El Salvador, martes 26 de septiembre de 2017

“En los años 80 era más pecado ser socialcristiano que marxista”

Por: Lafitte Fernández
abril 9, 2017

A Juan José le gusta la política. Siempre ha formado parte de una agrupación política que se ganó el título de académicos e intelectuales honrados.

Foto: video de Contrapunto.

No sé hace cuánto tiempo conocí a Juan José Martell. Creo que la primera vez que hablamos fue de temas electorales. Hace algunos años trabajó  en el Tribunal Supremo Electoral y pocos saben tanto como él en esa materia.

Tal vez por eso es que, cada vez que se acerca una elección, hay que invitar a Juan José a tomarse un café para que explique las claves de los datos electorales.

Juan José es un hombre apacible. Cuando se observa su comportamiento de lejos, cualquier apuesta que se trata de un sacerdote. Es metódico. Siempre toma apuntes. Pero también tiene otro secreto: lee muchísimo y está siempre al día de las novedades editoriales.

Siempre he creído que a un buen lector nunca le va mal. Tener la cabeza llena de libros es una virtud, como me decía mi madre. Tal vez eso hace de Juan José un hombre con un enorme espíritu crítico que puede participar en cualquier discusión.

A Juan José le gusta la política. Siempre ha formado parte de una agrupación política que se ganó el título de académicos e intelectuales honrados. Pero, últimamente a ese partido no le va tan bien. Tal vez eso hará de Juan José una suerte de renacentista en busca de los mismos horizontes políticos aunque con otros métodos.

Juan José es hombre de valores. Nació feliz porque no llegó al mundo rodeado de computadoras ni televisores sino de libros.

A Juan José se le mira cada viernes en Canal 21 usando la razón para disectar problemas como si fuese un médico forense de la realidad nacional. Generalmente lo hace bien. Pero no siempre tiene le razón y él lo sabe como buen demócrata.

Esta es parte de lo que hablé con Juan José hace algunas noches.

¿Quién es Juan José Martell?

Yo me considero un salvadoreño muy afortunado. Nací en mayo de 1955. Era una época en la que no había computadoras, en que no había teléfonos celulares, en que apenas había unos cuantos televisores en blanco y negro en las ciudades, en que la radio era el vehículo de comunicación de todos: en los barrios y en las colonias. Fue una época en que no jugamos con juguetes electrónicos, sino que jugábamos de empujar, con trompos, chibolas, caballos de madera. Fue una época muy diferente a la que ahora vive la mayoría de muchachos. Me tocó vivir en condiciones distintas a las de ahora, pero he tenido la suerte de ver toda la tecnología y, quizá, para decirlo de algún modo, volver a jugar ya viejo con los teléfonos celulares y computadoras. Me considero un salvadoreño afortunado.

¿Cómo te defines?

Yo me defino con algunos principios que están más allá de la política. Creo, en primer lugar, en la dignidad de la persona humana. Me parece que lo que nos hace humanos es la dignidad. Es un valor esencial y no una actitud individualista. Es el hecho de querer convivir con los demás, entendiendo que somos diferentes, entendiendo que tenemos derechos básicos; y, por lo tanto, somos una mezcla de individuos. Como decían: yo soy quien soy y no me parezco a nadie. Sí, pero también estamos inmersos en una sociedad en la que al mismo tiempo somos sujetos sociales. Para mí la dignidad de la persona humana es un principio básico. En segundo lugar, creo en la perfectibilidad de la sociedad. Creo que la sociedad no está detenida o estancada, sino que cambia, evoluciona, y, que, en general, hay una marcha a lo largo de la humanidad que es positiva, aunque puedan haber momentos de retroceso. Hay grandes momentos en que pareciera ser que la sociedad retrocede: cuando llega el Fascismo, cuando llega el Nazismo, cuando llegaron ciertas formas de autoritarismo al Socialismo, que, de alguna manera, se sintió que hubo un retroceso. Pero en general hay una marcha hacia adelante.

¿Cómo ha evolucionado tu pensamiento? Entiendo que eres un hombre de izquierda. ¿Cómo te defines ahora?, ¿cómo te marcó la historia?

Yo comencé con la lucha social en la segunda gran huelga de Andes 21 de Junio. Eso ocurrió allá por 1971. Nos incorporamos como estudiantes de secundaria a la lucha de los maestros. Yo tenía 17 años. Después empezó la campaña electoral más decisiva hasta esa época. Fue la campaña de la Unión Nacional Opositora (UNO). Eso fue en 1972, cuando José Napoleón Duarte gana por primera vez las elecciones, pero le robaron su triunfo presidencial.

