En análisis

Karla Turcios, periodista

Escribir eso no es una catalepsia: es dolor puro. Sobre todo cuando me enteré que lo último que festejó Karla fue el cumpleaños de un viejo amigo mío.

Por: Lafitte Fernández

Alguna vez saludé a Karla Turcios. No puedo escribir que fui su amigo. Pero sí estoy seguro que su crimen es un momento equivocado de la historia, en medio de un país que vive un exterminio cínico, infame y bien organizado.

Cada muerto salvadoreño duele. Duele mucho. Nadie me tiene que decir cuáles muertos duelen más. Todos acaban haciéndonos sentir que el hombre nuevo no es mejor que el viejo. Tal vez esa sea nuestra mayor pena.

O quizá cada crimen nos lleve a sentir que la vida sólo se ha hecho para los valientes. Pero siento que hay algo peor en cada asesinato: que nos puede llevar a pensar que nada, o muy poco, se puede hacer contra la violencia y que es mejor no intentarlo.

Pero eso es una equivocación: se debe hacer todo y se puede hacer mucho. La batalla contra la violencia debe partir de algo: cuanto peor estemos es mejor. Así nos alejamos de las peores excusas que no ayudan en nada a civilizar lo que está extraviado.

Aprendí mucho de Karla Turcios después de atreverme a mirar el Facebook, aún activo. Todo está ahí escrito en forma tan simple que lo único que se puede pensar es que sólo se ahoga en bolsas de plástico lo que se separa de lo común.

Escribir eso no es una catalepsia: es dolor puro. Sobre todo cuando me enteré que lo último que festejó Karla fue el cumpleaños de un viejo amigo mío, también periodista.

La gente debe vivir y morir libres. Vivir libre y morir en servidumbre y atada a una desgracia no es decente. La persona humana debe elegir las novedades de su vida. Los analfabetos del espíritu no deben decidir hasta cuando se extermina el corazón. Mucho más duro es pensar que alguien le pueda colgar a un niño el rótulo de huérfano como sucedió con el hijo de Karla.

Desde temprano de este lunes recibí mensajes de colegas periodistas salvadoreños sobre el asesinato de esa mujer. Lo primero que percibí es que esta muerte agrega ira al dolor. Otros prefieren sumar rabia y angustia.

Pero no es justo que se diga que, por el hecho de matar a una periodista, entonces el periodismo se preocupa por cada crimen. No. La mayor dificultad es que los problemas de violencia de El Salvador son tantos, que a veces se concluye que ni los dogmas son salvadores. Que ya nada se puede hacer. Y creo y repito que ésta es una equivocación.

Si a Karla la mataron achichintles de un estafador, no lo sé. Quienes fueron los responsables de ese asesinato, lo sabrán y perseguirán las autoridades. De lo que sí estoy seguro es que esa mujer no se fue sin dignidad. La crueldad y la imbecilidad de quienes sólo saben andar con un cuchillo entre los dientes, no son suficientes para humillar a una mujer digna, luchadora y con el periodismo en las venas.

Lo más noble cuando te matan como periodista es que no mueres por lo que tienes. Te matan por lo que eres.

Crímenes como el de Karla Turcios tienen otra virtud: de lo que se haga con esa muerte, puede depender mucho la nueva alma colectiva que se necesita para que El Salvador no escamotee las soluciones que se necesitan para resolver el problema de la violencia.

El error es derrotarse ante la afrenta. El Salvador debe perder el miedo. Debe abandonar la paranoia de creer  que todo es causa de malignas y vastas conspiraciones creadas. Ningún pueblo va para ningún lado si no se encuentra a sí mismo. Entendamos que creer en eso es la mejor herencia de Karla Turcios, la periodista.

 

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