El Salvador, miércoles 22 de noviembre de 2017

Guerrillera a los ocho años

Por: Lafitte Fernández
marzo 17, 2017

Jackeline Rivera decidió su destino a los ocho años. Eso no es fácil. Era una niña. Le tocó pararse del lado de la vida a jugar con la muerte.

Fotos: cortesía.

Jackeline Rivera es una mujer que usa un lenguaje bien estructurado. Cada vez que habla, le brillan los ojos. A lo lejos se mira que es apasionada. No creo que abandone una lucha fácilmente. ¡Cómo hacerlo si aprendió a pelear en las montañas a los ocho años!

La historia personal de Jackeline Rivera sacude e impresiona a cualquiera. Su padre era un líder guerrillero en el municipio de Cinquera. Su familia siempre estuvo completamente involucrada con la izquierda. Por eso no podemos sorprendernos cuando miramos una fotografía de Jackeline sosteniendo un fusil más grande que ella.

Jackeline decidió su destino a los ocho años. Eso no es fácil. Era una niña. Le tocó pararse del lado de la vida a jugar con la muerte. Hizo de la guerra una forma de vida hasta que un día alguien le dijo que el conflicto había terminado. Entonces, dice, le dieron ganas de llorar.

No conocía a Jackeline Rivera, la diputada del FMLN. Había escuchado mucho de ella con amigos comunes. Pero nunca había platicado con ella. Honestamente me sorprendió. Es lúcida, inteligente, bien informada, luchadora y con mucho carácter.

Yo no sé si una niña debe estar en una guerra a los ocho años. Pero, no tendría duda si Jackeline confiesa que ese fue uno de los mejores procesos formadores que ha tenido en su vida.

Conforme creció se especializó en el uso de la radio en medio de un frente guerrillero. A los 16 años ya era una experta en comunicaciones escondida en alguna montaña del país.

Jackeline no está en la Asamblea Legislativa porque se le premia el hecho de haber sido una heroína desde los ocho años. Si se borraran los primeros años de su vida, su talento habría sido el mismo. Estaría intacto. También su enorme juicio crítico. Esto es lo que una noche conversé con ella.

¿Quién es Jackeline Rivera?

Yo me defino como una mujer revolucionaria. Creo que las sociedades se transforman y deben estar en permanente transformación, que las sociedades deben de buscar cada día, cada minuto, cada segundo de su vida, la felicidad. Deben de luchar por lo que creen. Yo me defino como una persona en permanente revolución, es decir, construyendo el camino personal sin dejar de lado el camino colectivo. Vivo orgullosa de mi país, quiero a El Salvador, amo a este país y precisamente de ahí nace este espíritu de lucha. Yo creo que toda sociedad, si se lo propone, puede alcanzar sus metas. Primero hay que combatir al principal obstáculo que es la mente, es decir, tu propia persona.

Tu mente puede derrotarte o llevarte al éxito.

Así es. Yo siempre he creído que las personas que logran sus propósitos son las que primero derrotan sus propios obstáculos, sus propios tabúes, sus propias limitaciones.

Al fin y al cabo uno se vence a sí mismo.  

Y una vez que se vence a uno mismo puedes alcanzar las metas; o al menos puedes demostrarle al mundo que es posible vivir de otra forma, que es posible ser feliz y tener justicia social, vivir en paz y en armonía. La primera batalla a derrotar es a ti mismo.

Cuéntame un poco de tu vida. Por ejemplo, que comenzaste en la guerrilla muy joven. ¿Cómo fue esa iniciación y qué te llevó a eso?

Esta sería la tercera ocasión en que hablo de mi vida. Me cuesta mucho hablar de mí porque he crecido conversando sobre otros. Pero esta es la tercera ocasión que, estoy segura, me va ayudar a reconstruir mi propia historia. De repente hay facetas de la vida que se van olvidando, pero no es correcto que se olviden porque uno debe de transmitir sus experiencias para las nuevas generaciones.

Así es.

Yo me inicié en un cantoncito que se llama San Nicolás, del municipio de Cinquera. Yo le llamo la República de Cinquera. Este es el municipio más pequeño del departamento de Cabañas. Es un municipio con una población que no pasa de los 1,500 habitantes. Nací en ese municipio. Mis padres son de origen campesino, apenas con segundo grado de escolaridad. Mi padre era un albañil y mi madre una ama de casa. Tengo tres hermanos. Soy la segunda hija. Somos tres mujeres y un hombre que es el último de todos. El cantón donde nacimos fue una de las zonas donde comenzó lo de la organización de los años setenta. Ahí se estructuró una fuerza guerrillera. En ese lugar nos encontró la guerra. Mi padre fue uno de los primeros organizadores de esa zona y formó parte de una de las cinco organizaciones del FMLN, de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL).  Es así como yo me inserto. A mí la guerra me encuentra de ocho años de edad.

¿Cuáles son tus primeros recuerdos?

Algunos recuerdos son muy duros que seguramente no los voy a expresar ahora porque son recuerdos difíciles. Pero mis primeros recuerdos son la represión. Yo no puedo decir que a los ocho años tenía conciencia o discernimiento para entender por qué llegaban los guardias al cantón y quemaban las casas. No entendía por qué mi padre tenía que ir a dormir al monte, o por qué después todos teníamos que ir a dormir al monte. A los ocho años yo no podría dar fe a qué se debía ese fenómeno.

¿Y eso te provocaba miedo o te provocaba rencor?   

Era una combinación de sentimientos. Yo incluso cuento una anécdota. Yo me parezco mucho a mi padre. Resulta que por parecerme a mi padre las agresiones de los guardias, cuando nos encontraban a los niños y las niñas, iban directamente a mí. Había un gran odio, porque ellos conocían quien era Toribio Emilio Rivera. Eso me causaba mucho rencor. Yo me preguntaba: ¿y este por qué me pega con el fusil? Eso me causaba mucha rabia. Pero, sin embargo, yo no entendía por qué. Pero había mucho miedo de encontrase con la Guardia, que, en ese tiempo, agredía, violaba, perseguía y mataba. Yo siempre digo que los niños y las niñas que estuvimos en la guerrilla crecimos bien rápido. Maduramos bien rápido.

Me imagino. Crecieron con enormes saltos en la historia.

Claro. Comenzamos a ser adultos a los diez años. A esa edad, un niño que estaba en la guerra comenzó a entender que había una represión por parte del Estado, que las personas que se vestían de verde y andaban con botas reprimían a la población, que tenías que correr y defenderte. Creo que esa fue mi primera comprensión.

¿A esa edad tuviste tus primeras ideas primarias políticas?

Sí. Cuando la guerrilla comienza a formarse en esa zona y el Ejército comienza a cerrar y a establecer aquellos territorios controlados por parte de la guerrilla. La guerrilla comenzó a adoptar funciones de padres de todos los niños y niñas que estábamos en la guerra. A nosotros nos formaban en organizaciones juveniles.

¿Y eran niños que habían quedado solos, que sus padres se habían enlistado,  que militaban o cuál era la condición social?

Yo doy fe, por mi experiencia en la guerrilla, que nunca hubo un acto de parte de la guerrilla de forzar a que un niño se quedara ahí. Nosotros nos quedamos con toda mi familia. Éramos hijos de madres y padres, que unos ya andaban armados y otros estaban en las masas, en las familias donde después se dieron las masacres como la del Mozote, que fueron masacres contra personas totalmente indefensas, sin ningún tipo de armas. En 1983 tuvimos que abandonar la casa. ¿Cuál era la labor que hacíamos? Huir. Huíamos de las balas.

Supongo que eso significaba vivir en permanente zozobra.

Yo siempre tengo en mente el primer bombardeo que conocimos en esa zona. Fue en 1983. Por primera vez, como niños y niñas, vimos un avión. Pero no un avión que nos llevara a pasear, sino un avión que nos llevó bombas. Ahí fue cuando se intensificó el conflicto y se declaró la guerra. A partir de ese año yo asumí tareas en comunicaciones. Yo voy a vivir soñando toda la vida de haber sido comunicadora. Me encanta la comunicación.

¿Cómo eran esas comunicaciones?

