El Salvador, domingo 17 de diciembre de 2017

Lafitte Fernández || octubre 10, 2017

Hace muchos años le mandé un recado a Armando Calderón Sol

Lo hice  con un amigo suyo. Le  pedí que le diera mi agradecimiento porque nunca me echó de El Salvador

 Mi mensaje fue honesto, auténtico: Armando Calderón me toleró como periodista. Ataqué a muchos de sus colaboradores desde el periodismo.No me tocó.  También aguantó  el periodismo duro y crítico contra su gobierno...

El periodismo casi nunca estuvo de luto durante  la administración de Calderón Sol. No sé cuántas veces desafié su gobierno. Perdí la cuenta. Pero Calderón nunca agredió periodistas, a excepción de una ocasión en que fue pésimamente  aconsejado por uno de sus ministros.

Con la ayuda de grandes profesionales, publiqué, en su época, que su ministro de salud mataba niños porque suspendió las cesáreas y ordenó sacarlos a puro fórcep , que sus amigos  tenían un escandaloso negocio con granos básicos y hasta advertí que en los caminos  que construía su gobierno se daban comisiones, entre muchas otras líos.

Era extranjero. Llegué a El Salvador cuando el gobierno de Calderón Sol comenzaba. Conducía editorialmente un periódico influyente y no me cansé nunca de meterlo en problemas. No lo hice  porque detestara a Armando Calderón sino porque a algunos de sus allegados les gustaba saltarse las buenas costumbres.

Eso sí: nunca lo irrespeté a Armando Calderón. Tampoco él me irrespetó aunque sabía que parte de sus agentes de inteligencia me seguían hasta los tobillos. Pero eso no me daba dolor de cabeza. Unas fotografías que circularon en la Asamblea Legislativa fue la mejor prueba que los espías fuera de orden no hicieron bien su trabajo.

Armando Calderón fue rotundamente  tolerante con el periodismo libre. Por eso le mandé ese mensaje cuando dejó la presidencia de El Salvador.

El único pecado que cometió el ex gobernante fue la ocasión en que, terriblemente mal aconsejado por un colaborador cercano, llamó a dueños y directores de medios de comunicación a su despacho en la Casa Presidencial.

Ese día sí hostigó el periodismo. Tanto que en cualquier democracia hubiesen echado a puntapiés al ministro que le aconsejó que hiciera  ese encuentro que estaba en silencio.

Calderón Sol dijo esa tarde en la vieja casa de San Jacinto a quienes llegamos a su despacho, que los problemas de imagen de su gobierno  se producían  porque las redacciones de los periódicos, radios y televisoras estaban llenas de periodistas “comunistas”.

Cuando escuché esa versión pendenciera y falsa me tronaron las quijadas. Primero fruncí el ceño. Luego se me subió  la sangre a la cabeza. No me paré de mi silla por respeto. Pero miré a su ministro con ojos casi puntiagudos.

Armando Calderón siempre fue, ni más ni menos, que lo que quiso ser. Pero ese día sí se equivocó. Una mente perversa y politizada lo hizo comportarse como un mal demócrata.  Las afirmaciones del gobernante eran siniestras, de mal gusto, de literal atropello al periodismo salvadoreño. Era un mal ejercicio del poder..

Esta vez prefiero no mencionar nombres. Cada quien sabrá lo que dijo ese día.  Pero en esa escandalosa reunión de dueños y directores de medios de comunicación escuché a una logia de personajes  meter al periodismo en un sótano. Lo colocaron en la horca para pasarle una segueta por el cuello. Sobraron verdugos en el despacho presidencial.

“Presidente, respondieron uno a uno, díganos quiénes son los comunistas  y los despedimos al segundo, al instante”. “Presidente…esto es gravísimo…usted nos dice qué hacemos”

Honestamente no podía creer lo que se decía ahí. Mucho menos podía dar pábilo a lo que escuchaba. ¡Nunca había oído un ataque de tal calibre contra el periodismo! . Me costaba pensar que el hombre de diálogo sereno y constructivo con sus enemigos políticos pudiera construir una carnicería  de periodistas salvadoreños por razones ideológicas.

Sé que Calderón Sol no dijo eso por mí. Nunca he sido comunista. Pero tal vez si lo dijo, equivocadamente, por algunos de mis periodistas o colaboradores porque le agriaban su mandato a punta de buenas historias periodísticas.

Por eso es que aquello me sonó como si hubiese estallado una candela de dinamita en mis oídos. Pero, luego me tranquilicé cuando el dueño del medio de comunicación que me acompañaba se paró y le dijo a Calderón Sol en la cara:

“Armando , tu problema no son los periodistas. Tus problemas se dan porque estás rodeados de corruptos que no te respetan ni a ti. Yo creo en ti. No en alguna de la tu gente”.