¿Inicias con un pensamiento socialcristiano o socialdemócrata?

Así es. Entro a una organización de pensamiento socialcristiano en una época en que realmente había formación socialcristiana, es decir, estoy hablando de un Partido Demócrata Cristiano muy diferente a lo que fue mucho después. Era un partido que formaba a sus jóvenes y yo tuve la fortuna de alcanzar los últimos cursos de formación del pensamiento demócrata cristiano. De ahí me salen estos conceptos de la dignidad humana, de la primacía del bien común, de la perfectibilidad de la sociedad. Todo ese tipo de valores que eran mucho más allá de la política. Ahora, ¿qué es lo que pasa? En ese momento que se luchaba contra la dictadura militar, la Unión Nacional Opositora manifestó una alianza de tres fuerzas políticas: demócratas cristianos, socialdemócratas y comunistas. Fue exitoso en el campo electoral, pero fue derrotada por el fraude. Después fui parte, durante 10 años, del Partido Demócrata Cristiano.

Sé que eres un gran lector. ¿Qué autores comienzan a marcar tu pensamiento?

Los primeros autores están ligados al pensamiento salvadoreño. Era una época en que se leía a Alberto Masferrer. Por supuesto que, en ese momento, uno no podía entender las fases de desarrollo en el pensamiento de don Alberto Masferrer. Pero se leía mucho El dinero maldito y El Minimum Vital. En seguida generaba consciencia social. Por otro lado, parece increíble, leíamos a Salarrué: sus cuentos, en los que nos describía de forma muy pintoresca la vida del campesino, sus ideas, su ingenuidad, su sencillez, su picardía. Quizá, de los autores de afuera, recuerdo más a Mounier, sobre todo, las ideas que desarrolló sobre El Personalismo, porque en esa época teníamos un debate sobre las diferencias entre la persona, el individuo, el individualismo, etcétera. Y tuvimos que leer a otros autores de la postguerra de la Primera Guerra Mundial. Autores franceses y alemanes.

Sartre…

Sartre todavía no llegaba. En este momento se me escapan los nombres. Pero eran los que desarrollaron la base del pensamiento social cristiano. Más adelante nos relacionamos con los comunistas y se comenzó a leer a Sartre. Eran autores muy desconocidos, pero eso fue generando un hábito de lectura. En la época de la novela, el gran favorito nuestro era Gabriel García Márquez. Yo leí, en los años setenta, dos veces Cien años de soledad. Nos parecía una cosa fabulosa. No solo generaba una consciencia de lo que era la realidad Latinoamericana, sino que lo hacía con magia, con esas cosas tan propias y esa imaginación increíble. En ese tiempo, que no había mucha televisión, uno se imaginaba los libros. Yo les cuento a los jóvenes que muchas de las películas que vi, ya las había leído antes. Cuando iba a ver la película, a pesar de las gráficas y el sonido, uno se quedaba decepcionado porque no podía recoger parte de los pensamientos y las ideas. El cine no influía de una manera que se iba a dejar de leer los libros porque ya venía la película, sino que era al contrario, leíamos el libro porque la película no estaba a la altura de lo que uno aprendía en un texto.

¿Y comienzas a participar más activamente en la política, te quedas en la política?

Sí, ya me quedé en la política, en la Juventud del Partido Demócrata Cristiano. En 1971 fundamos la Juventud de la Unión Nacional Opositora, nos juntamos con los jóvenes de otros partidos: los del MNR de Guillermo Ungo y los de la UDN. Todo fue muy interesante. Con las campañas de 1972, 1976 y 1977 se cerró un ciclo electoral en el país. El fraude se volvió descarado. Fue una época de mucha toma de conciencia. Las viejas campañas electorales no se parecen a las que tenemos ahora. Yo estoy seguro que la campaña de una alcaldía mediana en este momento cuesta mucho más dinero que lo que costó la campaña electoral de Napoleón Duarte en 1972.

¿Qué te ha dado y qué te ha quitado la política?

No es la política en sí mismo, sino la situación del país. La guerra, creo, nos robó la juventud. Nosotros no fuimos el joven que andaba con algún mínimo de libertad, como ahora que hay un mínimo de libertad. Los que estábamos metidos en la política tuvimos que tomar medidas de sobrevivencia. Eso creo que nos robó la juventud. Yo creo que en buena medida nos robó una parte del futuro. Allá por 1980, cuando la represión era salvaje e indiscriminada, uno se levantaba en la mañana pero no sabía si iba a estar vivo en la noche. O viceversa: te acostabas en la noche y no sabías si ibas amanecer vivo.

¿Estuviste en la clandestinidad?

