El Salvador, jueves 23 de marzo de 2017

Redacción 102nueve || enero 10, 2017

Escribir a espaldas del tiempo

«Yo me inicié ya viejo, pero eso no quiere decir que no me inicié». Melitón Barba.

Por Giovanni Durán 
| NARRATIVA 503 |

Melitón Barba nace en San Salvador el 26 de octubre de 1925. Además de titularse como médico en la Universidad de El Salvador y convertirse en catedrático y cirujano, emprende estudios de postgrado en ortopedia y traumatología en Italia, Francia y Argentina. Asimismo, es pionero en el país en la práctica de medicina alternativa como la acupuntura, homeopatía e hipnosis.

Tiene cincuenta y ocho años cuando publica su primer libro de cuentos Todo tiro a jon. Para entonces también ha escrito ensayos y un libro de medicina. Muchos dirían que ha comenzado tarde en la ficción, sin embargo para escribir no hay edad, y él no es el único: Daniel Defoe, autor de la célebre novela Robinson Crusoe, se inicia a los cincuenta y nueve; Charles Perrault, escritor de Cuentos de mamá ganso, comienza a recolectar su obra a la edad de cincuenta y cinco años, y José Saramago, ganador del premio Nobel de Literatura en 1998, se dedica de lleno a la escritura al final de sus cincuentas, por mencionar algunos.

Siendo testigo de grandes cambios sociales, Melitón nutre sus cuentos con experiencias, colores y aromas personales. Su estilo hace gala de humor y picardía, con personajes cercanos y vivos, cuyas historias manifiestan la dura realidad. «Siempre he sostenido que lo que uno escribe es vivencial. Sea porque lo ha visto, se lo han contado, lo ha leído o porque lo ha sufrido. Todo es como una especie de catarsis», dice Melitón en una entrevista que brinda al académico Ricardo Roque Baldovinos y a Jaime Barba, su hijo. «Entré a la literatura de ficción porque sentía una necesidad de decir algo […] incluso como médico yo he sido siempre un inconforme. Y, por ello, he sentido la necesidad de expresarme», declara.

Desde su primera publicación de ficción hasta su último día han transcurrido aproximadamente diecisiete años de trayectoria, tiempo suficiente para producir su obra. En cuento: Todo a tiro jon (1984); Cuenta la leyenda que… (1985); Olor a muerto (1986); Puta vieja (1987); Cartas marcadas (1989); Hermosa cosa maravillosa (1991); La sombra del ahorcado (1994); Alquimia para hacer el amor (1997) y En un pequeño motel (2000). En ensayo: Ítalo López Vallecillo, el político (1996); Diez artistas (1998); Literatura y medicina (1998); Los partidos de centro (1998), entre otros.

Aun después de los setenta años, sigue escribiendo y se convierte en uno de los más representativos cuentistas de nuestro país. La edad no le es impedimento. Lo mueve el amor al oficio y la contundente brevedad de la vida, ya que muere en 2001 a los setenta y cinco años.

Se ha dicho que el conocimiento de la muerte le da sentido a la vida, y que la verdadera lucha del artista es contra el tiempo. Esta fue una batalla que Melitón tuvo que librar. Asimismo, se ha dicho que la juventud es un divino tesoro; y lo es, hay que aprovecharla, pero también es cierto que la vida misma es un tesoro.

Así que pongámonos de pie, recobremos fuerza y emprendamos nuevos sueños. Aún tenemos tiempo, nos sorprenderemos de cuántas personas, a sus cincuenta y ocho años o más, están estudiando, escribiendo, aprendiendo a nadar o a montar en bicicleta.

En esta oportunidad les presento el cuento El Lecumberri, un relato publicado en el libro Cartas marcadas.