Lo primero que hago es aprender a utilizar los radios de comunicación. Tenías que comunicarte a través de claves que construíamos. Ese fue mi desempeño hasta que terminó la guerra.

¿Nunca combatiste?

Yo andaba armada, por su puesto. Había que andar un arma para defenderse, pero no estuve de frente en una línea de fuego como parte de un pelotón de estructura militar. Yo siempre me desarrollé en un campamento haciendo las labores de comunicación. En primera instancia eran acciones operativas: coordinábamos todo el funcionamiento de los que andábamos en los frentes de guerra  y luego las comunicaciones estratégicas que tenían que ver con la conducción de la Comandancia General.  Es un aprendizaje permanente, incluso, las claves te las aprendías de memoria. Había frases que tenían un significado y no necesitaba leerlo en ningún libreto.

¿Eran manuales de comunicación?

Había manuales que los escondíamos porque era el mecanismo que teníamos para comunicarnos. Seguramente durante la guerra interferimos las frecuencias de los radios, porque nosotros usábamos esas frecuencias para comunicarnos entre nosotros, pero por la precariedad nuestras señales eran cortas. Eso transcurrió hasta que se firmó la paz.

Tu papel era operadora de radio, pero todo transcurría en medio de balas y bombas. 

En medio de las bombas porque estaba en un campamento militar. Aunque yo no combatía de manera directa, pero estábamos en un campamento militar donde éramos atacados a cada rato. En esos bombardeos alguna bala te caía. Fui herida en cuatro ocasiones. Todavía conservo en mi pierna izquierda una bala de un M-16 y alguna esquirla de alguna mina. Así transcurrió mi tiempo en la guerrilla. Yo siempre he dicho que los que hicimos la guerra éramos niños y niñas. Éramos jóvenes. Los más viejitos quizá eran Shafick Hándal y Salvador (Sánchez Cerén). Éramos una generación de niños y niñas que tomamos conciencia por enfrentarnos a un sistema que marginaba y perseguía. Cuando veo lo que estamos viviendo actualmente, lo relaciono con ese momento, porque una de las causales que nos llevó a sublevarnos contra el Estado fue precisamente la falta de espacios, la imposibilidad de pensar diferente, la imposibilidad de disentir del sistema y vivir bajo una dictadura militar. De ahí venimos. Es una historia muy corta.

Tengo la impresión que tu pensamiento y tus acciones las influyó mucho tu padre. Es como el primer héroe que tienes en tu vida.

 Fue mi primer héroe y mi primer jefe. Mi padre comandó, durante los primeros cuatro años, de 1979 a 1983, todas las masas que quedaron en los territorios controlados de Cinquera. Mi padre fue quien me comenzó a formar el pensamiento revolucionario. Fue el que nos comenzó a explicar por qué teníamos que huir y porque no llegaba a dormir a la casa. Fue la época en que gobernó el presidente Carlos Humberto Romero, que dicho sea de paso murió hace poco. Él nos explicaba todo y nos fundó dos valores esenciales: la solidaridad y compañerismo. Dos valores fundamentales, capaces de determinarte para dar la vida por otro. Mi padre nos enseñó que primero los demás y por último los otros. Así nos formó y nos creó la conciencia que había necesidad de luchar, pero sin pensar que ibas a sobrevivir. Desde pequeñito desarrollabas la conciencia que a lo mejor ibas a llegar a medio camino, a tres cuartos de camino, pero que estabas transformando para las nuevas generaciones, para tener un El Salvador diferente. Mi padre fue mi primer mentor.

Me imagino que con una disciplina casi endiablada.

Por su puesto. También te desarrolla, y quizá me voy a saltar hasta los Acuerdos de Paz… cuando se firmó la paz yo lloraba de tristeza y lloraba de miedo.

¿Y por qué?

Lloraba de tristeza porque en el momento que decimos que hay que entregar las armas y desmovilizarnos, se te comienza a pasar la película de todos los compañeros que vistes caer en el camino. Recuerdas a todos los que murieron.

 

Y eso fue duro.

Yo me preguntaba: ¿cómo dejamos esto? La guerrilla era un Estado paralelo. Ahí te casabas, tenías amigos y estudiabas. Yo me formé en ese ambiente. Aprendí cultura general en ese ambiente. Aprendí a sumar y a restar en ese ambiente. Desarrollé valores en ese ambiente. Por ese lado me daba tristeza, pero también me daba miedo.

Siguiendo tu concepto de ese pequeño Estado,  ¿cómo se manejaban, quién decidía, quién vigilaba?

Era una sociedad paralela. Una de las principales fortalezas de la guerrilla fue su pueblo y nuestra montaña. Por eso es que a veces la gente decía que nosotros éramos brujos o brujas, porque de repente llegaba un batallón de tres mil soldados en un lugar donde solo había palos de chaparro y no nos encontraban. A lo mejor estábamos enterrados como el topo  o a lo mejor estábamos inmersos en medio del pueblo. La estructura básica de la guerrilla era un campamento donde había un mando que comandaba un frente. Yo pertenecía al Frente Central Modesto Ramírez. Ese frente tenía una comandancia central y luego comandancia en los distintos campamentos que nos sometían a disciplinas y reglas. Hay alguien que me preguntaba que cómo era para una mujer estar en la guerrilla. Era terrible. Yo no le podía decir que era lindo estar en un campamento donde solo éramos cinco mujeres y 200 hombres, porque fuimos minoría, al menos las que tomamos las armas. La mayoría de mujeres se quedaron en zonas menos conflictivas. Eran las que nos llevaban los frijoles, las tortillas, que nos cuidaban los niños, que nos cuidaban a los heridos.

¿Y simultáneamente producían?

Claro. Sembrábamos maíz y frijol. Pero eso no era en todos los frentes. Quizá uno de los frentes que más producían era el de Cabañas y también el de Chalatenango. Pero en un frente como el volcán de San Salvador era imposible producir. Tenías que vivir de lo que el entorno te daba. Eso por las mismas circunstancias. Teníamos padres que nos casaban. Había ceremonias de quienes contraían matrimonio. Había disciplina para el respeto de las niñas y niños. Había reglas que se respetaban y eso permitía una sobrevivencia en un ambiente no muy cómodo, sin mucho confort, pero en una convivencia de hermandad.

¿Extrañas esa sociedad?

Yo crecí en esa comunidad. Yo debo decirlo, de mis ocho años a los 19 que tenía cuando terminó la guerra, yo no había conocido otra forma de convivencia que no fuera esa. Si me preguntas si de uno a ocho años tengo recuerdos, yo te podría decir que son mínimos. Mi mayor cantidad de recuerdos están en esa época. Si me pregunta si extraño esa comunidad, yo diría que es una etapa de mi vida que me tocó vivir y que a pesar de la adversidad en la que viví, no me arrepiento. Me doy por satisfecha de haber aportado a ir descubriendo derechos que habían sido históricamente desconocidos. Me da satisfacción ver que las nuevas generaciones pueden caminar libremente y hablar si ser perseguidos. Ahora ya no echan preso a nadie por disentir con una instancia de gobierno. Eso me da mucha satisfacción. Si nuestro sacrificio contribuyó para ello, valió la pena. Ahora, no quisiera que otros niños, ni que mis hijos o mis nietos vivieran eso.

¿Por el nivel de injusticia? ¿O por qué crees que esta historia no debe de repetirse?

Creo que esa historia no debe de  repetirse porque los seres humanos tenemos que ser capaces de administrar nuestras diferencias y no llegar a esos extremos. No es necesario pelear. Ni siquiera hubiera sido necesaria la guerra si se hubiesen establecido niveles de participaciones en democracia. Yo no deseo que ningún pueblo del mundo repita una historia como la que vivió El Salvador, y no me refiero a que no se debe luchar para recuperar derechos, porque si no hubiera existido esa guerra no sé en qué país viviríamos. Pero las diferencias se pueden administrar de otra manera. Ese es el gran reto. Cuando le dije que sentí miedo cuando se firmó la paz, el miedo no era por venir a dormir a una casa, en una cama y comer los tres días. Mi miedo era que si entregaba mi fusil no me daba garantía para seguir viviendo.

¿Te sentías  vulnerable?