No era clandestinidad porque no teníamos condiciones para eso. Pero sí se vivía con muchísimas reservas.

¿Y siempre has estado con un pensamiento socialcristiano, o alguna vez fuiste marxista?

No. En los años ochenta era más pecado ser socialcristiano que marxista. Lo que pasa es que la formación fue muy fuerte y el pensamiento demócrata cristiano penetró mucho. Creo que llegamos a entender mucho a la socialdemocracia y en muchos aspectos uno se siente socialdemócrata. Yo me siento cómodo, por ejemplo, si el partido Cambio Democrático dice que es socialdemócrata. A los comunistas nunca los vimos con desconfianza ni con los temores… yo siempre creí que el marxismo era un instrumento para hacer análisis de la realidad y creo que nos aportó, y nos sigue aportando, elementos teóricos válidos para entender muchos de los fenómenos económicos y sociales de esta sociedad moderna. Lo que pasa es que ya no se desarrolló. Fue como que se petrificó durante todos los años del Socialismo Real y el Socialismo Científico. Eso le hizo perder mucha vigencia. La confrontación lo satanizaba.

¿Cómo piensas ahora?

Yo diría que tengo una base socialcristiana muy sólida con la que quizá voy a morir. Aunque como dicen: nunca digas nunca. A mí no me gusta decir nunca. Pero sí creo que se quedó muy sólida en la forma de ver el mundo. Creo que tengo mucha apertura al pensamiento socialdemócrata, creo que en muchos aspectos es más avanzado, sobre todo en la concepción del Estado. Quizá el pensamiento demócrata cristiano tenía una visión más subsidiaria del Estado, pero el pensamiento socialdemócrata tiene una visión social del Estado, va más allá de la subsidiaridad. Me siento muy cómodo en esas dos líneas de pensamiento. Respeto mucho el pensamiento marxista. Hay que decirlo: sigue siendo útil para el análisis de la realidad nacional en muchos aspectos. También respeto muchas otras formas de pensamiento con las que no me siento cómodas y no comparto, como, por ejemplo, el liberalismo clásico. Tengo una gran distancia aunque uno no puede negar el importante papel de escritores en el campo económico como Keynes, pero en realidad me siento muy distante. Y obviamente me siento mucho más distante del pensamiento neoliberal.

“En los años 80 era más pecado ser socialcristiano que marxista”

Por: Lafitte Fernández
abril 9, 2017

A Juan José le gusta la política. Siempre ha formado parte de una agrupación política que se ganó el título de académicos e intelectuales honrados.

Foto: video de Contrapunto.

A Juan José le gusta la política. Siempre ha formado parte de una agrupación política que se ganó el título de académicos e intelectuales honrados.

No sé hace cuánto tiempo conocí a Juan José Martell. Creo que la primera vez que hablamos fue de temas electorales. Hace algunos años trabajó  en el Tribunal Supremo Electoral y pocos saben tanto como él en esa materia.

Tal vez por eso es que, cada vez que se acerca una elección, hay que invitar a Juan José a tomarse un café para que explique las claves de los datos electorales.

Juan José es un hombre apacible. Cuando se observa su comportamiento de lejos, cualquier apuesta que se trata de un sacerdote. Es metódico. Siempre toma apuntes. Pero también tiene otro secreto: lee muchísimo y está siempre al día de las novedades editoriales.

Siempre he creído que a un buen lector nunca le va mal. Tener la cabeza llena de libros es una virtud, como me decía mi madre. Tal vez eso hace de Juan José un hombre con un enorme espíritu crítico que puede participar en cualquier discusión.

A Juan José le gusta la política. Siempre ha formado parte de una agrupación política que se ganó el título de académicos e intelectuales honrados. Pero, últimamente a ese partido no le va tan bien. Tal vez eso hará de Juan José una suerte de renacentista en busca de los mismos horizontes políticos aunque con otros métodos.

Juan José es hombre de valores. Nació feliz porque no llegó al mundo rodeado de computadoras ni televisores sino de libros.

A Juan José se le mira cada viernes en Canal 21 usando la razón para disectar problemas como si fuese un médico forense de la realidad nacional. Generalmente lo hace bien. Pero no siempre tiene le razón y él lo sabe como buen demócrata.

Esta es parte de lo que hablé con Juan José hace algunas noches.

¿Quién es Juan José Martell?

