El Salvador, domingo 22 de octubre de 2017

Lafitte Fernández || septiembre 16, 2016

¿Dónde está el poder?

Por eso es que, a veces, hay que alejarse de algunos analistas salvadoreños cuyo único interés es estudiar todo aquello que huela a carne humana.

Hace algunos días hablé varias horas con Kirio Waldo Salgado. Nos reunimos en su despacho, frente a  un mueble construido con un cedro que cortó en su vieja finca el día que supo que jamás sería agricultor.

Fue una conversación franca, de amigos. La idea era grabarlo para escribirle unas cortas memorias.

No creo que Kirio se morirá pronto. Nadie está matando a Kirio. Simplemente  soy de los que creo que la historia personal nos permite conocer el presente.

Todo presente es histórico. Sin el pasado, el acontecer inmediato no existe. Por eso es que creo en la necesidad de recoger las huellas de  hombres como Kirio. Sobre todo porque lleva mucha historia encima. No sé cuanta, pero sí bastante.

Por eso decidí, junto con Luis Canizalez, un periodista que dará mucho que hablar en este país, rescatar algunos sucesos históricos de la cabeza de Kirio.

Este es un país donde se produce una biografía cada cincuenta años. El periodismo no debe dejar que eso ocurra con los hombres que se paran en primera línea de la historia.

Con Kirio hablé con mucha franqueza. Hasta recordamos los días en que nos dimos duro, con atrevimiento y energía, cuando yo era director editorial de un diario y él un abogado con mil piedras en sus manos, y con una lengua filosa que quería, en esa época, causar daños de ciclón.

Kirio pronunció, ese día, una frase que a mi juicio es monumental por la potente síntesis histórica que lleva consigo. Esa frase no la toqué. No le cambié nada: “En ese tiempo el presidente manejaba los tres poderes del Estado”, dijo Kirio para  definir la época del general Fidel Sánchez Hernández.

A esa frase no hay que restarle nada. No hay que sumarle nada. En buena parte del siglo XX y aún del XXI, en El Salvador el gobernante de turno manejaba los hilos de la Asamblea Legislativa a su antojo. También los del Poder Judicial.

El gobernante ordenaba engavetar una decisión judicial y hasta le ponía dirección a la forma cómo debía resolverse el asunto que le interesaba.

No quiero irrespetar la memoria de  muchos jueces de primera línea que ha tenido El Salvador. Pero las decisiones más importantes del Estado no estaban sujetas a frenos y contrafrenos. No lo creo. A Montesquieu lo borraron del pizarrón y de los textos.

La verdad es que toda la teoría moderna del Estado lo único que servía, en El Salvador, era para prestarle un traje supuestamente democrático a un dictador. ¡No hay por qué engañar a los jóvenes! Posiblemente si hubiese escrito esto en otra época me habrían devuelto con algodones, en las fosas nasales, para Costa Rica.

Sospecho que durante todos, o casi todos los gobiernos de ARENA, sucedió lo mismo que en épocas pasadas.

Creo que fue hasta los gobiernos del FMLN cuando cambian los destellos del poder  mediante los que el Ejecutivo mandaba en los tres poderes, como bien lo interpretó Kirio Waldo Salgado.

Con Funes comienza  a desarmarse la interdicción histórica del Poder Judicial de parte del Poder Ejecutivo.

Fue la administración de Funes la primera en pringarse con la independencia de la Sala de lo Constitucional.

La ola de sismos fue mayúscula. Las resoluciones de esa Sala afectaron tanto lo que se creía era normalidad en el Poder Ejecutivo, que hasta se usaron ataques personales contra los magistrados para desactivar lo que pasaba.

Pero nada de eso sirvió. La Sala de lo Constitucional se convirtió, con Funes, en el primer foso lleno de agua y cocodrilos para crear una real distancia entre el Poder Judicial y el gobernante.

Pero cada vez que se trataba de sofocar a los magistrados, más cohesión se produjo entre ellos y más apoyo lograban entre los ciudadanos y los medios de comunicación.

La lucha para que Funes no metiera ni las uñas en la Sala de lo Constitucional se fortaleció cuando la derecha se convenció que, si sobrevivía alguna tentación en la izquierda que violara la propiedad privada o las libertades públicas, esos cuatro magistrados serían la última colina que defendería  las libertades clásicas.

A excepción de algunos chispazos  iniciales de ARENA contra  la Sala de lo Constitucional, porque se tocó la protección a los medios de comunicación, lo cierto es que el poder económico se convenció que esos magistrados serían los “chespiritos” que saldrían en su defensa si el FMLN pretendía ahogar a los ricos.