El Lecumberri

El tipo se la sacudió tres veces, se la guardó y se fue caminando al bar mientras se subía la cremallera de la bragueta. En el mostrador adoptó postura de guapo, subiendo el pie derecho sobre la barra de hierro para lucir las botas mexicanas. La camisa, abierta de tres botones, mostraba cadenas gruesas de oro que hacía juego con la esclava del mismo metal que lucía en la muñeca derecha. Le decían el Lecumberri, y a él le gustaba, porque el nombre infundía respeto. En toda la zona, incluyendo los que estaban presos en San Lucas, no había nadie que hubiera purgado un delito en la famosa penitenciaría de México. El Lecumberri lo contaba con orgullo, en una lucha limpia con puñal, defendiendo su puta de las insolencias de Laurentino Galeas, alias El Carnaza. Y pasaba a relatar cómo había caído El Carnaza con un primer trabón en la cara que lo dejó marcado para toda la vida y luego una puñalada en el abdomen. Lo salvaron en el hospital, pero El Carnaza perdió su prestigio de regero de aquellos lupanares para dejar el puesto al salvadoreño. Son buenos para la cuchilla, decía, pero somos mejores los santanecos y recordaba sus barriadas meretricias y sus arrabales perdularios, testimonios frecuentes de sus añoranzas y pendencias.

Y cumplió con su condena en la penitenciaría y fue jefe de celda, no por antigüedad, sino por haber derrotado al Carnaza. En Lecumberri todo está bien reglamentado. Los ladrones ocupan las celdas del lado poniente, donde nunca brilla el sol y salen tuberculosos o se mueren podridos de los pulmones escupiendo sangre todo el día y a veces hasta vomitándola. Los drogos, los moteros y los vendedores de hierba están en el “el Callejón de las Ánimas”, porque allí se mueren clamando un pinchazo o llorando por su dosis de crack o su poco de pega para hueler. Los criminales ocupan “El Corralón de los Consentidos”, porque hasta los vigilantes les tienen miedo y el propio Alcaide hace negocios sucios con ellos. Son consentidos porque les permiten todo, desde la entrada de putas hasta ponerse libos y hacerle al pusher, y El Lecumberri estuvo en ese lado de la peni. Y fue jefe de celda y los jefes de celda tienen servicio a domicilio, la misma dirección les asigna dos putos para que les sirvan, les cocinen especial, les laven la ropa y para que se los cojan; pero El Lecumberri nunca los ocupó para eso, le sobraban hembras después que derrotó a El Carnaza. Tenía el negocio de la droga y el tequila, y por eso salió pupuso: cadena de oro, ropa fina de otro lado de la frontera, botas charras y cuenta bancaria. En cuatro años puso amasar su fortuna pero no lo dejaron libre ni un día, porque apenas cumplió la condena lo fueron a tirar a la frontera con Guatemala, porque el cónsul de su país no se hizo cargo para que lo deportaran. Lo mandaron a llamar, al cónsul, para decirle que ya estaba por terminar su condena y que iban a deportarlo, pero el funcionario leyó su expediente y le dijo al Alcaide que el país era muy pobre para estar gastando en deportación de criminales. Mejor mátenlo ustedes ahora que lo tienen enjaulado, porque si no les va a seguir dando problemas. Mátenlo, repitió. Hijueputa cónsul. Pero no lo mataron y lo fueron a tirar amarrado al otro lado de la frontera chapina para que lo agarraran los de este lado y lo ahogaran en el río. Tuvo suerte El Lecumberri, no sucumbió, se vino costeando, buscando ambiente donde él era gallo y en vez de venir a su tierra se fue para Honduras, pero no le gustó porque hay muchos negros y esos cabrones matan a traición, no pelean de frente como los hombres. Hasta que llegó a esta parte: buen ambiente, no faltaba hierba y hay putal en abundancia. Buenas putas y bebedoras de pinches viejas.

Y de burdel en burdel fue demostrando lo bueno que es para echarse tragos y mejor para usar la cuchilla. En Puntarenas no había quien se le pusiera enfrente, ni siquiera los cuchilleros de Guanacaste que tienen fama, ni los chochos que se pasan la frontera. El Lecumberri era el guapo y hacía con las putas lo que quería, además de que manejaba su pequeño imperio de drogas que se iba ampliando con el contrabando. Se había convertido en el contacto de los colombianos y la cosa iba creciendo y daba para más, pero su pasión eran las putas que regentaba, les daba protección y todas tenían que pagarle.