Yo me considero un salvadoreño muy afortunado. Nací en mayo de 1955. Era una época en la que no había computadoras, en que no había teléfonos celulares, en que apenas había unos cuantos televisores en blanco y negro en las ciudades, en que la radio era el vehículo de comunicación de todos: en los barrios y en las colonias. Fue una época en que no jugamos con juguetes electrónicos, sino que jugábamos de empujar, con trompos, chibolas, caballos de madera. Fue una época muy diferente a la que ahora vive la mayoría de muchachos. Me tocó vivir en condiciones distintas a las de ahora, pero he tenido la suerte de ver toda la tecnología y, quizá, para decirlo de algún modo, volver a jugar ya viejo con los teléfonos celulares y computadoras. Me considero un salvadoreño afortunado.

¿Cómo te defines?

Yo me defino con algunos principios que están más allá de la política. Creo, en primer lugar, en la dignidad de la persona humana. Me parece que lo que nos hace humanos es la dignidad. Es un valor esencial y no una actitud individualista. Es el hecho de querer convivir con los demás, entendiendo que somos diferentes, entendiendo que tenemos derechos básicos; y, por lo tanto, somos una mezcla de individuos. Como decían: yo soy quien soy y no me parezco a nadie. Sí, pero también estamos inmersos en una sociedad en la que al mismo tiempo somos sujetos sociales. Para mí la dignidad de la persona humana es un principio básico. En segundo lugar, creo en la perfectibilidad de la sociedad. Creo que la sociedad no está detenida o estancada, sino que cambia, evoluciona, y, que, en general, hay una marcha a lo largo de la humanidad que es positiva, aunque puedan haber momentos de retroceso. Hay grandes momentos en que pareciera ser que la sociedad retrocede: cuando llega el Fascismo, cuando llega el Nazismo, cuando llegaron ciertas formas de autoritarismo al Socialismo, que, de alguna manera, se sintió que hubo un retroceso. Pero en general hay una marcha hacia adelante.

¿Cómo ha evolucionado tu pensamiento? Entiendo que eres un hombre de izquierda. ¿Cómo te defines ahora?, ¿cómo te marcó la historia?

Yo comencé con la lucha social en la segunda gran huelga de Andes 21 de Junio. Eso ocurrió allá por 1971. Nos incorporamos como estudiantes de secundaria a la lucha de los maestros. Yo tenía 17 años. Después empezó la campaña electoral más decisiva hasta esa época. Fue la campaña de la Unión Nacional Opositora (UNO). Eso fue en 1972, cuando José Napoleón Duarte gana por primera vez las elecciones, pero le robaron su triunfo presidencial.

¿Inicias con un pensamiento socialcristiano o socialdemócrata?

Así es. Entro a una organización de pensamiento socialcristiano en una época en que realmente había formación socialcristiana, es decir, estoy hablando de un Partido Demócrata Cristiano muy diferente a lo que fue mucho después. Era un partido que formaba a sus jóvenes y yo tuve la fortuna de alcanzar los últimos cursos de formación del pensamiento demócrata cristiano. De ahí me salen estos conceptos de la dignidad humana, de la primacía del bien común, de la perfectibilidad de la sociedad. Todo ese tipo de valores que eran mucho más allá de la política. Ahora, ¿qué es lo que pasa? En ese momento que se luchaba contra la dictadura militar, la Unión Nacional Opositora manifestó una alianza de tres fuerzas políticas: demócratas cristianos, socialdemócratas y comunistas. Fue exitoso en el campo electoral, pero fue derrotada por el fraude. Después fui parte, durante 10 años, del Partido Demócrata Cristiano.

Sé que eres un gran lector. ¿Qué autores comienzan a marcar tu pensamiento?

Los primeros autores están ligados al pensamiento salvadoreño. Era una época en que se leía a Alberto Masferrer. Por supuesto que, en ese momento, uno no podía entender las fases de desarrollo en el pensamiento de don Alberto Masferrer. Pero se leía mucho El dinero maldito y El Minimum Vital. En seguida generaba consciencia social. Por otro lado, parece increíble, leíamos a Salarrué: sus cuentos, en los que nos describía de forma muy pintoresca la vida del campesino, sus ideas, su ingenuidad, su sencillez, su picardía. Quizá, de los autores de afuera, recuerdo más a Mounier, sobre todo, las ideas que desarrolló sobre El Personalismo, porque en esa época teníamos un debate sobre las diferencias entre la persona, el individuo, el individualismo, etcétera. Y tuvimos que leer a otros autores de la postguerra de la Primera Guerra Mundial. Autores franceses y alemanes.

