El Salvador, martes 23 de enero de 2018

Redacción 102nueve || diciembre 18, 2017

El gordo Max tendrá que rehacer su vida. El daño ya se lo hicieron.

Dos veces he saludado al gordo Max. No soy su amigo. No puedo decir que lo conozco. Lo he visto más en televisión que personalmente. Eso sí: al menos por humanidad, no es justo lo que le hicieron.

Al gordo Max literalmente lo despedazaron. Sospecho que ni trabajo tiene. Muchos le dieron la espalda y, menos de un año después de ser acusado. Un juez dice: es libre, no cometió ningún delito. De la misma forma se trató a otras tres personas que también están libres, una de ellas lleva encima un apellido que se maltrató porque para algunos, meterle un cuchillo es moda.

Recuerdo cómo arrancó el caso. La percepción e imagen era que todo el que andaba con Max vivía bajo una orgía perpetua. Entonces se hablaba que relevantes periodistas, muchos de ellos amigos míos, tenían la trompa y sus gustos sexuales sucios. Nunca hablé con ellos de eso. Era mejor mantenerse alejado si te consideras amigo. Pero cada media hora llegaba una versión diferente del pánico en el que algunos periodistas estaban. La guerra era tal que hasta me dijeron que algunos ya estaban fuera del país. Y no era así.

El caso del gordo Max duplicó la audiencia; trabajaba en Telecorporación Salvadoreña (TCS) y había que golpear a su gente. Pero también la Fiscalía General de la República (FGR) se estrenaba y metía en supuestos asuntos de quienes “consiguen” en Metrocentro y no sé cuáles otros lugares más.

Al pobre gordo lo presentaron  como el mayor proxeneta de Centroamérica. Todos se le tiraron al cuello. Ahora no hay una sola persona que, por lo menos, le pida “perdón”. Ni al gordo Max ni a todos aquellos que los juzgaron junto a él.

Yo no sé cuál será el futuro del gordo Max. Espero que alguien le reabra la puerta de los medios de comunicación. Hay que tomar en cuenta que los malos ya no son malos y que alguien se equivocó en asuntos de fama y honor.

Todavía recuerdo el día que un director de un programa me comunicó que ya no me invitaban más a platicar con la gente porque había sido condenado, en primera instancia, en un tribunal penal, por atacar la supuesta buena fama de personajes que, sigo creyendo, tienen el olor de la basura. Nunca se distinguió entre el combate periodístico y el honor.

Lo que tampoco supo el editor de ese programa de televisión es el dineral que se había pagado para que me condenaran, el papel de un decrépito juez que conforme le encuentran más chanchullos, más lo alejan de San Salvador. Le sobran penalizaciones y hasta lo suspenden porque el funcionario no quiere entender de honradez y moral. Mucho menos se recordó que dos instancias superiores corrigieron la condena del juez. Me absolvió el máximo tribunal penal de El Salvador.

Pero creo, y lo digo, con la más completa honestidad: en El Salvador si te acusan por algo, algunos intentan darte muerte civil. Pocos piensan que no todos los caminos están hechos con piedras torcidas. Por eso me apena lo que le pasó al gordo Max. Nadie, siquiera, le quiere dar una nueva cara al silencio. Al pobre lo han dejado como una de las flores del mal de Baudelaire. Antes provocó un estremecimiento. Tal vez porque era parte de una emoción popular transmitida en la televisión. Ahora el gordo no hace historia. La intenta explicar con todo el daño que le hicieron encima. Supongo que su reto más inmediato es reordenar su vida. En once meses de cárcel, el gordo perdió su envoltura. Tal vez lo único que aprendió, en ese tiempo, es aquello de que quien desee vivir sano, debe ser  viejo temprano.

El gordo Max tendrá que rehacer su vida. El daño ya se lo hicieron.

Por: Redacción 102nueve
diciembre 18, 2017

Dos veces he saludado al gordo Max. No soy su amigo. No puedo decir que lo conozco. Lo he visto más en televisión que personalmente. Eso sí: al menos por humanidad, no es justo lo que le hicieron.

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Dos veces he saludado al gordo Max. No soy su amigo. No puedo decir que lo conozco. Lo he visto más en televisión que personalmente. Eso sí: al menos por humanidad, no es justo lo que le hicieron.

Al gordo Max literalmente lo despedazaron. Sospecho que ni trabajo tiene. Muchos le dieron la espalda y, menos de un año después de ser acusado. Un juez dice: es libre, no cometió ningún delito. De la misma forma se trató a otras tres personas que también están libres, una de ellas lleva encima un apellido que se maltrató porque para algunos, meterle un cuchillo es moda.

Recuerdo cómo arrancó el caso. La percepción e imagen era que todo el que andaba con Max vivía bajo una orgía perpetua. Entonces se hablaba que relevantes periodistas, muchos de ellos amigos míos, tenían la trompa y sus gustos sexuales sucios. Nunca hablé con ellos de eso. Era mejor mantenerse alejado si te consideras amigo. Pero cada media hora llegaba una versión diferente del pánico en el que algunos periodistas estaban. La guerra era tal que hasta me dijeron que algunos ya estaban fuera del país. Y no era así.

El caso del gordo Max duplicó la audiencia; trabajaba en Telecorporación Salvadoreña (TCS) y había que golpear a su gente. Pero también la Fiscalía General de la República (FGR) se estrenaba y metía en supuestos asuntos de quienes “consiguen” en Metrocentro y no sé cuáles otros lugares más.

Al pobre gordo lo presentaron  como el mayor proxeneta de Centroamérica. Todos se le tiraron al cuello. Ahora no hay una sola persona que, por lo menos, le pida “perdón”. Ni al gordo Max ni a todos aquellos que los juzgaron junto a él.

Yo no sé cuál será el futuro del gordo Max. Espero que alguien le reabra la puerta de los medios de comunicación. Hay que tomar en cuenta que los malos ya no son malos y que alguien se equivocó en asuntos de fama y honor.

Todavía recuerdo el día que un director de un programa me comunicó que ya no me invitaban más a platicar con la gente porque había sido condenado, en primera instancia, en un tribunal penal, por atacar la supuesta buena fama de personajes que, sigo creyendo, tienen el olor de la basura. Nunca se distinguió entre el combate periodístico y el honor.

Lo que tampoco supo el editor de ese programa de televisión es el dineral que se había pagado para que me condenaran, el papel de un decrépito juez que conforme le encuentran más chanchullos, más lo alejan de San Salvador. Le sobran penalizaciones y hasta lo suspenden porque el funcionario no quiere entender de honradez y moral. Mucho menos se recordó que dos instancias superiores corrigieron la condena del juez. Me absolvió el máximo tribunal penal de El Salvador.

Pero creo, y lo digo, con la más completa honestidad: en El Salvador si te acusan por algo, algunos intentan darte muerte civil. Pocos piensan que no todos los caminos están hechos con piedras torcidas. Por eso me apena lo que le pasó al gordo Max. Nadie, siquiera, le quiere dar una nueva cara al silencio. Al pobre lo han dejado como una de las flores del mal de Baudelaire. Antes provocó un estremecimiento. Tal vez porque era parte de una emoción popular transmitida en la televisión. Ahora el gordo no hace historia. La intenta explicar con todo el daño que le hicieron encima. Supongo que su reto más inmediato es reordenar su vida. En once meses de cárcel, el gordo perdió su envoltura. Tal vez lo único que aprendió, en ese tiempo, es aquello de que quien desee vivir sano, debe ser  viejo temprano.

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