En análisis

Costa Rica entre espejismos, la razón y la fe

Nunca antes había visto una campaña electoral más intoxicada que la que acabó el domingo en Costa Rica.

Lafitte Fernández.

Encontrar un nuevo gobernante para los próximos cuatro años le costó a Costa Rica muchas acrobacias democráticas riesgosas y diferentes desde hace varias semanas.

Los problemas para muchos, sobre todo para los partidos políticos tradicionales, nacieron cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, con sede en Washington, lanzó, en plena campaña electoral, un desafío al Estado: dijo que los costarricenses deben tomar medidas para legitimar el matrimonio gay.

Desde entonces todo cambió. La mayoría de gurúes, estrategas de campaña, patrocinadores y hasta iniciados  no supieron entender los resortes del tiempo. Por eso es que, de pronto, los últimos se volvieron los primeros. La pirámide se volvió al revés. Los cabecillas se derrumbaron.

¿Qué pasó? Que unos se tomaron en serio el lenguaje religioso que rechazaba el matrimonio entre iguales. Otros se llamaron voces decentes y aplaudieron el pluralismo sexual. Desde entonces  surgieron todas las palabras fetiche, la campaña comenzó a pudrirse y hasta los mitos se transformaron en la única forma de acercarse a la verdad.

Lo que sucedió es que los votantes costarricenses transformaron la campaña política en una suerte de plebiscito sobre el matrimonio gay. El resto del debate sobre los problemas costarricense se volvieron apenas muecas de rencor.  Verdaderos espejismos.

Dos candidatos, el oficialista  Carlos Alvarado y el evangelista y periodista Fabricio Alvarado asumieron un inspirado veneno contra el matrimonio gay o contra la intolerancia. Ambos se metieron en la biliosa controversia. Uno pedía garrote. El otro perdón. Conclusión: un tiro de revólver lanzado desde una corte internacional, cambió todo el panorama electoral costarricense.

Los únicos que entendieron lo que sucedía fueron los dos periodistas Alvarado. Supieron innovar el discurso frente al repentino y extraño plebiscito. Los otros candidatos no interpretaron que ya no se trataba de una elección con agenda abierta sino de un referéndum  que  asedió sus fortines y volvió anémicas  sus iglesias electorales.

El político costarricense que en la primera vuelta electoral de febrero pasado no supo abandonar sus conjugaciones  de los verbos mandar y obedecer como en el pasado, se quedó sin llantas y neumáticos para correr el tramo final. Conclusión: sólo Carlos Alvarado y Fabricio Alvarado se alejaron de la sequía creativa y comprendieron que se trataba de una campaña electoral en las que se necesitaban ángeles de la guarda y buenas razones críticas.

Como no obtuvieron el 40 por ciento de los votos, los dos Alvarado se fueron a la segunda ronda. El resto se extravió o sus asesores no vieron pasar la pelota El plebiscito nació tan de repente que a los restantes partidos les dio ceguera, tal vez miopía o, simplemente, miraron espejismos alejados de la realidad.

No sé si los miembros de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos lanzaron su prédica de matrimonio igualitario con o  sin dolo. Pero lo cierto es que jamás vi una campaña electoral costarricense más intoxicada de temas no estelares que la que acabó el domingo.

En la segunda ronda, nada cambió aunque algunos digan que sí. Nadie pudo mandar al trastero de olvido el tema del matrimonio igualitario. Parecía que los dos  finalistas carecían de un estanque donde pudiesen mirarse porque se había secado.

Los dos candidatos Alvarado sabían que, para ganar, debían ganarse a los ausentes de las urnas y, sobre todo, a quienes votaron por otras agrupaciones políticas.

La diferencia, ésta vez, fue en el método, en las formas de hacer las cosas Fabricio y Carlos Alvarado.

El candidato oficialista fue el primero en mirar hacia adelante. Propuso alianzas a todos los partidos políticos y estructuró una narración dispuesta a vender la idea que Costa Rica debía unirse.  En esa dirección cambió los spots cada tres o cuatro días. Presentó siempre a sus aliados al lado suyo. Apeló a la ética de las convicciones. Alejó los fantasmas y los espectros.

Con todo eso tapó al tema del matrimonio igualitario mientras su opositor asumió una campaña más mimética que innovadora, casi no cambio sus anuncios de televisión, no salió de llamarse el hombre de las manos limpias y su narrativa fue aburrida. Fabricio Alvarado no detectó que el lenguaje del matrimonio gay no bastaba en la segunda ronda.

Pero también hubo guerra sucia: a uno le atribuyen el estado de “tonto”. A otro el de inmensamente tolerante “con lo que no quiere Dios”. Al final ganó el más astuto. El que vendió a un país unido  aunque lograrlo, al menos intentarlo, le costará un mundo y un ojo de su gobierno.

Carlos Alvarado fue tan astuto que la dispersión temática de la campaña le sirvió para ocultar la mala calificación de un gobierno como el de Luis Guillermo Solís a quien debe sustituir como miembro de su propio partido.

Otros efectos:

  1. Una socialdemocracia partida en dos por al menos dos dirigentes históricos: Oscar Arias Sánchez y José María Figueres quien el domingo lloró ante cámaras diciendo que el partido que fundó su padre, José Figueres, no llegó, esta vez, a la ronda final. El problema es que nadie le compra su supuesto  olor a santidad: él desunió la socialdemocracia al no lograr una nueva candidatura presidencial.
  2. El social cristianismo, otro de las agrupaciones tradicionales, también quedó partido en dos. La mayoría guiada por el ex candidato presidencial Rodolfo Piza se unió  a Carlos Alvarado. El resto, incluidos diputados electos, se largaron con Fabricio Alvarado.
  3. La izquierda más radical, que en esta elección pasó de tener 14 diputados a sólo uno, se escondió en la última ronda presidencial bajo de los fustanes del PAC, partido de Carlos Alvarado. Otras agrupaciones menores hicieron lo mismo. Se desconoce qué negoció con el PAC para aliarse con esa agrupación.

En conclusión, quizá la mayor lección es para los principales dirigentes de los partidos tradicionales: o se renuevan o se mueren, o le dan paso firme a nuevas caras o destruyen buena parte de la historia.

Si esos líderes no aprenden que los votantes costarricenses pueden odiar el pasado pero no el presente no alcanzará buenos resultados hacia el futuro. Si no entienden que el partido en el gobierno les ha demostrado que, en las últimas tres elecciones, ha ganado dos campañas y perdió una sola por 18 mil votos, entonces lo que pasó tiene carácter de tempestad.

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