstancialmente, conocí a Miguel Regalado Dueñas, un joven intelectual de pensamiento radical marxista, amigo de Roque Dalton García.

¿Trabajaste para él?

Durante 25 años me integró la familia Regalado Dueñas. Fui consecuente a dos cosas: en primer lugar, a respetar los criterios de ellos, que nunca se manifestaban políticamente. Los criterios de ellos, en los que me siento privilegiado de haber contribuido, eran de carácter caritativo. Donaron, por ejemplo, el Hospital de Maternidad y el Hospital del Cáncer donde mataron a Monseñor Romero. Ambos fueron donados por don Tomás Regalado González y doña Martha Dueñas de Regalado. Trabajé con la Compañía Azucarera y Cementos de El Salvador. Era un abogado corporativo.

¿Te abre la puerta un Regalado de izquierda?

Es correcto.

¿Y eso no hacía ruido dentro de la familia?

El ruido más grande fue que Ernesto Regalado Dueñas me llegó a tener afecto y confianza, tanto que en 1970 me incorpora a la par suya para que vaya al Primer Congreso de Reforma Agraria que instituyeron. Yo le aconsejé que no fuera, porque yo conocía el ambiente a través de mi vivencia universitaria. Sabía de la intolerancia mental que había en contra de alguien que tuviera dinero en este país, no digamos contra un miembro de las llamadas 14 Familias. Pero no me hizo caso y efectivamente tuvo un zipizape adentro de la Asamblea. Yo estaba a la par de él. Yo le dije: "Don Ernesto, por eso le sugerí que no viniéramos a esto”. Y siento que eso lo perfiló para los que ya estaban constituyendo un movimiento revolucionario, derivado de las FAR de Guatemala. Tal es así que el 11 de febrero de 1971, cuando llego a la oficina de Miguel Regalado Dueñas, me encuentro con la noticia que habían secuestrado a don Ernesto Regalado. En ese instante me pregunté: ¿quién lo habrá secuestrado? Me fui a la facultad de Derecho de la Universidad a consultarle a uno de mis grandes amigos. Cuando mi amigo palideció al verme, porque ya en ese entonces tenía tres años de trabajar con Regalado, ya ni le pregunté. Le dije que le quería prestar un libro de integración económica. Yo me dije: estos son. Efectivamente, cuando a uno de ellos lo atraparon y confiesa, supe que había acertado con el esquema que yo pensé que había participado en el secuestro. Afortunadamente mi viaje a Alemania me desvinculó de todo esto, porque si no posiblemente yo hubiera sido parte de ese semillero donde surgió Joaquín Villalobos.

¿Habrías tomado el camino de una radicalización?

Sí, porque el país en ese momento no presentaba alternativas. La primera frustración ciudadana que tuve fue cuando llegué con mi cédula a votar y vi ya habían votado por mí.

Es interesante como llegas a trabajar como un abogado corporativo de la familia Regalado Dueñas, pero donde hay semillas de un pensamiento más evolucionado, no tan de derecha radical.

Era una antinomia. Recuérdate que Enrique Álvarez Córdova también es otro miembro de las familias privilegiadas económicamente de este país que era mal visto en los núcleos sociales. En un momento dado, cuando se tiene el rescate para pagar por Ernesto Regalado, sucede el evento de la colonia Málaga, donde matan al cabo Díaz, que ingenuamente va a capturar a los secuestradores. Eso dislocó toda la operación. Entran en pánico estos secuestradores inexpertos y matan a Ernesto Regalado. A mí me toca ir a recoger el cuerpo en la calle San Antonio Abad.

¿O sea que hubo un error de estrategia policial?

Se dieron un conjunto de incongruencias. Primero, era gente sin experiencia que nunca habían secuestrado a nadie. Eran estudiantes de buenas familias, todos amigos míos, todos conocidos por mí. Ahí comenzó lo que después se constituyó en la guerra civil de El Salvador.

Fuiste actor de primera línea en ese secuestro.

Hasta en el rescate.  Mira, yo he vivido durante 46 años el aniversario doloroso de la muerte de Ernesto Regalado Dueñas.

¿Cómo impacta eso a la familia Regalado?

Fue una prueba de nobleza. La voy a decir públicamente. Unos mercenarios le llegaron a ofertar a don Tomás Regalado la liquidación de gente que estaba refugiada en tu tierra natal, Costa Rica.