Lo que dijo el empresario en la cara del gobernante fue duro, durísimo. El rostro de Armando Calderón se enrojeció. En segundos éramos dos hombres con la sangre en la cara en medio de un ir y venir de acusaciones y contraacusaciones.

Armando Calderón se enfureció. Volteó su mirada sin dejar que se marchitara y le respondió a mi patrón: “Dime nombres y no los verás más en mi gobierno”.

La respuesta fue simple: “ Pues lee mi diario y te irás enterando”.

En esos días madurábamos una historia periodística de fuerte calibre. El dueño del diario sabía lo que hacíamos. Por eso desafió, de alguna manera, al presidente Calderón.

Después de eso, el propietario  del diario me pidió que nos marcháramos del despacho presidencial. Ambos nos fuimos de ahí molestos. Yo no pronuncié una sola palabra. A un extranjero que irrespete un gobernante le sobran razones para pensar que lo expulsarían.

Eso sí; debo confesar que ese día salí orgulloso del comportamiento de mi “Publisher”. Fue el único que defendió a los periodistas salvadoreños. El resto ofreció cabezas en plato de diamantes. Esa es la verdad.

Cuando regresé  al diario, me llamó, telefónicamente, el ministro que le propuso aquella locura a Armando Calderón Sol. Lo primero que me dijo fue:”ví tu rostro. Creo que no te gustó la crítica. Pero sigo creyendo que ese es el problema de imagen de este gobierno”.

Mi respuesta fue directa: “ en mi país el periodismo hubiera pedido tu renuncia en coro. Este ataque jamás debió producirse. Es infame, fuera de época. Ustedes dicen llamarse rescatistas de una democracia y esto fue un grosero atropello. Al periodista dile que no escribe la verdad. Pero pruébalo. Esto no es un problema de imagen. Es un crimen de funcionarios. Metiste al presidente en un gigantesco error”, le dije.

Hasta ahí llegó la conversación con ese personaje que después regresó a los medios de comunicación como si nada hubiese pasado. Eso fue lo peor; quien propuso el degolladero público decía ser periodista.

En todo caso, tal vez se podría decir que a Armando Calderón  Sol le faltó carácter para detener al  cicatero pero, después de eso, nunca más hizo reuniones de ese tipo.

Armando Calderón fue un hombre ingenioso, chispeante, agradable que nunca creyó que a golpe de suerte se construía una voluntad nacional. Fue hombre de diálogo. No de armonía orquestada. Sus diálogos con Shafick Handal, a quien siempre respetó, siempre fueron célebres, épicos.

Tal vez entendió que los hombres somos lo que somos y no lo que se tiene.

Por eso es que creo que ARENA cometió un error cuando no dejó a Armando Calderón conducir de nuevo ese partido político. Estoy convencido que si Armando Calderón hubiese reconducido ARENA, la polarización no fuese del tamaño que tiene hoy. 

Para empezar hubiese guardado el garrote y se hubiese sentado a hablar con el FMLN como el mejor de los salvadoreños.

Varias veces hablé con Armando Calderón Sol. Por eso no es difícil definirlo: era un hombre que creía que la tolerancia debía ser natural, necesaria y de sobrevivencia. Aprendió eso durante la guerra.

Sospecho que el ex mandatario tenía su propia definición de la tolerancia; consiste en soportar lo que no es como nosotros. Creer lo contrario es mandar a todos los salvadoreños, a punta de respuestas instintivas y primitivas, al choque, a los desacuerdos, como se produce ahora.

El gran secreto de Armando Calderón es que él no creía que la tolerancia y el diálogo con el diferente fuese un signo de debilidad de carácter. A él no le gustaba la política de aniquilar al adversario. Creo que sabía que cuando la política se apoya en los antagonismos es porque se quiere aniquilar al adversario. En eso no creía Armando Calderón.

Por eso hablaba con todos. Le abría su despacho a cualquiera. No creía en las hostilidades. Alguna vez me lo topé y siempre hablaba  de lo mismo: de las posibilidades de hablar para limitar las guerras políticas.

Armando Calderón murió. Así lo anunció el mismo periodismo que respetó hasta sus últimos días, con excepción de esa animalada que le construyeron cuando le dijeron que la gente no lo quería porque existían muchos periodistas “comunistas”.  Al final entendió que la realidad es mejor que cualquier político.