Cuando entregué mi fusil y mi radio me sentí totalmente vulnerable. Pensé que esa iba a ser el principio del fin de mi vida  tan pequeña. Tan es así que yo no me desmovilicé. Yo no aparezco en los listados de ONUSAL, nunca firmé mi desmovilización. En parte porque usabas un seudónimo. Mi seudónimo era Glendi. Me lo puso una compañera. Yo no sé por qué me puso así, pero así me llamé. Mi reproche y mi rechazo no parten de que la guerra no fue necesaria, yo creo que sí fue necesaria. Lo que estoy diciendo es que las nuevas generaciones debemos de aprender a resolver nuestros problemas de otra manera.

¿Seguís yendo a tu pueblo?

Emigré de mi pueblo natal en 1983. Esa casa ya no nos pertenece. Ahora viven otras personas y debo de decir que quizá una de las no motivaciones para ir a ese lugar tiene que ver con una faena de mi infancia que fue muy dolorosa y que sucedió justo ahí. Y quizá eso me inhibe a tener arraigo.

No todos son buenos recuerdos.

Así es. Al menos yo, en donde nací, en ese pedacito de tierra, quizá el último recuerdo que tengo es tan ingrato que no me motiva a volver. Después de la guerra solo he ido una vez. Y me costó llegar. Hubo un reportaje de un canal internacional que me lo hizo ahí. Pero me costó porque era como ir a reabrir heridas que fueron terribles y que a lo mejor durante la guerra no te lo trataste porque no había manera de hacerlo. Ahora radico en Suchitoto. Ahí radican mis padres. Una vez firmados los Acuerdos de Paz nos fuimos a vivir a ese lugar.  Esa fui mi primera residencia después de firmada la paz. Luego me dediqué a nivelar mis estudios. Yo le contaba que hay algunos que hacen cálculos de mi carrera y no le dan los números porque yo tengo 46 años de edad y me gradué como licenciada en ciencias jurídicas a los 30 años.

¿Cómo fue esa transición? ¿Termina la guerra, firman la paz y qué haces después?

Me puse a estudiar. Hay un agradecimiento muy profundo que yo tengo con los comandantes, que fueron como mis padres y me incentivaron el hábito de la lectura. Yo conocí a El Salvador y parte del mundo por medio de los libros.  Yo conocí la realidad de mi país por medio de los libros y eso me sirvió para desarrollar el hábito de leer. Nos hacían controles de lectura. Cuando terminó la guerra yo venía con segundo grado, sin certificado. Apenas estaba aprendiendo a sumar y a restar, pero fue en el proceso de la guerra donde improvisábamos escuelas. A los niños nos llevaban a la escuela de la guerrilla y nos enseñaban matemáticas e idiomas. Nos enseñaban ciencias naturales e historia. No fue una formación pedagógica, pero sí con mucho contenido. Por eso yo reprocho algunos actos de exguerrilleros y exmiembros de la Fuerza Armada que exigen ciertos beneficios como si los Acuerdos de Paz no hubiesen dado nada. Yo creo que los Acuerdos de Paz se quedaron cortos pero dieron cosas esenciales, por ejemplo, a todos los niños y niñas que bajamos de la guerra se nos dio la oportunidad de nivelarnos educativamente. Si uno había estudiado algún grado antes de entrar a la guerrilla le hacían un examen de suficiencia, y, dependiendo del nivel que lo veía el maestro, a ese nivel lo matriculaban. A mí me matricularon en noveno grado a los 20 años. Era la niña con más edad. A los 20 años saqué mi noveno grado y fui como cualquier niña a la escuela amamantando a mi hija, porque a esa edad tuve a mi hija.

O sea que cruzaste una etapa rapidísimo.

Yo había dicho que en la guerrilla no iba a tener hijos, porque yo consideraba que si hubiese tenido un hijo me salgo de la guerrilla. El amor a mi hijo hubiera sido demasiado superior como para seguir en  la guerrilla. Sin embargo, hubo muchas compañeras en la guerrilla que sacrificaron a sus niños y niñas, pero que siempre hubo gente que les dio calor de familia. Muchos niños y niñas crecieron ahí. Entonces, nace mi niña y saco noveno grado. Además, después de los Acuerdos de Paz nos dieron la oportunidad de sacar el bachillerato en seis meses.  Todo eso está certificado porque fue parte de los Acuerdos de Paz. A los 22 años me inscribo para bachiller e íbamos a clases de seis de la mañana a 10 de la noche, de lunes a domingo durante seis meses. Ahí nos graduamos una gran cantidad de exguerrilleros y exguerrilleras. También exsoldados.  Ese fue un beneficio que solo necesitaba tu determinación. No pagabas nada. La oportunidad estaba. Yo la aproveche y me gradué de bachiller a los 23 años. A los 24 años entré a la universidad. En un inicio quería ser economista.

¿Y por qué te decidiste por el derecho?

Por dos cosas. Me inscribí para Economía, pero comencé con Administración de Empresas porque también me gustan los números, pero después me dije que quería conocer la justicia, el ordenamiento jurídico de mi país. Yo había luchado toda esa parte de mi vida por la justicia en términos generales y eso me motivó a tomar la carrera de derecho. Ello aunado a que tuve la suerte y la bendición que entré a trabajar al Órgano Judicial como mecanógrafa.

¿Ese acercamiento con el estudio de la justicia te convencieron que la justicia creada tradicionalmente por democracias, o como le quieras llamar, funcionaba o había que darle una oportunidad?

Mi primera inspiración tiene que ver con derechos. Para que una justicia sea equilibrada en un país, y realmente sea justa, es decir, que se aplica la ley en igualdad de condiciones, indistintamente de su estrato, tiene que ver con que la gente conozca sus derechos. Y la  justicia de El Salvador lo que le hace falta es que conozcamos nuestros derechos y los ejerzamos. En la medida que conoces tus derechos puedes enderezar las instituciones. En la medida que el ciudadano comience a exigir que el funcionario cumpla con sus deberes, yo le puedo asegurar que las cosas cambiarán.

Pero para eso necesitas cultura jurídica. Si la gente no conoce sus derechos no los va a pedir y no va a saber cómo ejercerlos.

Ese es el tema. Ahí es donde yo comienzo a recibir mi primera frustración como conocedora del derecho, ya dentro del Poder Judicial. Yo era una mecanógrafa en un Juzgado de lo Civil y lo que hacía era recibir toditos los días denuncias de violencia intrafamiliar. Yo recibía a mujeres golpeadas y maltratadas. ¿Cuándo me comienzo a frustrar? Cuando la decisión del juez no era proteger a esa mujer golpeada, sino proteger al hombre. La mujer llegaba a pedir medidas cautelares para alejar al hombre y el juez lo llamaba a la mesa a conciliar y le decía que Dios los había unido y que debían convivir juntos. A la mujer le decía que tenía que ser tolerante con su esposo. ¡Wao! Ahora la mujer ha cambiado.

Nosotros llegamos a la conclusión en la Asamblea Legislativa que los derechos de las mujeres terminan donde comienzan las ideologías. Eso se traduce en que en la Asamblea hay mujeres de izquierda y de derecha. Pero son las mujeres de izquierda las que hemos reivindicado los derechos de las mujeres.

¿Y por qué crees que se produce esa distancia ideológica frente a papeles y hechos que parecieran que no deberían de separarlos?

Es parte de la formación. Yo estoy convencida que la formación desde la infancia del ser humano debe ir enfocada a que no hay diferencias entre un niño y una niña, que lo único que nos diferencia es el sexo, pero que somos iguales ante los ojos de Dios. Yo no cuestiono que una mujer de derecha no tenga sensibilidad de género, no la cuestiono porque creo que esa mujer de derecha ha sido formada con los patrones que se han formado todas las mujeres en todo el mundo.

¿Cuál es la diferencia en la formación entre una mujer de izquierda y una mujer de derecha? Aplico la lógica y el sentido común: si una mujer de derecha ha tenido acceso a  liderazgos de padres más pudientes, de colegios privados, uno podría suponer que tienen la mente más abierta.