Sartre…

Sartre todavía no llegaba. En este momento se me escapan los nombres. Pero eran los que desarrollaron la base del pensamiento social cristiano. Más adelante nos relacionamos con los comunistas y se comenzó a leer a Sartre. Eran autores muy desconocidos, pero eso fue generando un hábito de lectura. En la época de la novela, el gran favorito nuestro era Gabriel García Márquez. Yo leí, en los años setenta, dos veces Cien años de soledad. Nos parecía una cosa fabulosa. No solo generaba una consciencia de lo que era la realidad Latinoamericana, sino que lo hacía con magia, con esas cosas tan propias y esa imaginación increíble. En ese tiempo, que no había mucha televisión, uno se imaginaba los libros. Yo les cuento a los jóvenes que muchas de las películas que vi, ya las había leído antes. Cuando iba a ver la película, a pesar de las gráficas y el sonido, uno se quedaba decepcionado porque no podía recoger parte de los pensamientos y las ideas. El cine no influía de una manera que se iba a dejar de leer los libros porque ya venía la película, sino que era al contrario, leíamos el libro porque la película no estaba a la altura de lo que uno aprendía en un texto.

¿Y comienzas a participar más activamente en la política, te quedas en la política?

Sí, ya me quedé en la política, en la Juventud del Partido Demócrata Cristiano. En 1971 fundamos la Juventud de la Unión Nacional Opositora, nos juntamos con los jóvenes de otros partidos: los del MNR de Guillermo Ungo y los de la UDN. Todo fue muy interesante. Con las campañas de 1972, 1976 y 1977 se cerró un ciclo electoral en el país. El fraude se volvió descarado. Fue una época de mucha toma de conciencia. Las viejas campañas electorales no se parecen a las que tenemos ahora. Yo estoy seguro que la campaña de una alcaldía mediana en este momento cuesta mucho más dinero que lo que costó la campaña electoral de Napoleón Duarte en 1972.

¿Qué te ha dado y qué te ha quitado la política?

No es la política en sí mismo, sino la situación del país. La guerra, creo, nos robó la juventud. Nosotros no fuimos el joven que andaba con algún mínimo de libertad, como ahora que hay un mínimo de libertad. Los que estábamos metidos en la política tuvimos que tomar medidas de sobrevivencia. Eso creo que nos robó la juventud. Yo creo que en buena medida nos robó una parte del futuro. Allá por 1980, cuando la represión era salvaje e indiscriminada, uno se levantaba en la mañana pero no sabía si iba a estar vivo en la noche. O viceversa: te acostabas en la noche y no sabías si ibas amanecer vivo.

¿Estuviste en la clandestinidad?

No era clandestinidad porque no teníamos condiciones para eso. Pero sí se vivía con muchísimas reservas.

¿Y siempre has estado con un pensamiento socialcristiano, o alguna vez fuiste marxista?

No. En los años ochenta era más pecado ser socialcristiano que marxista. Lo que pasa es que la formación fue muy fuerte y el pensamiento demócrata cristiano penetró mucho. Creo que llegamos a entender mucho a la socialdemocracia y en muchos aspectos uno se siente socialdemócrata. Yo me siento cómodo, por ejemplo, si el partido Cambio Democrático dice que es socialdemócrata. A los comunistas nunca los vimos con desconfianza ni con los temores… yo siempre creí que el marxismo era un instrumento para hacer análisis de la realidad y creo que nos aportó, y nos sigue aportando, elementos teóricos válidos para entender muchos de los fenómenos económicos y sociales de esta sociedad moderna. Lo que pasa es que ya no se desarrolló. Fue como que se petrificó durante todos los años del Socialismo Real y el Socialismo Científico. Eso le hizo perder mucha vigencia. La confrontación lo satanizaba.

¿Cómo piensas ahora?

Yo diría que tengo una base socialcristiana muy sólida con la que quizá voy a morir. Aunque como dicen: nunca digas nunca. A mí no me gusta decir nunca. Pero sí creo que se quedó muy sólida en la forma de ver el mundo. Creo que tengo mucha apertura al pensamiento socialdemócrata, creo que en muchos aspectos es más avanzado, sobre todo en la concepción del Estado. Quizá el pensamiento demócrata cristiano tenía una visión más subsidiaria del Estado, pero el pensamiento socialdemócrata tiene una visión social del Estado, va más allá de la subsidiaridad. Me siento muy cómodo en esas dos líneas de pensamiento. Respeto mucho el pensamiento marxista. Hay que decirlo: sigue siendo útil para el análisis de la realidad nacional en muchos aspectos. También respeto muchas otras formas de pensamiento con las que no me siento cómodas y no comparto, como, por ejemplo, el liberalismo clásico. Tengo una gran distancia aunque uno no puede negar el importante papel de escritores en el campo económico como Keynes, pero en realidad me siento muy distante. Y obviamente me siento mucho más distante del pensamiento neoliberal.

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