La Martina estaba chula y fresca porque apenas frisaba los 18. Hacía poco que estaba en el negocio y era la preferida del jefe, de El Lecumberri. Comenzaba a beber y a disfrutar del trago y de la vida, pero iba bien a la carrera para abajo, alguna decepción, se hablaba, porque bebe como desesperada. Sus viejos, cada vez que la localizaban, lloraban, regresate Martina, no importa lo que hayás hecho, pero abandoná esta vida. La Martina cambiaba de lupanar para que no la siguieran, le gustaba esa vidorria y venía rodando de pueblo en pueblo, hasta que los viejos se resignaron y la dejaron en paz en el puerto. El padre tenía secos los lagrimales de tanto llanto y se había conformado.

Si se fue, Dios que la ampare. Adónde irá el buey que no are y no halle su merecido.

Y era bien perseguida La Martina, tenía clientela y hasta era la preferida de los condenados de San Lucas. Los sábados, día de visita, se echaba hasta quince presos encima. Regresaba doliosa de los encajes pero la cartera bien repleta.

Y la Martina estaba enamorada de El Lecumberri que la golpeaba, la destruía a patadas y La Martina siguiéndolo, persiguiéndolo, aguantando como pura masoquista. El Lecumberri era cruel y era macho. Para las muertes que debo… repetía con orgullo.

Esa noche era el día principal del carnaval de Puntarenas. Había conjuntos musicales en todas las playas, en los hoteles de lujo, en los barrios y arrabales de las orillas, y en el bajo mundo donde trabajaba La Martina. Allí funcionaba la rocola, pero esa noche era especial, porque era la fiesta del puerto y habían contratado un pequeño conjunto de la ciudad de Cañas, porque esperaban coronar su propia reina, como en los grandes salones coronarían a la reina del carnaval. La Martina tenía esperanzas y El Lecumberri le había dicho que sí, que ella iba a ser la ganadora. Por eso, con sus propias manos, había elaborado los pequeños carteles de propaganda “La Martina, reina del salón”. Estaba estrenando vestido y zapatos diez centímetros y esa noche estaba más enamorada, porque se soñaba coronada la reina del burdel abrazada a su hombre, el rey del hampa.

El Lecumberri pidió su trago doble. Le gustaba servido en copa tequilera y lo bebía de un solo, frente al público para que lo admirara. De las mesas lejanas brotaron aplausos. El Lecumberri alzó el brazo derecho para saludar y pidió lo mismo. El anillo de piedra roja centelló con la luz de la luminaria. De la rocola salían las tristes notas de “Vuelve al cabaret”. Los músicos, cada uno cargando su instrumento iban entrando de uno en uno y acomodándose en el rincón más lejano del salón, alumbrados apenas por una bujía de 25 voltios. Algunas sillas comenzaron a ser cambiadas de sitio para quedar frente al conjunto, mientras las parejas que terminaban de bailar se dirigían a sus asientos. El regente del bar presentó al conjunto y anunció el comienzo de la fiesta.

Las parejas, a medida que se encandilaban más con los rones, se desplazaban mejor por el salón al compás de las cumbias. La Martina, junto a otras putas, bebía despreocupada y alegre esperando que su hombre fuera a traerla. El Lecumberri seguía tomando solo en el mostrador cambiando frases con sus admiradores. Hacía derroche de guapura. Cuando estuvo medio borracho, alzó su mano y llamó a la Chontaleña, una puta treintañera, para invitarla a bailar. La Chontaleña se dirigió al bar y juntos esperaron que las demás parejas abandonaran el salón, porque cuando El Lecumberri bailaba, el salón era todo para él. Y bailaron lindo, con profusión de pasos barrio bajeros, porque la Chontaleña era experta bailadora porteña y El Lecumberri se pintaba. Después sonaron los aplausos y El Lecumberri alzó su brazo para agradecer. La fiesta siguió su ritmo caliente, los vasos sonaban tilín con brandis y las cervezas se desparramaban sobre las mesas cada vez que las parejas tomaban asiento.