En teoría debería ser así. Yo creo que tiene que ver con el principio. Eso se lo agradezco a mi experiencia durante la guerrilla. Desde allá nos enseñaron que entre la mujer y el hombre había igualdad de derechos.

¿Será un sentido más de obediencia o de religión?

La mujer de derecha tradicionalmente es mucho más conservadora.

¿Está este país preparado para tener una mujer presidenta?

Como decía Shafick: “En El Salvador habrá socialismo hasta que el pueblo así lo decida”. Lo mismo digo yo: “En el país habrá una mujer presidenta hasta que los salvadoreños y salvadoreñas así lo decidan”.

¿Pero qué hace falta?

Hace falta mucho.

¿Tú quisieras dentro del FMLN una mujer candidata a la presidencia?

Claro. Esa aspiración la tenemos desde que formamos parte del FMLN… el partido ha tomado la decisión de llevar solo hombres a la presidencia porque si no pierde las elecciones. Es una decisión pragmática.

¿Pero decir esto que acabas de decir no es derrotarse?

No, no. Hasta el momento no. Ahora, no digo que las mujeres no hay que atrevernos. Hay que atreverse. Así como lo hizo Prudencia Ayala en los años veinte. Yo creo que vale la pena que en pleno siglo XXI las mujeres nos atrevamos a tomar las riendas de la mayor investidura que tiene El Salvador.

¿Jackeline Rivera quisiera, en algún momento de la historia, encabezar una candidatura presidencial del FMLN?

A mí me encantaría ser presidenta de la República. Pero eso no quiere decir que voy a candidatear para 2019. ¡Jaja!  Pero sí, dentro de mis aspiraciones me gustaría ser presidenta, como también me gustaría ser presidenta de la Corte Suprema de Justicia. Yo creo que las mujeres hemos desarrollado ese nivel de autoestima para creérnosla que somos capaces de conducir las riendas de este país a pesar de la adversidad. Yo digo que El Salvador debe darse la oportunidad de probar.

Hago un salto. ¿Cómo y por qué te metes a la política?

 Yo trabajé en el Órgano Judicial de 1996 hasta el 2005. Fui mecanógrafa, resolutora y terminé siendo secretaria de Cámara de Segunda Instancia. Yo hice mi carrera judicial. Por eso me declaro enamorada de la Judicatura y por eso reprocho las atrocidades que se están haciendo con nuestro estado constitucional de derecho por parte de la Sala.

Yo no estoy de acuerdo, por ejemplo, que porque eres diputada del FMLN no puedes ser juez o magistrada.

De allá venimos.

Eso es sectario para mí.

De ahí venimos, de ser perseguidos por nuestras ideas. No podemos volver a ese pasado que ya fue superado. No acepto que la sociedad salvadoreña se divida en dos clases: en la clase política y en la clase no política. Yo no acepto eso.

¿Cómo llegas a diputada?

En 2005 me salí del Órgano Judicial y comencé a ejercer mi profesión a plenitud. Me siento una mujer realizada como abogada, como jurista en el Órgano Judicial. Si usted me pregunta cuál era mi aspiración entre 2005 y 2009, yo le respondo que era eminentemente la judicatura. A mí me hubiese encantado ser jueza. Me hubiese encantado ser magistrada. Por eso le digo que es una aspiración de vida. Pero Medardo, nuestro secretario general nos plantea, nosotros íbamos a disputar la presidencia con el expresidente Mauricio Funes y el partido se estaba planteando llevar una buena propuesta a la Asamblea Legislativa con mujeres. Así es como se me plantea la opción de llegar a la Asamblea Legislativa. Este es mi primer cargo. Yo soy afiliada y militante del FMLN desde que el FMLN es partido político. Pero es mi primer cargo de elección popular. Me siento satisfecha de haber estado en la Asamblea. Mi periodo termina en el 2018. Me da satisfacción haber contribuido con lo que he hecho. He conocido la justicia desde las dos caras: de cómo se aplica y cómo se hacen las leyes. Termino mi periodo, pero yo soy alguien enamorada del estudio y mi plan principal es la academia.

¿Dar clases?

No. Me gusta proyectarme para una maestría. Quiero seguirme formando y seguir conociendo el derecho, seguir identificando las deficiencias que tiene nuestro ordenamiento jurídico. Y si nos lo permiten, seguir aportando a este país. Pero al final será mi partido el que decidirá la misión que nos va a dar. Vamos a seguir militando en este partido en la trinchera que se nos asigne.

Hablemos de tu pensamiento. Sé que eres una mujer de izquierda. ¿Cómo piensa una mujer moderna de izquierda?

Como dije antes, me declaro una mujer revolucionaria. Creo que las sociedades deben estar en permanente desarrollo.

Ahora, ¿no crees que la palabra revolucionaria les crea escozor a algunos?

Lo que nos han inyectado desde que el FMLN existe, o desde que existen las organizaciones sociales que han luchado por sus derechos, es la satanización de la palabra revolución. Pero esa es una palabra positiva. Las revoluciones en el mundo industrial nos han transformado de etapas de evolución tecnológica significativas. Aquí la gente cuando escucha la palabra revolución la atribuye a izquierdoso o comunista. No. Yo me refiero a la evolución, de transformar la vida, de ser capaz de alcanzar nuestras metas, de ser capaz de seguir nuestras ideas. Yo me defino como una mujer transformadora, que cree en las libertades y en la justicia social. También en la igualdad.  La evolución del ser humano debe ir hacia alcanzar el pleno ejercicio de su libertad.

Yo creo que parte del problema de los latinoamericanos es que nunca hemos podido armonizar dos palabras: la libertad y la justicia. Cuando pensamos en libertades públicas se nos olvida la justicia. Pero también creo que hay pecados de algunas izquierdas que, cuando se ha pensado en justicia, se han atropellado las libertades.

Cada país y cada pensamiento de izquierda se desarrollan según su idionsicracia.

Es decir que cada país puede tener su propio socialismo.

Claro, y sin necesidad de importarlo. Lo que pasa es que ha sido muy favorable para los detractores del pensamiento socialista importar situaciones adversas de otros territorios para generar temores en la ciudadanía y con eso impedir que el pueblo avance. Para que un pueblo avance tiene que ser un pueblo objetivamente informado. El Salvador no ha estado exento. Desde que el FMLN se convirtió en el FMLN, es decir, en 1994, aquí se enfundó un miedo: miedo a la expropiación, miedo a la persecución, miedo a la restricción de libertades, miedo incluso de que fuéramos a quemar biblias. Ha sido muy conveniente para los sectores de derecha infundir miedos. Esos miedos se rompieron. En el FMLN consideramos y nos determinamos por ser defensores de la autodeterminación de los pueblos. Usted no puede vivir aislado, como ermitaño, pero tampoco se vale que se inmiscuyan en políticas ajenas. Ningún embajador tiene derecho a inmiscuirse en la política interna de nadie.

Tal vez voy hacer un juicio que no le guste a alguien. Yo creo que aquí se deja al representante, o al embajador de los Estados Unidos, actuar un poco transgrediendo el respeto al país. Aquí hay conductas que en Costa Rica hubieran sacado.

Como te decía, nosotros somos convencidos de la autodeterminación de los pueblos y de la relación que tienen sedes diplomáticas. Pero nosotros hemos sido quizá permisivos. Yo acepto tu crítica. Hemos sido muy permisivos en dejar pasar acciones de flagrante injerencia de la política interna. Lo hizo un embajador de Alemania que se inmiscuyó en nuestra política como si hubiese sido un salvadoreño y hoy estamos viendo unas acciones de la embajada americana que, incluso, rayan. No solo inmiscuyen en política interna sino un apoyo bien declarado hacia un partido político. Eso es grave, porque la relación que El Salvador tiene con el gobierno de los Estados Unidos es una relación de Estado a Estado. No puede existir una relación con un partido político porque la ley lo prohíbe. Creo que el pueblo debe de observar. Nosotros tenemos mucho que agradecerle a los Estados Unidos porque nos ha colaborado y apoyado, pero ese apoyo y esa colaboración no pueden convertirse en una injerencia, en una intervención en nuestras decisiones. Nuestro pueblo debe estar bien informado para tomar las mejores decisiones.