Pero, la Sala de lo Constitucional no solo cercó y limitó el poder de Funes. También le pasó detergente a la política, a los gastos confidenciales, a las finanzas públicas y a todo lo que significara las viejas posesiones del Poder Ejecutivo.

Todo eso significó que Funes, y el partido gobernante, ya no serían, mientras existía esa Sala de lo Constitucional, ni el esqueleto de lo que definió Kirio: un poder engordado que dominaba los tres poderes de la República.

Eso sí, Funes sacó sus propias espadas y puso en jaque al Poder Judicial y  la Fiscalía General de Luis Martínez  con dos megacasos con los que, literalmente, atropelló a ARENA y ayudó al FMLN  a ganar las elecciones pasadas: el dinero de Taiwán girado a Francisco Flores y la venta de buena parte de la geotermia estatal.

Por todo eso es que, buena parte de los cambios más decisivos del poder y contrapoder de El Salvador, se produjeron en la época de Mauricio Funes, en territorio del Poder Judicial donde cuatro magistrados se dejaron el poder que antes era parte del mapa personal del gobernante.

Por eso es que, a veces, hay que alejarse de algunos analistas  salvadoreños  cuyo único  interés es estudiar todo aquello que huela a carne humana.

No me gusta que siempre incluyan en su menú preferido las malas herencias de la guerra, la polarización y hasta la violencia de pandilleros, como si solo eso existiera.

Pocos examinan, con el mejor escalpelo, que el poder político está fracturándose y ya no es el de antes.

El hecho que el Poder Ejecutivo no tenga el músculo de antes no es producto de que un río se desbordó y fundó nuevos límites.

Lo que no hemos entendido es que las fronteras y funciones de la institucionalidad los había corrido, en su beneficio, el Poder Ejecutivo. Lo novedoso es que ahora han vuelto a su estado natural, por lo menos en la Sala de lo Constitucional.

Y aunque algunos han comenzado a hablar de “gobierno de jueces” como nueva irrupción en la realidad salvadoreña, hay que reconocer que la voluntad de los magistrados de esa Sala ha dejado poco como era antes: cambiaron desde los partidos políticos hasta las formas de gestar leyes.

Más recientemente otro hombre decidió " blasfemar" contra la historia que lo antecedió: el Fiscal General.

Otra vez miramos cómo, equivocado o no en algunas acciones, una parte del  poder se desafilia del control legislativo o del Ejecutivo, y un fiscal decidió mandar a la cárcel hasta su  antiguo predecesor.

Pienso que ahí pasa lo mismo: un fiscal general que antes estuvo mediatizado por empresarios, políticos y hasta gobernantes, ahora decidió soltar las amarras.

Si lo hace ayudado por la embajada americana, checa, alemana o polaca es otra misa. Lo real es que el nuevo fiscal general cerró las viejas puertas abiertas y ahora decidió activar la dosis de institucionalidad que le corresponde.

Quizá por eso es que ahora comienza a advertirse que El Salvador no necesita una CICIG como en Guatemala. Por lo menos hasta ahora, los estadounidenses parecen estar satisfechos con la transformación de la Fiscalía General.

Muchos han comenzado a comprender, y a temer, que con una CICIG a lo guatemalteco, hasta levantaría grandes empresarios si les aplican la figura de cooptación del Estado.

Es decir, peligraría gente que podría ser acusada de recibir beneficios en exceso del Estado,  a cambio de financiar campañas o, literalmente, adoptar candidatos presidenciales en sus planillas.

Pero tal vez lo que sucede en El Salvador no es que el poder está cambiando. Lo que sucede es que una dosis de la cuota de poder con la que antes se atragantaba el Poder Ejecutivo, ahora opera donde siempre debió estar ( Poder Judicial y Fiscalía General).

El poder siempre se organiza. También se manifiesta. Esta vez una parte se manifiesta lejos del control del Poder Ejecutivo, como ocurría antes.

Tal vez por eso al FMLN le ha costado tanto gobernar. Se le dificulta más que ARENA. La nueva receta del poder es briosa pero no es novedosa. Así nació. Lo que ARENA tendría que demostrar es si puede gobernar sin tanto poder encima como sucedía antes.

Ahora, si admitimos y reconocemos las novedades del espacio comunicacional globalizado, entonces sí debemos aceptar que hay una nueva arquitectura del poder.

Las redes sociales, el ciberespacio y hasta el periodismo digital sitúan el poder de los ciudadanos  en otras dimensiones. Tal vez entonces lo que no estamos entendiendo, o no queremos entender, es que, más que  una época de cambio, estamos en un cambio de época. Eso es otro análisis.

¿Dónde está el poder?