La Martina se levantó furiosa y se dirigió al mostrador a pelear a su hombre. La Chontaleña no había soltado el brazo de su pareja. Primero putió a la puta y le tiró una ganchada. El Lecumberri las apartó y mandó a la Chontaleña a su mesa. Acto seguido descargó tremendo puñetazo en la cara de La Martina que la hizo rodar por los suelos. El público se alborotó y dejó el espacio libre. La Martina sangraba de la boca y las gotas de sangre manchaban el escote de encajes que adornaba el vestido nuevo. Dos compañeras la ayudaron y la condujeron a su mesa. El Lecumberri pidió otro trago. En esos momentos la orquesta dejó de tocar.

El músico del contrabajo, hombre viejo, guardó sus anteojos y se dirigió al bar. Una vez frente a El Lecumberri dijo:

—A las mujeres no se les pega —su voz sonó como súplica, no como desafío.

EL hombre lo vio con desprecio al contemplar su edad y su porte, y su respuesta fue clara:

—¿Hay algún hijo de puta que lo impida? —luego tiró un escupitajo a los pies del músico. La orquesta comenzó a tocar y el viejo volvió a su sitio a ocupar el contrabajo.

La Martina, llorosa, volvió a su hombre. El tipo apartó a la gente para que desalojaran el salón. Se disponía a bailar. El sitio quedó solo. Tomó a La Martina del pelo y le agachó la cabeza hasta la espalda. En esa posición la condujo al centro de la pista y comenzó a bailar el tango que sonaban, situándose frente al viejo que tocaba el contrabajo. Las miradas del público estaban en el centro, viendo las filigranas que engarzaban los cuerpos trenzados de El Lecumberri y La Martina. Unos pocos miraban al viejo, que sin desprender la vista de la pareja y los ojos encendidos por la cólera, sonaba las gruesas cuerdas del violón dong dong dong a los compases de “Niebla de Riachuelo”, mientras los bailarines, en una sincronización perfecta, cruzaban el salón con maestría. Toda la pieza fue en esa posición, retando al pobre músico. El Lecumberri, al finalizar la música, se dirigió al hombrecito de los lentes y le gritó:

—Viejo mierda, para que veás —y descargó un puñetazo al rostro de la puta.

A los pies del músico rodaron varias cuchillas bien filudas. Recogió una y se le chisparon los dedos porque nunca había tocado el acero.

—Llevate el violín de escudo —dijo un compañero, y se lo pasó.

Hombre y violín se acercaron a la pista. EL violín en la izquierda, la cuchilla a la derecha. El Lecumberri bajó su mano a la bota y extrajo el puñal. Apretó un botón y la cuchilla saltó como relámpago. Dio un paso atrás y abrió los brazos para el combate. El viejo alzó el violín. Ambos contendientes, con pasos ladeados, se iban aproximando.

La primera cuchillada tocó la madera y el viejo no se inmutó. Más parecía dispuesto a que lo mataran que a matar. Una nueva cuchillada le cortó la pechera del abrigo de lana que portaba para el frío. El Lecumberri se preparó para atacar y se lanzó a fondo, en momentos en que La Martina se tiraba en sus brazos tratando de evitar una tragedia. El puñal entró de lleno en el pecho de la puta, precisamente cuando la cuchillada del viejo se hundía con toda fuerza en el abdomen del matón. Ambos cayeron uno al lado del otro. El viejo también se desplomó. Sudaba profusamente y las gotas de sudor caían abundantes, como lágrimas.

El cantinero se acercó a los muertos y se dirigió al público:

—la pelea ha sido limpia —dijo—, aquí nadie ha visto nada. Es la ley del hampa y la ley del hampa se respeta. Nadie ha visto nada —repitió.

Los músicos comenzaron a desfilar para la calle cada uno cargando su instrumento. Adentro comenzó a sonar “Vuelve al cabaret”, mientras el frío de la noche secaba las lágrimas del viejo que guardaba en su bolsa pechera el papel de propaganda que había desprendido de la pared del bar, sabiendo que eso fue lo último que escribió su hija “La Martina, reina del salón”.   