Guerrillera a los ocho años

Por: Lafitte Fernández
marzo 17, 2017

Jackeline Rivera decidió su destino a los ocho años. Eso no es fácil. Era una niña. Le tocó pararse del lado de la vida a jugar con la muerte.

Fotos: cortesía.

Jackeline Rivera decidió su destino a los ocho años. Eso no es fácil. Era una niña. Le tocó pararse del lado de la vida a jugar con la muerte.

Jackeline Rivera es una mujer que usa un lenguaje bien estructurado. Cada vez que habla, le brillan los ojos. A lo lejos se mira que es apasionada. No creo que abandone una lucha fácilmente. ¡Cómo hacerlo si aprendió a pelear en las montañas a los ocho años!

La historia personal de Jackeline Rivera sacude e impresiona a cualquiera. Su padre era un líder guerrillero en el municipio de Cinquera. Su familia siempre estuvo completamente involucrada con la izquierda. Por eso no podemos sorprendernos cuando miramos una fotografía de Jackeline sosteniendo un fusil más grande que ella.

Jackeline decidió su destino a los ocho años. Eso no es fácil. Era una niña. Le tocó pararse del lado de la vida a jugar con la muerte. Hizo de la guerra una forma de vida hasta que un día alguien le dijo que el conflicto había terminado. Entonces, dice, le dieron ganas de llorar.

No conocía a Jackeline Rivera, la diputada del FMLN. Había escuchado mucho de ella con amigos comunes. Pero nunca había platicado con ella. Honestamente me sorprendió. Es lúcida, inteligente, bien informada, luchadora y con mucho carácter.

Yo no sé si una niña debe estar en una guerra a los ocho años. Pero, no tendría duda si Jackeline confiesa que ese fue uno de los mejores procesos formadores que ha tenido en su vida.

Conforme creció se especializó en el uso de la radio en medio de un frente guerrillero. A los 16 años ya era una experta en comunicaciones escondida en alguna montaña del país.

Jackeline no está en la Asamblea Legislativa porque se le premia el hecho de haber sido una heroína desde los ocho años. Si se borraran los primeros años de su vida, su talento habría sido el mismo. Estaría intacto. También su enorme juicio crítico. Esto es lo que una noche conversé con ella.

¿Quién es Jackeline Rivera?

Yo me defino como una mujer revolucionaria. Creo que las sociedades se transforman y deben estar en permanente transformación, que las sociedades deben de buscar cada día, cada minuto, cada segundo de su vida, la felicidad. Deben de luchar por lo que creen. Yo me defino como una persona en permanente revolución, es decir, construyendo el camino personal sin dejar de lado el camino colectivo. Vivo orgullosa de mi país, quiero a El Salvador, amo a este país y precisamente de ahí nace este espíritu de lucha. Yo creo que toda sociedad, si se lo propone, puede alcanzar sus metas. Primero hay que combatir al principal obstáculo que es la mente, es decir, tu propia persona.

Tu mente puede derrotarte o llevarte al éxito.

Así es. Yo siempre he creído que las personas que logran sus propósitos son las que primero derrotan sus propios obstáculos, sus propios tabúes, sus propias limitaciones.

Al fin y al cabo uno se vence a sí mismo.  

Y una vez que se vence a uno mismo puedes alcanzar las metas; o al menos puedes demostrarle al mundo que es posible vivir de otra forma, que es posible ser feliz y tener justicia social, vivir en paz y en armonía. La primera batalla a derrotar es a ti mismo.

Cuéntame un poco de tu vida. Por ejemplo, que comenzaste en la guerrilla muy joven. ¿Cómo fue esa iniciación y qué te llevó a eso?

Esta sería la tercera ocasión en que hablo de mi vida. Me cuesta mucho hablar de mí porque he crecido conversando sobre otros. Pero esta es la tercera ocasión que, estoy segura, me va ayudar a reconstruir mi propia historia. De repente hay facetas de la vida que se van olvidando, pero no es correcto que se olviden porque uno debe de transmitir sus experiencias para las nuevas generaciones.

Así es.

Yo me inicié en un cantoncito que se llama San Nicolás, del municipio de Cinquera. Yo le llamo la República de Cinquera. Este es el municipio más pequeño del departamento de Cabañas. Es un municipio con una población que no pasa de los 1,500 habitantes. Nací en ese municipio. Mis padres son de origen campesino, apenas con segundo grado de escolaridad. Mi padre era un albañil y mi madre una ama de casa. Tengo tres hermanos. Soy la segunda hija. Somos tres mujeres y un hombre que es el último de todos. El cantón donde nacimos fue una de las zonas donde comenzó lo de la organización de los años setenta. Ahí se estructuró una fuerza guerrillera. En ese lugar nos encontró la guerra. Mi padre fue uno de los primeros organizadores de esa zona y formó parte de una de las cinco organizaciones del FMLN, de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL).  Es así como yo me inserto. A mí la guerra me encuentra de ocho años de edad.

¿Cuáles son tus primeros recuerdos?

Algunos recuerdos son muy duros que seguramente no los voy a expresar ahora porque son recuerdos difíciles. Pero mis primeros recuerdos son la represión. Yo no puedo decir que a los ocho años tenía conciencia o discernimiento para entender por qué llegaban los guardias al cantón y quemaban las casas. No entendía por qué mi padre tenía que ir a dormir al monte, o por qué después todos teníamos que ir a dormir al monte. A los ocho años yo no podría dar fe a qué se debía ese fenómeno.

¿Y eso te provocaba miedo o te provocaba rencor?   

Era una combinación de sentimientos. Yo incluso cuento una anécdota. Yo me parezco mucho a mi padre. Resulta que por parecerme a mi padre las agresiones de los guardias, cuando nos encontraban a los niños y las niñas, iban directamente a mí. Había un gran odio, porque ellos conocían quien era Toribio Emilio Rivera. Eso me causaba mucho rencor. Yo me preguntaba: ¿y este por qué me pega con el fusil? Eso me causaba mucha rabia. Pero, sin embargo, yo no entendía por qué. Pero había mucho miedo de encontrase con la Guardia, que, en ese tiempo, agredía, violaba, perseguía y mataba. Yo siempre digo que los niños y las niñas que estuvimos en la guerrilla crecimos bien rápido. Maduramos bien rápido.

Me imagino. Crecieron con enormes saltos en la historia.

Claro. Comenzamos a ser adultos a los diez años. A esa edad, un niño que estaba en la guerra comenzó a entender que había una represión por parte del Estado, que las personas que se vestían de verde y andaban con botas reprimían a la población, que tenías que correr y defenderte. Creo que esa fue mi primera comprensión.

¿A esa edad tuviste tus primeras ideas primarias políticas?

Sí. Cuando la guerrilla comienza a formarse en esa zona y el Ejército comienza a cerrar y a establecer aquellos territorios controlados por parte de la guerrilla. La guerrilla comenzó a adoptar funciones de padres de todos los niños y niñas que estábamos en la guerra. A nosotros nos formaban en organizaciones juveniles.

¿Y eran niños que habían quedado solos, que sus padres se habían enlistado,  que militaban o cuál era la condición social?

Yo doy fe, por mi experiencia en la guerrilla, que nunca hubo un acto de parte de la guerrilla de forzar a que un niño se quedara ahí. Nosotros nos quedamos con toda mi familia. Éramos hijos de madres y padres, que unos ya andaban armados y otros estaban en las masas, en las familias donde después se dieron las masacres como la del Mozote, que fueron masacres contra personas totalmente indefensas, sin ningún tipo de armas. En 1983 tuvimos que abandonar la casa. ¿Cuál era la labor que hacíamos? Huir. Huíamos de las balas.

Supongo que eso significaba vivir en permanente zozobra.

Yo siempre tengo en mente el primer bombardeo que conocimos en esa zona. Fue en 1983. Por primera vez, como niños y niñas, vimos un avión. Pero no un avión que nos llevara a pasear, sino un avión que nos llevó bombas. Ahí fue cuando se intensificó el conflicto y se declaró la guerra. A partir de ese año yo asumí tareas en comunicaciones. Yo voy a vivir soñando toda la vida de haber sido comunicadora. Me encanta la comunicación.

¿Cómo eran esas comunicaciones?