Por: Lafitte Fernández
septiembre 16, 2016

Por eso es que, a veces, hay que alejarse de algunos analistas salvadoreños cuyo único interés es estudiar todo aquello que huela a carne humana.

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Por eso es que, a veces, hay que alejarse de algunos analistas salvadoreños cuyo único interés es estudiar todo aquello que huela a carne humana.

Hace algunos días hablé varias horas con Kirio Waldo Salgado. Nos reunimos en su despacho, frente a  un mueble construido con un cedro que cortó en su vieja finca el día que supo que jamás sería agricultor.

Fue una conversación franca, de amigos. La idea era grabarlo para escribirle unas cortas memorias.

No creo que Kirio se morirá pronto. Nadie está matando a Kirio. Simplemente  soy de los que creo que la historia personal nos permite conocer el presente.

Todo presente es histórico. Sin el pasado, el acontecer inmediato no existe. Por eso es que creo en la necesidad de recoger las huellas de  hombres como Kirio. Sobre todo porque lleva mucha historia encima. No sé cuanta, pero sí bastante.

Por eso decidí, junto con Luis Canizalez, un periodista que dará mucho que hablar en este país, rescatar algunos sucesos históricos de la cabeza de Kirio.

Este es un país donde se produce una biografía cada cincuenta años. El periodismo no debe dejar que eso ocurra con los hombres que se paran en primera línea de la historia.

Con Kirio hablé con mucha franqueza. Hasta recordamos los días en que nos dimos duro, con atrevimiento y energía, cuando yo era director editorial de un diario y él un abogado con mil piedras en sus manos, y con una lengua filosa que quería, en esa época, causar daños de ciclón.

Kirio pronunció, ese día, una frase que a mi juicio es monumental por la potente síntesis histórica que lleva consigo. Esa frase no la toqué. No le cambié nada: “En ese tiempo el presidente manejaba los tres poderes del Estado”, dijo Kirio para  definir la época del general Fidel Sánchez Hernández.

A esa frase no hay que restarle nada. No hay que sumarle nada. En buena parte del siglo XX y aún del XXI, en El Salvador el gobernante de turno manejaba los hilos de la Asamblea Legislativa a su antojo. También los del Poder Judicial.

El gobernante ordenaba engavetar una decisión judicial y hasta le ponía dirección a la forma cómo debía resolverse el asunto que le interesaba.

No quiero irrespetar la memoria de  muchos jueces de primera línea que ha tenido El Salvador. Pero las decisiones más importantes del Estado no estaban sujetas a frenos y contrafrenos. No lo creo. A Montesquieu lo borraron del pizarrón y de los textos.

La verdad es que toda la teoría moderna del Estado lo único que servía, en El Salvador, era para prestarle un traje supuestamente democrático a un dictador. ¡No hay por qué engañar a los jóvenes! Posiblemente si hubiese escrito esto en otra época me habrían devuelto con algodones, en las fosas nasales, para Costa Rica.

Sospecho que durante todos, o casi todos los gobiernos de ARENA, sucedió lo mismo que en épocas pasadas.

Creo que fue hasta los gobiernos del FMLN cuando cambian los destellos del poder  mediante los que el Ejecutivo mandaba en los tres poderes, como bien lo interpretó Kirio Waldo Salgado.

Con Funes comienza  a desarmarse la interdicción histórica del Poder Judicial de parte del Poder Ejecutivo.

Fue la administración de Funes la primera en pringarse con la independencia de la Sala de lo Constitucional.

La ola de sismos fue mayúscula. Las resoluciones de esa Sala afectaron tanto lo que se creía era normalidad en el Poder Ejecutivo, que hasta se usaron ataques personales contra los magistrados para desactivar lo que pasaba.

Pero nada de eso sirvió. La Sala de lo Constitucional se convirtió, con Funes, en el primer foso lleno de agua y cocodrilos para crear una real distancia entre el Poder Judicial y el gobernante.

Pero cada vez que se trataba de sofocar a los magistrados, más cohesión se produjo entre ellos y más apoyo lograban entre los ciudadanos y los medios de comunicación.

La lucha para que Funes no metiera ni las uñas en la Sala de lo Constitucional se fortaleció cuando la derecha se convenció que, si sobrevivía alguna tentación en la izquierda que violara la propiedad privada o las libertades públicas, esos cuatro magistrados serían la última colina que defendería  las libertades clásicas.

A excepción de algunos chispazos  iniciales de ARENA contra  la Sala de lo Constitucional, porque se tocó la protección a los medios de comunicación, lo cierto es que el poder económico se convenció que esos magistrados serían los “chespiritos” que saldrían en su defensa si el FMLN pretendía ahogar a los ricos.