*Giovanni Durán es narrador, catedrático y autor del libro Historias de medianoche, amor, suspenso y más. [email protected]

Escribir a espaldas del tiempo

Por: Redacción 102nueve
enero 10, 2017

«Yo me inicié ya viejo, pero eso no quiere decir que no me inicié». Melitón Barba.

«Yo me inicié ya viejo, pero eso no quiere decir que no me inicié». Melitón Barba.

Por Giovanni Durán 
| NARRATIVA 503 |

Melitón Barba nace en San Salvador el 26 de octubre de 1925. Además de titularse como médico en la Universidad de El Salvador y convertirse en catedrático y cirujano, emprende estudios de postgrado en ortopedia y traumatología en Italia, Francia y Argentina. Asimismo, es pionero en el país en la práctica de medicina alternativa como la acupuntura, homeopatía e hipnosis.

Tiene cincuenta y ocho años cuando publica su primer libro de cuentos Todo tiro a jon. Para entonces también ha escrito ensayos y un libro de medicina. Muchos dirían que ha comenzado tarde en la ficción, sin embargo para escribir no hay edad, y él no es el único: Daniel Defoe, autor de la célebre novela Robinson Crusoe, se inicia a los cincuenta y nueve; Charles Perrault, escritor de Cuentos de mamá ganso, comienza a recolectar su obra a la edad de cincuenta y cinco años, y José Saramago, ganador del premio Nobel de Literatura en 1998, se dedica de lleno a la escritura al final de sus cincuentas, por mencionar algunos.

Siendo testigo de grandes cambios sociales, Melitón nutre sus cuentos con experiencias, colores y aromas personales. Su estilo hace gala de humor y picardía, con personajes cercanos y vivos, cuyas historias manifiestan la dura realidad. «Siempre he sostenido que lo que uno escribe es vivencial. Sea porque lo ha visto, se lo han contado, lo ha leído o porque lo ha sufrido. Todo es como una especie de catarsis», dice Melitón en una entrevista que brinda al académico Ricardo Roque Baldovinos y a Jaime Barba, su hijo. «Entré a la literatura de ficción porque sentía una necesidad de decir algo […] incluso como médico yo he sido siempre un inconforme. Y, por ello, he sentido la necesidad de expresarme», declara.

Desde su primera publicación de ficción hasta su último día han transcurrido aproximadamente diecisiete años de trayectoria, tiempo suficiente para producir su obra. En cuento: Todo a tiro jon (1984); Cuenta la leyenda que… (1985); Olor a muerto (1986); Puta vieja (1987); Cartas marcadas (1989); Hermosa cosa maravillosa (1991); La sombra del ahorcado (1994); Alquimia para hacer el amor (1997) y En un pequeño motel (2000). En ensayo: Ítalo López Vallecillo, el político (1996); Diez artistas (1998); Literatura y medicina (1998); Los partidos de centro (1998), entre otros.

Aun después de los setenta años, sigue escribiendo y se convierte en uno de los más representativos cuentistas de nuestro país. La edad no le es impedimento. Lo mueve el amor al oficio y la contundente brevedad de la vida, ya que muere en 2001 a los setenta y cinco años.

Se ha dicho que el conocimiento de la muerte le da sentido a la vida, y que la verdadera lucha del artista es contra el tiempo. Esta fue una batalla que Melitón tuvo que librar. Asimismo, se ha dicho que la juventud es un divino tesoro; y lo es, hay que aprovecharla, pero también es cierto que la vida misma es un tesoro.

Así que pongámonos de pie, recobremos fuerza y emprendamos nuevos sueños. Aún tenemos tiempo, nos sorprenderemos de cuántas personas, a sus cincuenta y ocho años o más, están estudiando, escribiendo, aprendiendo a nadar o a montar en bicicleta.

En esta oportunidad les presento el cuento El Lecumberri, un relato publicado en el libro Cartas marcadas.