Lo primero que hago es aprender a utilizar los radios de comunicación. Tenías que comunicarte a través de claves que construíamos. Ese fue mi desempeño hasta que terminó la guerra.

¿Nunca combatiste?

Yo andaba armada, por su puesto. Había que andar un arma para defenderse, pero no estuve de frente en una línea de fuego como parte de un pelotón de estructura militar. Yo siempre me desarrollé en un campamento haciendo las labores de comunicación. En primera instancia eran acciones operativas: coordinábamos todo el funcionamiento de los que andábamos en los frentes de guerra  y luego las comunicaciones estratégicas que tenían que ver con la conducción de la Comandancia General.  Es un aprendizaje permanente, incluso, las claves te las aprendías de memoria. Había frases que tenían un significado y no necesitaba leerlo en ningún libreto.

¿Eran manuales de comunicación?

Había manuales que los escondíamos porque era el mecanismo que teníamos para comunicarnos. Seguramente durante la guerra interferimos las frecuencias de los radios, porque nosotros usábamos esas frecuencias para comunicarnos entre nosotros, pero por la precariedad nuestras señales eran cortas. Eso transcurrió hasta que se firmó la paz.

Tu papel era operadora de radio, pero todo transcurría en medio de balas y bombas. 

En medio de las bombas porque estaba en un campamento militar. Aunque yo no combatía de manera directa, pero estábamos en un campamento militar donde éramos atacados a cada rato. En esos bombardeos alguna bala te caía. Fui herida en cuatro ocasiones. Todavía conservo en mi pierna izquierda una bala de un M-16 y alguna esquirla de alguna mina. Así transcurrió mi tiempo en la guerrilla. Yo siempre he dicho que los que hicimos la guerra éramos niños y niñas. Éramos jóvenes. Los más viejitos quizá eran Shafick Hándal y Salvador (Sánchez Cerén). Éramos una generación de niños y niñas que tomamos conciencia por enfrentarnos a un sistema que marginaba y perseguía. Cuando veo lo que estamos viviendo actualmente, lo relaciono con ese momento, porque una de las causales que nos llevó a sublevarnos contra el Estado fue precisamente la falta de espacios, la imposibilidad de pensar diferente, la imposibilidad de disentir del sistema y vivir bajo una dictadura militar. De ahí venimos. Es una historia muy corta.

Tengo la impresión que tu pensamiento y tus acciones las influyó mucho tu padre. Es como el primer héroe que tienes en tu vida.

 Fue mi primer héroe y mi primer jefe. Mi padre comandó, durante los primeros cuatro años, de 1979 a 1983, todas las masas que quedaron en los territorios controlados de Cinquera. Mi padre fue quien me comenzó a formar el pensamiento revolucionario. Fue el que nos comenzó a explicar por qué teníamos que huir y porque no llegaba a dormir a la casa. Fue la época en que gobernó el presidente Carlos Humberto Romero, que dicho sea de paso murió hace poco. Él nos explicaba todo y nos fundó dos valores esenciales: la solidaridad y compañerismo. Dos valores fundamentales, capaces de determinarte para dar la vida por otro. Mi padre nos enseñó que primero los demás y por último los otros. Así nos formó y nos creó la conciencia que había necesidad de luchar, pero sin pensar que ibas a sobrevivir. Desde pequeñito desarrollabas la conciencia que a lo mejor ibas a llegar a medio camino, a tres cuartos de camino, pero que estabas transformando para las nuevas generaciones, para tener un El Salvador diferente. Mi padre fue mi primer mentor.

Me imagino que con una disciplina casi endiablada.

Por su puesto. También te desarrolla, y quizá me voy a saltar hasta los Acuerdos de Paz… cuando se firmó la paz yo lloraba de tristeza y lloraba de miedo.

¿Y por qué?

Lloraba de tristeza porque en el momento que decimos que hay que entregar las armas y desmovilizarnos, se te comienza a pasar la película de todos los compañeros que vistes caer en el camino. Recuerdas a todos los que murieron.

 

Y eso fue duro.

Yo me preguntaba: ¿cómo dejamos esto? La guerrilla era un Estado paralelo. Ahí te casabas, tenías amigos y estudiabas. Yo me formé en ese ambiente. Aprendí cultura general en ese ambiente. Aprendí a sumar y a restar en ese ambiente. Desarrollé valores en ese ambiente. Por ese lado me daba tristeza, pero también me daba miedo.

Siguiendo tu concepto de ese pequeño Estado,  ¿cómo se manejaban, quién decidía, quién vigilaba?

Era una sociedad paralela. Una de las principales fortalezas de la guerrilla fue su pueblo y nuestra montaña. Por eso es que a veces la gente decía que nosotros éramos brujos o brujas, porque de repente llegaba un batallón de tres mil soldados en un lugar donde solo había palos de chaparro y no nos encontraban. A lo mejor estábamos enterrados como el topo  o a lo mejor estábamos inmersos en medio del pueblo. La estructura básica de la guerrilla era un campamento donde había un mando que comandaba un frente. Yo pertenecía al Frente Central Modesto Ramírez. Ese frente tenía una comandancia central y luego comandancia en los distintos campamentos que nos sometían a disciplinas y reglas. Hay alguien que me preguntaba que cómo era para una mujer estar en la guerrilla. Era terrible. Yo no le podía decir que era lindo estar en un campamento donde solo éramos cinco mujeres y 200 hombres, porque fuimos minoría, al menos las que tomamos las armas. La mayoría de mujeres se quedaron en zonas menos conflictivas. Eran las que nos llevaban los frijoles, las tortillas, que nos cuidaban los niños, que nos cuidaban a los heridos.

¿Y simultáneamente producían?

Claro. Sembrábamos maíz y frijol. Pero eso no era en todos los frentes. Quizá uno de los frentes que más producían era el de Cabañas y también el de Chalatenango. Pero en un frente como el volcán de San Salvador era imposible producir. Tenías que vivir de lo que el entorno te daba. Eso por las mismas circunstancias. Teníamos padres que nos casaban. Había ceremonias de quienes contraían matrimonio. Había disciplina para el respeto de las niñas y niños. Había reglas que se respetaban y eso permitía una sobrevivencia en un ambiente no muy cómodo, sin mucho confort, pero en una convivencia de hermandad.

¿Extrañas esa sociedad?

Yo crecí en esa comunidad. Yo debo decirlo, de mis ocho años a los 19 que tenía cuando terminó la guerra, yo no había conocido otra forma de convivencia que no fuera esa. Si me preguntas si de uno a ocho años tengo recuerdos, yo te podría decir que son mínimos. Mi mayor cantidad de recuerdos están en esa época. Si me pregunta si extraño esa comunidad, yo diría que es una etapa de mi vida que me tocó vivir y que a pesar de la adversidad en la que viví, no me arrepiento. Me doy por satisfecha de haber aportado a ir descubriendo derechos que habían sido históricamente desconocidos. Me da satisfacción ver que las nuevas generaciones pueden caminar libremente y hablar si ser perseguidos. Ahora ya no echan preso a nadie por disentir con una instancia de gobierno. Eso me da mucha satisfacción. Si nuestro sacrificio contribuyó para ello, valió la pena. Ahora, no quisiera que otros niños, ni que mis hijos o mis nietos vivieran eso.

¿Por el nivel de injusticia? ¿O por qué crees que esta historia no debe de repetirse?

Creo que esa historia no debe de  repetirse porque los seres humanos tenemos que ser capaces de administrar nuestras diferencias y no llegar a esos extremos. No es necesario pelear. Ni siquiera hubiera sido necesaria la guerra si se hubiesen establecido niveles de participaciones en democracia. Yo no deseo que ningún pueblo del mundo repita una historia como la que vivió El Salvador, y no me refiero a que no se debe luchar para recuperar derechos, porque si no hubiera existido esa guerra no sé en qué país viviríamos. Pero las diferencias se pueden administrar de otra manera. Ese es el gran reto. Cuando le dije que sentí miedo cuando se firmó la paz, el miedo no era por venir a dormir a una casa, en una cama y comer los tres días. Mi miedo era que si entregaba mi fusil no me daba garantía para seguir viviendo.