¿De los que participaron?

Claro. Todos estaban ubicados para ser liquidados por mercenarios internacionales. La familia tenía la capacidad de pagar a esos y a trecientos (mercenarios) más. Y yo escuché esto de Tomás Regalado, porque yo estaba en su despacho, porque era hombre de su confianza: “yo no voy a ensangrentar mis manos con sangre de criminales. Eso se lo dejo a Dios”. A mí me impactó. Porque yo, como ser humano, debo de reconocer que, si a mí me hubieran ofertado eso, yo lo hubiera aceptado.

Sí, porque había una dosis de rencor.

Claro. De rencor y de dolor. El impacto humano que eso causó en gente como Ernesto Regalado O'Sullivan, que ahora está preso paradójicamente… el trauma que le pudo haber causado a un niño dejarlo sin padre, por la violencia inexplicable, es tremendo. Ese dolor se multiplicó en gente, que también son amigos míos, por el asesinato de Roberto Poma y Mauricio Borgonovo. Son cadáveres que yo he ido a recoger en aquella época.

La historia te puso frente a hechos límites y luego, de alguna manera, tuviste que repetir ese amargo papel de ir a recoger cadáveres de secuestrados. O sea, la historia te puso al otro lado.

La historia me puso en el centro para que pudiera valorar uno y otro. No me radicalizó. Igual me duele que hayan matado a gente como Francisco Peccorini o Ignacio Ellacuría, quien entró a El Salvador gracias a Miguel Regalado Dueñas, porque el entonces ministro del Interior, Fidel Sánchez Hernández, no lo dejaba entrar porque tenían un currículo que lo vinculaban con elementos subversivos de ETA, en España. Yo me recuerdo que esa gestión la fui hacer yo personalmente. Fue allá por 1967 o 1968. A Ellacuría no lo dejaban entrar, pero te imaginas la palabra de un Regalado Dueñas solicitando eso.

Era un pasaporte.

Claro. Tan es así que, cuando muere Miguelito, su biblioteca se iba a donar a la Universidad José Matías Delgado, de la cual yo era el decano. El doctor Guillermo Trigueros hijo, al ir a ver el stock de libros, me dijo que mejor me los llevara para mi casa porque eran contrarios al pensamiento de la universidad. ¿Por qué? Porque eran libros del Fondo de Cultura Económica, de la Historia de la Filosofía. Libros que no podían entrar a este país si hubieran venido en el equipaje de otra persona.

Jaja. ¿Y todavía los tienes?

Sí, los tengo en mi casa ahora que ya se pueden tener. ¡Jaja!

Varias veces, como periodista costarricense, vine a cubrir la guerra de acá y no podías meter en tu equipaje ni libros ni revistas. Nada. Aunque fuera el puro evangelio te lo quitaban en el aeropuerto.

Te voy a contar algo más. Schafick Jorge Hándal, después de los Acuerdos de Paz, llegaba a almorzar a mi casa juntamente con Eudoro Umaña. Schafick fue el único en decir que mi caso, ese que me armaron, fue una cortina de humo. Eso me dijo Schafick, a quien, después de muerto, le hice un poema y se lo fui a dejar al mausoleo que le han hecho. Pero, como te imaginarás, yo tengo un perfil de hombre de derecha para la izquierda. Y para la derecha soy un hombre de izquierda. Aquí no estoy bien ni con Dios ni con el Diablo. El poema dice así: Ha muerto un hombre y ha nacido una bandera. Pero como sabía que lo podían botar los adversarios, no le puse Nelson García, sino N.G. Todos pensaron que quería decir Norma Guevara.

¡Jajaja!  Has estado parado en primera fila de la historia. Trabajaste 25 años para la familia Regalado Dueñas. ¿Cómo se movía esa relación entre un poder económico y un poder militar, o un poder económico con partidos políticos nacientes?