El Lecumberri

El tipo se la sacudió tres veces, se la guardó y se fue caminando al bar mientras se subía la cremallera de la bragueta. En el mostrador adoptó postura de guapo, subiendo el pie derecho sobre la barra de hierro para lucir las botas mexicanas. La camisa, abierta de tres botones, mostraba cadenas gruesas de oro que hacía juego con la esclava del mismo metal que lucía en la muñeca derecha. Le decían el Lecumberri, y a él le gustaba, porque el nombre infundía respeto. En toda la zona, incluyendo los que estaban presos en San Lucas, no había nadie que hubiera purgado un delito en la famosa penitenciaría de México. El Lecumberri lo contaba con orgullo, en una lucha limpia con puñal, defendiendo su puta de las insolencias de Laurentino Galeas, alias El Carnaza. Y pasaba a relatar cómo había caído El Carnaza con un primer trabón en la cara que lo dejó marcado para toda la vida y luego una puñalada en el abdomen. Lo salvaron en el hospital, pero El Carnaza perdió su prestigio de regero de aquellos lupanares para dejar el puesto al salvadoreño. Son buenos para la cuchilla, decía, pero somos mejores los santanecos y recordaba sus barriadas meretricias y sus arrabales perdularios, testimonios frecuentes de sus añoranzas y pendencias.

Y cumplió con su condena en la penitenciaría y fue jefe de celda, no por antigüedad, sino por haber derrotado al Carnaza. En Lecumberri todo está bien reglamentado. Los ladrones ocupan las celdas del lado poniente, donde nunca brilla el sol y salen tuberculosos o se mueren podridos de los pulmones escupiendo sangre todo el día y a veces hasta vomitándola. Los drogos, los moteros y los vendedores de hierba están en el “el Callejón de las Ánimas”, porque allí se mueren clamando un pinchazo o llorando por su dosis de crack o su poco de pega para hueler. Los criminales ocupan “El Corralón de los Consentidos”, porque hasta los vigilantes les tienen miedo y el propio Alcaide hace negocios sucios con ellos. Son consentidos porque les permiten todo, desde la entrada de putas hasta ponerse libos y hacerle al pusher, y El Lecumberri estuvo en ese lado de la peni. Y fue jefe de celda y los jefes de celda tienen servicio a domicilio, la misma dirección les asigna dos putos para que les sirvan, les cocinen especial, les laven la ropa y para que se los cojan; pero El Lecumberri nunca los ocupó para eso, le sobraban hembras después que derrotó a El Carnaza. Tenía el negocio de la droga y el tequila, y por eso salió pupuso: cadena de oro, ropa fina de otro lado de la frontera, botas charras y cuenta bancaria. En cuatro años puso amasar su fortuna pero no lo dejaron libre ni un día, porque apenas cumplió la condena lo fueron a tirar a la frontera con Guatemala, porque el cónsul de su país no se hizo cargo para que lo deportaran. Lo mandaron a llamar, al cónsul, para decirle que ya estaba por terminar su condena y que iban a deportarlo, pero el funcionario leyó su expediente y le dijo al Alcaide que el país era muy pobre para estar gastando en deportación de criminales. Mejor mátenlo ustedes ahora que lo tienen enjaulado, porque si no les va a seguir dando problemas. Mátenlo, repitió. Hijueputa cónsul. Pero no lo mataron y lo fueron a tirar amarrado al otro lado de la frontera chapina para que lo agarraran los de este lado y lo ahogaran en el río. Tuvo suerte El Lecumberri, no sucumbió, se vino costeando, buscando ambiente donde él era gallo y en vez de venir a su tierra se fue para Honduras, pero no le gustó porque hay muchos negros y esos cabrones matan a traición, no pelean de frente como los hombres. Hasta que llegó a esta parte: buen ambiente, no faltaba hierba y hay putal en abundancia. Buenas putas y bebedoras de pinches viejas.

Y de burdel en burdel fue demostrando lo bueno que es para echarse tragos y mejor para usar la cuchilla. En Puntarenas no había quien se le pusiera enfrente, ni siquiera los cuchilleros de Guanacaste que tienen fama, ni los chochos que se pasan la frontera. El Lecumberri era el guapo y hacía con las putas lo que quería, además de que manejaba su pequeño imperio de drogas que se iba ampliando con el contrabando. Se había convertido en el contacto de los colombianos y la cosa iba creciendo y daba para más, pero su pasión eran las putas que regentaba, les daba protección y todas tenían que pagarle.