Pero, la Sala de lo Constitucional no solo cercó y limitó el poder de Funes. También le pasó detergente a la política, a los gastos confidenciales, a las finanzas públicas y a todo lo que significara las viejas posesiones del Poder Ejecutivo.

Todo eso significó que Funes, y el partido gobernante, ya no serían, mientras existía esa Sala de lo Constitucional, ni el esqueleto de lo que definió Kirio: un poder engordado que dominaba los tres poderes de la República.

Eso sí, Funes sacó sus propias espadas y puso en jaque al Poder Judicial y  la Fiscalía General de Luis Martínez  con dos megacasos con los que, literalmente, atropelló a ARENA y ayudó al FMLN  a ganar las elecciones pasadas: el dinero de Taiwán girado a Francisco Flores y la venta de buena parte de la geotermia estatal.

Por todo eso es que, buena parte de los cambios más decisivos del poder y contrapoder de El Salvador, se produjeron en la época de Mauricio Funes, en territorio del Poder Judicial donde cuatro magistrados se dejaron el poder que antes era parte del mapa personal del gobernante.

Por eso es que, a veces, hay que alejarse de algunos analistas  salvadoreños  cuyo único  interés es estudiar todo aquello que huela a carne humana.

No me gusta que siempre incluyan en su menú preferido las malas herencias de la guerra, la polarización y hasta la violencia de pandilleros, como si solo eso existiera.

Pocos examinan, con el mejor escalpelo, que el poder político está fracturándose y ya no es el de antes.

El hecho que el Poder Ejecutivo no tenga el músculo de antes no es producto de que un río se desbordó y fundó nuevos límites.

Lo que no hemos entendido es que las fronteras y funciones de la institucionalidad los había corrido, en su beneficio, el Poder Ejecutivo. Lo novedoso es que ahora han vuelto a su estado natural, por lo menos en la Sala de lo Constitucional.

Y aunque algunos han comenzado a hablar de “gobierno de jueces” como nueva irrupción en la realidad salvadoreña, hay que reconocer que la voluntad de los magistrados de esa Sala ha dejado poco como era antes: cambiaron desde los partidos políticos hasta las formas de gestar leyes.

Más recientemente otro hombre decidió " blasfemar" contra la historia que lo antecedió: el Fiscal General.

Otra vez miramos cómo, equivocado o no en algunas acciones, una parte del  poder se desafilia del control legislativo o del Ejecutivo, y un fiscal decidió mandar a la cárcel hasta su  antiguo predecesor.

Pienso que ahí pasa lo mismo: un fiscal general que antes estuvo mediatizado por empresarios, políticos y hasta gobernantes, ahora decidió soltar las amarras.

Si lo hace ayudado por la embajada americana, checa, alemana o polaca es otra misa. Lo real es que el nuevo fiscal general cerró las viejas puertas abiertas y ahora decidió activar la dosis de institucionalidad que le corresponde.

Quizá por eso es que ahora comienza a advertirse que El Salvador no necesita una CICIG como en Guatemala. Por lo menos hasta ahora, los estadounidenses parecen estar satisfechos con la transformación de la Fiscalía General.

Muchos han comenzado a comprender, y a temer, que con una CICIG a lo guatemalteco, hasta levantaría grandes empresarios si les aplican la figura de cooptación del Estado.

Es decir, peligraría gente que podría ser acusada de recibir beneficios en exceso del Estado,  a cambio de financiar campañas o, literalmente, adoptar candidatos presidenciales en sus planillas.

Pero tal vez lo que sucede en El Salvador no es que el poder está cambiando. Lo que sucede es que una dosis de la cuota de poder con la que antes se atragantaba el Poder Ejecutivo, ahora opera donde siempre debió estar ( Poder Judicial y Fiscalía General).

El poder siempre se organiza. También se manifiesta. Esta vez una parte se manifiesta lejos del control del Poder Ejecutivo, como ocurría antes.

Tal vez por eso al FMLN le ha costado tanto gobernar. Se le dificulta más que ARENA. La nueva receta del poder es briosa pero no es novedosa. Así nació. Lo que ARENA tendría que demostrar es si puede gobernar sin tanto poder encima como sucedía antes.

Ahora, si admitimos y reconocemos las novedades del espacio comunicacional globalizado, entonces sí debemos aceptar que hay una nueva arquitectura del poder.

Las redes sociales, el ciberespacio y hasta el periodismo digital sitúan el poder de los ciudadanos  en otras dimensiones. Tal vez entonces lo que no estamos entendiendo, o no queremos entender, es que, más que  una época de cambio, estamos en un cambio de época. Eso es otro análisis.

Se escuchó en la 102nueve