Yo te puedo decir, incluso, que la formación y vivencia que tuve particularmente con esa familia me hacen decir, después de tantos años de ya no trabajar para ellos, que sigo siendo leal al sentimiento de respeto y admiración que me merece cada uno de sus miembros. Esto te lo digo porque yo me desenvolví, no como un empleado de la familia, sino como una persona que le dieron una confianza de familiaridad. Al punto que, cuando un cierto personaje, todavía destacado, le dijo a don Tomás Regalado que para qué andaba buscando al jefe de los secuestradores de Ernesto Regalado, si en su familia tenía a Nelson García, que era amigo de Jorge Cáceres Prendes, de Ricardo Sol Arriaza, de Alejandro Rivas Mira, le dijo una mala palabra.  Don Tomás me dijo: “fijate que fulano de tal me dijo que vos estabas involucrado y lo mandé a comer lo que enterró Platero”. Entonces, ¿cómo crees que no le voy a rendir homenaje a ese concepto de solidaridad y confianza que se me tuvo? Después muere un miembro de la familia, don Salvador Mathies, en circunstancias  bastantes misteriosas. Decían que alguien se había metido a su casa, a esa famosa casa que está a la entrada de San Benito. Decidieron traer a unos expertos en poligrafía. Aprovechando que vinieron estos señores de poligrafía, que se la pasaron a todo el personal de las diferentes empresas de la familia, fui sometido a la prueba del polígrafo concretamente por el caso del secuestro y muerte de Ernesto Regalado Dueñas. Esos expertos terminaron pidiéndome que me tomara una fotografía con ellos y dándome un abrazo. ¿Qué te quiero decir con eso?  Que esa vivencia familiar llegó al punto que se creara una leyenda: decían que yo iba a ser el sustituto como un integrante más de la familia Regalado Dueñas. Eso nunca se me cruzó por la mente… La verdad no les gusta a muchos. Por ejemplo, yo te puedo decir que Ernesto Regalado Dueñas no fue torturado. Eso no les gusta a muchos. ¿Y eso cómo me consta? Bueno, porque yo estuve en la sala de autopsias. Eso (lo de la tortura) lo dijeron para crear el morbo y la ira.

¿Hubo gente que dudó de ti sobre tu posible participación en ese secuestro?

No. Eso es lo peor. Quien me conoce sabe que yo no tengo dos caras. Yo no iba a ser capaz de morder la mano del que me estaba bendiciendo, de una persona que me había entregado toda su confianza. Eso sí te puedo decir: soy un imán de la envidia.  

Voy a pegar un gran salto. Hay un capítulo en tu vida que pienso que es importante. Después de trabajar con los Regalado Dueñas te vas a trabajar con Jorge Emilio Zedán. Pero llega un momento, allá por los noventa, que te perfilas a ser magistrado de la Corte Suprema de Justicia. Algunos hablaban que hasta podías llegar a ser presidente de la Corte, pero ocurre un sablazo que te aparta del camino y conmociona la opinión pública de este país. ¿Qué pasó?

Creo que, en esa etapa, quien tenía las credenciales para ingresar a un cargo de esa naturaleza era tu servidor. Yo era lo suficientemente joven y pensaba que estaba constituyendo un futuro para mí y mi familia. En un inicio no me interesaba ser magistrado.

¿Cuándo comienza a interesarte?

Fue por una razón: la justicia en este país ha sido un chicle que se estira y que se encoje según convenga o no convenga.

¿Querías ser magistrado y se fragua algo contra ti?

Sí. Yo tenía tres antecedentes de haber quedado en los primeros lugares de la clasificación electoral del gremio, pero, lógicamente, por toda mi trayectoria, que puedes ir a ver a la hemeroteca, de crítica a la corrupción, en la Asamblea Legislativa no me tomaban en cuenta. Yo ingenuamente creía que iban a evaluar mi currículo. No. Ahí han escogido a personas mediocres, y debo de decirlo así, solo porque eran miembros del partido. Aquí la justicia ha tenido un virus constante que ha sido la influencia política.  En esos días me hacen una entrevista en La Prensa Gráfica en la que declaro que si llego a ser presidente de la Corte Suprema iba a suprimir los carros de los magistrados. ¿Por qué? porque suficiente dinero ganan para financiarse su carro. Eso no gustó. Han de haber pensado: si llega este ya no vamos a poder hacer estas movidas que estamos haciendo. Entonces, Francisco Flores le dijo a Mauricio Sandoval que me acabara. Ellos están involucrados. Lo puedo jurar por la Biblia. Recientemente llegó Rodrigo Ávila y me dijo: “doctor, lo que hicieron con usted fue una infamia”. Me lo dijo en la Asamblea Legislativa.  Él tiene las suficientes fuentes de información. La infraestructura de los que operaron mi caso es gente que trabajó para él.