Hace muchos años le mandé un recado a Armando Calderón Sol

Por: Lafitte Fernández
octubre 10, 2017

Lo hice  con un amigo suyo. Le  pedí que le diera mi agradecimiento porque nunca me echó de El Salvador

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Lo hice  con un amigo suyo. Le  pedí que le diera mi agradecimiento porque nunca me echó de El Salvador

 Mi mensaje fue honesto, auténtico: Armando Calderón me toleró como periodista. Ataqué a muchos de sus colaboradores desde el periodismo.No me tocó.  También aguantó  el periodismo duro y crítico contra su gobierno...

El periodismo casi nunca estuvo de luto durante  la administración de Calderón Sol. No sé cuántas veces desafié su gobierno. Perdí la cuenta. Pero Calderón nunca agredió periodistas, a excepción de una ocasión en que fue pésimamente  aconsejado por uno de sus ministros.

Con la ayuda de grandes profesionales, publiqué, en su época, que su ministro de salud mataba niños porque suspendió las cesáreas y ordenó sacarlos a puro fórcep , que sus amigos  tenían un escandaloso negocio con granos básicos y hasta advertí que en los caminos  que construía su gobierno se daban comisiones, entre muchas otras líos.

Era extranjero. Llegué a El Salvador cuando el gobierno de Calderón Sol comenzaba. Conducía editorialmente un periódico influyente y no me cansé nunca de meterlo en problemas. No lo hice  porque detestara a Armando Calderón sino porque a algunos de sus allegados les gustaba saltarse las buenas costumbres.

Eso sí: nunca lo irrespeté a Armando Calderón. Tampoco él me irrespetó aunque sabía que parte de sus agentes de inteligencia me seguían hasta los tobillos. Pero eso no me daba dolor de cabeza. Unas fotografías que circularon en la Asamblea Legislativa fue la mejor prueba que los espías fuera de orden no hicieron bien su trabajo.

Armando Calderón fue rotundamente  tolerante con el periodismo libre. Por eso le mandé ese mensaje cuando dejó la presidencia de El Salvador.

El único pecado que cometió el ex gobernante fue la ocasión en que, terriblemente mal aconsejado por un colaborador cercano, llamó a dueños y directores de medios de comunicación a su despacho en la Casa Presidencial.

Ese día sí hostigó el periodismo. Tanto que en cualquier democracia hubiesen echado a puntapiés al ministro que le aconsejó que hiciera  ese encuentro que estaba en silencio.

Calderón Sol dijo esa tarde en la vieja casa de San Jacinto a quienes llegamos a su despacho, que los problemas de imagen de su gobierno  se producían  porque las redacciones de los periódicos, radios y televisoras estaban llenas de periodistas “comunistas”.

Cuando escuché esa versión pendenciera y falsa me tronaron las quijadas. Primero fruncí el ceño. Luego se me subió  la sangre a la cabeza. No me paré de mi silla por respeto. Pero miré a su ministro con ojos casi puntiagudos.

Armando Calderón siempre fue, ni más ni menos, que lo que quiso ser. Pero ese día sí se equivocó. Una mente perversa y politizada lo hizo comportarse como un mal demócrata.  Las afirmaciones del gobernante eran siniestras, de mal gusto, de literal atropello al periodismo salvadoreño. Era un mal ejercicio del poder..

Esta vez prefiero no mencionar nombres. Cada quien sabrá lo que dijo ese día.  Pero en esa escandalosa reunión de dueños y directores de medios de comunicación escuché a una logia de personajes  meter al periodismo en un sótano. Lo colocaron en la horca para pasarle una segueta por el cuello. Sobraron verdugos en el despacho presidencial.

“Presidente, respondieron uno a uno, díganos quiénes son los comunistas  y los despedimos al segundo, al instante”. “Presidente…esto es gravísimo…usted nos dice qué hacemos”

Honestamente no podía creer lo que se decía ahí. Mucho menos podía dar pábilo a lo que escuchaba. ¡Nunca había oído un ataque de tal calibre contra el periodismo! . Me costaba pensar que el hombre de diálogo sereno y constructivo con sus enemigos políticos pudiera construir una carnicería  de periodistas salvadoreños por razones ideológicas.

Sé que Calderón Sol no dijo eso por mí. Nunca he sido comunista. Pero tal vez si lo dijo, equivocadamente, por algunos de mis periodistas o colaboradores porque le agriaban su mandato a punta de buenas historias periodísticas.