La Martina estaba chula y fresca porque apenas frisaba los 18. Hacía poco que estaba en el negocio y era la preferida del jefe, de El Lecumberri. Comenzaba a beber y a disfrutar del trago y de la vida, pero iba bien a la carrera para abajo, alguna decepción, se hablaba, porque bebe como desesperada. Sus viejos, cada vez que la localizaban, lloraban, regresate Martina, no importa lo que hayás hecho, pero abandoná esta vida. La Martina cambiaba de lupanar para que no la siguieran, le gustaba esa vidorria y venía rodando de pueblo en pueblo, hasta que los viejos se resignaron y la dejaron en paz en el puerto. El padre tenía secos los lagrimales de tanto llanto y se había conformado.

Si se fue, Dios que la ampare. Adónde irá el buey que no are y no halle su merecido.

Y era bien perseguida La Martina, tenía clientela y hasta era la preferida de los condenados de San Lucas. Los sábados, día de visita, se echaba hasta quince presos encima. Regresaba doliosa de los encajes pero la cartera bien repleta.

Y la Martina estaba enamorada de El Lecumberri que la golpeaba, la destruía a patadas y La Martina siguiéndolo, persiguiéndolo, aguantando como pura masoquista. El Lecumberri era cruel y era macho. Para las muertes que debo… repetía con orgullo.

Esa noche era el día principal del carnaval de Puntarenas. Había conjuntos musicales en todas las playas, en los hoteles de lujo, en los barrios y arrabales de las orillas, y en el bajo mundo donde trabajaba La Martina. Allí funcionaba la rocola, pero esa noche era especial, porque era la fiesta del puerto y habían contratado un pequeño conjunto de la ciudad de Cañas, porque esperaban coronar su propia reina, como en los grandes salones coronarían a la reina del carnaval. La Martina tenía esperanzas y El Lecumberri le había dicho que sí, que ella iba a ser la ganadora. Por eso, con sus propias manos, había elaborado los pequeños carteles de propaganda “La Martina, reina del salón”. Estaba estrenando vestido y zapatos diez centímetros y esa noche estaba más enamorada, porque se soñaba coronada la reina del burdel abrazada a su hombre, el rey del hampa.

El Lecumberri pidió su trago doble. Le gustaba servido en copa tequilera y lo bebía de un solo, frente al público para que lo admirara. De las mesas lejanas brotaron aplausos. El Lecumberri alzó el brazo derecho para saludar y pidió lo mismo. El anillo de piedra roja centelló con la luz de la luminaria. De la rocola salían las tristes notas de “Vuelve al cabaret”. Los músicos, cada uno cargando su instrumento iban entrando de uno en uno y acomodándose en el rincón más lejano del salón, alumbrados apenas por una bujía de 25 voltios. Algunas sillas comenzaron a ser cambiadas de sitio para quedar frente al conjunto, mientras las parejas que terminaban de bailar se dirigían a sus asientos. El regente del bar presentó al conjunto y anunció el comienzo de la fiesta.

Las parejas, a medida que se encandilaban más con los rones, se desplazaban mejor por el salón al compás de las cumbias. La Martina, junto a otras putas, bebía despreocupada y alegre esperando que su hombre fuera a traerla. El Lecumberri seguía tomando solo en el mostrador cambiando frases con sus admiradores. Hacía derroche de guapura. Cuando estuvo medio borracho, alzó su mano y llamó a la Chontaleña, una puta treintañera, para invitarla a bailar. La Chontaleña se dirigió al bar y juntos esperaron que las demás parejas abandonaran el salón, porque cuando El Lecumberri bailaba, el salón era todo para él. Y bailaron lindo, con profusión de pasos barrio bajeros, porque la Chontaleña era experta bailadora porteña y El Lecumberri se pintaba. Después sonaron los aplausos y El Lecumberri alzó su brazo para agradecer. La fiesta siguió su ritmo caliente, los vasos sonaban tilín con brandis y las cervezas se desparramaban sobre las mesas cada vez que las parejas tomaban asiento.