¿Qué fue lo que pasó?

Fue una vivencia apegada a mi fe cristiana, porque a mí me tienden una celada que solo Dios la pudo haber evitado en el contexto que se iba a realizar. Mandaron a unas cipotas a mi oficina y me pidieron prestada mi computadora. Se las presté y salí de mi oficina. Cuando regreso veo que están viendo unas páginas pornográficas. “Entonces ustedes no han venido a hacer un trabajo”, les dije. Decidí sacarlas abruptamente. Eso fue lo que me liberó, porque el plan era encontrarme en flagrancia con unas jóvenes adentro de mi oficina.

¿Te hacen un montaje?

No. Ellos preparan una celada, una emboscada, que era encontrarme con menores de edad en mi oficina. Ese hecho circunstancial, de sacarlas de mi oficina e irlas a dejar donde vivían, me libera de ese hecho que hubiera sido más comprometedor. Entonces, en el camino me siento como apenado por haberlas humillado y les ofrezco comprarles una pizza para que se la lleven a su casa. Cuando me traen el vuelto de la pizza, les digo que se queden con el vuelto. Les dije que iba a ir al Casino Colonial a recuperar el dinero que les había dado. Yo no había planeado ir al Casino Colonial. Ahí se me ocurrió y me fui para el casino. Nadie sabía, excepto ellas, hacia donde iba. Dos horas después llegan a preguntar que de quién era una camioneta Ford Runner que estaba parqueada. “Mire, me dice un policía, en su casa ha pasado algo grave”.  “¿Qué ha pasado?”, le pregunté. No me contestó nada. Cuando llegué a mi casa ya estaban los medios de comunicación esperándome. Me dicen que tenían una orden de allanamiento. ¿Qué fue lo que hicieron? Llegaron, y, cuando vieron que no había nadie, se fueron a contactar a las cipotas. Ellas le dijeron que yo me había ido al casino.

¿Por qué crees que te hicieron eso?

Yo le gané al presidente Cristiani un caso de su cuñada Conchita Ayala. Por cierto, que mi compañero de fórmula fue el doctor Belarmino Jaime, quien después se convirtió en abogado del señor Cristiani. Además, yo tenía otros anticuerpos. Yo hice jurídicamente el Canal 6 de televisión, que era competencia de los canales 2 y 4. ¿Qué sucedió? Tuvieron que tranzar. Pero, además, yo transmití el Mundial de 1986 sin pedir permiso de quien maneja el tema de la información deportiva. Bajé la señal y lo transmití en el INDES. Eso fue una roncha. Me convocaron a Casa Presidencial para decirme que el señor representante de los derechos de transmisión me pedía que no transmitiera. Yo le dije que no, porque según los romanos la res nullius pertenece a quien lo agarre. Y todo lo que está en el aire, no es de nadie. La señal es de quien la decodifique o la agarre. En fin, para no hacer largo el cuento, trasmití el mundial de fútbol sin derechos. Esa herejía nunca se había hecho en el país. La hizo Nelson García. Después cometí otro pecado que fue trabajar con la contraparte: con Jorge Emilio Zedán, a quien habían tratado de aniquilar no pautando nada en su canal.

Pienso que, de alguna manera, te volviste adversario político porque también eras amigo de Schafick y posiblemente el FMLN estaba negociando en la Asamblea tu candidatura.

Como no. Fíjate que la paradoja es que yo te puedo enseñar fotos con la gente de más de derecha de este país. Entre ellos, gente de medios de comunicación, porque yo fui abogado de don José Dutriz durante 15 años. Tuvimos una relación de amistad muy profunda. Yo le hice su testamento. Lo visitaba todas las noches después de haber sido operado de su problema cerebral. Lo quise como un hermano mayor. Como paradoja de eso, fue uno de los medios que se dedicó, día a día, a la denostación de mi persona, sabiendo que yo tengo un secreto profesional que no me he atrevido a romper por convicción, pero que podría dañar el tuétano del presidente de esa empresa. Yo creo que la venganza le pertenece a Dios. “Mía es la venganza”, dice la Biblia. He visto, uno a uno, la destrucción de los que intervinieron en este manoseo de la verdad de la justicia. Yo nunca fui procesado por violación. Sin embargo, La Prensa Gráfica sacaba que yo estaba siendo procesado por violación.

¿Cómo arman el caso?