¿Te sentías  vulnerable?

Cuando entregué mi fusil y mi radio me sentí totalmente vulnerable. Pensé que esa iba a ser el principio del fin de mi vida  tan pequeña. Tan es así que yo no me desmovilicé. Yo no aparezco en los listados de ONUSAL, nunca firmé mi desmovilización. En parte porque usabas un seudónimo. Mi seudónimo era Glendi. Me lo puso una compañera. Yo no sé por qué me puso así, pero así me llamé. Mi reproche y mi rechazo no parten de que la guerra no fue necesaria, yo creo que sí fue necesaria. Lo que estoy diciendo es que las nuevas generaciones debemos de aprender a resolver nuestros problemas de otra manera.

¿Seguís yendo a tu pueblo?

Emigré de mi pueblo natal en 1983. Esa casa ya no nos pertenece. Ahora viven otras personas y debo de decir que quizá una de las no motivaciones para ir a ese lugar tiene que ver con una faena de mi infancia que fue muy dolorosa y que sucedió justo ahí. Y quizá eso me inhibe a tener arraigo.

No todos son buenos recuerdos.

Así es. Al menos yo, en donde nací, en ese pedacito de tierra, quizá el último recuerdo que tengo es tan ingrato que no me motiva a volver. Después de la guerra solo he ido una vez. Y me costó llegar. Hubo un reportaje de un canal internacional que me lo hizo ahí. Pero me costó porque era como ir a reabrir heridas que fueron terribles y que a lo mejor durante la guerra no te lo trataste porque no había manera de hacerlo. Ahora radico en Suchitoto. Ahí radican mis padres. Una vez firmados los Acuerdos de Paz nos fuimos a vivir a ese lugar.  Esa fui mi primera residencia después de firmada la paz. Luego me dediqué a nivelar mis estudios. Yo le contaba que hay algunos que hacen cálculos de mi carrera y no le dan los números porque yo tengo 46 años de edad y me gradué como licenciada en ciencias jurídicas a los 30 años.

¿Cómo fue esa transición? ¿Termina la guerra, firman la paz y qué haces después?

Me puse a estudiar. Hay un agradecimiento muy profundo que yo tengo con los comandantes, que fueron como mis padres y me incentivaron el hábito de la lectura. Yo conocí a El Salvador y parte del mundo por medio de los libros.  Yo conocí la realidad de mi país por medio de los libros y eso me sirvió para desarrollar el hábito de leer. Nos hacían controles de lectura. Cuando terminó la guerra yo venía con segundo grado, sin certificado. Apenas estaba aprendiendo a sumar y a restar, pero fue en el proceso de la guerra donde improvisábamos escuelas. A los niños nos llevaban a la escuela de la guerrilla y nos enseñaban matemáticas e idiomas. Nos enseñaban ciencias naturales e historia. No fue una formación pedagógica, pero sí con mucho contenido. Por eso yo reprocho algunos actos de exguerrilleros y exmiembros de la Fuerza Armada que exigen ciertos beneficios como si los Acuerdos de Paz no hubiesen dado nada. Yo creo que los Acuerdos de Paz se quedaron cortos pero dieron cosas esenciales, por ejemplo, a todos los niños y niñas que bajamos de la guerra se nos dio la oportunidad de nivelarnos educativamente. Si uno había estudiado algún grado antes de entrar a la guerrilla le hacían un examen de suficiencia, y, dependiendo del nivel que lo veía el maestro, a ese nivel lo matriculaban. A mí me matricularon en noveno grado a los 20 años. Era la niña con más edad. A los 20 años saqué mi noveno grado y fui como cualquier niña a la escuela amamantando a mi hija, porque a esa edad tuve a mi hija.

O sea que cruzaste una etapa rapidísimo.

Yo había dicho que en la guerrilla no iba a tener hijos, porque yo consideraba que si hubiese tenido un hijo me salgo de la guerrilla. El amor a mi hijo hubiera sido demasiado superior como para seguir en  la guerrilla. Sin embargo, hubo muchas compañeras en la guerrilla que sacrificaron a sus niños y niñas, pero que siempre hubo gente que les dio calor de familia. Muchos niños y niñas crecieron ahí. Entonces, nace mi niña y saco noveno grado. Además, después de los Acuerdos de Paz nos dieron la oportunidad de sacar el bachillerato en seis meses.  Todo eso está certificado porque fue parte de los Acuerdos de Paz. A los 22 años me inscribo para bachiller e íbamos a clases de seis de la mañana a 10 de la noche, de lunes a domingo durante seis meses. Ahí nos graduamos una gran cantidad de exguerrilleros y exguerrilleras. También exsoldados.  Ese fue un beneficio que solo necesitaba tu determinación. No pagabas nada. La oportunidad estaba. Yo la aproveche y me gradué de bachiller a los 23 años. A los 24 años entré a la universidad. En un inicio quería ser economista.

¿Y por qué te decidiste por el derecho?

Por dos cosas. Me inscribí para Economía, pero comencé con Administración de Empresas porque también me gustan los números, pero después me dije que quería conocer la justicia, el ordenamiento jurídico de mi país. Yo había luchado toda esa parte de mi vida por la justicia en términos generales y eso me motivó a tomar la carrera de derecho. Ello aunado a que tuve la suerte y la bendición que entré a trabajar al Órgano Judicial como mecanógrafa.

¿Ese acercamiento con el estudio de la justicia te convencieron que la justicia creada tradicionalmente por democracias, o como le quieras llamar, funcionaba o había que darle una oportunidad?

Mi primera inspiración tiene que ver con derechos. Para que una justicia sea equilibrada en un país, y realmente sea justa, es decir, que se aplica la ley en igualdad de condiciones, indistintamente de su estrato, tiene que ver con que la gente conozca sus derechos. Y la  justicia de El Salvador lo que le hace falta es que conozcamos nuestros derechos y los ejerzamos. En la medida que conoces tus derechos puedes enderezar las instituciones. En la medida que el ciudadano comience a exigir que el funcionario cumpla con sus deberes, yo le puedo asegurar que las cosas cambiarán.

Pero para eso necesitas cultura jurídica. Si la gente no conoce sus derechos no los va a pedir y no va a saber cómo ejercerlos.

Ese es el tema. Ahí es donde yo comienzo a recibir mi primera frustración como conocedora del derecho, ya dentro del Poder Judicial. Yo era una mecanógrafa en un Juzgado de lo Civil y lo que hacía era recibir toditos los días denuncias de violencia intrafamiliar. Yo recibía a mujeres golpeadas y maltratadas. ¿Cuándo me comienzo a frustrar? Cuando la decisión del juez no era proteger a esa mujer golpeada, sino proteger al hombre. La mujer llegaba a pedir medidas cautelares para alejar al hombre y el juez lo llamaba a la mesa a conciliar y le decía que Dios los había unido y que debían convivir juntos. A la mujer le decía que tenía que ser tolerante con su esposo. ¡Wao! Ahora la mujer ha cambiado.

Nosotros llegamos a la conclusión en la Asamblea Legislativa que los derechos de las mujeres terminan donde comienzan las ideologías. Eso se traduce en que en la Asamblea hay mujeres de izquierda y de derecha. Pero son las mujeres de izquierda las que hemos reivindicado los derechos de las mujeres.

¿Y por qué crees que se produce esa distancia ideológica frente a papeles y hechos que parecieran que no deberían de separarlos?

Es parte de la formación. Yo estoy convencida que la formación desde la infancia del ser humano debe ir enfocada a que no hay diferencias entre un niño y una niña, que lo único que nos diferencia es el sexo, pero que somos iguales ante los ojos de Dios. Yo no cuestiono que una mujer de derecha no tenga sensibilidad de género, no la cuestiono porque creo que esa mujer de derecha ha sido formada con los patrones que se han formado todas las mujeres en todo el mundo.

¿Cuál es la diferencia en la formación entre una mujer de izquierda y una mujer de derecha? Aplico la lógica y el sentido común: si una mujer de derecha ha tenido acceso a  liderazgos de padres más pudientes, de colegios privados, uno podría suponer que tienen la mente más abierta.