La Martina se levantó furiosa y se dirigió al mostrador a pelear a su hombre. La Chontaleña no había soltado el brazo de su pareja. Primero putió a la puta y le tiró una ganchada. El Lecumberri las apartó y mandó a la Chontaleña a su mesa. Acto seguido descargó tremendo puñetazo en la cara de La Martina que la hizo rodar por los suelos. El público se alborotó y dejó el espacio libre. La Martina sangraba de la boca y las gotas de sangre manchaban el escote de encajes que adornaba el vestido nuevo. Dos compañeras la ayudaron y la condujeron a su mesa. El Lecumberri pidió otro trago. En esos momentos la orquesta dejó de tocar.

El músico del contrabajo, hombre viejo, guardó sus anteojos y se dirigió al bar. Una vez frente a El Lecumberri dijo:

—A las mujeres no se les pega —su voz sonó como súplica, no como desafío.

EL hombre lo vio con desprecio al contemplar su edad y su porte, y su respuesta fue clara:

—¿Hay algún hijo de puta que lo impida? —luego tiró un escupitajo a los pies del músico. La orquesta comenzó a tocar y el viejo volvió a su sitio a ocupar el contrabajo.

La Martina, llorosa, volvió a su hombre. El tipo apartó a la gente para que desalojaran el salón. Se disponía a bailar. El sitio quedó solo. Tomó a La Martina del pelo y le agachó la cabeza hasta la espalda. En esa posición la condujo al centro de la pista y comenzó a bailar el tango que sonaban, situándose frente al viejo que tocaba el contrabajo. Las miradas del público estaban en el centro, viendo las filigranas que engarzaban los cuerpos trenzados de El Lecumberri y La Martina. Unos pocos miraban al viejo, que sin desprender la vista de la pareja y los ojos encendidos por la cólera, sonaba las gruesas cuerdas del violón dong dong dong a los compases de “Niebla de Riachuelo”, mientras los bailarines, en una sincronización perfecta, cruzaban el salón con maestría. Toda la pieza fue en esa posición, retando al pobre músico. El Lecumberri, al finalizar la música, se dirigió al hombrecito de los lentes y le gritó:

—Viejo mierda, para que veás —y descargó un puñetazo al rostro de la puta.

A los pies del músico rodaron varias cuchillas bien filudas. Recogió una y se le chisparon los dedos porque nunca había tocado el acero.

—Llevate el violín de escudo —dijo un compañero, y se lo pasó.

Hombre y violín se acercaron a la pista. EL violín en la izquierda, la cuchilla a la derecha. El Lecumberri bajó su mano a la bota y extrajo el puñal. Apretó un botón y la cuchilla saltó como relámpago. Dio un paso atrás y abrió los brazos para el combate. El viejo alzó el violín. Ambos contendientes, con pasos ladeados, se iban aproximando.

La primera cuchillada tocó la madera y el viejo no se inmutó. Más parecía dispuesto a que lo mataran que a matar. Una nueva cuchillada le cortó la pechera del abrigo de lana que portaba para el frío. El Lecumberri se preparó para atacar y se lanzó a fondo, en momentos en que La Martina se tiraba en sus brazos tratando de evitar una tragedia. El puñal entró de lleno en el pecho de la puta, precisamente cuando la cuchillada del viejo se hundía con toda fuerza en el abdomen del matón. Ambos cayeron uno al lado del otro. El viejo también se desplomó. Sudaba profusamente y las gotas de sudor caían abundantes, como lágrimas.

El cantinero se acercó a los muertos y se dirigió al público:

—la pelea ha sido limpia —dijo—, aquí nadie ha visto nada. Es la ley del hampa y la ley del hampa se respeta. Nadie ha visto nada —repitió.

Los músicos comenzaron a desfilar para la calle cada uno cargando su instrumento. Adentro comenzó a sonar “Vuelve al cabaret”, mientras el frío de la noche secaba las lágrimas del viejo que guardaba en su bolsa pechera el papel de propaganda que había desprendido de la pared del bar, sabiendo que eso fue lo último que escribió su hija “La Martina, reina del salón”.   

*Giovanni Durán es narrador, catedrático y autor del libro Historias de medianoche, amor, suspenso y más. [email protected]

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