Pasó lo siguiente: yo también fui apoderado de todos los que distribuían películas y terminé poniendo negocio de eso. También tenía muchos videos de entrevistas de la esencia histórica de este país. Esos se los llevaron. Pero lo curioso fue que los agarraron como si fueran periódicos al azar y los tiraron amontonados, cuando hay una cadena de custodia que te manda a embalar las cosas. Pero hicieron eso para que cuando llegaran a la sede policial pudieran sacar el que después comenzaron a publicar, que era una composición que había hecho un señor que se dedica a eso: te ponen y apareces platicando con el Rey Juan Carlos.

¿Un montaje?

Un claro montaje. Pero eso ya lo tenían listo para repartirlo en los medios de comunicación y reproducirlos día a día. La mía fue la campaña mediática más grande que ha habido en este país para destruir a alguien.

¿Te afectó mucho? Porque me da la impresión que ibas camino a un puesto elevado y de un momento a otro te derrumban.

No solo eso. Después de que gano el proceso me encontré a un juez y me dijo que tenían instrucciones de condenarme, pero que se habían revelado. ¿Cómo quedó Nelson García? Yo quedé fortalecido y decidí dedicarme al derecho penal, cosa que antes me importaba un bledo.

¿Fue ARENA quien truncó tus intenciones?

Sí, fue ARENA y otra gente… había un revanchismo para acabarme.

Te llamaron porno abogado.

Aquí no hay ética periodística. ¿Cómo es que a este señor que están juzgando ahora le dicen Chepe Diablo? ¿Eso es lo correcto? En mi caso trataron de lincharme mediáticamente. Yo no tuve derecho a respuestas.

¿Te quedó una dosis de rencor?, ¿te costó levantarte de nuevo?

No, fíjate que no. Primero estuve a la espera de mi caso durante ocho meses en circunstancias infrahumanas. Yo parecía la imagen del Quijote de la Mancha en lo flaco. ¿Qué me fortaleció? La lectura de la Biblia. Yo me decía: Dios mío, ilumíname. ¿Qué es lo que me quieres decir? Y al abrir la Biblia aparece el Salmo 69. ¿Qué dice el Salmo 69? “Tengo más enemigos que pelos en la cabeza. Me acusan de los hechos los que los cometen”. Esa última frase me dio la respuesta. ¿Quiénes me estaban acusando? Gente peor que yo.

¿Con el paso del tiempo te has topado algunos de los responsables?  

Como no. Jean Philippe Rondeau tiene la costumbre de invitar a gente destacada de este país a unos almuerzos. Un día me invitó a mí. Mi sorpresa fue que me encontré al señor Sandoval. ¿Qué sentí yo por él? Nada ¿Sentí rencor? No. Solo me di cuenta que era uno de los hombres que había participado en mi caso. ¿Y qué hice? Me fotografié a la par de él abrazándolo.

¿No le dijiste nada?

A Rondeau le dije que había invitado a una de las personas que trató de perjudicarme. “Perdoná”, me dijo. “No hay problema”, le contesté. Tú no podés pedir perdón si no eres capaz de perdonar. Eso se aprende solo en esa fragua de la realidad. Cuando estaba en la playa Monzón le pasé dando filo a un corvo, porque yo estaba pensando en volarle la cabeza a los que ya Dios se encargó de convertir en cenizas. Yo sabía que iba a morir en mi acción, pero iba a llegar hasta donde pudiera. Y ya tenía la lista de los que les iba a volar la cabeza con ese corvo.

¿Dónde ocurre esto?

Esto ocurre mientras estoy soportando 45 grados de calor, en una covacha, donde, teniendo dinero a la mano, no podía mandar a comprar cosas. Cuando llega la Policía a hacer los cateos me ofrecí a irme con ellos y el señor Norris me dice: “no, doctor, eso no es necesario”. El plan de ellos era acabar mi candidatura.

¿Había rencor?, ¿ibas a desafiarlos?

No. Desafiarlos no. Yo iba a subir a la Corte Suprema de Justicia e iba a volar un par de cabezas. Iba ir a Casa Presidencial armado de alguna metralleta y me iba acabar a un presidente. Y a un vicepresidente, a Carlitos Quintanilla Schmidt, lo iba a abofetear.

¿Qué te atempera al final?

La Biblia. La palabra de Dios.

Se escuchó en la 102nueve