El Salvador, viernes 18 de agosto de 2017

Redacción 102nueve || julio 25, 2017

Don Neto Rivas

Un influyente bloguero y ex diplomático salvadoreño murió.

De pronto suena el teléfono celular. Es diciembre. Está encima la noche de Navidad. “Te habla Ernesto Rivas Gallont”. Los vocablos salen de una voz gangosa, lenta y nacida a sobresaltos. Respondí su saludo un tanto distante. Seco, diría.

Yo tenía razones para hablarle de esa manera a don Neto. Algún tiempo atrás nos habíamos cruzado una serie de columnas sobre un tema que se debatía públicamente. Yo atacaba lo que se había hecho con la geotermia estatal y, de pronto, don Ernesto Rivas Gallont me lanzó una serie de dardos envenenados. Duros, severos pero falsos. Me acusó de estar en la planilla de una institución pública y eso no era cierto.

Entendí, en ese momento, que alguien le había proporcionado información falsa y le pidió que me atacara. Nos dimos duro, durísimo. Me defendí con todas las armas que el lenguaje pusiera en las puntas de mis dedos a la hora de escribir.

Desde entonces nos distanciamos. Yo hablaba bastante con don Neto. Me llamaba por teléfono con bastante frecuencia. Sobre todo cuando quería escuchar mis puntos de vista sobre un tema de interés público.

También le gustaba hablar de Costa Rica. De los problemas y virtudes. No nos callábamos nada. Sobre todo, me contaba sus vivencias al lado del periodista y abogado costarricense, Guido Fernández, quien fungió como embajador en Washington en la misma época que él. Ambos se hicieron muy amigos, examinaron abiertamente las opciones de paz en Centroamérica. Guido fue mi director en el periódico La Nación y, por un tiempo, me fui a trabajar como su asistente personal al sector privado.

A don Neto siempre le mostré mucho cariño hasta que nos distanció su crítica personal hacia mí. La tomé como una acción deslegitimadora en medio de una refriega pública.

Pero ese día de diciembre realmente me sorprendió don Ernesto Rivas Gallont, el exembajador de El Salvador en Washington y un hombre de un enorme juicio crítico: “Lafitte, me dijo, quiero pedirle disculpas. Yo me equivoqué. Lo ataqué sin escribir la verdad. Usted tenía la verdad. No yo. Quiero que volvamos a ser amigos”, me dijo.

Hoy supe que murió don Ernesto Rivas Gallont. Recuerdo esas palabras de don Neto ( y le llamo así porque siempre fue un señor”), no para recordar cómo gané una batalla que no vale la pena recordar.

Ese día nos reencontramos nosotros mismos en tiempo presente. Eso fue lo más importante.

Recuerdo su llamada telefónica porque eso retrata a un buen hombre, a un notable ensayista, a uno de los primeros y más importantes blogueros de El Salvador, a un ex diplomático de primera línea. Pero, sobre todo, a una persona con muchísimo juicio crítico que cargaba, sobre sus huesos finos, buenos pensamientos.

Con don Neto nunca tuve que malgastar mi sonrisa. Tenía un estupendo humor y siempre recordaba sus mejores tiempos. A veces pienso que fue un hombre que transformó sus mejores esfuerzos en hinchazón. Muchas de sus críticas fueron pronósticos cumplidos. Eso es valiosísimo en el periodismo honesto y valiente. Eso permite que las estanterías estén ordenadas.

Don Neto tampoco se perdió en una esterilidad rabiosa o resentida. Pudo equivocarse. Pudo poner más pasión de lo necesario a sus luchas. Pero estaba dotado soberbiamente para la crítica. Eso no se lo quita nadie.

Murió un compañero de página de muchos de nosotros. Murió un buen salvadoreño.

 

Don Neto Rivas

Por: Redacción 102nueve
julio 25, 2017

Un influyente bloguero y ex diplomático salvadoreño murió.

102nueve

Un influyente bloguero y ex diplomático salvadoreño murió.

De pronto suena el teléfono celular. Es diciembre. Está encima la noche de Navidad. “Te habla Ernesto Rivas Gallont”. Los vocablos salen de una voz gangosa, lenta y nacida a sobresaltos. Respondí su saludo un tanto distante. Seco, diría.

Yo tenía razones para hablarle de esa manera a don Neto. Algún tiempo atrás nos habíamos cruzado una serie de columnas sobre un tema que se debatía públicamente. Yo atacaba lo que se había hecho con la geotermia estatal y, de pronto, don Ernesto Rivas Gallont me lanzó una serie de dardos envenenados. Duros, severos pero falsos. Me acusó de estar en la planilla de una institución pública y eso no era cierto.

Entendí, en ese momento, que alguien le había proporcionado información falsa y le pidió que me atacara. Nos dimos duro, durísimo. Me defendí con todas las armas que el lenguaje pusiera en las puntas de mis dedos a la hora de escribir.

Desde entonces nos distanciamos. Yo hablaba bastante con don Neto. Me llamaba por teléfono con bastante frecuencia. Sobre todo cuando quería escuchar mis puntos de vista sobre un tema de interés público.

También le gustaba hablar de Costa Rica. De los problemas y virtudes. No nos callábamos nada. Sobre todo, me contaba sus vivencias al lado del periodista y abogado costarricense, Guido Fernández, quien fungió como embajador en Washington en la misma época que él. Ambos se hicieron muy amigos, examinaron abiertamente las opciones de paz en Centroamérica. Guido fue mi director en el periódico La Nación y, por un tiempo, me fui a trabajar como su asistente personal al sector privado.

A don Neto siempre le mostré mucho cariño hasta que nos distanció su crítica personal hacia mí. La tomé como una acción deslegitimadora en medio de una refriega pública.

Pero ese día de diciembre realmente me sorprendió don Ernesto Rivas Gallont, el exembajador de El Salvador en Washington y un hombre de un enorme juicio crítico: “Lafitte, me dijo, quiero pedirle disculpas. Yo me equivoqué. Lo ataqué sin escribir la verdad. Usted tenía la verdad. No yo. Quiero que volvamos a ser amigos”, me dijo.

Hoy supe que murió don Ernesto Rivas Gallont. Recuerdo esas palabras de don Neto ( y le llamo así porque siempre fue un señor”), no para recordar cómo gané una batalla que no vale la pena recordar.

Ese día nos reencontramos nosotros mismos en tiempo presente. Eso fue lo más importante.

Recuerdo su llamada telefónica porque eso retrata a un buen hombre, a un notable ensayista, a uno de los primeros y más importantes blogueros de El Salvador, a un ex diplomático de primera línea. Pero, sobre todo, a una persona con muchísimo juicio crítico que cargaba, sobre sus huesos finos, buenos pensamientos.

Con don Neto nunca tuve que malgastar mi sonrisa. Tenía un estupendo humor y siempre recordaba sus mejores tiempos. A veces pienso que fue un hombre que transformó sus mejores esfuerzos en hinchazón. Muchas de sus críticas fueron pronósticos cumplidos. Eso es valiosísimo en el periodismo honesto y valiente. Eso permite que las estanterías estén ordenadas.

Don Neto tampoco se perdió en una esterilidad rabiosa o resentida. Pudo equivocarse. Pudo poner más pasión de lo necesario a sus luchas. Pero estaba dotado soberbiamente para la crítica. Eso no se lo quita nadie.

Murió un compañero de página de muchos de nosotros. Murió un buen salvadoreño.

 

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