En teoría debería ser así. Yo creo que tiene que ver con el principio. Eso se lo agradezco a mi experiencia durante la guerrilla. Desde allá nos enseñaron que entre la mujer y el hombre había igualdad de derechos.

¿Será un sentido más de obediencia o de religión?

La mujer de derecha tradicionalmente es mucho más conservadora.

¿Está este país preparado para tener una mujer presidenta?

Como decía Shafick: “En El Salvador habrá socialismo hasta que el pueblo así lo decida”. Lo mismo digo yo: “En el país habrá una mujer presidenta hasta que los salvadoreños y salvadoreñas así lo decidan”.

¿Pero qué hace falta?

Hace falta mucho.

¿Tú quisieras dentro del FMLN una mujer candidata a la presidencia?

Claro. Esa aspiración la tenemos desde que formamos parte del FMLN… el partido ha tomado la decisión de llevar solo hombres a la presidencia porque si no pierde las elecciones. Es una decisión pragmática.

¿Pero decir esto que acabas de decir no es derrotarse?

No, no. Hasta el momento no. Ahora, no digo que las mujeres no hay que atrevernos. Hay que atreverse. Así como lo hizo Prudencia Ayala en los años veinte. Yo creo que vale la pena que en pleno siglo XXI las mujeres nos atrevamos a tomar las riendas de la mayor investidura que tiene El Salvador.

¿Jackeline Rivera quisiera, en algún momento de la historia, encabezar una candidatura presidencial del FMLN?

A mí me encantaría ser presidenta de la República. Pero eso no quiere decir que voy a candidatear para 2019. ¡Jaja!  Pero sí, dentro de mis aspiraciones me gustaría ser presidenta, como también me gustaría ser presidenta de la Corte Suprema de Justicia. Yo creo que las mujeres hemos desarrollado ese nivel de autoestima para creérnosla que somos capaces de conducir las riendas de este país a pesar de la adversidad. Yo digo que El Salvador debe darse la oportunidad de probar.

Hago un salto. ¿Cómo y por qué te metes a la política?

 Yo trabajé en el Órgano Judicial de 1996 hasta el 2005. Fui mecanógrafa, resolutora y terminé siendo secretaria de Cámara de Segunda Instancia. Yo hice mi carrera judicial. Por eso me declaro enamorada de la Judicatura y por eso reprocho las atrocidades que se están haciendo con nuestro estado constitucional de derecho por parte de la Sala.

Yo no estoy de acuerdo, por ejemplo, que porque eres diputada del FMLN no puedes ser juez o magistrada.

De allá venimos.

Eso es sectario para mí.

De ahí venimos, de ser perseguidos por nuestras ideas. No podemos volver a ese pasado que ya fue superado. No acepto que la sociedad salvadoreña se divida en dos clases: en la clase política y en la clase no política. Yo no acepto eso.

¿Cómo llegas a diputada?

En 2005 me salí del Órgano Judicial y comencé a ejercer mi profesión a plenitud. Me siento una mujer realizada como abogada, como jurista en el Órgano Judicial. Si usted me pregunta cuál era mi aspiración entre 2005 y 2009, yo le respondo que era eminentemente la judicatura. A mí me hubiese encantado ser jueza. Me hubiese encantado ser magistrada. Por eso le digo que es una aspiración de vida. Pero Medardo, nuestro secretario general nos plantea, nosotros íbamos a disputar la presidencia con el expresidente Mauricio Funes y el partido se estaba planteando llevar una buena propuesta a la Asamblea Legislativa con mujeres. Así es como se me plantea la opción de llegar a la Asamblea Legislativa. Este es mi primer cargo. Yo soy afiliada y militante del FMLN desde que el FMLN es partido político. Pero es mi primer cargo de elección popular. Me siento satisfecha de haber estado en la Asamblea. Mi periodo termina en el 2018. Me da satisfacción haber contribuido con lo que he hecho. He conocido la justicia desde las dos caras: de cómo se aplica y cómo se hacen las leyes. Termino mi periodo, pero yo soy alguien enamorada del estudio y mi plan principal es la academia.

¿Dar clases?

No. Me gusta proyectarme para una maestría. Quiero seguirme formando y seguir conociendo el derecho, seguir identificando las deficiencias que tiene nuestro ordenamiento jurídico. Y si nos lo permiten, seguir aportando a este país. Pero al final será mi partido el que decidirá la misión que nos va a dar. Vamos a seguir militando en este partido en la trinchera que se nos asigne.

Hablemos de tu pensamiento. Sé que eres una mujer de izquierda. ¿Cómo piensa una mujer moderna de izquierda?

Como dije antes, me declaro una mujer revolucionaria. Creo que las sociedades deben estar en permanente desarrollo.

Ahora, ¿no crees que la palabra revolucionaria les crea escozor a algunos?

Lo que nos han inyectado desde que el FMLN existe, o desde que existen las organizaciones sociales que han luchado por sus derechos, es la satanización de la palabra revolución. Pero esa es una palabra positiva. Las revoluciones en el mundo industrial nos han transformado de etapas de evolución tecnológica significativas. Aquí la gente cuando escucha la palabra revolución la atribuye a izquierdoso o comunista. No. Yo me refiero a la evolución, de transformar la vida, de ser capaz de alcanzar nuestras metas, de ser capaz de seguir nuestras ideas. Yo me defino como una mujer transformadora, que cree en las libertades y en la justicia social. También en la igualdad.  La evolución del ser humano debe ir hacia alcanzar el pleno ejercicio de su libertad.

Yo creo que parte del problema de los latinoamericanos es que nunca hemos podido armonizar dos palabras: la libertad y la justicia. Cuando pensamos en libertades públicas se nos olvida la justicia. Pero también creo que hay pecados de algunas izquierdas que, cuando se ha pensado en justicia, se han atropellado las libertades.

Cada país y cada pensamiento de izquierda se desarrollan según su idionsicracia.

Es decir que cada país puede tener su propio socialismo.

Claro, y sin necesidad de importarlo. Lo que pasa es que ha sido muy favorable para los detractores del pensamiento socialista importar situaciones adversas de otros territorios para generar temores en la ciudadanía y con eso impedir que el pueblo avance. Para que un pueblo avance tiene que ser un pueblo objetivamente informado. El Salvador no ha estado exento. Desde que el FMLN se convirtió en el FMLN, es decir, en 1994, aquí se enfundó un miedo: miedo a la expropiación, miedo a la persecución, miedo a la restricción de libertades, miedo incluso de que fuéramos a quemar biblias. Ha sido muy conveniente para los sectores de derecha infundir miedos. Esos miedos se rompieron. En el FMLN consideramos y nos determinamos por ser defensores de la autodeterminación de los pueblos. Usted no puede vivir aislado, como ermitaño, pero tampoco se vale que se inmiscuyan en políticas ajenas. Ningún embajador tiene derecho a inmiscuirse en la política interna de nadie.

Tal vez voy hacer un juicio que no le guste a alguien. Yo creo que aquí se deja al representante, o al embajador de los Estados Unidos, actuar un poco transgrediendo el respeto al país. Aquí hay conductas que en Costa Rica hubieran sacado.

Como te decía, nosotros somos convencidos de la autodeterminación de los pueblos y de la relación que tienen sedes diplomáticas. Pero nosotros hemos sido quizá permisivos. Yo acepto tu crítica. Hemos sido muy permisivos en dejar pasar acciones de flagrante injerencia de la política interna. Lo hizo un embajador de Alemania que se inmiscuyó en nuestra política como si hubiese sido un salvadoreño y hoy estamos viendo unas acciones de la embajada americana que, incluso, rayan. No solo inmiscuyen en política interna sino un apoyo bien declarado hacia un partido político. Eso es grave, porque la relación que El Salvador tiene con el gobierno de los Estados Unidos es una relación de Estado a Estado. No puede existir una relación con un partido político porque la ley lo prohíbe. Creo que el pueblo debe de observar. Nosotros tenemos mucho que agradecerle a los Estados Unidos porque nos ha colaborado y apoyado, pero ese apoyo y esa colaboración no pueden convertirse en una injerencia, en una intervención en nuestras decisiones. Nuestro pueblo debe estar bien informado para tomar las mejores decisiones.

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