Por eso es que aquello me sonó como si hubiese estallado una candela de dinamita en mis oídos. Pero, luego me tranquilicé cuando el dueño del medio de comunicación que me acompañaba se paró y le dijo a Calderón Sol en la cara:

“Armando , tu problema no son los periodistas. Tus problemas se dan porque estás rodeados de corruptos que no te respetan ni a ti. Yo creo en ti. No en alguna de la tu gente”.

Lo que dijo el empresario en la cara del gobernante fue duro, durísimo. El rostro de Armando Calderón se enrojeció. En segundos éramos dos hombres con la sangre en la cara en medio de un ir y venir de acusaciones y contraacusaciones.

Armando Calderón se enfureció. Volteó su mirada sin dejar que se marchitara y le respondió a mi patrón: “Dime nombres y no los verás más en mi gobierno”.

La respuesta fue simple: “ Pues lee mi diario y te irás enterando”.

En esos días madurábamos una historia periodística de fuerte calibre. El dueño del diario sabía lo que hacíamos. Por eso desafió, de alguna manera, al presidente Calderón.

Después de eso, el propietario  del diario me pidió que nos marcháramos del despacho presidencial. Ambos nos fuimos de ahí molestos. Yo no pronuncié una sola palabra. A un extranjero que irrespete un gobernante le sobran razones para pensar que lo expulsarían.

Eso sí; debo confesar que ese día salí orgulloso del comportamiento de mi “Publisher”. Fue el único que defendió a los periodistas salvadoreños. El resto ofreció cabezas en plato de diamantes. Esa es la verdad.

Cuando regresé  al diario, me llamó, telefónicamente, el ministro que le propuso aquella locura a Armando Calderón Sol. Lo primero que me dijo fue:”ví tu rostro. Creo que no te gustó la crítica. Pero sigo creyendo que ese es el problema de imagen de este gobierno”.

Mi respuesta fue directa: “ en mi país el periodismo hubiera pedido tu renuncia en coro. Este ataque jamás debió producirse. Es infame, fuera de época. Ustedes dicen llamarse rescatistas de una democracia y esto fue un grosero atropello. Al periodista dile que no escribe la verdad. Pero pruébalo. Esto no es un problema de imagen. Es un crimen de funcionarios. Metiste al presidente en un gigantesco error”, le dije.

Hasta ahí llegó la conversación con ese personaje que después regresó a los medios de comunicación como si nada hubiese pasado. Eso fue lo peor; quien propuso el degolladero público decía ser periodista.

En todo caso, tal vez se podría decir que a Armando Calderón  Sol le faltó carácter para detener al  cicatero pero, después de eso, nunca más hizo reuniones de ese tipo.

Armando Calderón fue un hombre ingenioso, chispeante, agradable que nunca creyó que a golpe de suerte se construía una voluntad nacional. Fue hombre de diálogo. No de armonía orquestada. Sus diálogos con Shafick Handal, a quien siempre respetó, siempre fueron célebres, épicos.

Tal vez entendió que los hombres somos lo que somos y no lo que se tiene.

Por eso es que creo que ARENA cometió un error cuando no dejó a Armando Calderón conducir de nuevo ese partido político. Estoy convencido que si Armando Calderón hubiese reconducido ARENA, la polarización no fuese del tamaño que tiene hoy. 

Para empezar hubiese guardado el garrote y se hubiese sentado a hablar con el FMLN como el mejor de los salvadoreños.

Varias veces hablé con Armando Calderón Sol. Por eso no es difícil definirlo: era un hombre que creía que la tolerancia debía ser natural, necesaria y de sobrevivencia. Aprendió eso durante la guerra.

Sospecho que el ex mandatario tenía su propia definición de la tolerancia; consiste en soportar lo que no es como nosotros. Creer lo contrario es mandar a todos los salvadoreños, a punta de respuestas instintivas y primitivas, al choque, a los desacuerdos, como se produce ahora.

El gran secreto de Armando Calderón es que él no creía que la tolerancia y el diálogo con el diferente fuese un signo de debilidad de carácter. A él no le gustaba la política de aniquilar al adversario. Creo que sabía que cuando la política se apoya en los antagonismos es porque se quiere aniquilar al adversario. En eso no creía Armando Calderón.

Por eso hablaba con todos. Le abría su despacho a cualquiera. No creía en las hostilidades. Alguna vez me lo topé y siempre hablaba  de lo mismo: de las posibilidades de hablar para limitar las guerras políticas.

Armando Calderón murió. Así lo anunció el mismo periodismo que respetó hasta sus últimos días, con excepción de esa animalada que le construyeron cuando le dijeron que la gente no lo quería porque existían muchos periodistas “comunistas”.  Al final entendió que la realidad es mejor que cualquier político.

Se escuchó en la 102nueve